Contenido:
Introducción del autor: María en el designio de Dios
Primera
parte: María en la historia de la salvación
I - María en el misterio de Cristo
II - María en el misterio de la Iglesia
III - María en los últimos tiempos de la Iglesia
Segunda
parte: El culto de María en la Iglesia
I - Fundamentos teológicos del culto a María
II - Deformaciones del culto a María
III - La verdadera devoción a la Santísima Virgen
IV - Diversas prácticas de devoción a María
Tercera
parte: La perfecta consagración a Jesucristo
I - Contenidos esenciales de la consagración
II - Motivos en favor de esta devoción
III - Figura bíblica de la vida consagrada a María: Rebeca y Jacob
IV - Efectos maravillosos de la consagración total
V - Prácticas particulares de esta devoción
VI - Práctica de esta devoción en la sagrada comunión
Apéndice
Introducción
MARÍA EN EL DESIGNIO DE DIOS
Por medio de la Santísima Virgen vino Jesucristo al mundo y
por medio de Ella debe también reinar en el mundo.
María es un misterio
a) A causa de su humildad
La vida de María fue oculta. Por ello, el Espíritu Santo y la
Iglesia la llaman alma mater: Madre oculta y escondida. Su humildad fue
tan grande que no hubo para Ella anhelo más firme y constante que el de
ocultarse a sí misma y a todas las criaturas, para ser conocida solamente de
Dios.
Ella pidió pobreza y humildad. Y Dios, escuchándola, tuvo a
bien ocultarla en su concepción, nacimiento, vida, misterios, resurrección y
asunción, a casi todos los hombres. Sus propios padres no la conocían. Y los
ángeles se preguntaban con frecuencia uno a otro: ¿Quién es ésta? (Cant.
8, 5). Porque el Altísimo se la ocultaba. O, si algo les manifestaba de Ella,
era infinitamente más lo que les encubría.
b) Por disposición divina
Dios Padre, a pesar de haberle comunicado su poder, consintió
en que no hiciera ningún milagro, al menos portentoso, durante su vida.
Dios Hijo, a pesar de haberle comunicado su sabiduría,
consintió en que Ella casi no hablara.
Dios Espíritu Santo, a pesar de ser Ella su fiel esposa,
consintió en que los Apóstoles y Evangelistas hablaran de Ella muy poco y sólo
cuanto era necesario para dar a conocer a Jesucristo.
c) Por su grandeza excepcional
María es la excelente obra maestra del Altísimo. Quien se ha
reservado a sí mismo el conocimiento y posesión de Ella.
María es la Madre admirable del Hijo. Quien tuvo a bien
humillarla y ocultarla durante su vida, para fomentar su humildad, llamándola
mujer (Jn. 2, 4; 19, 26), como si se tratara de una extraña, aunque en su
corazón la apreciaba y amaba más que a todos los ángeles y hombres.
María es la fuente sellada (Cant. 4, 12), en la que
sólo puede entrar el Espíritu Santo, cuya Esposa fiel es Ella.
María es el santuario y tabernáculo de la Santísima Trinidad,
donde Dios mora más magnífica y maravillosamente que en ningún otro lugar del
universo, sin exceptuar los querubines y serafines: a ninguna criatura, por pura
que sea, se le permite entrar allí sin privilegio especial.
Digo con los santos, que la excelsa María es el paraíso
terrestre del nuevo Adán, quien se encarnó en él por obra del Espíritu Santo
para realizar allí maravillas incomprensibles. Ella es el sublime y divino mundo
de Dios, lleno de bellezas y tesoros inefables. Es la magnificencia del
Altísimo, quien ocultó allí, como en su seno, a su Unigénito y con Él todo lo
más excelente y precioso.
¡Oh qué portentos y qué misterios ha ocultado Dios en esta
admirable criatura, como Ella misma se ve obligada a confesarlo, no obstante su
profunda humildad: ¡El Poderoso ha hecho obras grandes en mí! (Lc. 1, 49)
El mundo los desconoce porque es incapaz e indigno de conocerlos.
Los santos han dicho cosas admirables de esta ciudad Santa de
Dios. Y, según ellos mismos testifican, nunca han estado tan elocuentes ni se
han sentido tan felices como al hablar de Ella. Todos a una proclaman que:
– La altura de sus méritos, elevados por Ella hasta el
trono de la Divinidad, es inaccesible.
– La anchura de su caridad, dilatada por Ella más que
la tierra, es inconmensurable.
– La grandeza de su poder, que se extiende hasta sobre
el mismo Dios, es incomprensible.
– Y, en fin, la profundidad de su humildad y de todas
sus virtudes y gracias es un abismo insondable.
¡Oh altura incomprensible! ¡ Oh anchura inefable! ¡Oh
grandeza sin medida! ¡Oh abismo impenetrable! (cfr. Ef. 3, 18; Apoc. 21, 15-16).
Todos los días, del uno al otro confín de la tierra, en lo
más alto del cielo y en lo más profundo de los abismos, todo pregona y exalta a
la admirable María. Los nueve coros angélicos, los hombres de todo sexo, edad y
condición, religión, buenos y malos, y hasta los mismos demonios, de grado o por
fuerza, se ven obligados, por la evidencia de la verdad, a proclamarla
bienaventurada.
Todos los ángeles en el cielo, dice san Buenaventura, le
repiten continuamente: “¡Santa, santa, santa María! ¡Virgen y Madre de Dios!”, y
le ofrecen todos los días millones y millones de veces la salutación angélica:
“Dios te salve, María...”, prosternándose ante Ella y suplicándole que, por
favor, los honre con alguno de sus mandatos. “San Miguel, llega a decir san
Agustín, aun siendo el príncipe de toda la milicia celestial, es el más celoso
en rendirle y hacer que otros le rindan toda clase de honores, esperando siempre
sus órdenes para volar en socorro de alguno de sus servidores”.
Toda la tierra está llena de su gloria, particularmente entre
los cristianos que la han escogido por tutelar y patrona de varias naciones,
provincias, diócesis y ciudades. ¡Cuántas catedrales no se hallan consagradas a
Dios bajo su advocación! ¡No hay Iglesia sin un altar en su honor, ni comarca ni
región donde no se dé culto a alguna de sus imágenes milagrosas, donde se cura
toda suerte de enfermedades y se obtiene toda clase de bienes! ¡Cuántas
cofradías y congregaciones en su honor! ¡Cuántos institutos religiosos colocados
bajo su nombre y protección! ¡Cuántos congregantes en las asociaciones piadosas,
cuántos religiosos en todas las Órdenes! ¡Todos publican sus alabanzas y
proclaman sus misericordias!
No hay siquiera un pequeñuelo que, al balbucir el Avemaría,
no la alabe. Ni apenas un pecador que, aunque obstinado, no conserve alguna
chispa de confianza en Ella. Ni siquiera un solo demonio en el infierno que,
temiéndola, no la respete.
María no es suficientemente conocida
Es, por tanto, justo y necesario repetir con los santos: DE
MARIA NUNQUAM SATIS: maría no ha sido aún alabada, ensalzada, honrada y servida
como se debe. Merece aún mejores alabanzas, respeto, amor y servicio.
Debemos decir también con el Espíritu Santo: Toda la
gloria de la Hija del rey está en su interior (Sal. 45, 14). Como si toda la
gloria exterior que el cielo y la tierra le rinden a porfía, fuera nada en
comparación con la que recibe interiormente de su Creador y que es desconocida a
criaturas insignificantes, incapaces de penetrar el secreto de los secretos del
Rey.
Debemos también exclamar con el Apóstol: El ojo no ha
visto, el oído no ha oído, a nadie se le ocurrió pensar... (1 Cor. 2, 9) las
bellezas, grandezas y excelencias de María, milagro de los milagros de la
gracia, de la naturaleza y de la gloria. “Si quieres comprender a la Madre –dice
un santo– trata de comprender al Hijo. Pues Ella es digna Madre de Dios”.
¡Enmudezca aquí toda lengua!
Hay que conocer mejor a María
El corazón me ha dictado cuanto acabo de escribir con alegría
particular para demostrar que la excelsa María ha permanecido hasta ahora
desconocida y que ésta es una de las razones de que Jesucristo no sea todavía
conocido como debe serlo. De suerte que si el conocimiento y reinado de
Jesucristo han de dilatarse en el mundo –como ciertamente sucederá– esto
acontecerá como consecuencia necesaria del conocimiento y reinado de la
Santísima Virgen, quien lo trajo al mundo la primera vez y lo hará resplandecer
la segunda.
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Primera Parte
MARÍA EN LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN
Necesidad del Culto a María
Confieso con toda la Iglesia que siendo María una simple
criatura salida de las manos del Altísimo, comparada con tan infinita Majestad
es menos que un átomo, o, mejor, es nada, porque sólo Él es el que es
(Ex. 3, 14). Por consiguiente, este gran Señor siempre independiente y
suficiente a Sí mismo, no tiene ni ha tenido absoluta necesidad de la Santísima
Virgen para realizar su voluntad y manifestar su gloria. Le basta querer para
hacerlo todo.
Afirmo, sin embargo, que dadas las cosas como son, habiendo
querido Dios comenzar y acabar sus mayores obras por medio de la Santísima
Virgen desde que la formó, es de creer que no cambiará jamás de proceder: es
Dios y no cambia ni en sus sentimientos ni en su manera de obrar.
Capítulo I: MARÍA EN EL MISTERIO DE CRISTO
1. En la Encarnación
Dios Padre entregó su Unigénito al mundo solamente por medio
de María. Por más suspiros que hayan exhalado los patriarcas, por más ruegos que
hayan elevado los profetas y santos de la antigua ley durante cuatro mil años a
fin de obtener dicho tesoro, solamente María lo ha merecido y ha hallado gracia
delante de Dios por la fuerza de su plegaria y la elevación de sus virtudes. El
mundo era indigno, dice san Agustín, de recibir al Hijo de Dios inmediatamente
de manos del Padre. Quien lo entregó a María para que el mundo lo recibiera por
medio de Ella.
Dios Hijo se hizo hombre para nuestra salvación, pero en
María y por María.
Dios Espíritu Santo formó a Jesucristo en María, pero después
de haberle pedido consentimiento por medio de los primeros ministros de su
corte.
2. En los misterios de la Redención
Dios Padre comunicó a María su fecundidad, en cuanto una pura
criatura era capaz de recibirla, para que pudiera engendrar a su Hijo y a todos
los miembros de su Cuerpo Místico.
Dios Hijo descendió al seno virginal de María como nuevo Adán
a su paraíso terrestre, para complacerse y realizar allí secretamente maravillas
de gracia.
–
Este Dios–hombre encontró su libertad en dejarse aprisionar en su seno.
–
Manifestó su poder dejándose llevar por esta jovencita.
–
Cifró su gloria y la de su Padre en ocultar sus resplandores a todas las
criaturas de la tierra, para no revelarlos sino a María.
–
Glorificó su propia independencia y majestad, sometiéndose a esta Virgen
amable en la concepción, nacimiento, presentación en el templo, vida oculta de
treinta años, hasta la muerte, a la que Ella debía asistir, para ofrecer con
Ella un solo sacrificio y ser inmolado por su consentimiento al Padre eterno,
como en otro tiempo Isaac por la obediencia de Abraham a la voluntad de Dios.
Ella le amamantó, alimentó, cuidó, educó y sacrificó por
nosotros.
¡Oh admirable e incomprensible dependencia de un Dios! Para
mostrarnos su precio y gloria infinita, el Espíritu Santo no pudo pasarla en
silencio en el Evangelio, a pesar de habernos ocultado casi todas las cosas
admirables que la Sabiduría encarnada realizó durante su vida oculta. Jesucristo
dio mayor gloria a Dios, su Padre, por su sumisión a María durante treinta años
que la que le hubiera dado convirtiendo al mundo entero con los milagros más
portentosos. ¡Oh! ¡Cuán altamente glorificamos a Dios, cuando para agradarle nos
sometemos a María, a ejemplo de Jesucristo, nuestro único modelo!
Si examinamos de cerca el resto de la vida de Jesucristo,
veremos que ha querido inaugurar sus milagros por medio de María.
Por la palabra de Ella santificó a san Juan en el seno de
santa Isabel, su madre (cfr. Lc. 1, 41-44); habló María, y Juan quedó
santificado. Éste fue su primer y mayor milagro en el orden de la gracia.
Ante la humilde plegaria de María, convirtió el agua en vino
en las bodas de Caná (cfr. Jn. 2, 1-11). Era su primer milagro en el orden de
la naturaleza. Comenzó y continuó sus milagros por medio de María y por
medio de Ella los continuará hasta el fin de los siglos.
Dios Espíritu Santo, que es estéril en Dios, es decir, no
produce otra persona divina en la Divinidad, se hizo fecundo por María, su
Esposa. Con Ella, en Ella y de Ella produjo su obra maestra, que es un Dios
hecho hombre, y produce todos los días hasta el fin del mundo a los
predestinados y miembros de esta Cabeza adorable.
Por ello, cuanto más encuentra a María, su querida e
indisoluble Esposa, en un alma, tanto más poderoso y dinámico se muestra para
producir a Jesucristo en esa alma y a ésta en Jesucristo.
No quiero decir con esto que la Santísima Virgen dé al
Espíritu Santo la fecundidad, como si Él no la tuviese, ya que siendo Él Dios,
posee la fecundidad o capacidad de producir tanto como el Padre y el Hijo,
aunque no la reduce al acto al no producir otra persona divina. Quiero decir
solamente que el Espíritu Santo, por intermedio de la Santísima Virgen, de quien
ha tenido a bien servirse, aunque absolutamente no necesita de Ella, reduce al
acto su propia fecundidad, produciendo en Ella y por Ella a Jesucristo y a sus
miembros. ¡Misterio de la gracia desconocido aun por los más sabios y
espirituales entre los cristianos!
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Capítulo II: MARÍA EN EL MISTERIO DE LA IGLESIA
El proceder que las tres divinas personas de la Santísima
Trinidad han adoptado en la Encarnación y primera venida de Jesucristo,
–
lo prosiguen todos los días de manera invisible en la santa Iglesia;
–
y lo mantendrán hasta el fin de los siglos en la segunda venida de
Jesucristo.
A. Misión de María en el pueblo de Dios
1. Colaboradora de Dios
Dios Padre creó un depósito de todas las aguas y lo llamó
mar.
Creó un depósito de todas las gracias y lo llamó María.
El Dios omnipotente posee un tesoro o almacén riquísimo en el
que ha encerrado lo más hermoso, refulgente, raro y preciso que tiene, incluido
su propio Hijo. Este inmenso tesoro es María, a quien los santos llaman el
tesoro del Señor, de cuya plenitud se enriquecen los hombres.
Dios Hijo comunicó a su Madre cuanto adquirió mediante su
vida y muerte, sus méritos infinitos y virtudes admirables, y la constituyó
tesorera de todo cuanto el Padre le dio en herencia. Por medio de Ella aplica
sus méritos a sus miembros, les comunica sus virtudes y les distribuye sus
gracias. María constituye su canal misterioso, su acueducto, por el cual hace
pasar suave y abundantemente sus misericordias.
Dios Espíritu Santo comunicó a su fiel Esposa, María, sus
dones inefables y la escogió por dispensadora de cuanto posee. De manera que
Ella distribuye a quien quiere, cuanto quiere, como quiere y cuando quiere todos
sus dones y gracias. Y no se concede a los hombres ningún don celestial que no
pase por sus manos virginales. Porque tal es la voluntad de Dios que quiere que
todo lo tengamos por María. Y porque así será enriquecida, ensalzada y honrada
por el Altísimo la que durante su vida se empobreció, humilló y ocultó hasta el
fondo de la nada por su humildad. Éstos son los sentimientos de la Iglesia y de
los Santos Padres.
Si yo hablara a ciertos sabios actuales, probaría cuanto
afirmo sin más, con textos de la Sagrada Escritura y de los Santos Padres,
citando al efecto sus pasajes latinos, y con otras sólidas razones, que se
pueden ver largamente expuestas por el R. P. Poiré en su Triple Corona de la
Santísima Virgen.
Pero estoy hablando de modo especial a los humildes y
sencillos. Que son personas de buena voluntad, tienen una fe más robusta que la
generalidad de los sabios y creen con mayor sencillez y mérito. Por ello me
contento con declararles sencillamente la verdad, sin detenerme a citarles los
pasajes latinos, que no entienden. Aunque no renuncio a citar algunos, pero sin
esforzarme por buscarlos. Prosigamos.
2. Influjo maternal de María
La gracia perfecciona a la naturaleza, y la gloria, a la
gracia. Es cierto, por tanto, que el Señor es todavía en el cielo Hijo de María
como lo fue en la tierra y, por consiguiente, conserva para con Ella la sumisión
y obediencia del mejor de todos los hijos para con la mejor de todas las madres.
No veamos, sin embargo, en esta dependencia ningún desdoro o imperfección en
Jesucristo. María es infinitamente inferior a su Hijo, que es Dios. Y por ello,
no le manda como haría una madre a su hijo de aquí abajo, que es inferior a
ella. María, toda transformada en Dios por la gracia y la gloria, que transforma
en Él a todos los santos, no le pide, quiere ni hace nada que sea contrario a la
eterna e inmutable voluntad de Dios.
Por tanto, cuando leemos en san Bernardo, san Buenaventura,
san Bernardino y otros, que en el cielo y en la tierra todo, inclusive el mismo
Dios, está sometido a la Santísima Virgen, quieren decir que la autoridad que
Dios le confirió es tan grande que parece como si tuviera el mismo poder de Dios
y que sus plegarias y súplicas son tan poderosas ante Dios que valen como
mandatos ante la divina Majestad. La cual no desoye jamás las súplicas de su
querida Madre, porque son siempre humildes y conformes a la voluntad divina.
Si Moisés, con la fuerza de su plegaria, contuvo la cólera
divina contra los Israelitas en forma tan eficaz que el Señor altísimo e
infinitamente misericordioso, no pudiendo resistirle, le pidió que le dejase
encolerizarse y castigar a ese pueblo rebelde (cfr. Ex. 32, 10-14), ¿qué debemos
pensar, con mayor razón, de los ruegos de la humilde María, la digna Madre de
Dios, que son más poderosos delante del Señor, que las súplicas e intercesiones
de todos los ángeles y santos del cielo y de la tierra?
María impera en el cielo sobre los ángeles y bienaventurados.
En recompensa a su profunda humildad, Dios le ha dado el poder y la misión de
llenar de santos los tronos vacíos, de donde por orgullo cayeron los ángeles
apóstatas. Tal es la voluntad del Altísimo que exalta siempre a los humildes (cfr.
Lc. 1, 52): que el cielo, la tierra y los abismos se sometan, de grado o por
fuerza, a las órdenes de la humilde María, a quien ha constituido Soberana del
cielo y de la tierra, capitana de sus ejércitos, tesorera de sus riquezas,
dispensadora del género humano, mediadora de los hombres, exterminadora de los
enemigos de Dios y fiel compañera de su grandeza y de sus triunfos.
3. Señal de fe auténtica
Dios Padre quiere formarse hijos por medio de María hasta la
consumación del mundo y le dice: Pon tu tienda en Jacob (Ecli. 24, 13),
es decir, fija tu morada y residencia en mis hijos y predestinados, simbolizados
por Jacob, y no en los hijos del demonio, los réprobos, simbolizados por Esaú.
Así como en la generación natural y corporal concurren el
padre y la madre, también en la generación sobrenatural y espiritual hay un
Padre, que es Dios, y una Madre, que es María.
Todos los verdaderos hijos de Dios y predestinados tienen a
Dios por Padre y a María por Madre. Y quien no tenga a María por Madre, tampoco
tiene a Dios por Padre. Por esto, los réprobos, como los herejes, cismáticos,
etc., que odian o miran con desprecio o indiferencia a la Santísima Virgen, no
tienen a Dios por Padre, aunque se jacten de ello, porque no tienen a María por
Madre. Que si la tuviesen por tal, la amarían y honrarían, como el buen hijo ama
y honra naturalmente a la madre que le dio la vida.
La señal más infalible y segura para distinguir a un hereje,
a un hombre de perversa doctrina, a un réprobo de un predestinado, es que el
hereje y el réprobo no tienen sino desprecio o indiferencia para con la
Santísima Virgen, cuyo culto y amor procuran disminuir con sus palabras y
ejemplos, abierta u ocultamente y, a veces, con pretextos aparentemente válidos.
¡Ay! Dios Padre no ha dicho a María que establezca en ellos
su morada porque son los Esaús.
4. María, Madre de la Iglesia
Dios Hijo quiere formarse por medio de María y, por decirlo
así, encarnarse todos los días en los miembros de su Cuerpo Místico y le dice:
Entra en la heredad de Israel (Ecli. 24, 13).
Como si dijera: Dios, mi Padre, me ha dado en herencia todas
las naciones de la tierra, todos los hombres buenos y malos, predestinados y
réprobos: regiré a los primeros con cetro de oro, a los segundos con vara de
hierro; de los primeros seré padre y abogado, de los segundos justo vengador; de
todos seré juez. Tú, en cambio, querida Madre mía, tendrás por heredad y
posesión solamente a los predestinados, simbolizados por Israel: como buena
madre suya, tú los darás a luz, los alimentarás y harás crecer y, como su
soberana, los guiarás, gobernarás y defenderás.
Uno por uno todos han nacido en ella
(Sal. 87, 5), dice el Espíritu Santo. Según la explicación de algunos Padres, un
primer hombre nacido de María es el Hombre–Dios, Jesucristo, el segundo es un
hombre-hombre, hijo de Dios y de María por adopción.
Ahora bien, si Jesucristo, cabeza de la humanidad, ha nacido
de Ella, los predestinados, que son los primeros de esta cabeza, deben también,
por consecuencia necesaria, nacer de Ella. Ninguna madre da a luz la cabeza sin
los miembros ni los miembros sin la cabeza: de lo contrario, aquello sería un
monstruo de la naturaleza. Del mismo modo, en el orden de la gracia, la cabeza y
los miembros nacen de la misma madre. Y si un miembro del Cuerpo Místico de
Jesucristo, es decir, un predestinado, naciese de una Madre que no sea María, la
que engendró a la cabeza, no sería predestinado ni miembro de Jesucristo, sino
un monstruo en el orden de la gracia.
Más aún, Jesucristo es hoy, como siempre, fruto de María. El
cielo y la tierra se lo repiten millares de veces cada día: Y bendito es el
fruto de tu vientre, Jesús. Es indudable, por tanto, que Jesucristo es tan
verdaderamente fruto y obra de María para cada hombre en particular que lo
posee, como para todo el mundo en general. De modo que si algún fiel tiene a
Jesucristo formado en su corazón, puede decir con osadía: “Gracias mil a María:
lo que poseo es obra y fruto suyo y sin Ella no lo tendría”. Y se pueden aplicar
a María, con mayor razón que san Pablo se las aplicaba a sí mismo, estas
palabras: ¡Hijitos míos!, de nuevo sufro los dolores del alumbramiento hasta
que Cristo se forme en ustedes (Gál. 4, 19). Todos los días doy a luz a los
hijos de Dios, hasta que se conformen a Jesucristo, mi Hijo, en madurez perfecta
(cfr. Ef. 4, 13).
San Agustín, excediéndose a sí mismo y a cuanto acabo de
decir, afirma que todos los predestinados, para conformarse a la imagen del Hijo
de Dios, están ocultos, mientras viven en este mundo, en el seno de la Santísima
Virgen, donde esta Madre bondadosa los protege, alimenta, mantiene y hace crecer
hasta que los da a luz para la gloria después de la muerte, que es, a decir
verdad, el día de su nacimiento, como llama la Iglesia a la muerte de los
justos.
¡Oh misterio de gracia, desconocido de los réprobos y poco
conocido de los predestinados!
5. María, figura de la Iglesia
Dios Espíritu Santo quiere formarse elegidos en Ella y por
Ella y le dice: En el pueblo glorioso echa raíces (Ecli. 24, 13). Echa,
querida Esposa mía, las raíces de todas tus virtudes en mis elegidos, para que
crezcan de virtud en virtud y de gracia en gracia. Me agradé tanto en ti,
mientras vivías sobre la tierra practicando las más sublimes virtudes, que aún
ahora deseo hallarte en la tierra, sin que dejes de estar en el cielo.
Reprodúcete, para ellos, en mis elegidos. Tenga yo el placer de ver en ellos,
las raíces de tu fe invencible, de tu humildad profunda, de tu mortificación
universal, de tu oración sublime, de tu caridad ardiente, de tu esperanza firme
y de todas tus virtudes. Tú eres, como siempre, mi Esposa fiel pura y fecunda.
Tu fe me procure fieles; tu pureza me dé vírgenes; tu fecundidad, elegidos y
templos.
Cuando María ha echado raíces en un alma, realiza allí las
maravillas de la gracia que sólo Ella puede realizar, porque Ella sola es Virgen
fecunda, que no tuvo ni tendrá jamás semejante en pureza y fecundidad.
María ha colaborado con el Espíritu Santo a la obra de los
siglos, es decir, la Encarnación del Verbo. En consecuencia, Ella realizará
también los mayores portentos de los últimos tiempos: la formación y educación
de los grandes santos, que vivirán hasta el fin del mundo, están reservadas a
Ella, porque sólo esta Virgen singular y milagrosa puede realizar en unión del
Espíritu Santo, las cosas singulares y extraordinarias.
Cuando el Espíritu Santo, su Esposo, la encuentra en un alma,
vuela y entra en esa alma en plenitud y se le comunica tanto más abundantemente
cuanto más sitio hace el alma a su Esposa.
Una de las razones principales de que el Espíritu Santo no
realice maravillas portentosas en las almas, es que no encuentra en ellas una
unión suficientemente estrecha con su fiel e indisoluble Esposa.
Digo “fiel e indisoluble Esposa”, porque desde que este Amor
sustancial del Padre y del Hijo, se desposó con María para producir a
Jesucristo, Cabeza de los elegidos, y a Jesucristo en los elegidos, jamás la ha
repudiado, porque Ella se ha mantenido siempre fiel y fecunda.
B. Consecuencias
1. María es Reina de los corazones
De lo que acabo de decir se sigue evidentemente:
En primer lugar, que María ha recibido de Dios un gran
dominio sobre las almas de los elegidos. Efectivamente, no podría fijar en ellos
su morada, como el Padre le ha ordenado, ni formarlos, alimentarlos, darlos a
luz para la eternidad, como madre suya, poseerlos como propiedad personal,
formarlos en Jesucristo y a Jesucristo en ellos, echar en sus corazones las
raíces de sus virtudes y ser la compañera indisoluble del Espíritu Santo para
todas las obras de la gracia... No puede, repito, realizar todo esto, si no
tiene derecho ni dominio sobre sus almas por gracia singular del Altísimo, que,
habiéndole dado poder sobre su Hijo único y natural, se lo ha comunicado también
sobre sus hijos adoptivos, no sólo en cuanto al cuerpo, lo que sería poca cosa,
sino también en cuanto al alma.
María es la Reina del cielo y de la tierra, por gracia, como
Cristo es su Rey por naturaleza y por conquista. Ahora bien, así como el reino
de Jesucristo consiste principalmente en el corazón o interior del hombre, según
estas palabras: El reino de Dios está en medio de ustedes (Lc. 17, 21),
del mismo modo, el reino de la Virgen María está principalmente en el interior
del hombre, es decir, en su alma. Ella es glorificada sobre todo en las almas
juntamente con su Hijo más que en todas las criaturas visibles, de modo que
podemos llamarla con los Santos: Reina de los corazones.
2. María es necesaria a los hombres
a) Para la salvación
En segundo lugar, dado que la Santísima Virgen fue necesaria
a Dios, con necesidad llamada hipotética, es decir, proveniente de la voluntad
divina, debemos concluir que es mucho más necesaria a los hombres para alcanzar
la salvación. La devoción a la Santísima Virgen no debe, pues, confundirse con
las devociones a los demás santos, como si no fuese más necesaria que ella y
sólo de supererogación.
El docto y piadoso Suárez, sj, el sabio y devoto Justo Lipsio,
doctor de Lovaina y muchos otros, han demostrado con pruebas irrefutables
tomadas de los Padres, como san Agustín, san Efrén, diácono de Edesa, san Cirilo
de Jerusalén, san Germán de Constantinopla, san Juan Damasceno, san Anselmo, san
Bernardo, san Bernardino, santo Tomás y san Buenaventura, que la devoción a la
Santísima Virgen es necesaria para la salvación y que, así como es señal
infalible de reprobación, según lo han reconocido el mismo Ecolampadio y otros
herejes, el no tener estima y amor a la Santísima Virgen, del mismo modo es
signo infalible de predestinación el entregarse a Ella y serle entera y
verdaderamente devoto.
Las palabras y figuras del Antiguo y Nuevo Testamento lo
demuestran. El sentir y ejemplo de los santos lo confirman. La razón y la
experiencia lo enseñan y demuestran. El demonio mismo y sus secuaces, impelidos
por la fuerza de la verdad. se han visto obligados a confesarlo muchas veces, a
pesar suyo.
De todos los pasajes de los Santos Padres y Doctores, de los
cuales he elaborado una extensa colección para probar esta verdad, presento
solamente uno para no ser extenso: Ser devoto tuyo, oh María, dice san
Juan Damasceno, es un arma de salvación que Dios ofrece a los que quiere
salvar.
Podría referir aquí varias historias que comprueban esto.
Entre otras:
1) La que se cuenta en las crónicas de san Francisco: cuando
vio en éxtasis una larga escalera que llegaba hasta el cielo y en cuya cima
estaba la Santísima Virgen. Se le indicó que para llegar al cielo era necesario
subir por dicha escalera.
2) La que se refiere en las crónicas de santo Domingo. Cerca
de Carcasona, donde el santo predicaba el Rosario, quince mil demonios que se
habían apoderado de un desgraciado hereje se vieron forzados a confesar, con
gran confusión suya, por mandato de la Santísima Virgen, muchas, grandes y
consoladoras verdades referentes a la devoción a María, con tal fuerza y
claridad que, por poco devoto que seas de la Santísima Virgen, no podrás leer
esta auténtica historia y el panegírico que el demonio, a pesar suyo, hizo de
esta devoción, sin derramar lágrimas de alegría.
b) Para una perfección particular
Si honrar a María Santísima es necesario a todos los hombres
para alcanzar su salvación, lo es mucho más a los que son llamados a una
perfección particular. Creo personalmente que nadie puede llegar a una íntima
unión con el Señor y a una fidelidad perfecta al Espíritu Santo, sin una unión
muy estrecha con la Santísima Virgen y una verdadera dependencia de su socorro.
Sólo María halló gracia delante de Dios (Lc. 1, 30), sin
auxilio de ninguna criatura. Sólo por Ella han hallado gracia ante Dios cuantos
después de Ella la han hallado y sólo por Ella la encontrarán cuantos la
hallarán en el futuro.
Ya estaba llena de gracia cuando la saludó el arcángel san
Gabriel.
María quedó sobreabundantemente llena de gracia, cuando el
Espíritu Santo la cubrió con su sombra inefable. Y siguió creciendo de día en
día y de momento en momento en esta doble plenitud de tal manera que llegó a un
grado inmenso e incomprensible de gracia.
Por ello, el Altísimo le ha constituido tesorera única de sus
tesoros y única dispensadora de sus gracias para que embellezca, levante y
enriquezca a quien Ella quiera; haga transitar por la estrecha senda del cielo a
quien Ella quiera; introduzca, a pesar de todos los obstáculos, por la angosta
senda de la vida a quien Ella quiera; y dé el trono, el cetro y la corona regia
a quien Ella quiera.
Jesús es siempre y en todas partes el fruto y el Hijo de
María y María es en todas partes el verdadero árbol que lleva el fruto de vida y
la verdadera Madre que lo produce.
Sólo a María ha entregado Dios las llaves que dan entrada a
la intimidad del amor divino (cfr. Cant. 1, 3) y el poder de dar entrada a los
demás por los caminos más sublimes y secretos de la perfección.
Sólo María permite la entrada en el paraíso terrestre a los
pobres hijos de la Eva infiel para pasearse allí agradablemente con Dios,
esconderse de sus enemigos con seguridad, alimentarse deliciosamente, sin temer
ya a la muerte, del fruto de los árboles de la vida y de la ciencia del bien y
del mal, y beber a boca llena las aguas celestiales de la hermosa fuente que
allí mana en abundancia. Mejor dicho, siendo Ella misma este paraíso terrestre o
esta tierra virgen y bendita de la que fueron arrojados Adán y Eva pecadores,
permite entrar solamente a aquellos a quienes le place para hacerlos llegar a la
santidad.
De siglo en siglo, pero de modo especial hacia el fin del
mundo, todos los ricos del pueblo suplicarán tu rostro (cfr. Sal. 45,
13). San Bernardo comenta así estas palabras del Espíritu Santo: los mayores
santos, las personas más ricas en gracia y virtud son los más asiduos en rogar a
la Santísima Virgen y contemplarla siempre como el modelo perfecto a imita y la
ayuda eficaz que les debe socorrer.
He dicho que esto acontecerá especialmente hacia el fin del
mundo, y muy pronto, porque el Altísimo y su Santísima Madre han de formar
grandes santos que superarán en santidad a la mayoría de los otros santos cuanto
los cedros del Líbano exceden a los arbustos. Así fue revelado a un alma santa,
cuya vida escribió de Renty.
Estos grandes santos, llenos de gracia y dinamismo, serán
escogidos por Dios para oponerse a sus enemigos, que bramarán por todas partes.
Tendrán una excepcional devoción de la Santísima Virgen, quien les esclarecerá
con su luz, les alimentará con su leche, les sostendrá con su brazo y les
protegerá, de suerte que combatirán con una mano y construirán con la otra. Con
una mano combatirán, derribarán, aplastarán a los herejes con sus herejías, a
los cismáticos con sus cismas, a los idólatras con sus idolatrías y a los
pecadores con sus impiedades. Con la otra edificarán el templo del verdadero
Salomón y la mística ciudad de Dios, es decir, la Santísima Virgen, llamada
precisamente por los Padres, Templo de Salomón y Ciudad de Dios.
Con sus palabras y ejemplos atraerán a todos a la verdadera
devoción a María. Esto les granjeará muchos enemigos, pero también muchas
victorias y gloria para Dios solo. Así lo reveló Dios a Vicente Ferrer, gran
apóstol de su siglo, como lo consignó claramente en uno de sus escritos.
Es lo que parece haber predicho el Espíritu Santo con las
palabras del salmista:
...Y sepan que Dios domina en Jacob,
hasta los confines de la tierra.
Regresan a la tarde,
aúllan como perros,
rondan por la ciudad
en busca de comida... (Sal.
59, 14-16).
Esta ciudad a la que acudirán los hombres al fin del mundo
para convertirse y saciar su hambre de justicia es la Santísima Virgen a quien
el Espíritu Santo llama morada y ciudadela de Dios (cfr. Sal. 87, 3).
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Capítulo III: MARÍA EN LOS ÚLTIMOS TIEMPOS DE LA IGLESIA
1. María y los últimos tiempos
La salvación del mundo comenzó por medio de María y por medio
de Ella debe consumarse. María casi no se manifestó en la primera venida de
Jesucristo, a fin de que los hombres poco instruidos e iluminados aún acerca de
la persona de su Hijo, no se alejaran de la verdad aficionándose demasiado
fuerte e imperfectamente a la Madre, como habría ocurrido seguramente, si Ella
hubiera sido conocida, a causa de los admirables encantos que el Altísimo le
había concedido aún en su exterior. Tan cierto es esto que san Dionisio
Aeropagita escribe que cuando la vio, la hubiera tomado por una divinidad, a
causa de sus secretos encantos e incomparable belleza, si la fe, en la que se
hallaba bien cimentado, no le hubiera enseñado lo contrario.
Pero, en la segunda venida de Jesucristo, María tiene que ser
conocida y puesta de manifiesto por el Espíritu Santo, a fin de que por Ella
Jesucristo sea conocido, amado y servido. Pues ya no valen los motivos que
movieron al Espíritu Santo a ocultar a su Esposa durante su vida y manifestarla
sólo parcialmente aun después de la predicación del Evangelio.
Dios quiere, pues, revelar y manifestar a María, la obra
maestra de sus manos, en estos últimos tiempos:
1º) Porque Ella se ocultó en este mundo y se colocó más bajo
que el polvo por su profunda humildad, habiendo alcanzado de Dios, de los
Apóstoles y Evangelistas que no la dieran a conocer.
2º) Porque Ella es la obra maestra de las manos de Dios,
tanto en el orden de la gracia como en el de la gloria y Él quiere ser
glorificado y alabado en la tierra por los hombres.
3º) Porque Ella es la aurora que precede y anuncia al Sol de
Justicia, Jesucristo, y por lo mismo, debe ser conocida y manifestada, si
queremos que Jesucristo lo sea.
4º) Porque Ella es el camino por donde vino Jesucristo la
primera vez y lo será también cuando venga la segunda, aunque de modo diferente.
5º) Porque Ella es el medio seguro y el camino directo e
inmaculado para ir a Jesucristo y hallarlo perfectamente. Por Ella deben, pues,
hallar a Jesucristo las personas santas que deben resplandecer en santidad.
Quien halla a María, halla la vida (cfr. Prov. 8, 35), es decir, a Jesucristo,
que es el Camino, la Verdad y la Vida (cfr. Jn. 14, 6). Ahora bien, no se puede
hallar a María si no se la busca, ni buscarla si no se la conoce: pues no se
busca ni desea lo que no se conoce. Es, por tanto, necesario que María sea mejor
conocida que nunca, para mayor conocimiento y gloria de la Santísima Trinidad.
6º) Porque María debe resplandecer más que nunca en los
últimos tiempos en misericordia, poder y gracia:
–
En misericordia, para recoger y acoger amorosamente a los
pecadores y a los extraviados que se convertirán y volverán a la Iglesia
católica.
–
En poder contra los enemigos de Dios, los idólatras, cismáticos,
mahometanos, judíos e impíos endurecidos que se rebelarán terriblemente para
seducir y hacer caer, con promesas y amenazas, a cuantos se les opongan.
–
En gracia, finalmente, para animar y sostener a los valientes
soldados y fieles servidores de Jesucristo, que combatirán por los intereses del
Señor.
7º) Por último, porque María debe ser terrible al diablo y a
sus secuaces como un ejército en orden de batalla (cfr. Cant. 6, 3) sobre
todo en estos últimos tiempos porque el diablo sabiendo que le queda poco
tiempo (Apoc. 12, 12), y menos que nunca, para perder a las gentes,
redoblará cada día sus esfuerzos y ataques. De hecho, suscitará en breve crueles
persecuciones y tenderá terribles emboscadas a los fieles servidores y
verdaderos hijos de María, a quienes le cuesta vencer mucho más que a los demás.
2. María y la lucha final
A estas últimas y crueles persecuciones de Satanás, que
aumentarán de día en día hasta que llegue el anticristo, debe referirse sobre
todo aquella primera y célebre predicación y maldición lanzada por Dios contra
la serpiente en el paraíso terrestre. Nos parece oportuno explicarla aquí, para
la gloria de la Santísima Virgen, salvación de sus hijos y confusión de los
demonios:
Haré que haya enemistad entre ti y la mujer,
entre tu descendencia y la suya,
ésta te pisará la cabeza
mientras tú te abalanzarás sobre su talón.
(Gn. 3, 15).
Dios ha hecho y preparado una sola e irreconciliable
enemistad, que durará y se intensificará hasta el fin. Y es entre María, su
digna Madre, y el diablo; entre los hijos y servidores de la Santísima Virgen y
los hijos y secuaces de Lucifer. De suerte que el enemigo más terrible que Dios
ha suscitado contra Satanás es María, su Santísima Madre. Ya desde el paraíso
terrenal, aunque María sólo estaba entonces en la mente divina, le inspiró tanto
odio contra ese maldito enemigo de Dios, le dio tanta sagacidad para descubrir
la malicia de esa antigua serpiente y tanta fuerza para vencer, abatir y
aplastar a ese orgulloso impío, que el diablo le teme no sólo más que a todos
los ángeles y hombres, sino en cierto modo más que al mismo Dios. No ya porque
la ira, odio y poder divinos no sean infinitamente mayores que los de la
Santísima Virgen, cuyas perfecciones son limitadas, sino:
1º) Porque Satanás, que es tan orgulloso, sufre infinitamente
más al verse vencido y castigado por una sencilla y humilde esclava de Dios y la
humildad de la Virgen lo humilla más que el poder divino.
2º) Porque Dios ha concedido a María un poder tan grande
contra los demonios que, como a pesar suyo se han visto muchas veces obligados a
confesarlo por boca de los posesos, tienen más miedo a in solo suspiro de María
en favor de una persona, que a las oraciones de todos los santos y a una sola
amenaza suya contra ellos más que a todos los demás tormentos.
Lo que Lucifer perdió por orgullo, lo ganó María con la
humildad. Lo que Eva condenó y perdió por desobediencia, lo salvó María con la
obediencia. Eva, al obedecer a la serpiente, se hizo causa de perdición para sí
y para todos sus hijos, entregándolos a Satanás; María, al permanecer
perfectamente fiel a Dios, se convirtió en causa de salvación para sí y para
todos sus hijos y servidores, consagrándolos al Señor.
Dios no puso solamente una enemistad, sino enemistades,
y no sólo entre María y Lucifer, sino también entre la descendencia de la Virgen
y la del demonio. Es decir: Dios puso enemistades, antipatías y odios secretos
entre los verdaderos hijos y servidores de la Santísima Virgen y los hijos y
esclavos del diablo: no pueden amarse ni entenderse unos a otros.
Los hijos de Belial, los esclavos de Satanás, los amigos de
este mundo de pecado, ¡todo viene a ser lo mismo!, han perseguido siempre y
perseguirán más que nunca de hoy en adelante a quienes pertenezcan a la
Santísima Virgen, como en otro tiempo Caín y Esaú, figuras de los réprobos,
persiguieron a sus hermanos Abel y Jacob, figuras de los predestinados.
Pero la humilde María triunfará siempre sobre aquel orgulloso
y con victoria tan completa que llegará a aplastarle la cabeza, donde reside su
orgullo. ¡María descubrirá siempre su malicia de serpiente, manifestará sus
tramas infernales, desvanecerá sus planes diabólicos y defenderá hasta el fin a
sus servidores de aquellas garras mortíferas!
El poder de María sobre todos los demonios resplandecerá, sin
embargo, de modo particular en los últimos tiempos, cuando Satanás pondrá
asechanzas a su calcañar, o sea, a sus humildes servidores y pobres a juicio del
mundo; humillados delante de todos, rebajados y oprimidos como el calcañar
respecto de los demás miembros del cuerpo. Pero, en cambio, serán ricos en
gracias y carismas, que María les distribuirá con abundancia, grandes y elevados
en santidad delante de Dios; superiores a cualquier otra criatura por su celo
ardoroso; y tan fuertemente apoyados en el socorro divino que, con la humildad
de su calcañar y unidos a María, aplastarán la cabeza del demonio y harán
triunfar a Jesucristo.
3. María y los apóstoles de los últimos tiempos
Sí, Dios quiere que su Madre Santísima, sea ahora más
conocida, amada y honrada que nunca. Lo que sucederá sin duda, si los
predestinados, con la gracia y luz del Espíritu Santo, entran y penetran en la
práctica interior y perfecta de la devoción que voy a manifestarles en seguida.
Entonces verán, en cuanto lo permita la fe, a esta hermosa
estrella del mar y, guiados por Ella, llegarán a puerto seguro, a pesar de las
tempestades y de los piratas.
Entonces conocerán las grandezas de esta Soberana y se
consagrarán enteramente a su servicio como súbditos y esclavos de amor.
Entonces saborearán sus dulzuras y bondades maternales y la
amarán tiernamente como sus hijos predilectos.
Entonces experimentarán las misericordias en que Ella reboza
y la necesidad en que están de su socorro, recurrirán en todo a Ella, como a su
querida Abogada y Medianera ante Jesucristo.
Entonces sabrán que María es el medio más seguro, fácil,
corto y perfecto para llegar hasta Jesucristo y se consagrarán a Ella en cuerpo
y alma y sin reserva alguna, para pertenecer del mismo modo a Jesucristo.
Pero, ¿qué serán estos servidores, esclavos a hijos de María?
Serán fuego encendido, ministros del Señor, que prenderán por todas partes el
fuego del amor divino.
Serán flechas agudas en la mano poderosa de María para
atravesar a sus enemigos: como saetas en mano de un valiente (Sal. 127,
4).
Serán hijos de Leví, bien purificados por el fuego de grandes
tribulaciones y muy unidos a Dios. Llevarán en el corazón el fuego del amor, el
incienso de la oración en el espíritu y en el cuerpo la mirra de la
mortificación.
Serán en todas partes el buen olor de Jesucristo (cfr.
2 Cor. 2, 15-16) para los pobres y sencillos; pero para los grandes, los ricos y
mundanos orgullosos serán olor de muerte.
Serán nubes tronantes y volantes, en el espacio, al menor
soplo del Espíritu Santo. Sin apegarse a nada ni asustarse, ni inquietarse por
nada, derramarán la lluvia de la Palabra de Dios y de la vida eterna, tronarán
contra el pecado, lanzarán rayos contra el mundo del pecado, descargarán golpes
contra el demonio y sus secuaces y con la espada de dos filos de la Palabra de
Dios traspasarán a todos aquellos a quienes sean enviados de parte del Altísimo.
Serán los apóstoles auténticos de los últimos tiempos. A
quienes el Señor de los ejércitos dará la palabra y la fuerza necesarias para
realizar maravillas y ganar gloriosos despojos sobre sus enemigos.
Dormirán sin oro ni plata y, lo que más cuenta, sin
preocupaciones en medio de los demás sacerdotes, eclesiásticos y clérigos
(Sal. 68, 14). Tendrán, sin embargo, las alas plateadas de la paloma, para volar
con la pura intención de la gloria de Dios y de la salvación de los hombres
adonde los llame el Espíritu Santo. Y no dejarán en pos de sí en los lugares en
donde prediquen sino el oro de la caridad, que es el cumplimiento de toda ley (cfr.
Rom. 13, 10).
Por último, sabemos que serán verdaderos discípulos de
Jesucristo. Caminando sobre las huellas de su pobreza, humildad, desprecio de lo
mundano y caridad evangélica, enseñarán la senda estrecha de Dios en la pura
verdad, conforme al Evangelio y no a los códigos mundanos, sin inquietarse por
nada ni hacer acepción de personas, sin dar oídos ni escuchar ni temer a ningún
mortal por poderoso que sea.
Llevarán en la boca la espada de dos filos de la Palabra de
Dios, sobre sus hombros el estandarte ensangrentado de la cruz, en la mano
derecha el crucifijo, el Rosario en la izquierda, los sagrados nombres de Jesús
y María en el corazón y en toda su conducta la modestia y mortificación de
Jesucristo.
Tales serán los grandes hombres que vendrán y a quienes María
formará por orden del Altísimo para extender su imperio sobre el de los impíos,
idólatras y mahometanos. Pero, ¿cuándo y cómo sucederá esto?... ¡Sólo Dios lo
sabe! A nosotros toca callar, orar, suspirar y esperar: Yo esperaba con ansia
(Sal. 40, 2).
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Segunda Parte
EL CULTO A MARÍA EN LA IGLESIA
Capítulo I: FUNDAMENTOS TEOLÓGICOS DEL CULTO A MARÍA
Acabo de exponer brevemente que el culto a la Santísima
Virgen nos es necesario. Es preciso decir ahora en qué consiste. Lo haré, Dios
mediante, después de clarificar algunas verdades fundamentales que iluminarán la
grande y sólida devoción que quiero dar a conocer.
1. Jesucristo, fin último del culto a la Santísima Virgen
(primera verdad)
El fin último de toda devoción debe ser Jesucristo, Salvador
del mundo, verdadero Dios y verdadero hombre. De lo contrario, tendríamos una
devoción falsa y engañosa.
Jesucristo es el Alfa y la Omega (Apoc. 1, 8), el
principio y el fin (Apoc. 21, 6) de todas las cosas. La meta de nuestro
ministerio, escribe san Pablo, es que todos juntos nos encontremos unidos en
la misma fe... y con eso se logrará el hombre perfecto que, en la madurez de su
desarrollo, es la plenitud de Cristo (Ef. 4, 13).
Efectivamente, sólo en Cristo permanece toda la plenitud
de Dios, en forma corporal (Col. 2, 9) y todas las demás plenitudes de
gracia, virtud y perfección. Sólo en Cristo hemos sido beneficiados con toda
clase de bendiciones espirituales (Ef. 1, 3).
Porque Él es el único Maestro que debe enseñarnos,
el único Señor de quien debemos depender,
la única Cabeza a la que debemos estar unidos,
el único Modelo a quien debemos conformarnos,
el único Médico que debe curarnos,
el único Pastor que debe apacentarnos,
el único Camino que debe conducirnos,
la única Verdad que debemos creer,
la única Vida que debe vivificarnos y
el único Todo que en todo debe bastarnos.
No se ha dado a los hombres sobre la tierra otro Nombre
por el cual podamos ser salvados (Hech. 4, 12),
sino el de Jesús.
Dios no nos ha dado otro fundamento de salvación, perfección
y gloria, que Jesucristo. Todo edificio que no esté construido sobre esta roca
firme, se apoya en arena movediza y tarde o temprano caerá infaliblemente.
Quien no está unido a Cristo como el sarmiento a la vid,
caerá, se secará y lo arrojarán al fuego (cfr. Jn.