Palabras de
Jesús en la Obra de
María Valtorta, sobre el quinto mandamiento: "No matar", y
sobre la obra de misericordia de visitar a los encarcelados. (Resaltado en
rojo lo que se refiere al
aborto.)
“‘No matarás’, está escrito. ¿A
cuál de los dos grupos de mandamientos pertenece éste? ¿‘Al segundo’, decís?
¿Estáis seguros? Otra pregunta: ¿Es un pecado que ofende a Dios o a la víctima?
¿Decís: ‘A la víctima’? ¿Estáis seguros de esto también? Os hago una tercera
pregunta: ¿Es sólo pecado de homicidio? Al matar, ¿no cometéis más que éste
único pecado? ¿‘Este sólo’, decís? ¿Ninguno tiene duda de ello? Decid en voz
alta vuestras respuestas. Que uno hable por todos vosotros, Yo espero”.
Se pone en pie un anciano de
aspecto grave y dice: “Escucha, Maestro. Yo sirvo a la sinagoga desde hace mucho
tiempo y me han dicho que hable en nombre de todos. Hablo pues. Me parece, nos
parece, que hemos respondido según justicia y según cuanto nos han enseñado.
Baso mi certidumbre en el capítulo de la Ley que habla del homicidio y de las
agresiones físicas. Tú sabes, de todas formas, para qué hemos venido: para ser
aleccionados, porque reconocemos en ti sabiduría y verdad. Por tanto, si me
equivoco, ilumina mis tinieblas a fin de que el anciano siervo vaya a su Rey
vestido de luz. Y, como conmigo, hazlo también con éstos, que son de mi rebaño y
que han venido con su pastor a beber las fuentes de la Vida” y se inclina, antes
de sentarse, con el máximo respeto.
“¿Quién eres, padre?”.
“Cleofás, de Emaús, tu siervo”.
“No mío, sino de Aquel que me ha
enviado, porque debe dársele al Padre toda prioridad y todo amor en el Cielo, en
la Tierra, en los corazones. El primero que le tributa este honor es su Verbo,
el cual toma y ofrece en la mesa sin defecto los corazones de los buenos como
hace el sacerdote con los panes de la proposición. Mas escucha, Cleofás, para
que vayas a Dios enteramente iluminado conforme a tu santo deseo.
Para medir una culpa es necesario
pensar en las circunstancias que la preceden, la preparan, la justifican, o la
explican. ¿A quién he matado?, ¿qué he matado?, ¿dónde?, ¿con qué medios?, ¿por
qué he matado?, ¿cómo he matado?, ¿cuándo he matado?: éstas son las preguntas
que debe hacerse quien ha matado, antes de presentarse a Dios para pedirle
perdón.
¿A quién he matado? A un hombre.
Yo digo: a un hombre. No
pienso ni considero si es rico o si es pobre, si es libre o si es esclavo. Para
mí no existen esclavos u hombres de poder. Existen sólo hombres creados por un
Único; por tanto, todos iguales. En efecto, frente a la majestad de Dios es
polvo hasta el más poderoso monarca de la tierra, y ante sus ojos y ante los
míos no existe sino una esclavitud: la del pecado, por tanto, la de estar
bajo Satanás. La Ley antigua distingue entre libres y
esclavos, y entra en detalles acerca del hecho de matar en el acto o matar
dejando sobrevivir un día o dos, o también acerca de si la mujer encinta muere
por el golpe recibido, o si pierde la vida sólo su fruto. Pero esto se dijo
cuando estaba aún lejana la luz de la perfección. Ahora se halla
entre vosotros, y dice: Quienquiera que mate a un semejante suyo peca; y no peca
sólo con el hombre, sino también contra Dios.
¿Qué es el hombre? El hombre es
la criatura soberana que Dios ha creado para ser rey en la creación, creado a su
imagen y semejanza, dándole la semejanza según el espíritu, y la imagen
extrayendo de su pensamiento perfecto esta perfecta imagen. Observad el aire, la
tierra y las aguas. ¿Acaso veis animal alguno o planta alguna que, por muy
hermosos que sean, igualen al hombre? El animal corre, come, bebe, duerme,
genera, trabaja, canta, vuela, se arrastra, trepa... pero no tiene la capacidad
de hablar. El hombre, como el animal, sabe correr y saltar, y en el salto es tan
ágil que emula al ave; sabe nadar y nadando es tan veloz que semeja al pez; sabe
arrastrarse como lo hace un reptil; sabe trepar asemejándose al simio; sabe
cantar, y en esto se parece a los pájaros. Sabe engendrar y reproducirse...
Pero, además, sabe hablar.
No digáis como objeción: “Todo
animal tiene su lenguaje”. Sí. Uno muge, otro bala, el otro rebuzna, el otro
pía, o gorjea... pero, desde el primer bovino al último, siempre tendrán al
mismo y único mugido, y así igualmente el ovino balará hasta el fin del mundo, y
el burro rebuznará como rebuznó el primero, y el pardal siempre emitirá su breve
canto, mientras que la alondra y el ruiseñor cantarán el mismo himno (al Sol, la
primera; a la noche estrellada, el segundo), aunque sea el último día de la
Tierra, de la misma manera que saludaron al primer Sol y a la primera noche
terrestre. El hombre, por el contrario, debido a que no tiene sólo la campanilla
y la lengua, sino que también tiene un conjunto de nervios centrados en el
cerebro, sede del intelecto, sabe –debido a ello– captar las sensaciones nuevas
y reflexionar en ellas y darle un nombre.
Adán puso por nombre “perro” a su
amigo, y llamó “león” a aquel que, por su melena tupida y derecha en una cara
ligeramente barbada, se le parecía más; llamó “oveja” a la cordera que le
saludaba mansamente, y llamó “pájaro” a esa flor de plumas que volaba como la
mariposa y que además emitía, dulce, un canto que ésta no posee. Y andando el
tiempo, a lo largo de los siglos, los hijos de Adán siguieron creando nuevos
nombres, a medida que “fueron conociendo” las obras de Dios en las criaturas, o
cuando –por la chispa divina que hay en el hombre– engendraron, además de otros
hijos, cosas útiles, o nocivas, para esos mismos hijos (si estaban con
Dios o contra Dios: están con Dios quienes crean y llevan a cabo
cosas buenas; están contra Dios quienes crean cosas que resultan
maléficas para el prójimo). Dios venga a los hijos suyos que han sido torturados
por el mal ingenio humano.
El hombre es, pues, la criatura
predilecta de Dios. Aunque en la presente situación sea culpable, continúa
siendo el más querido por Él: lo testifica el hecho de que haya enviado a su
mismo Verbo –no a un ángel, un arcángel, querubín o serafín, sino a su Verbo–
revistiéndole de la humana carne, para salvar al hombre; y no consideró indigna
esta veste para hacer capaz de sufrir y expiar a Aquel que, por ser como Él
purísimo Espíritu, no habría podido sufrir y expiar la culpa del hombre.
El Padre me dijo: “Serás hombre:
el Hombre. Yo hice ya un hombre, perfecto, como todo lo que hago. Había
dispuesto para él una vida dulce, una dulcísima dormición, un beato despertar,
una beatísima permanencia eterna en mi celeste Paraíso. Pero, como Tú sabes, en
ese Paraíso no puede entrar nada contaminado, porque en él Yo-Nosotros, Dios Uno
y Trino, tenemos trono, y ante este trono no puede haber sino santidad. Yo soy
el que soy. Mi divina naturaleza. Nuestra misteriosa Esencia, no puede ser
conocida sino por aquellos que no tienen mancha. Al presente, el hombre, en Adán
y por Adán, está sucio. Ve. Límpiale. Es mi deseo. Serás Tú, de ahora en
adelante, el Hombre, el Primogénito, porque serás el primero en entrar aquí con
carne mortal sin pecado, con alma sin culpa original. Los que te han precedido
sobre la faz de la tierra, así como los que te seguirán, tendrán vida por tu
muerte de Redentor”. Sólo podía morir quien previamente hubiera nacido; Yo he
nacido, y moriré.
El hombre es la criatura
predilecta de Dios. Decidme: si un padre tiene muchos hijos y uno de ellos es su
predilecto –la pupila de sus ojos– y se lo matan, ¿no sufrirá más que si la
víctima hubiera sido otro de sus hijos? No debería ser así, porque el padre
debería ser justo con todos sus hijos, pero de hecho así sucede, y es porque el
hombre es imperfecto. Sin embargo, Dios lo puede hacer con justicia, porque el
hombre es la única de las criaturas que tiene en común con el Padre Creador el
alma espiritual, signo innegable de la paternidad divina.
¿Si se le mata un hijo a un
padre, se ofende sólo al hijo? No; también al padre. En la carne, al hijo; en el
corazón, al padre: ambos son víctimas. ¿Matando a un hombre se ofende sólo al
hombre? No; también a Dios. En la carne, al hombre; en su derecho, a Dios: sólo
a Dios le corresponde el dar o quitar la vida o la muerte. Matar es usar
violencia contra Dios y contra el hombre. Matar es penetrar en el dominio de
Dios. Matar es faltar contra el precepto del amor. Quien mata no ama a Dios,
porque destruye una obra de sus manos: un hombre. Quien mata no ama al prójimo,
porque le priva al prójimo de aquello que el homicida quiere para sí: la vida.
Ved que así he dado respuesta a
las dos primeras preguntas.
¿En dónde he agredido a mi
víctima?
Se puede hacer en la calle, en
casa de la víctima o atrayéndola a la propia casa. La agresión puede recaer en
uno u otro órgano, causando mayor sufrimiento. Puedo
cometer incluso dos homicidios en uno, si la víctima es una mujer que tiene el
seno grávido de su fruto.
Se puede matar en la calle sin
tener intención de hacerlo. Un animal que se escape a nuestro control puede
matar a un transeúnte; pero entonces en nosotros no hay premeditación. Si, por
el contrario, uno va, armado de puñal bajo las hipócritas vestiduras de lino a
la casa de su enemigo –y sucede con frecuencia que es enemigo el que ha cometido
la equivocación de ser mejor–, o le invita a su casa, aparentemente por
deferencia hacia él, y luego le degüella y le echa al pozo, entonces hay
premeditación y la culpa es completa en malicia, en crueldad, en violencia.
Si,
matando a la madre, mato también a su fruto, entonces Dios me pedirá cuentas de
dos, porque el vientre que engendra a un nuevo hombre según el precepto de Dios
es sagrado, como lo es la pequeña vida que en aquél madura, a la que Dios ha
dado un alma.
¿Qué medios he utilizado?
En vano uno dirá: “No quería
matar”, cuando en realidad iba armado con un arma segura. En un momento de ira
incluso las manos se transforman en arma, y la piedra tomada del suelo, o la
rama arrancada del árbol. Mas aquel que observa fríamente el puñal o el hacha, y
si cree que cortan poco, los afila, y luego se los ciñe al cuerpo de forma que
no se vean pero pueda empuñarlos con facilidad, y preparado de tal suerte va
adonde su rival, ciertamente no podrá decir: “No había en mí deseo de agredir”.
Y aquel que prepara un veneno tomando hierbas y frutos venenosos y haciendo con
ellos polvo o bebida, y luego lo ofrece a la víctima, como especia o como sidra,
ciertamente no podrá decir: “No quería matar”.
Y ahora
escuchadme vosotras, mujeres, tácitas e impunes asesinas de tantas vidas.
Separar de vuestro seno un fruto que crece en él, por el hecho de que provenga
de culpable simiente, o porque sea un vástago no deseado, una carga a vuestro
lado, o una carga para vuestra economía, también es matar. No unáis homicidio
con lujuria, violencia con desobediencia; no creáis que Dios no ve porque el
hombre no vea. Dios ve todo y se acuerda de todo. Tenedlo presente
también vosotras.
¿Por qué he matado?
¡Oh, por cuántos porqués! Desde
el desequilibrio desencadenado en vosotros inesperadamente por una emoción
violenta (veros profanado el tálamo, encontraros con un ladrón dentro de casa,
un inmundo intento de violar a vuestra hija en la flor de la adolescencia),
hasta el frío y meditado cálculo para liberarse de un testigo peligroso, de
alguien que obstaculice el propio camino, de alguien a cuyo puesto se aspira o
cuya riqueza se ambiciona: éstas, y otras muchas parecidas, son las razones.
Pues bien, Dios puede conceder el perdón a quien, febril por el dolor, asesina,
mas no se lo concede a quien lo hace por ambición de poder o para ganarse
la estima de los demás.
Obrad siempre bien para no temer
ni el ojo ni la palabra de nadie. Contentaos con lo vuestro para no aspirar a lo
ajeno hasta el punto de convertiros en asesinos por conseguir lo que es del
prójimo.
¿Cómo he matado?
¿Ensañándome con la víctima aún
después de la primera reacción impulsiva? En algunas ocasiones el hombre no se
puede frenar porque Satanás le impele al mal del mismo modo que el hondero lanza
la piedra. Pero, ¿qué diríais de una piedra que, habiendo dado en el blanco,
volviera por sí misma a la honda para ser lanzada de nuevo y de nuevo golpear en
su objetivo? Diríais: “Está poseída por una fuerza mágica e infernal”. Así es el
hombre que da un segundo, un tercero, un décimo golpe, después del primero, con
la misma saña; porque la ira desaparece para dar paso a la razón inmediatamente
después del primer impulso, si éste obedece a un motivo en cierto modo
justificable, mientras que, por el contrario, la saña aumenta cuantos más golpes
recibe la víctima en el verdadero asesino, o sea, en el satanás que no
tiene ni puede tener piedad del hermano porque, siendo un satanás, es odio.
¿Cuándo he matado?
¿Durante el primer impulso? ¿Una
vez que éste ha cesado? ¿Fingiendo haber perdonado, mientras que en realidad ha
ido fermentando cada vez más el rencor? ¿O he esperado incluso años para cometer
el asesinato, produciendo así un doble dolor al matar al padre a través de los
hijos?
Así podéis ver cómo al matar se
viola el primero y el segundo grupo de mandamientos. En efecto, al hacerlo os
arrogáis el derecho de Dios y pisoteáis al prójimo. Es pecado, por tanto, contra
Dios y contra el prójimo. Cometéis no sólo un pecado de homicidio, sino también
de ira, de violencia, de soberbia, de desobediencia, de sacrilegio, y, en
ocasiones –si matáis para haceros con un puesto o con una bolsa–, de codicia. Y
no –aludo a ello, os lo explicaré mejor otro día –y no se peca de homicidio sólo
con un arma o con veneno; también calumniando. Meditad en ello”.
Visitar a
los encarcelados.
¿Creéis que en las galeras están sólo los delincuentes? La
justicia humana tiene un ojo tuerto y el otro medio nublado, por el que ve
camellos donde hay nubes o confunde una serpiente con un ramo florido. Juzga
mal. Y todavía peor porque frecuentemente quien la hace, forma a propósito
neblinas de humo para que no juzgue bien. Aun cuando los encarcelados fuesen
todos ladrones y homicidas, no es justo que nos hagamos ladrones y homicidas,
quitándoles la esperanza de perdón con nuestro desprecio.
¡Pobres prisioneros! No se atreven a levantar los ojos a
Dios, cargados como están con su delito. Las cadenas, en verdad, están más bien
en el espíritu que en los pies. Pero ¡ay de ellos si desconfían de Dios! Unen al
delito contra el prójimo el de la desesperación del perdón. La galera es
expiación, como lo es la muerte en el patíbulo. Pero no basta pagar la parte a
la que tiene derecho la sociedad humana por el delito cometido. Es menester
pagar también y sobre todo la parte que se debe a Dios, para poder expiar, para
tener la vida eterna. Quien es rebelde, quien se desespera no expía sino ante la
sociedad. Que el amor de los hermanos vaya al condenado o al prisionero. Será
luz en las tinieblas. Será una voz. Será una mano que señala lo alto, mientras
la voz dice: “Que mi amor te diga que también Dios te ama; Dios que me puso en
el corazón este amor por ti, hermano desventurado” y la luz permite entrever a
Dios, Padre piadoso.
Que vuestra caridad se dirija con mayor ahínco a consolar a
los mártires de la justicia humana. A los que en realidad no son culpables, o a
los que una fuerza cruel empujó a matar. No juzguéis allí donde ya se juzgó. No
sabéis que muchas veces el que asesina no es sino un muerto, un autómata privado
de razón, porque un asesinato incruento le quitó la razón con la vileza de una
cruel traición. Dios sabe y basta. En la otra vida se verán muchos de los que
estuvieron en las galeras, muchos de los que mataron y robaron, poseyendo el
cielo, porque en realidad los verdaderos ladrones de la paz de los demás, de la
honradez, de la confianza, los verdaderos asesinos de un corazón fueron ellos:
las pseudo–víctimas. Víctimas sólo porque fueron las últimas en recibir el
golpe. El homicidio y el hurto son pecados, pero quien mata y roba, porque fue
empujado por otro, y luego se arrepiente, y quien induce a otros al pecado y no
se arrepiente, será castigado menos duramente que el que lo empujó al pecado sin
sentir remordimiento.
Por lo cual, no juzgando jamás, sed compasivos para con los
encarcelados. Pensad siempre que si se debiese castigar a todos los homicidas y
ladrones, no pocos hombres ni pocas mujeres morirían en las galeras o en el
patíbulo. A esas madres que conciben y que luego no
quieren dar a luz su fruto, ¿qué nombre se les dará? ¡Oh! no juguemos con las
palabras. Digámoslas claramente su nombre: “Asesinas”. Esos hombres
que roban reputación y puestos, ¿cómo los llamaremos? Con lo que son:
“Ladrones”. Esos hombres y mujeres que siendo adúlteros o maltratando a sus
familias y que por eso empujan al homicidio o suicidio, o también los que siendo
grandes de la tierra arrastran a la desesperación a sus vasallos, y con la
desesperación a la violencia, ¿qué nombre se merecen? Este: “Homicidas”. ¿Huye
alguien? Vosotros sois testigos de que entre galeotes que escaparon de la
justicia, que llenan casas y ciudades y se topan con nosotros en las calles y
duermen en los mismos albergues que nosotros y con ellos condividimos la mesa,
se vive sin preocupación alguna. Y sin embargo ¿Quién está sin pecado? Si Dios
escribiese en la pared del lugar donde se reúnen para su banquete los
pensamientos del hombre, en la frente, las palabras acusadoras de lo que
fuisteis, sois o seréis, pocas frentes llevarían escrita con letras luminosas la
palabra: “Inocente”. Todas las demás con color de verde como la envidia, negro
como la traición, rojo como el crimen, llevarían las palabras: “Adúlteros”
“Asesinas” “Ladrones” “Homicidas”.
Sed, pues, misericordiosos sin soberbia para con los
hermanos menos afortunados, según la condición humana, que están en las galeras
expiando lo que vosotros no expiáis, por la misma culpa. Vuestra humildad sacará
de ello humildad.
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Palabras de
Santa Faustina Kowalska extraídas de su Diario:
#1248 -
16 IX [1937]. Hoy deseaba ardientemente hacer la Hora Santa delante del
Santísimo Sacramento, sin embargo la voluntad de Dios fue otra: a las ocho
experimenté unos dolores tan violentos que tuve que acostarme en seguida; he
estado contorsionándome por estos dolores durante tres horas, es decir hasta las
once de la noche. Ninguna medicina me alivió, lo que tomaba lo vomitaba; hubo
momentos en que los dolores me dejaban sin conocimiento.
Jesús me hizo saber que de esta manera he tomado parte en
su agonía en el Huerto y que Él Mismo había permitido estos sufrimientos en
reparación a Dios por las almas asesinadas en el seno de las malas madres.
Estos dolores me han sucedido ya tres veces, empiezan siempre a las ocho;
[duran] hasta las once de la noche. Ninguna medicina logra atenuar estos
sufrimientos. Cuando se acercan las once desaparecen solos y entonces me
duermo; al día siguiente me siento muy débil. La primera vez eso me ocurrió en
el sanatorio. Los médicos no lograron diagnosticarlo; ni la inyección, ni
ninguna otra medicina me pudieron aliviar y yo misma no entendía qué clase de
sufrimientos eran. Le dije al medico que jamás en mi vida había tenido
semejantes dolores; el declaró que no sabia que dolores eran. Ahora si,
entiendo de qué dolores se trata, porque el Señor me lo hizo saber…. Sin
embargo, al pensar que quizá un día vuelva a sufrir así, me da escalofríos; pero
no sé si en el futuro sufriré otra vez de modo similar, lo dejo a Dios; lo que a
Dios le agrade enviarme, lo recibiré todo con sumisión y amor.
Ojalá pueda con estos sufrimientos salvar del homicidio al
menos un alma.
Testimonio de
Gloria Polo que volvió de la muerte. Texto de su propio relato cuando la
examinaban en el juicio particular sobre el quinto mandamiento: "No matar".
Cuando llegamos al quinto mandamiento el Señor me mostraba que yo era una
asesina espantosa y que cometí lo peor y lo mas abominable ante los ojos del
Señor, el Aborto, miren es que el poder que me dio el dinero me sirvió para
financiar varios abortos porque yo decía: “la mujer tiene derecho a escoger
cuando quiere quedar embarazada o no”, miré en el libro de la vida y me dolió
tanto que cuando vi a una niña de catorce años abortando, yo le había enseñado,
porque saben que cuando uno tiene veneno nada bueno queda, y todo a lo que se
acerca se daña.
Unas niñas, tres sobrinas mías y la novia de un sobrino abortaron, las dejaban
ir a mi casa porque yo era la de plata, la que las invitaba, la que les hablaba
de moda, de glamour, y de cómo exhibir su cuerpo, y mi hermana me las mandaba
allá, miren cómo las prostituí, prostituí menores que fue otro pecado espantoso
después del aborto, porque yo les decía a esas niñas: "no sean bobitas mijitas es
que sus mama les hablan de virginidad y de castidad es porque están pasadas de
moda, ellas hablan de una Biblia de hace dos mil años, y los curas no se han
querido modernizar, ellas hablan de lo que decía el Papa, pero ese
Papa está
pasado de moda".
Imagínense mi veneno y les enseñé a las niñas que ellas tenían que disfrutar de
su cuerpo pero que tenían que planificar. Yo les enseñé los métodos de
planificación “perfecta mujer”, y esa niña de catorce años, la novia de mi
sobrino llega un día a mi consultorio (lo vi en el libro de la vida), llorando
me dice "¡Gloria, soy un bebe y estoy embarazada", y yo le dije:
"bruta, ¿no le
enseñé a planificar?" y entonces me dice:
"sí, pero no funcionó". Entonces miré y
el Señor me ponía allí esa niña para que no se hundiera en el abismo, para que
no fuera a abortar, porque es que el aborto es una cadena que pesa tanto, que
arrastra y pisotea, es un dolor que nunca se acaba, es el vacío de haber sido un
asesino. Es lo peor a un hijo. Y saben qué fue lo peor de esa niña, que en lugar
de yo hablarle del Señor le di plata para que fuera a abortar en un lugar muy
bueno para que después no la fueran a perjudicar. Así como ése, patrociné varios
abortos, cada vez que la sangre de un bebé se derramaba era como un holocausto a
Satanás, es un holocausto, al Señor le duele y se estremece cada vez que se mata
un bebé porque en el libro de la vida, vi como el alma de nosotros tan pronto
como se tocan el espermatozoide y el óvulo se forma una chispa hermosa, una luz
cogida del sol de Papá Dios, el vientre de una madre tan pronto es fecundado se
ilumina con el brillo de esa alma y cuando se aborta esa alma grita y gime de
dolor así no tenga ojos ni carne, se escucha ese grito cuando lo están
asesinando y el cielo se estremece y en el infierno se escucha otro igual pero
de júbilo, de inmediato del infierno se abren unos sellos y salen unas larvas
para seguir asediando a la humanidad, y seguir haciéndola esclava de la carne y
de todas esas cosas que se ven y se verán cada día peor.
Porque ¿cuántos bebés se matan a diario? Y eso es un triunfo para el. Como será
que ese precio de sangre inocente ocasiona un demonio mas afuera y me lavan en
esa sangre y mi alma blanca se empezó a poner absolutamente oscura. Después de
los abortos ya no tuve mas convicción de pecado, para mi todo eso estaba bien. Y
lo triste también ver como en esos pagares que me tenias el maligno allí me
mostraba todos los bebés que yo había matado también, porque saben que? Yo
planificaba con la t de cobre y fue doloroso ver cuántos bebitos habían sido
fecundados y se habían estallado esos soles, y el grito de ese bebé
desgarrándose da las manos de papa Dios. De razón que vivía amargada y mal
geniana, haciendo mala cara, frustrada con todos y con mucha depresión y decía
para mi: "Que Mamera" claro, me había vuelto una máquina de matar bebés.
Para leer el testimonio completo de Gloria Polo, haga
clic aquí
Revelaciones de
Jesús a Mons. Ottavio Michelini:
20 de febrero de
1976
NO MATARÁS
Mi Ley es
sobrenatural y eterna. Vosotros la llamáis ley natural porque es conforme a
todas las exigencias de vuestra naturaleza humana, a fin de que podáis conseguir
aquel feliz equilibrio del que sentís necesidad.
Quien infringe esta
ley, sea o no cristiano, perjudica la semilla de donde brota el justo equilibrio
sin el que no puede haber en el hombre serenidad y paz, por tanto felicidad; y
va a romper el orden establecido por Dios con consecuencias incalculables.
Esto es evidente:
pero la maldad humana, amasijo de soberbia, de rebelión y de división, infringe
voluntariamente la ley y destruye este germen divino llevando al hombre fuera
del sendero del bien, haciéndolo perderse en un laberinto a menudo sin camino de
salida.
He aquí, hijo mío,
que con satánica insistencia, contra todo elemental derecho a la vida, contra
todo derecho de la naturaleza, se quiere una inicua ley humana que legalice lo
que Dios ha condenado desde siempre: el homicidio.
Esta ley: "No
matarás", redactada y sancionada por el Padre, constituye una columna que
sustenta el derecho natural. Quien la infringe no solo se pone en una actitud
soberbia de desafío a Dios Creador, sino que violenta la misma naturaleza,
realizando un crimen que grita venganza a los ojos del Cielo y de la tierra.
Matanza salvaje
Tú me has
entendido, hijo: quiero hablarte del aborto, abominable parto de mentes
congeladas por Satanás en el odio contra Dios y contra el hombre.
A los propugnadores
de esta ley, cuya crueldad no es inferior a aquella de Herodes, no les importa
la inhumana matanza de millones de criaturas inocentes e indefensas, no les
importa romper la armonía de la Creación. Una cosa les importa: dar desahogo al
odio inextinguible contra Dios y contra los depositarios de la ley de Dios.
Es impresionante
que los inventores de esta conjura, hecha contra Dios (porque éste es el móvil
principal de quienes luchan por la legalización del aborto), hayan encontrado
tantos aliados. Se han convertido en una multitud separada de Dios y encaminada
por la vía del crimen.
En medio de estos,
tú ves no sin espanto a algunos de mis sacerdotes, incluso algún pastor que,
disimulado, se hace pequeño para no ser descubierto. En vano, porque un día,
aquel día grande de amargo llanto, Yo los acusaré frente a toda la humanidad por
haberse prestado a la realización de un inicuo plan del Infierno.
Culpa gravísima
El aborto procurado
es culpa gravísima, cuyo origen es de Satanás, porque es transgresión de la ley
de mi Padre, que es ley de amor tendiente a conservar, defender y proteger el
don impagable de la vida.
¿Qué hombre tiene
el derecho de suprimir la vida de otro hombre?
¿Qué Estado puede
arrogarse el derecho de romper el equilibrio de la naturaleza humana?
¿Qué Estado puede
exaltar el derecho de abrogar una Ley divina? El pretender hacerlo es un crimen
de tal gravedad que Dios no puede dejar impune.
El aborto es
abominación y perversión fruto de una sociedad corrompida y anticristiana.
¡Ay de aquellos
sobre cuya conciencia pesará tan tremenda responsabilidad!
No solo Yo seré
inexorable Juez, sino que serán los seres humanos, víctimas del aborto los que
se dirigirán directamente a mi Padre, Dador de la vida para pedir justicia sobre
sus verdugos materiales y morales.
Hijo, la
legalización del aborto es un producto de la barbarie materialista; pero cuántos
otros hay: la violencia, los crímenes, la droga, la pornografía, la corrupción
organizada, secretamente querida y financiada, aunque públicamente deplorada.
Si te hiciera ver
el verdadero rostro de esta sociedad incrédula, te repito que de ello te
morirías.
Esta humanidad ha
rechazado la salvación ofrecida por mi misericordia; la salvaré con mi justicia.
Hijo, reza, reza;
¡no te canses!
Hoy no ves sino lo
que ha podido la perversidad del Maligno; mañana verás cuánto ha podido la
oración y el sufrimiento de los buenos.
Te bendigo, hijo
mío; ámame.
NOTICIAS GLOBALES,
Año X. Número 697, 09/07. Gacetilla nº 820. Buenos Aires, 12 marzo
2007
820) FRANCIA: COMIENZA EL PROCESO DE BEATIFICACIÓN
DE JÉRÔME LEJEUNE. Por Juan C. Sanahuja
El arzobispo de París, Mons. André Vingt-Trois, previa confirmación de la Santa
Sede, nombró al Padre Jean Charles Naud, prior de la Abadía de St. Wandrille,
postulador de la causa de beatificación Jérôme Lejeune. De este modo comenzó el
tan esperado proceso a nivel diocesano. El anuncio fue hecho en la XIII Asamblea
General de la Pontificia Academia para la Vida, el 25 de febrero pasado.
El Dr. Jérôme Lejeune a los 33 años, en 1959, publicó su descubrimiento sobre la
causa del síndrome de Down, la trisomía 21, esto lo convirtió en uno de los
padres de la genética moderna. En 1962 fue designado como experto en genética
humana en la Organización Mundial de la Salud (OMS) y en 1964 fue nombrado
Director del Centro nacional de Investigaciones Científicas de Francia y en el
mismo año se crea para él en la Facultad de Medicina de la Sorbona la primera
cátedra de Genética fundamental. Se transforma así en candidato número uno al
Premio Nobel.
Aplaudido y halagado por los “grandes del mundo”, deja de serlo cuando en 1970
se opone tenazmente al proyecto de ley de aborto eugenésico en Francia: matar a
un niño por nacer enfermo, es un asesinato y además abre las puertas a la
liberalización total del crimen del aborto.
En esos meses participa en New York en la sede de la ONU en una reunión en la
que se trataba de justificar, ya entonces, la legalización del aborto para
evitar los abortos clandestinos. Fue en ese momento cuando refiriéndose a la
Organización Mundial de la Salud dijo “he aquí una
institución para la salud que se ha transformado en una institución para la
muerte”. Esa misma tarde escribe a su mujer y a su hija diciendo: “Hoy
me he jugado mi Premio Nobel”.
La defensa de Lejeune del ser humano desde la concepción se basó siempre en
argumentos científicos -racionales- antes que en cualquier consideración
religiosa.
Rechazó científicamente no sólo el crimen abominable del aborto, sino conceptos
ideológicos como el de pre-embrión. Por esas razones lo
aislaron, lo acusaron de integrismo y fundamentalismo y de intentar imponer su
fe católica en el ámbito de la ciencia.
Fue incomprendido y perseguido en ámbitos eclesiales, y aislado por sus colegas.
Pero en ningún momento escuchó a los prudentes que le
aconsejaban “callar para llegar más alto y así poder influir más”: las
estructuras de pecado no se pueden cambiar, sólo hacen cómplices. Hizo caso
omiso también de los que le decían que estaba sumiendo en la miseria a su
familia, ya que le fueron cortados todos los fondos para sus investigaciones de
las cuales vivía: continuó con sus investigaciones, sostuvo a su familia y se
financió dando conferencias.
Juan Pablo II, en carta al Cardenal Lustinger, entonces arzobispo de París, con
motivo de la muerte de Lejeune decía: “En su condición de científico y biólogo
era un apasionado de la vida. Llegó a ser el más grande defensor de la vida,
especialmente de la vida de los por nacer, tan amenazada en la sociedad
contemporánea, de modo que se puede pensar en que es una amenaza programada.
Lejeune asumió plenamente la particular responsabilidad del científico,
dispuesto a ser signo de contradicción, sin hacer caso a las presiones de
la sociedad permisiva y al ostracismo del que era víctima”.
En 1992 comienza, a petición de Juan Pablo II, la gestación de la Pontificia
Academia para la Vida, creada por Su Santidad el 11 de febrero de 1994. El 26 de
febrero de ese año recibe, ya en su lecho de muerte, el nombramiento de
Presidente de la Academia. Entrega su alma a Dios el Domingo de Pascua de 1994
(3 de abril). FIN, 12-03-07
Fuente: Propias; Fundación Jérôme Lejeune; Cardenal Fiorenzo Angelini, La figura
morale e spirituale el Prof. Jérôme Lejeune, Pontificia Academia para la Vida,
11-02-2004.