
(Puede descargar las meditaciones para hacer el
mes del Sagrado Corazón, o leer el hermoso texto de la
Consagración al Sagrado Corazón. Y al
final de esta página vea la
Novena de la
Confianza al Sagrado Corazón y las
Oraciones)
Descargar volante para hacer apostolado
“Anuncia y haz saber al mundo entero que yo no pondré límites a mis
beneficios cuando éstos me serán solicitados por mi Corazón”
El Corazón de Jesús a Santa Margarita María
Alacoque.
El Señor en
estos últimos siglos quiso dar a los hombres la prueba suprema de amor y
proponerles un objeto muy adaptado para animarlos a amarle siempre más.
Abrió los
tesoros infinitos de su Corazón para enriquecer todos aquellos que le hubiesen
tributado todo el honor y el amor posible.
Para
manifestar su corazón, e incendiar al mundo entero de amor, eligió una humilde
Religiosa de la Visitación de Paray-le-Monial, ciudad francesa. Esta alma
privilegiada, nació el 22 de julio de 1647 en Laut Lecourt hacia Verosvies en
la Borgoña. Después de haber superado muchas pruebas, en el 1671 ingresó en
el Monasterio de la Visitación y en 1672 emitió sus votos religiosos. Poco
después de su profesión religiosa, Jesús Maestro le manifestó muchas
maravillas e hizo promesas tan extraordinarias a las cuales no se hubiese
prestado fe si no hubiesen sido convalidadas por un hecho incontestable y
palpable.
Tres son las
apariciones con las cuales N. Señor quiso consolar a su elegida.
La primera
sucedió el 27 de diciembre de 1673. En ella la joven virgencita fue por el
mismo Jesucristo consagrada su apóstol; llamada a difundir y propagar el culto
a su adorable Corazón; a manifestar a los hombres su voluntad; y hacerles
conocer lo que el Sacratísimo Corazón de Jesús promete a quien hace conocer y
propaga su culto.
La segunda
sucedió en la octava de Corpus Christi en el año 1674. En ella Jesús manifestó
las inexplicables maravillas de su amor y el exceso a que, su Corazón, lo había
llevado hacia los hombres, de cuyos no recibía más que abandono y ultrajes.
Después añadió: “El abandono en el cual me dejan me es mucho más doloroso
de lo que sufrí en mi pasión, tanto que si los hombres me contracambiaran
amor, yo estimaría poco, todo lo que hice por ellos y quisiera si fuere posible
hacer aún más; pero los hombres no tienen más que frialdades y repulsas por
todas mis solicitudes. Tú a lo menos dame este consuelo, de suplir cuanto
puedas a su ingratitud”.
La tercera
sucedió el 16 de junio de 1675, igualmente en la octava de Corpus Christi.
Apareciéndole resplandeciente como las demás veces, y mostrándole su Corazón,
se quejó de los continuos ultrajes y sacrilegios que recibe en el Sacramento de
amor; y agregó con más dolor, que los recibía de corazones a Él consagrados.
Por esto le
confió la misión de hacer conocer y amar su adorable Corazón y hacer
establecer en la Iglesia una fiesta especial de reparación. “Es esto lo que
yo te pido: que el primer viernes después de la octava de Corpus Christi, sea
dedicado a una fiesta particular para honrar a mi Corazón, participando en
aquel día a la Santa Comunión y haciéndole con digna reparación por los
indignos tratamientos que recibe en el Santo Altar. Y Yo te prometo que mi Corazón
se dilatará para esparcir con abundancia las riquezas de su Amor sobre todos
los que rendirán dicho honor y procurarán que otros hagan los mismo”.
En esta
tercera revelación se halla todo lo que se refiere a la devoción del Sagrado
Corazón; o sea su principio, que no es otra cosa que amor; su fin, que es de
ofrecer a Dios un culto de reparación, de consuelo; su carácter, que es el de
ser un culto público, después de haber sido por mucho tiempo, una devoción íntima;
y por último sus efectos, que consisten en una nueva efusión de amor divino
sobre la Iglesia y particularmente sobre aquellas almas piadosas que serán de
esta devoción promotoras y apóstoles, puesto que Jesús dijo a la Santa:
“Anuncia y haz saber al mundo entero que yo no pondré límites a mis
beneficios cuando éstos me serán solicitados por mi Corazón”.
Las promesas
hechas por el Sagrado Corazón de Jesús en estas varias apariciones a la Santa,
son las siguientes:
1º A las almas consagradas a mi Corazón, les daré
las gracias necesarias para su estado.
2º Daré paz a sus familias.
3º Las consolaré en todas sus aflicciones.
4º Seré su amparo y refugio seguro durante la vida,
y principalmente en la hora de la muerte.
5º Derramaré bendiciones abundantes sobre sus
empresas.
6º Los pecadores hallarán en mi Corazón la fuente
y el océano de la misericordia.
7º Las almas tibias se harán fervorosas.
8º Las almas fervorosas se elevarán rápidamente a
gran perfección.
9º Bendeciré las casas en que la imagen de mi
Sagrado Corazón se exponga y sea honrada.
10º Daré a los sacerdotes la gracia de mover los
corazones más empedernidos.
11º Las personas que propaguen esta devoción tendrán
escrito su nombre en mi Corazón y jamás será borrado de él.
Estas promesas
expresan, mejor que otra cosa, el deseo ardiente que N. Señor tiene de ser
amado; que se conozcan los tesoros de su Corazón y las gracias que con
abundancia derrama sobre los que trabajan por su gloria.
Santa
Margarita María escribió: “Si se entendiese como Jesucristo desea que se
propague esta devoción, todos los cristianos, por muy poco piadosos que fuesen,
la practicarían. Puesto que inmensos son los tesoros que el Sagrado Corazón
derrama sobre aquellos que se ocupan en hacer conocer esta devoción. Yo no
conozco ejercicio de devoción más apto para elevar en breve tiempo a un alma a
la más alta perfección que el culto del Sagrado Corazón.
Dulce será
morir después de haber practicado una tierna y constante devoción al Sagrado
Corazón.
Condición
general para participar de todas estas promesas es la de ser verdaderos devotos
del Sagrado Corazón, o sea amarle, honrarle y trabajar cuanto fuese posible,
para glorificarle, ensalzarle, teniendo aún expuesta su imagen.
Las seis
primeras promesas son eficaces para atraer al amor de Jesús y a comunicar las
gracias que se refieren particularmente a esta vida. Con estas promesas
Jesucristo acuerda sus bendiciones a las familias en las cuales se honrará a su
Adorable Corazón con plegarias especiales o donde se tuviere expuesta su
imagen.
Las otras
cinco se refieren a las gracias de orden superior, o sea a las gracias
espirituales.
En las
promesas los tesoros de gracias están asegurados a todos los devotos del
Sagrado Corazón cualquiera sea su estado; puesto que Jesús quiere ser amado
por todos los hombres, ninguno está excluido se aquel océano de Misericordia.
Ahora bien ya
que el Maestro bueno nos ha hecho tantas y tan preciosas promesas, qué empeño
no debíamos tener para acercarnos a ellas, y cambiar el amor que Jesús nos
tiene. ¡Con qué cuidado debemos propagar, difundir su culto, tener expuesta y
venerar en nuestras casas su imagen, participar a todas sus promesas!
LA GRAN PROMESA
Además de
estas once promesas muy queridas al cristiano, hay una más, hecha en el 1674.
Es la duodécima y es la comúnmente llamada la “Gran
Promesa” porque es un resumen de todas las demás. Y precisamente de
ésta debemos hablar. Mientras la piadosa Religiosa experimentaba dulcísima éxtasis,
recogida e inmóvil, con los brazos cruzados sobre el pecho, su rostro irradiado
por una llama interior, una luz celestial, vista por ella solamente, sombreó el
altar y ella vio al Adorable Salvador en el acto de mostrarle su Corazón.
Estaba este divino Corazón revestido por llamas, rodeado por una corona de
espinas, traspasado por una profunda herida goteando sangre, sobrepujado por una
cruz.
Margarita...
–así le habló Jesús–
Yo te prometo en el exceso de misericordia
de mi Corazón, que mi amor todopoderoso concederá a aquellos que comulguen
nueve primeros viernes de mes seguidos... la gracia de la Penitencia final;
ellos no morirán en mi desgracia, ni sin recibir los Santos Sacramentos, siéndoles
mi Corazón refugio seguro en aquella hora postrera.
SIGNIFICADO
DE LA GRAN PROMESA
Como dice el
Vermeersch, el texto de la “Gran Promesa” tuvo varias explicaciones, pero no
todas en su justo sentido. En efecto algunos aprueban sólo la práctica
recomendada y anulan la promesa.
Otros, mirando
a la inmensidad del beneficio, sienten la necesidad de atenuarlo y que entienden
decir, que no morirán en su desgracia, los que no cayeron en ella; y que la
Santa Comunión da sólo una mayor esperanza; pero éstos quitan por completo la
especialidad de la promesa.
Otros, después
creen en el sentido literal que es como sigue: “Los que comulgaren el primer Viernes del mes, por nueve meses
seguidos, con las debidas disposiciones, obtendrán con seguridad la gracia de
la perseverancia final”. Por lo tanto, los que se esforzaren en satisfacer
las condiciones requeridas, están moralmente seguros de su eterna salvación.
Ahora esta
sentencia debe ser preferida a cualquier otra, porque ésta sola demuestra el
valor infinito de la Gran Promesa como ella tiene en el texto de la Santa.
Del mismo modo
queda explicado por qué N. Señor hable de la Gran Promesa como de un exceso de
su misericordia y de un triunfo de su amor omnipotente.
Sin la gracia
de Dios, no podemos perseverar en la justicia; y aunque Dios conceda a todos las
gracias suficientes para salvarse, no quiere decir que Él no pueda conceder
aquellas más eficaces, y hacer esto en virtud de una promesa.
Como la
promesa de Jesucristo de conducir la Iglesia al triunfo final, nos asegura tal
cosa, así la Gran Promesa puede garantizar la buena muerte. Puesto que la
gracia puede triunfar de la debilidad y de la obstinación humana, así puede
evitar la presunción futura y el endurecimiento en el pecado. Al decir de
Milani no se sabe explicar cómo esta promesa tan extraordinaria, haya quedado
oculta hasta el 1869, en que el P. Franuori empezó a difundirla. Se temía quizás
no poderla sostener teológicamente o que los fieles abusaran de ella. Se pudo
comprobar que no había razón de temer, puesto que los fieles logran siempre
nuevo fervor; mientras los más sabios teólogos la demuestran conforme a los
principios de la doctrina católica.
N. Señor
después de haber revelado a su sierva lo que se refería al culto de su Divino
Corazón, quiso que las distintas partes de esta Devoción se desarrollaran según
las necesidades. En efecto las revelaciones sucedieron entre el año 1673 y
1691; y la fiesta del Sagrado Corazón fue concedida a la Francia en el año
1765, y sólo Pío XI concedió mayor desarrollo litúrgico. Así la práctica
del primer Viernes del mes fue introducida en seguida después de las primeras
revelaciones; mientras aquella de los nueve primeros Viernes, “La Gran
Promesa” empezó al terminar el siglo XIX, tiempo en que reinaba la
incredulidad y se quería destruir la Iglesia y el Papado, y era necesario dar
nuevo fervor a la vida cristiana e inflamar los corazones de puro amor; infundiéndoles
mayor fuerza y confianza. Precisamente en ese tiempo, Jesucristo recordó al
mundo su Gran Promesa.
Después de
las revelaciones a Sta. Margarita María Alacoque, en el corazón de personas pías
y generosas, relumbró como un incendio de amor, que, con toda la energía de
sus almas y desafiando el escarnio, los insultos y las persecuciones del mundo,
de este enemigo de Dios y de los Santos, empezaron a predicar el amor de Jesús,
el culto debido a su Sacratísimo Corazón, y con palabras llenas de amor divino
estigmatizaron la ingratitud humana...
Su voz fue
escuchada, y el Corazón de Jesús vio aumentar cada año más, fiel y generosa
correspondencia en siempre mayor número de corazones; y ahora es el objeto de
los deseos, de las aspiraciones, del amor de todo buen cristiano.
FUNDAMENTO
DE LA GRAN PROMESA
No obstante,
no se debe creer que la devoción al Sagrado Corazón se apoye exclusivamente en
las revelaciones hechas a Santa Margarita Alacoque. Ya existía en el seno de la
Iglesia; era el culto de Jesucristo, Hombre–Dios. Se apoya sobre bases aún más
firmes y sólidas, o sea sobre la misma infalibilidad de la Iglesia, que nos la
propone. Las revelaciones particulares que Dios hace a los Santos, no pueden de
ordinario admitirse prudentemente sino después del juicio de la Iglesia. Pero,
cuando ella ha pronunciado este juicio, nada más nos debe detener en creer;
porque la Iglesia, por una parte nos enseña (y en esto su juicio es infalible),
que nada hay en ella que se oponga a la doctrina católica; y por otra aunque no
nos obligue a admitirlas, como cosas divinas, nos asegura poderlas acoger
prudentemente; y esto sólo después de haber examinado extenso, minuciosa y
rigurosamente, después de haber buscado y hallado las pruebas más auténticas
y seguras.
Esta Maestra
infalible estableció realmente un riguroso proceso también para la devoción
al Sagrado Corazón, y después de haber reconocido las revelaciones como auténticas
se sirvió de ellas para suscitar mayor devoción hacia el Sagrado Corazón, e
inculcar con mayor eficacia a la que ya existía del Hombre–Dios dándole
nueva forma.
Así con su
autoridad la confirmó solemnemente asegurándonos al mismo tiempo de la
estabilidad y excelencia de esta devoción.
La forma
dudosa en que fue expresada por la Santa, no puede poner en duda la promesa,
porque ella no manifiesta más que su perfecta obediencia a la Superiora que le
impuso no hablara de sus revelaciones que en forma dudosa.
La canonización
de una persona prueba la integridad de la persona y el juicio de aprobación
atestigua que en sus escritos no hubo nada de contrario a la fe, a la moral y a
la piedad. La Gran Promesa fue examinada por teólogos sumos y fue aceptada,
tanto que Benedicto XV el 13 de mayo de 1920 quiso insertarla en la Bula de
canonización de la Santa. Y esta inserción, es cierto la prueba más hermosa
de la autenticidad de la Gran Promesa.
LO
QUE PROMETE EL SAGRADO CORAZÓN
N. Señor a
todos los que comulgaren el primer viernes del mes, por nueve meses seguidos, y
con las debidas disposiciones, promete:
1) La
gracia de no morir en pecado mortal, o sea de morir en estado de gracia y
por lo tanto salvarse.
2) La
gracia de la perseverancia final, o sea de borrar con la penitencia los
propios pecados, y a complemento de esto siguen las palabras: “ellos no morirán
en mi desgracia”.
3) Que
no morirán sin recibir los Sacramentos, esto debe entenderse que no morirán
sin los Sacramentos, si tendrán de ellos absoluta necesidad; por lo tanto si se
hallasen en estado de pecado mortal, asegura que les proporciona medios para
hacer una buena confesión; y en caso de muerte repentina, cuando sea necesario,
sabrá a lo menos inducirlos a un acto de contrición perfecta para devolverle
la amistad de Dios.
4) De
ser su seguro refugio en los últimos momentos de la vida. A fin de que los
hombres no debiesen temer por la inmensidad del favor, y no dijeran que una
causa tan pequeña no puede producir un efecto tan extraordinario, Jesucristo
dijo que se indujo a esta promesa por la infinita misericordia y amor
omnipotente que lleva a los hombres! Por lo tanto se interpone el exceso de la
misericordia y el amor de Jesucristo, y esto debe alcanzar para desvanecer todo
temor.
A menudo los
hombres prometen a personas amigas, más de lo que les pueden proporcionar; no
así Jesucristo; Él ama infinitamente a las almas y les puede dar cuanto
desean.
Les quiere dar
la gracia de una buena muerte, la promete con su bondad y con su omnipotencia la
concede. Quien pues, comprende el valor de una Comunión, y sabe que nueve
Comuniones son nueve íntimas uniones del alma con Dios, y sabe que alcanza una
Comunión para santificar un alma, no se maravillará que Jesús, pidiendo
nueve, haga tan gran promesa.
Quien, pues,
ejecuta cuanto Jesucristo manda, puede estar moralmente seguro de salvarse.
CONDICIONES
NECESARIAS
Para conseguir
el fin de la Gran Promesa es necesario:
1) Hacer
nueve Comuniones, y para quien está seguro de hallarse en estado de gracia,
no son necesarias nueve Confesiones, pero sólo nueve Comuniones bien hechas.
Quien hiciere o hubiese hecho solamente cierto número de Comuniones no podría
alcanzar el fin.
2) En
los primeros viernes del mes. No se puede diferir para otro día de la
semana, por ej. el Domingo o en otro viernes que no sea el primer viernes del
mes. Ninguna condición nos puede dispensar de esto. No el olvido, no la
imposibilidad de confesarnos; no porque impedidos por la enfermedad u otra
causa. Ni el mismo Confesor no puede cambiar el día o permitir su interrupción,
porque la Iglesia no ha concedido esta facultad a nadie.
3) De
hacerse por nueve meses consecutivos, y quien
la dejara por tan solo un mes, no estaría en regla; y si la hubiese dejado aún
involuntariamente debería empezar nuevamente.
Aunque teólogos
autoritarios digan que tratándose de causa realmente grave, se pueda considerar
la interrupción como si no hubiera sucedido, nosotros decimos que quien ama
verdaderamente al Corazón de Jesús y quiere asegurarse su suerte eterna,
cumple generosamente lo que el Divino Maestro pide, sin ir en busca de muchas
dispensas.
4) Con
las debidas disposiciones. Aquí el Catecismo nos dice que para
hacer una buena Comunión son necesarias tres cosas: 1ª, estar en gracia de
Dios; 2ª, estar en ayunas desde una hora antes de comulgar; 3ª, saber lo que
se va a recibir y acercarse a comulgar con devoción, y añade que: quien
recibe un Sacramento de los vivos sabiendo de no estar en gracia de Dios, comete
pecado gravísimo de sacrilegio, porque recibe indignamente una cosa sagrada.
Pues la Comunión sacrílega antes bien que honrar, desprecia al Corazón de
Jesucristo; y no consigue con toda seguridad el fin. Puesto que no sea necesario
un fervor extraordinario, precisa que las Comuniones honren al Divino Corazón,
o sea que sean hechas en gracia de Dios.
Otra disposición
es la intención de reparar al Corazón de Jesucristo por las continuas injurias
que recibe en el Santísimo Sacramento de amor y de conseguir el fruto de la
Gran Promesa.
FACILIDADES
La intención
necesaria para conseguir el fin de la Gran Promesa alcanza formularla una vez al
principio para las nueve Comuniones, con tal que siga con la misma intención
hasta el fin.
Es pues, cosa
muy buena renovar la intención cada vez. La práctica de los nueve primeros
viernes, puede empezarse en cualquier mes.
Para los
estudiantes sería conveniente el mes de abril, para terminar con diciembre;
mientras para los demás puede convenir otro mes, según las personas y empleos
que se tengan. Para los Sacerdotes y las personas que comulgan diariamente,
alcanza poner la intención de hacer también ellos las nueve Comuniones
reparadoras a este fin.
Para el
Sacerdote no es necesario aplicar la Misa en honor al Sagrado Corazón; puede
aplicarla para quien desee, con tal que haga la Santa Comunión también para
asegurarse la Gran Promesa, honrar y reparar al Divino Corazón por la continua
soledad en que es dejado.
Asimismo los
fieles pueden ofrecer la Comunión para quienes deseen, con tal que tengan también
esa intención.
Con estas
Comuniones se pueden aún aplicar las indulgencias que se ganan para las almas
del Purgatorio, especialmente la plenaria concedida a quien en el primer viernes
del mes medita brevemente antes y después de la Comunión, en la bondad
infinita del Sagrado Corazón de Jesús y ruega según las intenciones del Sumo
Pontífice (S. C. de las Indulgencias, 7 de setiembre de 1897).
Terminada esta
piadosa práctica, es excelente cosa repetirla para toda la vida. Para esto
alcanza poner la intención, una vez para siempre, de volver a empezar como se
haya terminado.
LA CONSAGRACIÓN DIARIA AL SAGRADO CORAZÓN.
(Acto de Consagración que hizo de sí Santa
Margarita María al Divino Corazón de Jesús)
Yo, N. N., me
dedico y consagro al Sagrado Corazón de Nuestro Señor Jesucristo; le entrego
mi persona y mi vida, mis acciones, penas y sufrimientos, para no querer ya
servirme de ninguna parte de mi ser sino para honrarle, amarle y glorificarle.
Ésta es mi irrevocable voluntad: pertenecerle a Él enteramente y hacerlo todo
por amor suyo, renunciando de todo mi corazón a cuanto pueda disgustarle.
Te tomo, pues,
Corazón divino, como único objeto de mi amor, por protector de mi vida,
seguridad de mi salvación, remedio de mi fragilidad y mi inconstancia,
reparador de todas las faltas de mi vida, y mi asilo seguro en la hora de la
muerte. Sé, pues, Corazón bondadoso, mi justificación para con Dios Padre, y
desvía de mí los rayos de su justa indignación. Corazón amorosísimo, en ti
pongo toda mi confianza, porque, aun temiéndolo todo de mi flaqueza, todo lo
espero de tu bondad. Consume, pues, en mí todo cuanto pueda disgustarte o
resistirte. Imprímase tu amor tan profundamente en mi corazón, que no pueda
olvidarte jamás, ni verme separado de ti. Te ruego encarecidamente, por tu
bondad que mi nombre esté escrito en ti. Ya que quiero constituir toda mi dicha
y toda mi gloria en vivir y morir llevando las cadenas de tu esclavitud. Así
sea.
NOVENA DE CONFIANZA AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
La confianza es un acto de la voluntad por el que esperamos
conseguir de Dios nuestra salvación y los medios necesarios para ello. Es una
virtud que encierra fe, esperanza y caridad. El fundamento de la confianza está
en que Dios es nuestro Padre, que cuida de nosotros más que de los
cuervos y los lirios (Lc. 12, 24-27).
Nadie disfruta más de la bondad del Corazón de Jesús que el que
tiene mayor confianza en Él. El peor y mayor mal que el demonio nos hace después
del pecado, es hacernos desconfiar. "Lo que más le agrada es la confianza en Él"
(Santa Margarita).
Necesitamos la confianza y la mejor manera de alcanzarla es
pedirla a Dios.
Podemos pedir la confianza y todas las gracias y bienes que
necesitamos con "la novena de confianza".
"Vayamos con confianza al trono de la gracia". (Hb. 4, 16).
Modo de hacer la Novena de Confianza:
Oh Jesús, a tu Corazón confío (esta alma, esta pena, este
negocio), míralo, después haz lo que tu Corazón te diga; deja obrar a tu
Corazón.
Oh Jesús, yo cuento contigo, yo me fío de Ti, yo me entrego a
Ti, yo estoy seguro de Ti.
Padre nuestro, Ave María y Gloria.
Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío (nueve veces).
Oh dulce Jesús, que has dicho: "Si quieres agradarme, confía en
Mí; si quieres agradarme más, confía más; si quieres agradarme inmensamente,
confía inmensamente; las almas confiadas son las robadoras de mis gracias". Yo
confío inmensamente en Ti. En Ti, Señor, espero; no sea yo confundido
eternamente. Amén.
ORACIONES
ACTO DE CONFIANZA EN EL CORAZÓN DE JESÚS
¡Oh Corazón de Jesús!, Dios y hombre verdadero, delicia de los Santos, refugio
de los pecadores y esperanza de los que en Vos confían; Vos nos decíais
amablemente: “Venid a mí”; y nos repetís las palabras que dijisteis al
paralítico: “Confía, hijo mío; tus pecados te son perdonados”, y a la mujer
enferma: “Confía, hija; tu fe te ha salvado”, y a los Apóstoles: “Confiad, yo
soy, no temáis”. Animado con estas vuestras palabras, acudo a Vos con el corazón
lleno de confianza, para deciros sinceramente y de lo más íntimo de mi alma:
Corazón de Jesús, en Vos confío.
(A cada invocación decimos “CORAZÓN DE JESÚS EN VOS CONFÍO”)
En mis alegrías y tristezas,
En mis negocios y empresas,
En mis prosperidades y adversidades,
En las necesidades de mi familia,
En las tentaciones del demonio,
En las instigaciones de mis propias pasiones,
En las persecuciones de mis enemigos,
En las murmuraciones y calumnias,
En mis enfermedades y dolores,
En mis defectos y pecados,
En la santificación y salvación de mi alma,
Siempre y en toda ocasión,
En vida y muerte,
En tiempo y eternidad,
Corazón de mi amable Jesús, confío y confiaré siempre en vuestra bondad; y, por
el Corazón de vuestra Madre, os pido que no desfallezca nunca esta mi confianza
en Vos, a pesar de todas las contrariedades y de todas las pruebas que Vos
quisierais enviarme, para que, habiendo sido mi consuelo en vida, seáis mi
refugio en la hora de la muerte y mi gloria por toda la eternidad. Amén.
Oración final.
¡Oh, Señor Jesús!, vuestros santos misterios infundan en nosotros un fervor
divino, con el que, recibida la suavidad de vuestro dulcísimo Corazón,
aprendamos a despreciar lo terreno y amar lo celestial. Vos que vivís y reináis
por los siglos de los siglos. Amén.
ACTO DE CONFIANZA DEL BEATO CLAUDIO DE LA COLOMBIÈRE
Dios mío, estoy tan persuadido de que velas sobre todos los que en ti esperan y
de que nada puede faltar a quien de ti aguarda todas las cosas, que he resuelto
vivir en adelante sin cuidado alguno, descargando sobre ti todas mis
inquietudes. Ya dormiré en paz y descansaré, porque Tú, solo Tú has asegurado mi
esperanza.
Los hombres pueden despojarme de los bienes y de la reputación; las enfermedades
pueden quitarme las fuerzas y los medios de servirte; yo mismo puedo perder tu
gracia por el pecado; pero no perderé mi esperanza; la conservaré hasta el
último instante de mi vida y serán inútiles todos los esfuerzos de los demonios
del infierno para arrancármela. Dormiré y descansaré en paz.
Que otros esperen su felicidad de su riqueza o de sus talentos; que se apoyen
sobre la inocencia de su vida, o sobre el rigor de su penitencia, o sobre el
número de sus buenas obras, o sobre el fervor de sus oraciones. En cuanto a mí,
Señor, toda mi confianza es mi confianza misma. Porque Tú Señor, sólo Tú, has
asegurado mi esperanza.
A nadie engañó esta confianza. Ninguno de los que han esperado en el Señor, ha
quedado frustrado en su confianza. Por tanto, estoy seguro de que seré
eternamente feliz, porque firmemente espero serlo y porque de ti, Dios mío, es
de quien lo espero. En ti esperaré, Señor, y jamás seré confundido.
Bien conozco, y demasiado lo conozco, que soy frágil e inconstante; sé cuánto
pueden las tentaciones contra la virtud más firme; he visto caer los astros del
cielo y las columnas del firmamento; pero nada de esto puede aterrarme. Mientras
mantenga firme mi esperanza, me conservaré a cubierto de todas las calamidades;
y estoy seguro de esperar siempre, porque espero igualmente esta invariable
esperanza.
En fin, estoy seguro de que no puedo esperar con exceso de ti y de que
conseguiré todo lo que hubiere esperado de ti. Así, espero que me sostendrás en
las más rápidas y resbaladizas pendientes, que me fortalecerás contra los más
violentos asaltos y que harás triunfar mi flaqueza sobre mis más formidables
enemigos. Espero que me amarás siempre y que yo te amaré sin interrupción; y
para llegar de una vez con toda mi esperanza tan lejos como puede llegarse, te
espero a ti mismo, Creador mío, para el tiempo y para la eternidad. Así sea.
A LA LLAGA DEL SAGRADO COSTADO Y CORAZÓN DE JESUCRISTO.
Benignísimo Jesús, la llaga de tu Sagrado Corazón sea para mí refugio, fortaleza
y defensa contra tu ira, y remedio de todos los pecados, especialmente los
mortales, de los engaños del demonio, mundo, carne y amor propio; de todos los
peligros del cuerpo, y, sobre todo, me sirva para evitar la condenación eterna.
Sea también abismo donde desaparezcan todos mis pecados, al cual con perfecto
aborrecimiento y dolor de corazón arrojo todas mis imperfecciones, para no
volverlas a cometer jamás. Dignaos concederme, amabilísimo Jesús, aunque no sea
más que una gotita de sangre de la llaga de vuestro misericordiosísimo Corazón,
en prenda y señal de que me perdonáis para siempre todos mis pecados. Encerradme
en lo más íntimo de vuestro Corazón, y allí guardadme, aquilatadme, abrasadme,
purificadme, encendedme hasta convertirme y sublimarme a vuestra perfecta
semejanza en fuego divino, haciéndome lo más semejante a Vos, de modo que,
desapareciendo yo en cuanto sea posible, sólo busque en todas mis acciones el
gusto y voluntad de vuestro purísimo Corazón. Amén.
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