
(Dictada a
María Valtorta)
14 de julio de 1946
Jesús nos enseña a morir.
Dice Jesús:
“Dicté una Hora Santa para
quienes lo deseaban. Desvelé mi Hora de Agonía del Getsemaní para otorgarte un
gran premio; porque no hay acto de confianza mayor entre amigos que el de
desvelar al amigo el propio dolor. Ni la risa ni el beso son la prueba suprema
del amor, sino el llanto y el dolor comunicados al amigo. Tú, amiga mía, lo has
conocido. Porque estuviste en el Getsemaní. Ahora estás en la Cruz y pruebas
penas de muerte. Apóyate en tu Señor mientras que Él te da una Hora de
preparación para la muerte”.
I.
“Padre mío, si es posible, que
pase de mí este cáliz”.
No es una de las siete Palabras
de la Cruz, pero es ya palabra de pasión. Es el primer acto de la Pasión que se
inicia. Es la preparación necesaria para las demás fases del holocausto. Es
invocación al Dador de la vida, resignación, humildad y oración en la que se
trenzan, ennobleciéndose la carne y perfeccionándose el alma, la voluntad del
espíritu y la flaqueza de la criatura a la que repugna la muerte.
“¡Padre...!”. ¡Oh!, es la hora en
la que el mundo desaparece para los sentidos y para la mente, mientras que se
acerca a la velocidad de un meteoro el pensamiento sobre la otra vida, sobre lo
desconocido, sobre el juicio. El hombre, siempre un infante aunque sea
centenario, es como un niño asustado que se ha quedado solo y busca el seno de
Dios.
Marido, mujer, hermanos, hijos,
padres, amigos... Lo eran todo mientras que la vida estaba lejos de la muerte,
mientras que la muerte era tan sólo un pensamiento oculto entre tinieblas
lejanas. Pero ahora que la muerte sale de entre los velos y avanza, se invierte
la situación, y son los padres, los hijos, los amigos, los hermanos, el marido y
la mujer quienes pierden sus rasgos definidos, su valor afectivo, empañándose
ante el avance de la muerte. Como voces que se van debilitando con la distancia,
las cosas de la tierra van perdiendo vigor a la vez que lo adquiere lo del más
allá, aquello que hasta ayer parecía tan lejano... Y un movimiento de miedo se
apodera de la criatura.
Si no fuese penosa y temerosa, la
muerte no sería el extremo castigo y el medio extremo de expiación concedido al
hombre. Hasta que no existió la Culpa, la muerte no fue tal sino dormición. Y
donde no hubo culpa tampoco hubo muerte, como ocurrió con María Santísima.
Yo morí porque sobre Mí gravitaba
todo el Pecado, y conocí el horror de morir.
“¡Padre!”. ¡Oh!, este Dios tantas
veces no amado o amado en último lugar, después de que el corazón amó a
parientes y amigos, de que tuvo otros amores indignos con criaturas viciosas o
amó las cosas como a dioses, este Dios tan frecuentemente olvidado, que permitió
que se le olvidase, que nos dejó libres de olvidarle, que dejó hacer, que a
veces fue escarnecido, otras maldecido, otras negado, he aquí que vuelve a
surgir en la mente del hombre recobrando sus derechos. Brama: “¡Yo soy!” y para
no hacernos morir de espanto con la revelación de su poder, mitiga ese potente
“Yo soy” con una palabra suave: “Padre”.
“Yo soy tu Padre”. Y ya no es
terror, sino abandono en Él, el sentimiento que despierta esta palabra.
Yo, Yo que debía morir y
comprendía lo que es morir después de haber enseñado a los hombres a vivir
llamando “Padre” al Altísimo Yahveh, os enseñé a morir sin terror llamando
“Padre” al Dios que vuelve a surgir entre los espasmos de la agonía o se hace
más presente al espíritu del moribundo.
“¡Padre!”. ¡No temáis! ¡Vosotros
que morís, no temáis a este Dios que es Padre! No se presenta justiciero,
provisto de registros y de hachas, ni cínico arrancándoos de la vida y de los
afectos, sino que viene con los brazos abiertos diciendo: “Torna a tu morada.
Ven al descanso. Yo te compensaré con abundancia por cuanto dejas aquí. Y, te lo
juro, en mi seno harás mucho más a favor de los que dejas aquí que no
permaneciendo aquí abajo en lucha afanosa y no siempre remunerada”.
Pero la muerte siempre es dolor.
Dolor por el sufrimiento físico, dolor por el sufrimiento moral, dolor por el
sufrimiento espiritual. Debe ser dolor, lo repito, si ha de ser el medio para la
última expiación en el tiempo. Y en un fluctuar de nieblas, que ocultan y
descubren, alternándose, lo que en la vida se amó, y lo que nos hace temer el
más allá, el alma, la mente, el corazón, como nave atrapada en una gran
tempestad, pasan –de zonas tranquilas que gozan ya de la paz del inminente
puerto, ya cercano, visible y tan sereno que comunica una quietud beatífica y
una sensación de reposo semejante al de quien, a punto de dar por concluido un
esfuerzo, pregusta el gozo del próximo descanso– pasan a zonas en las que la
tempestad les sacude, les azota y les hace sufrir; aterrarse y gemir. Es de
nuevo el mundo, el afanoso mundo con todos sus tentáculos: familia, negocios; es
la angustia de la agonía, es el pavor del último paso... ¿Y después? ¿Y
después...? La tiniebla asalta, sofoca la luz, silba sus terrores... ¿Dónde está
ya el Cielo? ¿Por qué morir? ¿Por qué tener que morir? Y el grito borbotea ya en
la garganta: “¡No quiero morir!”.
No, hermanos míos que morís
porque justo, santo es el morir al ser la voluntad de Dios. No. ¡No gritéis así!
Ese grito no viene de vuestra alma. Es el Adversario que sugestiona vuestra
debilidad haciéndooslo proferir. Transformad el grito rebelde y vil en un grito
de amor y de confianza: “Padre, si es posible, que pase de mí este cáliz”. Como
el arco iris tras el temporal, es entonces cuando ese grito hace tornar la luz,
la calma. De nuevo veis el Cielo, las razones santas del morir y su premio que
es retornar al Padre, y entonces comprendéis que también el espíritu, o mejor
dicho, que el espíritu tiene derechos superiores a los de la carne porque él es
eterno y de naturaleza sobrenatural y, por eso, goza de preeminencia sobre la
carne, y entonces pronunciáis la palabra que os absuelve de todos vuestros
pecados de rebelión: “pero no se haga mi voluntad sino la tuya”.
Aquí está la paz, aquí la
victoria. El ángel de Dios os ciñe y os conforta porque ganasteis la batalla
preparatoria para hacer de la muerte un triunfo.
II.
“¡Padre, perdónales!”.
Es el momento de despojarse de
todo cuanto supone peso para volar con mayor seguridad a Dios. No podéis llevar
con vosotros afectos ni riquezas que no sean espirituales y buenas. Y no hay
hombre que muera sin tener algo que perdonar a alguno o a muchos de sus
semejantes en muchas cosas y por múltiples motivos.
¿Qué hombre hay que llegue a
morir sin haber sufrido el amargor de una traición, de un desamor, de un engaño,
de un abuso o de otro daño cualquiera de parte de parientes, consortes o amigos?
Pues bien, es la hora de perdonar para ser perdonados. Perdonar completamente,
dejando a un lado, no sólo el rencor y el recuerdo sino hasta la persuasión de
que el motivo de nuestro rencor era justo. Es la hora de la muerte. El tiempo,
el mundo, los negocios y los afectos terminan quedando reducidos a “nada”. Ya
sólo existe una “verdad”: Dios. ¿Para qué, pues, llevar más allá de los umbrales
lo que es de la parte de acá de los mismos?
Perdonar. Y, dado que llegar a la
perfección del amor y del perdón –que consiste en no decir siquiera: “con todo
yo tenía razón”– es muy difícil, demasiado difícil para el hombre, debe
traspasar al Padre el encargo de perdonar por nosotros. Entregarle nuestro
perdón a Él que no es hombre, que es perfecto, que es bueno, que es Padre, para
que Él lo depure con su Fuego y se lo dé, una vez perfeccionado, a quien merezca
el perdón.
Perdonar, a los vivos y a los
muertos. Sí. También a los muertos que nos causaron dolor. La muerte limó muchas
aristas al disgusto de los ofendidos, a veces las quitó todas. Pero, aún perdura
el recuerdo. Hicieron sufrir y se recuerda que hicieron sufrir. Este recuerdo
pone siempre un límite a nuestro perdón. No. Ya no más. Ahora la muerte está a
punto de quitar todo límite al espíritu. Se penetra en el infinito. Hay que
eliminar, por tanto, hasta este recuerdo que pone límites al perdón. Perdonar,
perdonar para que el alma no tenga sobre sí el peso y el tormento de los
recuerdos y pueda estar en paz con todos los hermanos vivos o penantes, antes de
encontrarse con el Pacífico.
“¡Padre, perdónales!”. Santa
humildad, dulce amor del perdón otorgado, que sobreentiende el perdón que se
pide a Dios por las ofensas para con Él y para con el prójimo, que tiene todo
aquel que pide perdón para los hermanos. Acto de amor. Morir en un acto de amor
es ganar la indulgencia del amor. Bienaventurados los que saben perdonar en
expiación de todas sus durezas de corazón y de las culpas de la ira.
III.
“He aquí a tu hijo”.
¡He aquí a tu hijo! Hacer cesión
de lo que nos es querido con previsor y santo pensamiento; abandonar los afectos
y abandonarse a Dios sin resistencia. No envidiar al que posee lo que dejamos.
Con esa frase podéis confiar a Dios todo lo que más os interesa y que
abandonáis, y todo lo que os angustia, y hasta vuestro propio espíritu.
Recordar al Padre que es Padre.
Ponerle en las manos el espíritu que torna a su Fuente. Decirle: “Heme aquí.
Aquí estoy. Tómame contigo porque me dono a Ti. No cedo forzado por las
circunstancias. Me dono porque te amo como hijo que torna a su padre”.
Y decirle: “He aquí. Éstos son
mis seres queridos; te los entrego. Éstos son mis negocios que alguna vez me
hicieron ser injusto, envidioso del prójimo, y que hicieron que me olvidase de
Ti porque me parecían –lo eran ciertamente, si bien yo los tenía por más de lo
que eran– me parecían de capital importancia para el bienestar de los míos, para
mi honor y por el aprecio que me proporcionaban. Creí también que sólo yo fuese
capaz de administrarlos. Me creí necesario para llevarlos a cabo. Ahora veo...
que eran tan sólo una pieza insignificante en el perfecto engranaje de tu
Providencia, y muchas veces, un mecanismo imperfecto que descomponía el trabajo
del organismo perfecto. Ahora que las luces y las voces del mundo cesan y todo
se va alejando, veo... siento... ¡qué insuficientes, deterioradas e incompletas
eran mis obras! ¡cómo desentonaban con el Bien! Presumí de ser ‘alguien’. Tú
eras quien –previsor, providente y santo– corregías mis trabajos y los hacías
útiles. Presumí. Alguna vez incluso dije que no me amabas porque no me
acompañaba el éxito en lo que emprendía, como a aquellos a los que yo envidiaba.
Ahora lo veo. ¡Ten compasión de mí!”.
Humilde abandono, pensamiento
agradecido de la Providencia como reparación de vuestras presunciones, avideces,
envidias y sustituciones de Dios con pobres cosas humanas y con gula de toda
suerte de riqueza.
IV.
“Acuérdate de mí”.
Habéis aceptado el cáliz de la
muerte, habéis perdonado y cedido lo que era vuestro, incluso hasta a vosotros
mismos. Habéis mortificado mucho el yo humano y liberado al alma de lo que
desagrada a Dios: del espíritu de rebeldía, del espíritu de rencor y de codicia.
Habéis cedido al Señor la vida, la justicia, la propiedad, la pobre vida, la más
pobre justicia y las tres veces pobres propiedades humanas. Nuevos Jobs, os
encontráis desfallecidos y despojados ante Dios. Entonces podéis decir:
“Acuérdate de mí”.
Ya no sois nada. Ni salud, ni
arrogancia, ni riqueza. No sois dueños ni de vosotros mismos. Sois oruga con
posibilidad de convertiros en mariposa o de pudriros en la cárcel del cuerpo
causando una postrer herida a vuestro espíritu. Sois fango que torna al fango o
fango que se transforma en estrella según prefiráis descender en la cloaca del
Adversario o ascender en el vórtice de Dios. La última hora decide la vida
eterna. Recordáoslo. Y gritad: “¡Acuérdate de mí!”
Dios aguarda aquel grito del
pobre Job para colmarle de bienes en su Reino. Para un Padre es dulce perdonar,
intervenir y consolar. En cuanto que escucha este grito, os dice: “Hijo, estoy
contigo. No temas”. Pronunciad esta palabra a fin de reparar las veces que os
olvidasteis del Padre o fuisteis soberbios.
V.
“Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?”
A veces parece que Dios abandona.
Pero sólo se ha escondido para que aumente la expiación y conceder así mayor
perdón. ¿Puede el hombre lamentarse de ello con ira cuando él abandonó infinitas
veces a Dios? Y ¿debe desesperarse porque Dios le pruebe?
¡Cuántas cosas pusisteis en
vuestro corazón que no eran Dios! ¡Cuántas veces fuisteis indolentes con Él! Con
cuántas cosas le rechazasteis y echasteis de vosotros! Llenasteis vuestro
corazón de todo y después lo cerrasteis echándole el cerrojo porque temíais que
Dios, si entraba, pudiera turbar vuestro quietismo indolente y purificar su
templo echando de él a los usurpadores. ¿Qué os importaba de Dios mientras
fuisteis felices? Os decíais: “Tengo ya de todo porque me lo he ganado”. Y
cuando no fuisteis felices ¿acaso no huisteis de Dios culpándole de vuestro mal?
¡Oh! hijos injustos que bebéis el
veneno, que os introducís en los laberintos, que os arrojáis a los precipicios,
a las guaridas de las serpientes y otras fieras y después decís: “Dios tiene la
culpa”. Si Dios no fuese Padre y Padre santo, ¿qué habría de responder a vuestro
lamento de las horas dolorosas cuando en las horas felices os olvidasteis de Él?
¡Oh! hijos injustos que, llenos de culpas como estáis, pretendéis ser tratados
como no lo fue el Hijo de Dios en la hora del holocausto. Decid, ¿quién estuvo
más abandonado? ¿No fue acaso Cristo, el Inocente, quien para salvar aceptó el
abandono total de Dios tras haberle amado activamente siempre? ¿No lleváis acaso
vosotros el nombre de “cristianos”? Y ¿no tenéis el deber de salvaros siquiera a
vosotros mismos? En la turbia desidia, que se complace en sí misma y teme las
molestias de acoger al Activo, no hay salvación.
Imitad pues a Cristo, lanzando
este grito en el momento de mayor angustia. Pero haced que la nota del grito sea
nota de mansedumbre y de humildad, no un tono de blasfemia ni de reproche. “¿Por
qué me has abandonado Tú que sabes que sin Ti nada puedo? Ven Padre, ven a
salvarme, a infundirme fortaleza para salvarme a mí mismo, porque son horribles
las apreturas de la muerte y el Adversario acrecienta ingeniosamente su poder
susurrándome que Tú ya no me amas. Déjate oír, Padre, no por mis méritos, sino
precisamente porque soy una nada sin valor alguno que no sabe vencer si está
sólo, y que ahora comprende que la vida era trabajo para ir al Cielo”.
Está dicho: ¡Ay de los que se
encuentran solos! ¡Ay de quien está sólo en la hora de la muerte, solo consigo
mismo contra Satanás y contra la carne! Pero no temáis. Si llamáis al Padre, Él
acudirá. Y este humilde invocarlo expiará vuestras culpables torpezas para con
Dios, vuestra falsa piedad y los desordenados amores del yo que os hacen
indolentes.
VI.
“Tengo sed”.
Sí, verdaderamente, cuando se ha
entendido el verdadero valor de la vida eterna respecto del falso metal de la
vida terrena, cuando se ha aceptado como santa obediencia la purificación del
dolor y de la muerte, cuando en pocas horas, o en pocos minutos tal vez, se ha
crecido en sabiduría y en gracia ante Dios más de cuanto se hubiera crecido en
muchos años de vida, viene una sed profunda de aguas celestiales, de cosas
celestiales. Están vencidas las lujurias de toda la sed humana, pero viene la
sed sobrenatural de poseer a Dios. La sed del amor. El alma aspira a beber el
amor y a ser absorbida por él. Como el agua de lluvia que cae al suelo y no
quiere convertirse en fango sino tornar a ser nube, así ahora el alma tiene sed
de subir al lugar del que descendió. A punto de quedar rotos los muros carnales,
la prisionera percibe ya las auras del Lugar de origen y lo anhela con todo su
ser.
¿Cuál es el peregrino exhausto
que, viendo ya próximo, tras largos años, el lugar nativo, no concentra todas
sus fuerzas y prosigue veloz, tenaz, despreocupado de todo lo que no sea llegar
al sitio del que un día partió dejando en él su verdadero bien que ahora está
seguro de recobrar y de gustar mucho más, dada la experiencia que tiene del
pobre bien que no sacia y que encontró en el lugar del exilio?
“Tengo sed”. Sed de Ti, mi Dios.
Sed de tenerte. Sed de poseerte. Sed de darte. Porque en los umbrales entre la
Tierra y el Cielo se sabe ya entender, como se debe, el amor al prójimo, y viene
un deseo de actuar para dar a Dios al prójimo que dejamos. Es la santa
laboriosidad de los santos que, cual granos muertos convertidos en espiga, se
desbordan en amor para proporcionar amor y hacer que ame a Dios aquel que aún
está debatiéndose en las luchas de la Tierra.
“Tengo sed”. Una vez llegada el
alma a los umbrales de la Vida, no hay más que un agua que sacie: el Agua viva,
Dios mismo. El Amor verdadero: Dios mismo. Amor contrapuesto al egoísmo.
El egoísmo murió en los justos
antes que la carne y el que reina en ellos es el amor que grita: “Tengo sed de
Ti y de almas. Salvar. Amar. Morir para gozar de la libertad de amar y de
salvar. Morir para nacer. Dejar para poseer. Rechazar toda dulzura, todo
consuelo, porque todo lo de aquí abajo es vanidad y lo que el alma tan sólo
quiere es anegarse en el río, en el océano de la Divinidad, beber de Ella, estar
en Ella sin tener más sed, al acogerle la Fuente del Agua de la Vida”. Hay que
tener esta sed en reparación del desamor y de la lujuria.
VII.
“Todo está cumplido”.
Todas las renuncias, todos los
sufrimientos, todas las pruebas, las luchas, las victorias, las ofrendas: todo.
Ya sólo resta presentarse ante Dios. Concluyó el tiempo concedido a la criatura
para llegar a ser un dios, lo mismo que el concedido a Satanás para tentarla.
Cesa el dolor, cesa la prueba, cesa la lucha. Quedan únicamente el juicio y la
amorosa purificación, o llega de inmediato la bienaventurada morada del Cielo.
Cuanto es Tierra y voluntad humana llegó a su fin. ¡Todo está cumplido! Ésta es
la palabra de la completa resignación o del gozoso reconocimiento de haber
terminado la prueba y consumado el holocausto.
No me refiero aquí a los que
mueren en pecado mortal, quienes no dicen: “todo está cumplido”, sino que, con
un grito de victoria y un llanto de dolor, lo dicen por ellos el ángel de las
tinieblas, victorioso y el ángel de la guarda, vencido.
Me refiero a los pecadores
arrepentidos, a los buenos cristianos o a los héroes de la virtud. Éstos, cada
vez más vivos en su espíritu al tiempo que la muerte se apodera de la carne,
murmuran o gritan, resignados o gozosos: “Todo está consumado. El sacrificio ha
terminado. ¡Tómalo como expiación mía! ¡Tómalo como mi ofrenda de amor!” Así
dicen los espíritus con la penúltima palabra, según sea que sufran la muerte por
ley común o, como almas víctimas, la ofrezcan en voluntario sacrificio.
Pero tanto unas como otras, una
vez llegadas a la liberación de la materia, reclinan su espíritu en el seno de
Dios diciendo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.
“María, ¿sabes lo
que supone expirar con esta elevación hecha viva en el corazón? Es expirar en el
beso de Dios. Hay muchas preparaciones para la muerte. Mas, créeme, ésta, basada
en mis palabras, es, dentro de su sencillez, la más santa de todas”.
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