Antonio Royo Marín, O.P.
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Contenido:
Al lector
I - Existencia del
más allá
II - El tránsito al
más allá
III - El Juicio de
Dios
IV - Resurrección de
la carne y Juicio Universal
V - El castigo del
culpable
VI - La recompensa
eterna
AL LECTOR
Las siguientes
páginas contienen el texto íntegro de una serie de Conferencias Cuaresmales
pronunciadas por el autor en la Real Basílica de Atocha, de Madrid, que fueron
retransmitidas a toda España por Radio Nacional en conexión con varias emisoras
de provincias.
La resonancia
verdaderamente nacional que alcanzaron aquellas conferencias, nos ha impulsado a
ofrecerlas en su texto taquigráfico, a fin de conservar en lo posible la
espontaneidad y el ritmo oratorio con que fueron pronunciadas.
I
EXISTENCIA DEL MÁS ALLÁ
Comenzamos
hoy, bajo el manto y la mirada maternal de la Santísima Virgen de Atocha, esta
serie de conferencias cuaresmales, cuyo tema central lo constituye El
misterio del más allá.
Y, ante todo,
os voy a decir por qué he escogido este tema. Son tres las principales razones
que me han movido a ello:
En primer
lugar, por su trascendencia soberana. Ante él, todos los demás problemas que se
pueden plantear a un hombre sobre la tierra, no pasan de la categoría de
pequeños problemas sin importancia. No voy a invocar una conversación tenida con
un alto intelectual. Salid simplemente a la calle. Preguntadle a ese obrero que
se dirige a su trabajo:
–¿Adónde vas?
Os dirá: ¿Yo?,
a trabajar.
–¿Y para qué
quieres trabajar?
–Pues para
ganar un jornal.
–Y el jornal,
¿para qué lo quieres?
–Pues para
comer.
–¿Y para qué
quieres comer?
–Pues...,
¡para vivir!
–¿Y para qué
quieres vivir?
Se quedará
estupefacto creyendo que os estáis burlando de él. Y en realidad, señores, esa
última es la pregunta definitiva; ¿para qué quieres vivir?, o sea, ¿cuál es la
finalidad de tu vida sobre la tierra?, ¿qué haces en este mundo?, ¿quién eres
tú? No me interesa tu nombre y tu apellido como individuo particular: ¿quién
eres tú como criatura humana, como ser racional?, ¿por qué y para qué
estás en este mundo?, ¿de dónde vienes?, ¿adónde vas?, ¿qué será de ti después
de esta vida terrena?, ¿qué encontrarás más allá del sepulcro?
Señores: éstas
son las preguntas más trascendentales, el problema más importante que se puede
plantear un hombre sobre la tierra. Ante él, vuelvo a repetir, palidecen y se
esfuman en absoluto esa infinita cantidad de pequeños problemas humanos que
tanto preocupan a los hombres. El problema más grande, el más trascendental de
nuestra existencia, es el de nuestros destinos eternos.
La segunda
razón que me impulsó a escoger este tema es su enorme eficacia sobrenatural para
orientar a las almas en su camino hacia Dios. Este tema interesantísimo no puede
dejar indiferente a nadie, porque plantea los grandes problemas de la vida
humana. No se trata de una cosa fugaz y perecedera. Se trata de nuestros
destinos inmortales, y esto, a cualquier hombre reflexivo tiene que llegarle
forzosamente hasta lo más hondo del alma. Para encogerse de hombros ante él es
menester ser un loco o un insensato irresponsable.
La tercera
razón, señores, es su palpitante actualidad. Porque si este tema no puede
envejecer jamás, por tratarse del problema fundamental de la vida humana, de una
manera especialísima en estos tiempos que estamos atravesando adquiere
caracteres de palpitante actualidad. No hay más que contemplar el mundo,
señores, para ver de qué manera camina desorientado en las tinieblas por haberse
puesto voluntariamente de espaldas a la luz.
Es inútil que
se reúnan las cancillerías, que se organicen asambleas internacionales. No
lograrán poner en orden y concierto al mundo hasta que lo arrodillen ante
Cristo, ante Aquél que es la Luz del mundo; hasta que, plenamente convencidos
todos de que por encima de todos los bienes terrenos y de todos los egoísmos
humanos es preciso salvar el alma, se pongan en vigor, en todas las naciones del
mundo, los diez mandamientos de la Ley de Dios.
Con sola esta
medida se resolverían automáticamente todos los problemas nacionales e
internacionales que tienen planteados los hombres de hoy; y sin ella será
absolutamente inútil todo cuanto se intente.
Precisamente
porque el mundo de hoy no se preocupa de sus destinos eternos, porque no se
habla sino del petróleo árabe, de la hegemonía económica mundial de ésta o de la
otra nación, o de cualquier otro problema terreno materialista, en el horizonte
cercano aparecen negros nubarrones que, si Dios no lo remedia, acabarán en un
desastre apocalíptico bajo el siniestro resplandor y el estruendo horrísono de
las bombas atómicas.
Examinemos,
señores, los datos fundamentales del problema.
Desde la más
remota antigüedad se enfrentan y luchan en el mundo dos fuerzas antagónicas, dos
concepciones de la vida completamente distintas e irreductibles: la concepción
materialista, irreligiosa y atea, que no se preocupa sino de esta vida terrena,
y la concepción espiritualista, que piensa en el más allá.
La primera
podría tener como símbolo una sala de fiestas, un salón de baile, un cabaret, y
sobre su frontispicio esta inscripción, estas solas palabras: No hay más allá.
Por consiguiente, vamos a gozar, vamos a divertirnos, vamos a pasarlo bien en
este mundo. Placeres, riquezas, aplausos, honores... ¡A pasarlo bien en este
mundo! Comamos y bebamos, que mañana moriremos. Concepción materialista de la
vida, señores.
Pero hay otra
concepción: la espiritualista, la que se enfrenta con los destinos eternos, la
que podría tener como símbolo una grandiosa catedral en cuyo frontispicio se
leyera esta inscripción: ¡Hay un más allá! O si queréis esta otra más
gráfica y expresiva todavía: ¿Qué le aprovecha al hombre ganar el mundo
entero si al cabo pierde su alma para toda la eternidad?
He aquí,
señores, la disyuntiva formidable que tenemos planteada en este mundo. No
podemos encogernos de hombros. No podemos permanecer indiferente ante este
problema colosal, porque, queramos o no, lo tenemos todos planteado por el mero
hecho de haber nacido: “estamos ya embarcados” y no es posible renunciar a la
tremenda aventura.
Yo comprendo
perfectamente la risa y la carcajada volteriana del incrédulo irreflexivo que se
hunde totalmente en el cieno, que no vive más que para sus placeres, sus
riquezas y sus comodidades temporales. Lo comprendo perfectamente, porque es un
insensato, un loco, que no se ha planteado nunca en serio el problema del más
allá. Pero una persona que tenga un poquito de fe y otro poco de sentido común,
que sepa reflexionar y que se plantee el problema del más allá, y se encoja de
hombros ante él y diga: “La eternidad, ¿qué me importa eso?”, señores, eso no lo
comprendo, eso no lo concibo. Ante el problema pavoroso del más allá no podemos
permanecer indiferentes, no podemos encogernos de hombros. Tenemos que tomar una
actitud firme y decidida, si no queremos renunciar, no ya a la fe cristiana,
sino a la simple condición de seres racionales.
Precisamente
estos días vengo a hablaros de este gran problema de nuestros destinos eternos:
del misterio del más allá.
Esta tarde, en
las primeras de mis conferencias, voy a ceñirme exclusivamente a poner en claro
la existencia del más allá. Nada más.
No vengo en
plan apologético. Tengo muy poca fe en la apologética, señores, como instrumento
apto para convencer al que no está dispuesto a aceptar la verdad aunque brille
ante él más clara que el sol. Ya lo supo decir admirablemente uno de los genios
más portentosos que ha conocido la humanidad, una de las inteligencias más
preclaras que han brillado jamás en el mundo: San Agustín. Un hombre que conocía
maravillosamente el problema, que sabía las angustias, la incertidumbre de un
corazón que va en busca de la luz de la verdad sin poderla encontrar, porque
vivió los primeros treinta años de su vida en las tinieblas del paganismo.
Conocía maravillosamente el problema y sabía muy bien que no hay ni pueden haber
argumentos válidos contra la fe católica. No los hay, ni los puede haber, porque
la verdad no es más que una, y esa única verdad no puede ser llamada al tribunal
del error, para ser juzgada y sentenciada por él. Es imposible, señores, que
haya incrédulos de cabeza, de argumentos, incrédulos que puedan decir con
sinceridad: “yo no puedo creer porque tengo la demostración aplastante, las
pruebas concluyentes de la falsedad de la fe católica”. ¡Imposible de todo
punto!
No hay
incrédulos de cabeza, pero sí muchísimos incrédulos de corazón. No tienen
argumentos contra la fe, pero sí un montón de cargas afectivas. No creen
porque no les conviene creer. Porque saben perfectamente que si creen
tendrán que restituir sus riquezas mal adquiridas, renunciar a vengarse de sus
enemigos, romper con su amiguita o su media docena de amiguitas, tendrán, en una
palabra, que cumplir los diez mandamientos de la Ley de Dios. Y no están
dispuestos a ello. Prefieren vivir anchamente en este mundo, entregándose a toda
clase de placeres y desórdenes. Y para poderlo hacer con relativa tranquilidad
se ciegan voluntariamente a sí mismos; cierran sus ojos a la luz y sus oídos a
la verdad evangélica. ¡No les da la gana de creer! No porque tengan argumentos,
sino porque les sobran demasiadas cargas afectivas.
Señores:
cuando el corazón está sano, cuando no tenemos absolutamente nada que temer de
Dios, no dudamos en lo más mínimo de su existencia. ¡Ah, pero cuando el corazón
está corrompido...! ¿No os habéis fijado que sólo los malhechores y delincuentes
–jamás las personas honradas– atacan a la Policía o la Guardia Civil?
San Agustín
conocía maravillosamente esta psicología del corazón humano y por eso escribió
esta frase lapidaria y genial: “Para el que quiere creer, tengo mil pruebas;
para el que no quiere creer, no tengo ninguna”.
Maravillosa
frase, señores. Para el que quiere creer, para el hombre honrado, para el hombre
sensato, para el hombre que quiere discurrir con sinceridad, tengo mil pruebas
enteramente demostrativas de la verdad de la fe católica. Pero para el que no
quiere creer, para el que cierra obstinadamente su inteligencia a la luz de la
verdad, no tengo absolutamente ninguna prueba.
A ese
incrédulo del “corazón”, a ése que lanza su carcajada volteriana porque “no le
interesan las cosas de los curas y de los frailes”, a ése no tengo que decirle
absolutamente nada. Pero que no olvide, sin embargo, la frase magistral de San
Agustín: “Para el que quiere creer, tengo mil pruebas; para el que no quiere
creer, no tengo ninguna”.
No me dirijo
al incrédulo volteriano. Me dirijo, sencillamente, al hombre de la calle, que
vive quizá olvidado de Dios, pero que posee un fondo honrado y un corazón recto;
a ese hombre bueno, honrado, de corazón sincero, de corazón naturalmente
cristiano, pero irreflexivo y atolondrado, que no se ha planteado nunca en serio
el problema del más allá. Con éste quiero hablar. Con éste quiero entablar
diálogo, y le digo: “amigo, escúchame, que estoy completamente seguro de que
llegaremos a un acuerdo, porque te voy a hablar a la inteligencia y al corazón y
tú tienes una inteligencia sana y un corazón noble y me vas a escuchar con
sincera rectitud de intención”.
Te voy a
hablar de la existencia del más allá. Voy a proponerte tres argumentos.
Sencillos, claros, al alcance de todas las fortunas intelectuales. En el
primero, nos moveremos en el plano de las meras posibilidades. En el
segundo, llegaremos a la certeza natural, o sea, a la que corresponde al
orden puramente humano, filosófico, de simple razón natural. Y en tercero,
llegaremos a la certeza sobrenatural, en torno a la existencia del más
allá.
Primer
argumento, señores. Nos vamos a mover en el plano de las meras posibilidades.
Las personas
cultas que me escuchan saben muy bien que Renato Descartes quiso encontrar el
principio fundamental de la filosofía planteando su famosa “duda metódica”. Se
propuso dudar de todo, incluso de las cosas más elementales y sencillas, para
ver si encontraba alguna verdad de evidencia tan clara y palmaria que fuera
absolutamente imposible dudar de ella, con el fin de tomarla como punto de
partida para construir sobre ella toda la filosofía. Y al intentar tamaña duda,
escepticismo tan absoluto y universal, se dio cuenta de que estaba pensando,
y al punto, lanzó su famoso entimema, que, en realidad, no admite vuelta de
hoja, aunque no constituye, ni mucho menos, el principio fundamental de la
filosofía: “Pienso, luego existo”.
Señores, una
duda real, absoluta y universal, que no excluya verdad alguna, además de
absurda e insensata, es herética y blasfema. El mismo Descartes, que era y actuó
siempre como católico, se encargó de aclarar después que no había tratado en
ningún momento de extender su duda universal a las verdades sobrenaturales de la
fe, sino únicamente a las de orden puramente natural y humano.
Nosotros no
vamos a dudar un solo instante de las verdades de la fe católica. Pero vamos a
fingir, vamos a imaginarnos por un momento, que la fe católica no nos
dijera absolutamente nada sobre la existencia del más allá. Es absurda tal
suposición, puesto que esa existencia constituye la verdad primera y fundamental
del catolicismo; pero vamos a imaginarnos, por un momento, ese disparate.
Y amontonando nuevos absurdos y despropósitos, vamos a suponer, por un momento,
que la razón humana no nos ofreciera tampoco ningún argumento enteramente
demostrativo de la existencia del más allá, sino, únicamente, de su mera
posibilidad.
¿Cuál debería
ser nuestra actitud en semejante suposición? ¿Qué debería hacer cualquier hombre
razonable, no ante la certeza, pero sí ante la posibilidad de la
existencia de un más allá con premios y castigos eternos?
Es indudable,
señores, que aún en este caso, aún cuando no tuviéramos la certeza sobrenatural
de la fe sobre la existencia del más allá, y aún cuando la simple razón natural
no nos pudiera demostrar plenamente su existencia y tuviéramos que movernos
únicamente en el plano de las simples probabilidades y hasta de las meras
posibilidades, todavía, entonces la prudencia más elemental debería empujarnos a
adoptar la postura creyente, por lo que pudiera ser. Nos jugamos
demasiadas cosas tras esa posibilidad: no podríamos tomarla a broma.
Reflexionad un
momento. Ved lo que ocurre con las cosas e intereses humanos. Existen infinidad
de Compañías de Seguros para asegurar un sin fin de cosas inseguras, sobre todo
cuando se trata de cosas que, humanamente hablando, vale la pena asegurar. El
mendigo harapiento que vive en una miserable chabola del suburbio de una
gran ciudad, no tiene por qué preocuparse de asegurar aquella miserable
vivienda; pero el que posee un magnífico palacio que vale millones de pesetas,
hace muy bien en asegurarlo contra un posible incendio, porque para él, un
incendio podría representar una catástrofe irreparable. Ahora bien, al hacer el
seguro contra incendios, ¿está convencido el que lo firma de que el incendio
sobrevendrá efectivamente? ¡Qué va a estar convencido! Está casi seguro de que
no se producirá, porque no solamente no es infalible que se produzca, sino que
ni siquiera es probable. Es, simplemente, posible, nada más. No es
cosa cierta, ni infalible, ni siquiera probable, pero es posible. Y como
tiene mucho que perder, lo asegura y hace muy bien.
Otros hacen
seguro contra el pedrisco, otros contra el robo. ¿Es que están convencidos de
que sobre sus tierras vendrá el pedrisco y las arrasará, o de que vendrá el
ladrón y se apoderará de los bienes de su casa? No. Están completamente
convencidos de lo contrario. No habrá pedrisco y, si lo hay, quedará muy
localizado y no les arruinará todas sus tierras, ni muchísimo menos. Pero para
evitarse el posible perjuicio parcial, firman la póliza del seguro. No
vendrá el ladrón, pero por si acaso, aseguran sus bienes de fortuna. Esta
conducta, señores, es muy sensata y razonable. No se le puede poner reparo
alguno.
Pues, señores,
traslademos esto del orden puramente natural y humano, a las cosas del alma, al
tremendo problema de nuestros destinos eternos, y saquemos la consecuencia.
Señores,
aunque no tuviéramos la seguridad absoluta, ciertísima que tenemos ahora; aunque
no fuera ni siquiera probable, sino meramente posible la existencia de un
más allá con premios y castigos eternos (fijaos bien: con premios y
castigos eternos), la prudencia más elemental debería impulsarnos a tomar
toda clase de precauciones para asegurar la salvación de nuestra alma. Porque,
si efectivamente hubiera infierno y nos condenáramos para toda la eternidad, lo
habríamos perdido absolutamente todo para siempre. No se trata de la fortuna
material, no se trata de las tierras o del magnífico edificio, sino nada menos,
que del alma, y el que pierde el alma lo perdió todo, y lo perdió para siempre.
Aunque no
tuviéramos certeza absoluta, sino sólo meras conjeturas y probabilidades,
valdría la pena tomar toda clase de precauciones para salvar el alma. Esto es
del todo claro e indiscutible. Escuchad una anécdota muy gráfica y
aleccionadora:
Dos frailes
descalzos, a las seis de la mañana, en pleno invierno y nevando copiosamente,
salían de una iglesia de París. Habían pasado la noche en adoración ante el
Santísimo sacramento. Descalzos, en pleno invierno, nevando... Y he aquí que, en
aquel mismo momento, de un cabaret situado en la acera de enfrente, salían dos
muchachos pervertidos, que habían pasado allí una noche de crápula y de lujuria.
Salían medio muertos de sueño, enfundados en sus magníficos abrigos, y al
cruzarse con los dos frailes descalzos que salían de la iglesia, encarándose uno
de los muchachos con uno de ellos, le dijo en son de burla: “Hermanito, ¡menudo
chasco te vas a llevar si resulta que no hay cielo!” Y el fraile que tenía una
gran agilidad mental, le contestó al punto: “Pero ¡qué terrible chasco te vas a
llevar tú si resulta que hay infierno!”.
El argumento,
señores, no tiene vuelta de hoja. Si resulta que hay infierno, ¡qué terrible
chasco se van a llevar los que no piensan ahora en el más allá, los que gozan y
se divierten revolcándose en toda clase de placeres pecaminosos! Si resulta que
hay infierno, ¡qué terrible chasco se van a llevar!
En cambio,
nosotros, no. Los que estamos convencidos de que lo hay, los que vivimos
cristianamente no podemos desembocar en un fracaso eterno. Aun suponiendo, que
no lo supongo; aun imaginando, que no lo imagino, que no existe un más allá
después de esta pobre vida, ¿qué habríamos perdido, señores, con vivir
honradamente? Porque lo único que nos prohíbe la religión, lo único que nos
prohíbe la Ley de Dios, es lo que degrada, lo que envilece, lo que rebaja al
hombre al nivel de las bestias y animales. Nos exige, únicamente, la práctica de
cosas limpias, nobles, sublimes, elevadas, dignas de la grandeza del hombre: “Sé
honrado, no hagas daño a nadie, no quieras para ti lo que no quieras para los
demás, respeta el derecho de todos, no te revuelques en los placeres inmundos,
practica la caridad, las obras de misericordia, apiádate del prójimo desvalido,
sé fiel y honrado en tus negocios, sé diligente en tus deberes familiares, educa
cristianamente a tus hijos...”
¡Qué cosas más
limpias, más nobles, más elevadas! ¿Qué habríamos perdido con vivir
honradamente, aun suponiendo que no hubiera cielo? Y, en cambio, ¿qué habríamos
ganado con aquella conducta inmoral si hay infierno y perdiéramos el alma por no
haber hecho caso de nuestros destinos eternos?
Señores, aun
moviéndonos en el plano de las meras posibilidades, les hemos ganado la partida
a los incrédulos. Nuestra conducta es incomparablemente más sensata que la
suya.
¡Ah!, pero
tenemos argumentos mucho más fuertes y decisivos. Podemos avanzar mucho más y
hasta rebasar en absoluto las meras probabilidades y entrar de lleno en el
terreno de la certeza plena. Primero en un plano natural, meramente filosófico,
y después, en un plano sobrenatural, en el plano teológico de la verdad revelada
por Dios.
Primero la
filosofía, señores. En el plano de la simple razón natural se pueden demostrar
como dos y dos son cuatro, dos verdades fundamentales: la existencia de Dios y
la inmortalidad del alma. Estas son verdades de tipo filosófico, demostrables
por la simple razón natural. Hay otras verdades que rebasan el marco de la
simple filosofía y entran de lleno en el terreno de la fe. Por ejemplo, si el
mismo Dios no se hubiese dignado revelarnos que es uno en esencia y trino en
personas, no lo hubiéramos sabido ni sospechado jamás en este mundo. La razón
natural no puede descubrir, ni sospechar siquiera, el misterio de la Santísima
Trinidad. Pero la simple razón natural, repito, puede demostrar de una manera
apodíctica, ciertísima, la existencia de Dios y la inmortalidad del alma. Ahora
bien, si Dios existe, si el alma es inmortal, empezad vosotros mismos a sacar
las consecuencias prácticas en torno a nuestra conducta sobre la tierra.
Señores, la
existencia de Dios y la inmortalidad del alma se pueden demostrar con argumentos
apodícticos. No tengo tiempo para hacer ahora una demostración a fondo de ambas
cosas; pero, al menos, voy a exponer los rasgos fundamentales de la demostración
de la inmortalidad del alma, ya que, para negar la existencia de Dios, hace
falta estar enteramente desprovisto de sentido común.
En primer
lugar, ¿existe nuestra alma? ¿Es del todo seguro e indiscutible que tenemos un
alma?
En absoluto,
señores. Estamos tan seguros, y más, de la existencia del alma que la de nuestro
propio cuerpo. En absoluto, el cuerpo podría ser una ilusión del alma, pero el
alma no puede ser, de ninguna manera, una ilusión del cuerpo. Vamos a
demostrarlo con un triple argumento: ontológico, histórico y de teología
natural.
1.º
Argumento ontológico. Es un hecho indiscutible, de evidencia inmediata, que
pensamos cosas de tipo espiritual, inmaterial. Tenemos ideas clarísimas
de cosas abstractas, universales, que escapan en absoluto al conocimiento de los
sentidos corporales internos os externos. Tenemos idea clarísima de lo que es la
bondad, la verdad, la belleza, la honradez, la hombría de bien; lo mismo que de
la maldad, la mentira, la fealdad, la villanía, la delincuencia. Tenemos
infinidad de ideas abstractas, enteramente ajenas a las cosas materiales. Esas
ideas no son grandes ni pequeñas, redondas ni cuadradas, dulces ni amargas,
azules ni verdes. Trascienden, en absoluto, todo el mundo de los sentidos. Son
ideas abstractas, señores. ¿Las ha visto alguien con los ojos? ¿Las ha captado
con sus oídos? ¿Las ha percibido con su olfato? ¿Las ha tocado con sus manos?
¿Las ha saboreado con su gusto? Los sentidos no nos dicen absolutamente nada de
esto, y, sin embargo, ahí está el hecho indiscutible, clarísimo: tenemos ideas
abstractas y universales. Luego, si nosotros tenemos ideas abstractas,
universales, irreductibles a la materia, o sea, absolutamente espirituales,
queda fuera de toda duda que hay en nosotros un principio espiritual
capaz de producir esas ideas espirituales. Porque, señores, es evidentísimo que
“nadie da lo que no tiene” y nadie puede ir más allá de lo que sus fuerzas le
permiten. Los sentidos corporales no pueden producir ideas espirituales porque
lo espiritual trasciende infinitamente al mundo de la materia y es absolutamente
irreductible a ella. Luego, es indiscutible que tenemos un principio espiritual
capaz de producir ideas espirituales; y ese principio espiritual es,
precisamente, lo que llamamos alma.
Señores, el
alma existe, es evidentísimo para el que sepa reflexionar un poco. Y es
evidentísimo que el alma es espiritual, porque de ella proceden operaciones
espirituales, y la filosofía más elemental enseña que “la operación sigue
siempre al ser” y es de su misma naturaleza: luego, si el alma produce
operaciones espirituales, es porque ella misma es espiritual.
Tenemos un
alma espiritual. Pero esto equivale a decir que nuestra alma es absolutamente
simple, en el sentido profundo y filosófico de la palabra, porque todo lo
espiritual es absolutamente simple, aunque no todo lo simple sea espiritual.
Todo español es europeo, aunque no todo europeo es español. Lo espiritual es
simple porque carece de partes, ya que éstas afectan únicamente al mundo
de la materia cuantitativa. Pero no todo lo simple es espiritual, porque pueden
los cuerpos compuestos descomponerse en sus elementos simples sin rebasar los
límites de la materia.
El alma es
espiritual porque es independiente de la materia; y es absolutamente simple,
porque carece de partes. Pero un ser absolutamente simple es necesariamente
indestructible, porque lo absolutamente simple no se puede descomponer.
Examinad,
señores, la palabra descomposición. ¿Qué significa esa palabra?
Sencillamente, desintegrar en sus elementos simples una cosa compuesta.
Luego, si
llegamos a un elemento absolutamente simple, si llegamos a lo que
podríamos denominar “átomo absoluto”, habríamos llegado a lo absolutamente
indestructible. El “átomo absoluto” es indestructible, señores. No me refiero al
átomo físico. Dentro del átomo físico, la moderna química ha descubierto todo un
sistema planetario. Son los electrones. La química moderna ha logrado
desintegrar el átomo físico en sus elementos más simples. Pero cuando se llega
al “átomo absoluto” –que quizá no pueda darse en lo puramente corporal–, se ha
llegado a lo absolutamente indestructible. Sencillamente, porque no se puede
“descomponer” en elementos más simples. Sólo cabe la aniquilación en
virtud del poder infinito de Dios.
Ahora bien,
éste es el caso del alma humana, señores. El alma humana, por el hecho mismo de
ser espiritual, es absolutamente simple, es como un “átomo
absoluto” del todo indescomponible, y, por consiguiente, es intrínsecamente
inmortal.
El principio
de nuestra vida espiritual, el alma, es por su propia naturaleza, absolutamente,
simple, indestructible, indescomponible: luego, es intrínsecamente
inmortal. Solamente Dios, que la ha creado, sacándola de la nada, podría
destruirla aniquilándola. Dios podría hacerlo, hablando en absoluto, pero
sabemos con toda certeza, porque lo ha revelado el mismo Dios, que no la
destruirá jamás. Porque habiendo creado el alma intrínsecamente inmortal, Dios
respetará la obra de sus manos. La ha hecho Dios así y la respetará eternamente
tal como la ha hecho, no la destruirá jamás. Nuestra alma es, pues intrínseca y
extrínsecamente inmortal.
Además de este
argumento ontológico profundísimo que deja por sí solo plenamente
demostrada la inmortalidad del alma, pueden invocarse todavía dos nuevos
argumentos en el plano meramente filosófico y puramente racional: uno de tipo
histórico y otro de teología natural. Veámoslo brevemente.
2.º
Argumento histórico. Echad una ojead al mapa-mundi. Asomaos a todas las
razas, a todas las civilizaciones, a todas las épocas, a todos los climas del
mundo. A los civilizados y a los salvajes; a los cultos y a los incultos; a los
pueblos modernos y a los de existencia prehistórica. Recorred el mundo entero y
veréis cómo en todas partes los hombres –colectivamente considerados– reconocen
la existencia de un principio superior. Están totalmente convencidos de ello.
Con aberraciones tremendas, desde luego, pero con un convencimiento firme e
inquebrantable.
Hay quienes
ponen un principio del bien y otro del mal; ciertos salvajes adoran al sol;
otros, a los árboles; otros, a las piedras; otros, a los objetos más absurdos y
extravagantes. Pero todos se ponen de rodillas ante un misterioso más allá.
Señores, se ha
podido decir con la historia de las religiones en las manos, que sería más fácil
encontrar un pueblo sin calles, sin plazas, sin casas, sin habitantes (o sea, un
pueblo quimérico y absurdo, porque un pueblo con tales características no ha
existido ni existirá jamás), que un pueblo sin religión, sin una firme creencia
en la supervivencia de las almas más allá de la muerte.
¿Os dais
cuenta de la fuerza probativa de este argumento histórico? ¡Ah, señores! Cuando
la humanidad entera, de todas las razas, de todas las civilizaciones, de todos
los climas, de todas las épocas, sin haberse puesto previamente de acuerdo
coincide, sin embargo, de una manera tan absoluta y unánime en ese hecho
colosal, hay que reconocer, sin género alguno de duda, que esa creencia es un
grito que sale de lo más íntimo de la naturaleza racional del hombre; esa
exigencia de la propia inmortalidad en un más allá, procede del mismo Dios, que
la ha puesto, naturalmente, en el corazón del hombre. Y eso no puede
fallar, eso es absolutamente infrustrable. Todo deseo natural y común a todo
el género humano, procede directamente del Autor mismo de la naturaleza, y
ese deseo no puede recaer sobre un objeto falso y quimérico, porque esto
argüiría imperfección o crueldad en Dios, lo cual es del todo imposible. El
deseo natural de la inmortalidad prueba apodícticamente, en efecto, que el
alma es inmortal.
3.º
Argumento de teología natural. No me refiero todavía a la fe. Estoy
moviéndome todavía en un plano puramente natural, puramente filosófico. Me
refiero a la teología natural, a eso que llamamos teodicea, o sea, a lo que
puede descubrir la simple razón natural en torno a Dios y a sus divinos
atributos. ¿Qué nos dice esta rama de la filosofía con relación a la existencia
de un más allá? Que tiene que haberlo forzosamente, porque lo exigen así, sin la
menor duda, tres atributos divinos: la sabiduría, la bondad y la justicia de
Dios.
a) Lo exige
la sabiduría, que no puede poner una contradicción en la naturaleza humana.
Como os acabo de decir, el deseo de la inmortalidad es un grito incontenible de
la naturaleza. Y Dios, que es infinitamente sabio, no puede contradecirse; no
puede poner una tendencia ciega en la naturaleza humana que tenga por resultado
y por objeto final el vacío y la nada. No puede ser. Sería una contradicción de
tipo metafísico, absolutamente imposible. Dios no se puede contradecir.
b) Lo exige
también la bondad de Dios. Porque Dios ha puesto en nuestros propios
corazones el deseo de la inmortalidad. ¡Examinad, señores, vuestros propios
corazones! Nadie quiere morir; todo el mundo quiere sobrevivirse. El artista,
por ejemplo, está soñando en su obra de arte, para dejarla en este mundo después
de su muerte, sobreviviéndose a través de ella. Todo el mundo quiere
sobrevivirse en sus hijos, en sus producciones naturales o espirituales. Pero
esto es todavía demasiado poco. Queremos sobrevivirnos personalmente,
tenemos el ansia incontenible de la inmortalidad. La nada, la destrucción total
del propio ser, nadie la quiere ni apetece. No puede descansar un deseo natural
sobre la nada, porque la nada es la negación total del ser, es la no existencia,
y eso no es ni puede ser apetecible. El deseo, o sea la tendencia afectiva de la
voluntad, recae siempre sobre el ser, sobre la existencia, jamás
sobre la nada o el vacío. Todos tenemos este deseo natural de la inmortalidad. Y
la bondad de Dios exige que, puesto que ha sido Él quien ha depositado en el
corazón del hombre este deseo natural de inmortalidad, lo satisfaga plenamente.
De lo contrario, no habría más remedio que decir que Dios se había complacido en
ejercitar sobre el corazón del hombre una inexplicable crueldad, una especie de
suplicio de Tántalo. Pero esto sería impío, herético y blasfemo. Luego hay que
concluir que Dios ha puesto en nuestros corazones el deseo incoercible de la
inmortalidad, porque, efectivamente, somos inmortales.
c) Lo
exige, finalmente, la justicia de Dios. Señores, muchas gentes se preguntan
asombradas: “¿Por qué Dios permite el mal? ¿Por qué permite que haya tanta gente
perversa en el mundo? ¿Por qué permite, sobre todo, que triunfen con tanta
frecuencia los malvados y sean oprimidos los justos?”
La
contestación a esta pregunta es muy sencilla. ¿Sabéis por qué permite Dios
tamaño escándalo, injusticias tan irritantes? Pues porque hay un más allá
en donde la virtud recibirá su premio y el crimen su castigo merecido.
Un hombre tan
poco sospechoso de clericalismo como Juan Jacobo Rousseau, en un momento de
sinceridad, llegó a escribir su famosa frase: “Si yo no tuviera otra prueba de
la inmortalidad del alma, de la existencia de premios y castigos en el otro
mundo, que ver el triunfo del malvado y la opresión del justo acá en la tierra,
esto sólo me impediría ponerlo en duda. Tan estridente disonancia en la armonía
universal me empujaría a buscarle una solución, y me diría: Para nosotros no
acaba todo con la vida; todo vuelve al orden con la muerte.”
¡Vaya si
volverá, señores! ¡Vaya si volverá todo al orden más allá de esta vida! ¡En el
plano individual, en el familiar, en el social, en el internacional...!, todo
volverá al orden después de la muerte.
El vulgar
estafador que, escudándose en un cargo político o en el prestigio de una gran
empresa o de un comercio en gran escala, se ha enriquecido rápidamente contra
toda justicia, acaso abusando del hambre y de la miseria ajena..., ¡que se
apresure a disfrutar sin frenos ni cortapisas de esas riquezas inicuamente
adquiridas! Le queda ya poco tiempo, porque no acaba todo con la vida; todo
vuelve al orden con la muerte.
Y el joven
pervertido, estudiante coleccionista de suspensos que se pasa las mañanas en la
cama, la tarde en el cine o en el fútbol y la noche en el cabaret o en el
lupanar... Y la muchacha frívola, la que vive únicamente para la diversión, para
el baile, el teatro y la novela; la que escandaliza a todo el mundo con sus
desnudeces provocativas, con el desenfado en el hablar, con su “despreocupación”
ante el problema religioso, con..., ¡que rían ahora, que gocen, que se
diviertan, que beban hasta las heces la dorada copa del placer! Ya les queda
poco tiempo, porque no acaba todo con la vida; todo vuelve al orden con la
muerte.
Y el casado
que pone a su capricho limitación y tasa a la natalidad, contradiciendo
gravemente los planes del Creador. Y el marido infiel que le ha puesto un piso a
una mujer perversa que no es la suya. Y el padre que no se preocupa de la
cristiana educación de sus hijos y se hace responsable de sus futuros extravíos
y, acaso, de la perdición eterna de sus almas. Y tantos y tantos otros como
viven completamente de espaldas a Dios, olvidados en absoluto de sus deberes más
elementales para con Él..., ¡pobrecitos!, ¡qué pena me dan! Porque, por
desgracia para ellos, no acaba todo con la vida; todo vuelve al orden con la
muerte.
Y al revés. El
obrero tuberculoso que siente que se le acaban las fuerzas por momentos y se ve
obligado, a pesar de todo, a seguir trabajando para prolongar un poco su agonía
con el mísero jornal que, al final de la semana, deposita en sus manos la
injusticia de una sociedad paganizada; la pobre viuda madre de ocho hijos, que
no tiene un pedazo de pan para calmarles el hambre..., ¡que no se desesperen! Si
saben elevar sus ojos al cielo para contemplarlo a través del cristal de sus
lágrimas, pronto terminará su martirio: porque no acaba todo con la vida;
todo vuelve al orden con la muerte.
Y la joven
obrera, llena de privaciones y miserias, y quizá calumniada y perseguida porque
no se doblegó ante la bestialidad ajena y prefiere morirse de hambre antes de
mancillar el lirio inmaculado de su pureza..., ¡que tenga ánimo y fortaleza para
seguir luchando hasta la muerte!, porque, para dicha y ventura suya, no acaba
todo con la vida; todo vuelve al orden con la muerte.
Todo vuelve al
orden con la muerte. Lo exige así la justicia de Dios, que no puede dejar
impunes los enormes crímenes que se cometen en el mundo sin que reciban sanción
ni castigo alguno acá en la tierra, ni puede dejar sin recompensa las virtudes
heroicas que se practican en la oscuridad y el silencio sin que hayan obtenido
jamás una mirada de comprensión o de gratitud por parte de los hombres.
Pero además de
estos argumentos de tipo meramente natural o filosófico tenemos, señores, en la
divina revelación la prueba definitiva o infalible de la existencia del más
allá. ¡Lo ha revelado Dios! Y la tierra y el cielo, con todos sus astros y
planetas, pasarán, pero la palabra de Dios no pasará jamás.
La certeza
sobrenatural de la fe es incomparablemente superior a todas las certezas
naturales, incluso a la misma certeza metafísica en la que no es posible el
error. La certeza metafísica es absoluta e infalible. Dios mismo, con toda su
omnipotencia infinita, no podría destruir una verdad metafísica. Dios mismo, por
ejemplo, no puede hacer que dos y dos no sean cuatro, o que el todo no sea mayor
que una de sus partes. Tenemos de ello certeza absoluta, metafísica, infalible;
porque lo contrario envuelve contradicción, y lo contradictorio no existe ni
puede existir: es una pura quimera de nuestra imaginación. La certeza metafísica
es una certeza absolutamente infalible.
Pues bien: La
certeza de fe supera todavía a la certeza metafísica. No porque la certeza
metafísica pueda fallar jamás, sino porque la certeza de fe nos da a beber el
agua limpia y cristalina de la verdad en la fuente o manantial mismo de donde
brota –el mismo Dios, Verdad Primera y Eterna, que no puede engañarse ni
engañarnos–, mientras que la certeza metafísica nos la ofrece en el riachuelo
del discurso y de la razón humanas.
Las dos
certezas nos traen la verdad absoluta, natural o sobrenaturalmente; pero la fe
vale más que la metafísica, porque su objeto es mucho más noble y porque está
más cerca de Dios.
Dios ha
hablado, señores. Ha querido hacerse hombre, como uno cualquiera de nosotros,
para ponerse a nuestro alcance, hablar nuestro mismo idioma y enseñarnos con
nuestro lenguaje articulado el camino del cielo. Y ved lo que nos ha dicho:
“Yo soy la
resurrección y la vida: el que cree en Mí, aunque muera, vivirá.” (Jn 11, 25)
“Estad, pues,
prontos, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del Hombre.” (Lc 12,
40)
“No tengáis
miedo a los que matan el cuerpo, que al alma no pueden matarla; temed más bien a
Aquel que puede perder el alma y el cuerpo en el infierno.” (Mt 10, 28)
“¿Qué le
aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?” (Mt 16, 26)
“Porque el
Hijo del Hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y
entonces dará a cada uno según sus obras.” (Mt 16, 27)
“E irán al
suplicio eterno, y los justos, a la vida eterna.” (Mt 25, 46)
Lo ha dicho
Cristo, señores, el Hijo de Dios vivo. Lo ha dicho la Verdad por esencia, Aquél
que afirmó de Sí mismo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.” (Jn 16, 6) ¡Qué
gozo y qué satisfacción tan íntima para el pobre corazón humano que siente ansia
y sed inextinguible de inmortalidad! Nos lo asegura el mismo Dios: ¡somos
inmortales! Llegará un día en que nuestros cuerpos, rendidos de cansancio por
las luchas de la vida, se inclinarán hacia la tierra y descenderán al sepulcro,
mientras el alma volará a la inmortalidad. Cuando el leñador abate con su hacha
el viejo árbol carcomido, el pájaro que anidaba en sus ramas levanta el vuelo y
se marcha jubiloso a cantar en otra parte. ¡Qué bien lo sabe decir la liturgia
católica en el maravilloso prefacio de difuntos! Con esa visión de paz y de
esperanza quiero terminar esta mi primera conferencia cuaresmal:
“Para tus
fieles, Señor, la vida se cambia, pero no se quita; y al disolverse la casa de
esta morada terrena, se nos prepara en el cielo una mansión eterna.”
Que así sea.
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II
EL TRÁNSITO AL MÁS ALLÁ
Planteábamos
ayer, en el primer día de esta serie de conferencias cuaresmales, el problema de
los destinos eternos del hombre y demostrábamos la existencia del más allá a la
luz de la simple razón natural, y, sobre todo, a la luz sobrenatural de la fe
apoyada directamente en la palabra de Dios, que no puede engañarse ni
engañarnos. Hay un más allá después de esta vida.
Esta tarde
vamos a dar un paso más. Y vamos a hablar del momento de transición, del salto
al más allá, de la hora decisiva de la muerte. Sé muy bien que este tema resulta
muy antipático a la inmensa mayoría de la gente. “¡Por Dios!, padre: háblenos
usted de lo que quiera menos de la muerte. La muerte es una cosa muy triste y
desagradable. Háblenos de cualquier otra cosa, pero deje ese asunto tan
trágico.”
Esta es una
actitud insensata, señores, una actitud suicida y anticristiana. ¡Si dejando de
pensar en la muerte pudiéramos alejarla de nosotros...! Pero vendrá, sin falta,
en el momento que Dios nuestro Señor ha fijado para nosotros desde toda la
eternidad: tanto si pensamos en ella como si dejamos de pensar. Y como resulta
que ese momento es el más importante de nuestra existencia, porque es el momento
decisivo del que depende nada menos que nuestra eternidad, vale la pena dejar a
un lado sentimentalismos absurdos y plantearse con seriedad este tremendo
problema de la transición al más allá.
Ayer os decía
que se disputaban el mundo dos concepciones antagónicas de la vida: la
concepción materialista, que niega la existencia del más allá y no piensa sino
en reír, gozar y divertirse, y la concepción espiritualista, que, proclamando la
realidad de un más allá, se preocupa de vivir cristianamente, teniendo siempre a
la vista la divina sentencia de Nuestro Señor Jesucristo: “¿Qué le aprovecha al
hombre ganar el mundo entero si al cabo pierde su alma para toda la eternidad?”.
Pues así como
hay dos concepciones de la vida, también hay dos concepciones de la muerte. La
concepción pagana, la concepción materialista, que ve en ella el término de la
vida, la destrucción de la existencia humana, la que, por boca de un gran orador
pagano, Cicerón, ha podido decir: “La muerte es la cosa más terrible entre las
cosas terribles” (omnium terribilium, terribilissima mors); y la
concepción cristiana, que considera a la muerte como un simple tránsito a la
inmortalidad.
Porque,
señores, a despecho de la propia palabra, aunque parezca una paradoja y una
contradicción, la muerte no es más que el tránsito a la inmortalidad.
Qué bien lo
supo comprender nuestra incomparable Santa Teresa de Jesús cuando decía:
Ven,
muerte, tan escondida
que no te sienta venir,
porque el gozo de morir
no me vuelva a dar la vida.
Tengo la
pretensión, señores, de presentaros esta tarde una visión simpática y atractiva
de la muerte. La muerte, para el pagano, es “la cosa más terrible entre todas
las cosas terribles”, tenía razón el gran orador romano. Pero para el cristiano
es el tránsito a la inmortalidad, la entrada en la vida verdadera. Contemplada
con ojos cristianos, la muerte no es una cosa trágica, no es una cosa terrible,
sino al contrario, algo muy dulce y atractivo, puesto que representa el fin del
destierro y la entrada en la patria verdadera.
Vamos a ver,
en primer lugar, señores, las características generales de este gran fenómeno de
la muerte. Son tres, principalmente: ciertísima en su venida, insegura
en sus circunstancias y única en la vida. Vamos a comentarlas un poquito.
Ante todo es
ciertísima en su venida.
Señores, la
historia de la filosofía coincide con la historia de las aberraciones humanas.
¡Cuántos absurdos se han llegado a decir en el mundo en nombre de la ciencia y
de la filosofía! Y, sin embargo, está todavía por nacer un hombre tan insensato
que se haya forjado la ilusión de que él no va a morir. No ha habido ningún
hombre tan estúpido que haya lanzado la siguiente afirmación: “Yo viviré
eternamente sobre la tierra; yo no moriré jamás.”
¡Pero si lo
estamos viendo todos los días...! La muerte es un fenómeno que diariamente
contemplamos con los ojos y tocamos con las manos. Cuando vamos al cementerio,
estamos plenamente convencidos de la verdad de aquella inscripción que leemos en
cualquiera de las losas funerarias: Hodie mihi, cras tibi (“hoy me ha
tocado a mí, pero mañana te tocará a ti.”) Lo estamos viendo todos los días. No
solamente los ancianos o los enfermos decrépitos, hasta los jóvenes se mueren
con frecuencia en la plenitud de su juventud en la primavera de su vida. Nadie
puede hacerse ilusiones, nadie se escapará de la muerte. No vale alegar
argumentos, es inútil invocar el cargo o la posición social. No les aprovechó
para nada la tiara a los Papas, ni el cetro a los reyes o emperadores, ni el
poder a Napoleón o a Alejandro Magno, ni las riquezas a Creso, ni la sabiduría a
Salomón. Todos rindieron su tributo a la muerte:
San Pablo
decía: Quotidie morior (“todos los días muero un poco”). Él se refería al
desgaste que experimentaba por el celo y solicitud de las Iglesias encomendadas
a su cuidado; pero esto mismo podremos repetir nosotros en cualquier momento de
nuestra vida: todos los días morimos un poco. Los sufrimientos, las
enfermedades, el aire que respiramos, los alimentos que ingerimos, el frío, el
calor, el desgaste de la vida diaria nos van matando poco a poco. Todos los días
morimos un poquito: quotidie morior, hasta que llegará un momento en que
moriremos del todo.
No hace falta
insistir en este hecho tan claro. La certeza de la muerte es tan absoluta, que
nadie se ha forjado jamás la menor ilusión. Moriremos todos, irremediablemente
todos.
Dios no hizo
la muerte, señores. La muerte entró en el mundo por el pecado.
¡Qué
maravilloso el plan de Dios sobre nuestros primeros padres en el Paraíso
terrenal! Además de elevarlos al orden sobrenatural de la gracia, les enriqueció
con tres dones preternaturales verdaderamente magníficos: el de
inmortalidad, en virtud del cual no debían morir jamás; el de
impasibilidad, que les hacía invulnerables al dolor y al sufrimiento, y el
de integridad, que les daba el control absoluto de sus propias pasiones,
perfectamente dominadas y gobernadas por la razón. ¡Ah!, pero cometieron el
crimen del pecado original, y, en castigo del mismo, Dios les retiró esos tres
dones preternaturales juntamente con la gracia y las virtudes infusas. Y, al
desaparecer el privilegio gratuito de la inmortalidad, el cuerpo, que es de suyo
corruptible, quedó ipso facto condenado a la muerte. He aquí, señores, de
qué manera la muerte es un castigo del pecado; y como todos somos pecadores,
nadie absolutamente se escapará de esta ley inexorable: ciertamente moriremos
todos.
Pero si la
muerte es ciertísima en su venida, es muy incierta e insegura en su hora y en
sus circunstancias.
Podemos
catalogar y dividir las distintas clases de muerte en cuatro fundamentales:
muerte natural, prematura, violenta y repentina.
¿A qué
llamamos muerte natural? A la que sobreviene por mera consunción y
desgaste, sin enfermedad alguna que la produzca directamente. Se pregunta, a
veces, la gente: “¿De qué ha muerto fulano de tal? No lo sabe nadie, ni siquiera
el médico. ¿Cuántos años tenía? Noventa y dos”.
Señores, está
claro: ha muerto de muerte natural, de senectud, de vejez. No se necesita nada
más.
Pero, a veces,
ocurre todo lo contrario. Es una muerte prematura. En la flor de la
juventud, en la primavera de la vida... ¡Cuántos jóvenes se mueren! No ya por
accidentes imprevistos –por un disparo casual, por un atropello de automóvil,
etc.–, sino por simple enfermedad, en su cama, se mueren también los jóvenes. No
con tanta frecuencia, pero se mueren también. En el Evangelio tenemos algunos
casos: el hijo de la viuda de Naím y el de la hija de Jairo. En plena juventud,
en la primavera de la vida, se les cortó el hilo de la existencia: muerte
prematura. Las familias que hayan tenido que sufrir este rudo golpe, que llega a
lo más íntimo del alma, levanten sus ojos al cielo y adoren los designios
inescrutables de la providencia de Dios. Él sabe por qué lo llevó allá. Acaso
para que su pureza y su candor no se agostaran algún día en el clima abrasador
del mundo. Dios les reclamó para Sí, y allá arriba nos esperan llenos de
radiante felicidad.
Otras veces
sobreviene la muerte de una manera violenta. Un agente extrínseco,
completamente imprevisto, nos arrebata la vida en el momento menos pensado. Y
unos perecen atropellados por un camión; otros, ahogados en el mar; otros,
fulminados por un rayo; otros, en un choque de trenes; otros, al estrellarse el
avión en que viajaban; otros... No es posible enumerar todas las clases de
muertes violentas que pueden arrebatarnos la existencia en el momento menos
pensado. Un momento antes, llenos de salud y de vida, un momento después,
cadáver. ¡A cuántos les ha ocurrido así!
La cuarta
clase de muerte es la repentina. No es lo mismo muerte violenta que
muerte repentina. Muerte violenta, como hemos dicho, es la producida por
un agente extrínseco a nosotros, como cualquiera de esos que acabo de
enumerar. Muerte repentina, por el contrario, es la que sobreviene por una causa
intrínseca que llevamos ya dentro de nosotros mismos. Por ejemplo, una
hemorragia cerebral, un aneurisma, un colapso cardíaco, una angina de pecho
pueden producirnos una muerte inesperada e instantánea. Cuando menos lo
esperamos: hablando, comiendo, paseando, podemos caer como fulminados por un
rayo, He ahí la muerte repentina.
¿Cuál será la
nuestra? Nadie puede contestar a esta pregunta. Para muchos de nosotros ya no es
posible una muerte prematura. Ya no moriremos en plena juventud. Pero ¿cuál de
las otras tres, la violenta, la repentina o la natural en plena vejez, será la
nuestra? Nadie en absoluto nos lo podría decir, sino únicamente Dios. Estemos
siempre preparados, porque aunque es ciertísimo que hemos de morir, es insegura
la hora y las circunstancias de nuestra muerte.
Pero lo más
serio del caso, señores, es que moriremos una sola vez. Lo dice la
Sagrada Escritura y lo estamos viendo todos los días con nuestros ojos. Nadie
muere más que una sola vez. Es cierto que ha habido alguna excepción en el
mundo. Ha habido quienes han muerto dos veces. En el Evangelio, por ejemplo,
tenemos tres casos, correspondientes a los tres muertos que resucitó Nuestro
Señor Jesucristo. Santo Domingo de Guzmán, el glorioso fundador de la Orden a la
que tengo la dicha de pertenecer, resucitó también tres muertos. San Vicente
Ferrer y otros muchos Santos hicieron también este milagro estupendo. Pero estas
excepciones milagrosas son tan raras, que no pueden tenerse en consideración
ante la ley universal de la muerte única. Moriremos una sola vez. Y en esa
muerte única se decidirán, irrevocablemente, nuestros destinos eternos. Nos lo
jugamos todo a una sola carta. El que acierte esa sola vez, acertó para siempre;
pero el que se equivoque esa sola vez, está perdido para toda la eternidad. Vale
la pena pensarlo bien y tomar toda clase de medidas y precauciones para
asegurarnos el acierto en esa única y suprema ocasión. Yo quisiera, señores,
haceros reflexionar un poco en torno a la preparación para la muerte.
Podemos
distinguir dos clases de preparación: una, remota, y otra,
próxima.
Llamo yo
preparación remota la de aquel que vive siempre en gracia de Dios. Al que
tiene sus cuentas arregladas ante Dios, al que vive habitualmente en gracia,
puede importarle muy poco cuáles sean las circunstancias y la hora de su muerte,
porque en cualquier forma que se produzca tiene completamente asegurada la
salvación eterna de su alma. Esta es la preparación remota.
Preparación
próxima es la de aquel que tiene la dicha de recibir en los últimos momentos
de su vida los Santos Sacramentos de la Iglesia: Penitencia, Eucaristía por
Viático. Extremaunción, e, incluso, los demás auxilios espirituales: la
bendición Papal, la indulgencia plenaria y la recomendación del alma. Esta es la
preparación próxima.
Combinando y
barajando estas dos clases de preparación podemos encontrar hasta cuatro tipos
distintos de muerte: sin preparación próxima ni remota; con preparación remota,
pero no próxima; con preparación próxima, pero no remota, y con las dos
preparaciones.
Vamos a
examinarlas una por una.
Primer tipo
de muerte. – Sin preparación próxima ni remota, o
sea, ausencia total de preparación. Es la muerte de los grandes impíos, de los
grandes incrédulos, de los grandes enemigos de la Iglesia; la muerte de los que
no se han contentado con ser malos, sino que además han sido apóstoles del mal,
han sembrado semillas de pecado, han procurado arrastrar a la condenación al
mayor número posible de almas.
Estos no han
tenido preparación remota: han vivido siempre en pecado mortal. Y, por una
consecuencia lógica y casi inevitable, suelen morir también sin preparación
próxima, obstinados en su maldad. Porque, por lo general, señores, salvo raras
excepciones, la muerte no es más que un eco de la vida. Tal como es la vida, así
suele ser la muerte. Si el árbol está francamente inclinado hacia la derecha, o
francamente inclinado hacia la izquierda, lo corriente y normal es que, al caer
tronchado por el hacha, caiga, naturalmente, del lado a que está inclinado. Esta
es la muerte sin preparación próxima ni remota. La de los grandes impíos, la de
los grandes herejes, la de los grandes enemigos de la Iglesia.
Esta fue la
muerte de Voltaire, el de las grandes carcajadas: “Ya estoy cansado de oír que a
Cristo le bastaron doce hombres para fundar su Iglesia y conquistar el mundo.
Voy a demostrar que basta uno solo para destruir la Iglesia de Cristo”.
¡Pobrecito! Él
sí que quedó destruido.
Escuchad. Os
voy a leer la declaración del médico Mr. Tronchin, protestante, que asistió en
su última enfermedad al patriarca de los incrédulos. Va a decirnos él,
personalmente, lo que vio:
“Poco tiempo
antes de su muerte, Mr. Voltaire, en medio de furiosas agitaciones, gritaba
furibundamente: Estoy abandonado de Dios y de los hombres. Se mordía los dedos,
y echando mano a su vaso de noche, se lo bebió. Hubiera querido yo que todos los
que han sido seducidos por sus libros hubieran sido testigos de aquella muerte.
No era posible presenciar semejante espectáculo”.
La Marquesa de
la Villete, en cuya casa murió Voltaire y que presenció sus últimos momentos,
escribe textualmente:
“Nada más
verdadero que cuanto Mr. Tronchin –el médico, cuya declaración acabo de leer–
afirma sobre los últimos instantes de Voltaire. Lanzaba gritos desaforados, se
revolvía, se le crispaban las manos, se laceraba con las uñas. Pocos minutos
antes de expirar llamó al abate Gaultier. Varias veces quiso hicieran venir a un
ministro de Jesucristo. Los amigos de Voltaire, que estaban en casa, se
opusieron bajo el temor de que la presencia de un sacerdote que recibiera el
postrer suspiro de su patriarca derrumbara la obra de su filosofía y disminuyera
sus adeptos. Al acercarse el fatal momento, una redoblada desesperación se
apoderó del moribundo. Gritaba que sentía una mano invisible que le arrastraba
ante el tribunal de Dios. Invocaba con gritos espantosos a aquel Cristo que él
había combatido durante toda su vida; maldecía a sus compañeros de impiedad;
después, deprecaba o injuriaba al cielo una vez tras otra; finalmente, para
calmar la ardiente sed que le devoraba, llevóse su vaso de noche a la boca.
Lanzó un último grito y expiró entre la inmundicia y la sangre que le salía de
la boca y de la nariz”.
Esta es la
muerte sin preparación próxima ni remota. Y conste, señores, que yo no afirmo la
condenación de Voltaire; yo no digo que esté en el infierno. La Iglesia no lo ha
dicho jamás. No sabemos lo que pudo ocurrir un segundo antes de separarse el
alma del cuerpo, cuando se había producido ya el fenómeno de la muerte aparente.
Pero sabemos lo que pasó en los últimos momentos visibles de su vida, puesto que
lo presenciaron los testigos que acabo de citar. Si está en el infierno o no,
eso no lo podemos asegurar, puesto que la Iglesia no lo ha dicho jamás. Pero,
¡qué terrible manera de comparecer ante Dios: sin preparación próxima ni remota!
Segunda
manera de morir: con preparación próxima, pero no
remota. ¿Qué significa esto? El que vive habitualmente en pecado mortal, no
tiene preparación remota; pero, por la infinita misericordia de Dios, a veces
ocurre que muere con preparación próxima. Uno que ha vivido en la impiedad,
incluso que ha combatido a la Iglesia, puede ocurrir –y ocurre a veces, porque
la misericordia de Dios es infinita– que a la hora de la muerte, cuando ve ante
sus ojos el espantoso abismo en que se va a sumergir para toda la eternidad,
movido por la divina gracia, se vuelve a Dios con un sincero y auténtico
arrepentimiento que le vale la salvación eterna de su alma. Puede ocurrir y ha
ocurrido de hecho muchas veces, por la infinita misericordia de Dios.
Pero ¡pobre
del que confíe en eso para vivir mientras tanto tranquilamente en pecado! ¡Pobre
de él! Ese tal trata de burlarse de Dios, y el apóstol San Pablo nos advierte
expresamente que Deus non irridetur: de Dios nadie se ríe. El que ha
vivido mal por irreflexión, atolondramiento o ligereza, puede ser que a la hora
de la muerte Dios tenga compasión de él y le dé la gracia del arrepentimiento.
Pero el que ha vivido mal, precisamente confiado y apoyado en la misericordia de
Dios, confiado y apoyado en que a la hora de la muerte tendrá tiempo de
arrepentirse y salvarse, y, mientras tanto, sigue pecando tranquilamente, ese
trata de burlarse de Dios, y pagará bien cara su loca temeridad y su
incalificable osadía.
Sean pocos o
muchos los que se salvan, ese que trata de robar el cielo después de haberse
reído de Dios, es indudable que será uno de los pocos o muchos que se condenen.
¡Ese se pierde para toda la eternidad!
Tercera
manera de morir: con preparación remota, pero no
próxima. No juguemos con fuego. Tengamos al menos la preparación remota, por si
acaso Dios no nos concede la preparación próxima. Con la preparación remota,
tenemos asegurada la salvación del alma; y para eso basta con que vivamos
sencillamente en gracia de Dios. Si vivimos siempre en gracia de Dios, si en
cualquier momento de nuestra vida tenemos bien ajustadas nuestras cuentas con
Dios, si tenemos ese tesoro infinito que se llama la gracia santificante, nos
puede importar muy poco la manera, el modo y las circunstancias de nuestra
muerte. Es muy de desear –y hay que pedírselo con toda el alma a Dios– que nos
conceda también la preparación próxima; pero, al menos, si tenemos la remota, lo
tenemos asegurado todo.
Tomemos esta
determinación, señores, en estos días de conferencias cuaresmales. Es preciso
formar algún propósito concreto para toda nuestra vida, porque, de lo contrario,
estas luces que ahora nos da Dios, no serían más que un castillo de fuegos
artificiales, una llamada fugaz y transitoria. Es preciso que tomemos
determinaciones para toda nuestra vida, señores. Y una de las más fundamentales
tiene que ser ésta: en adelante no voy a cometer jamás la tremenda imprudencia
de acostarme una sola noche en pecado mortal, porque puedo amanecer en el
infierno.
Reflexionad un
instante: ¿quién de vosotros se atrevería a acostarse una noche con una víbora
venenosa en la cama? Hasta que no le aplastaseis la cabeza no podríais conciliar
el sueño: es cosa clara y evidente. Y son legión los que tienen una víbora
venenosa en su alma, los que viven habitualmente en pecado mortal con
gravísimo peligro de hundirse para siempre en el abismo eterno, ¡y ríen, y
gozan, y se divierten! Y por la noche se acuestan tranquilamente en pecado
mortal y logran conciliar el sueño como si no les amenazara daño alguno.
Señores, ¿es que son malos? Tal vez no. Puede que no lo sean en el fondo. Pero
es indudable que son atolondrados, irreflexivos, inconscientes; es indudable que
no piensan, que no se dan cuenta del tremendo peligro que pende sobre sus
cabezas a manera de espada de Damocles. En el momento menos pensado puede
rompérsele el hilo de la vida y se hunden para siempre en el abismo. Vivamos
siempre en gracia de Dios y pidámosle al Señor nos conceda también la
preparación próxima para la muerte.
Porque ésa es
la cuarta manera de morir y la que hemos de procurar con todos los medios
a nuestro alcance: con la doble preparación. Con la preparación remota del que
ha vivido cristianamente, siempre en gracia de Dios, y con la preparación
próxima del que a la hora de la muerte corona aquella vida cristiana con la
recepción de los Santos Sacramentos y de los auxilios espirituales de la
Iglesia: Penitencia, Eucaristía por Viático, Extremaunción, recomendación del
alma, bendición papal.
Preparación
próxima y preparación remota. Es la muere envidiable de los Santos, de la que
dice la Sagrada Escritura que es preciosa delante del Señor: Pretiosa in
conspectu Domini mors sanctorum ejus.
Los Santos que
han vivido intensamente estas ideas, no solamente no temían la muerte, sino que
la llamaban y deseaban con toda su alma para volar al cielo. Porque la muerte
cristiana, señores, tiene las siguientes sublimes características que la hacen
infinitamente deseable y atractiva: morir en Cristo, morir con Cristo y morir
como Cristo.
En primer
lugar, morir en Cristo. ¿Qué significa morir en Cristo? Significa morir
cristianamente, con la gracia santificante en nuestra alma, que nos da derecho a
la herencia infinita del cielo.
¡Qué burla y
qué sarcasmo, señores, cuando en los grandes cementerios de las modernas
ciudades se ponen sobre las tumbas de los grandes impíos aquellos epitafios
rimbombantes: “Aquí yace un gran guerrero, un gran artista, un gran literato, un
gran emperador”! ¡Pero los ángeles de la guarda que están velando el sueño de
los justos son los únicos que pueden leer el verdadero y auténtico epitafio de
muchas de aquellas tumbas que el mundo venera: “Aquí yace un condenado para toda
la eternidad”!
Ojalá que a
cada uno de nosotros se nos pueda poner este sencillo epitafio, pero auténtico,
que refleje la verdad: “Murió cristianamente, con la gracia de Dios en su
corazón”. Y que se lleven los mundanos los mausoleos espléndidos, las flores que
para nada sirven, los homenajes póstumos que nada remedian, las sesiones
necrológicas, los ridículos “minutos de silencio...”, ¡que se lo lleven todo los
mundanos! A nosotros nos basta con morir cristianamente: nada más.
¡Morir
cristianamente! ¿Sabéis lo que eso significa?
En primer
lugar, es el término del combate. En este mundo estamos librando todos
una tremenda batalla –lo dice la Sagrada Escritura– contra los tres enemigos del
alma: mundo, demonio y carne. Estamos librando un combate. Pero llega la hora de
la muerte, y si tenemos la dicha de morir cristianamente, nos convertimos en el
soldado que termina victorioso la batalla y se ciñe para siempre el laurel de la
victoria. En el labrador, que después de haber regado tantas veces la tierra con
el sudor de su frente, recoge los frutos de la espléndida y ubérrima cosecha. En
el enfermo, que ve terminados para siempre sus sufrimientos y entra para siempre
en la región de la salud y de la vida. ¡Qué bien lo sabe decir la Iglesia
Católica cuando pronuncia sobre el cristiano que acaba de expirar aquella
fórmula sublime: Requiescat in pace: “Descansa en paz”!
En segundo
lugar, la muerte cristiana es la arribada al puerto de seguridad.
En este mundo
no podemos estar seguros. Absolutamente nadie. Ni el Soberano Pontífice, ni los
mismos Santos mientras vivían acá en la tierra: nadie puede estar seguro de que
morirá cristianamente. Dice el Concilio de Trento que, a menos de una revelación
especial de Dios, nadie puede saber con seguridad si se salvará o si se
condenará; si recibirá de Dios el don sublime de la perseverancia final, o si lo
dejará de recibir. No lo podemos saber. Es un interrogante angustioso que está
suspendido sobre nuestras cabezas. Ni los Santos estaban seguros de sí mismos.
Porque, aunque ahora seamos buenos, aunque estemos ahora en gracia de Dios, ¿qué
será de nosotros dentro de diez años, dentro de veinte, y, sobre todo, a la hora
de nuestra muerte? Es un misterio, no lo podemos saber.
¡Ah!, pero
cuando se muere cristianamente, es el ruiseñor que rompe para siempre los
hierros de su jaula y vuela jubiloso a la enramada. Es el náufrago, que después
de haber luchado contra las olas embravecidas que amenazaban tragarle hasta el
fondo del océano, salta por fin a las playas eternas. Es la caravana, que
después de haber atravesado las arenas abrasadoras del desierto, llega por fin
al risueño y fresco oasis. Es la nave que llega al puerto después de peligrosa
travesía. Es emerger de la penumbra del valle y bañarse para siempre en océanos
de clarísima luz en lo alto de la montaña. El alma del que muere cristianamente
queda confirmada en gracia, ya no puede perder a Dios, ya tiene asegurada para
siempre la felicidad eterna.
Por eso la
muerte cristiana es la entrada en la vida verdadera. ¡Cuánta pobre gente
equivocada, que ha vivido y respirado el ambiente del mundo y está completamente
convencida de que esta vida es la vida verdadera, la que hay que conservar a
todo trance! ¡Qué tremenda equivocación!
¡Esta vida no
es la vida! Un filósofo pagano exclamaba con angustia: “Ningún sabio satisface –
esta duda que me hiere–: ¿es el que muere el que nace –o es el que nace el que
muere–?”
No sabía
contestar esa pregunta porque carecía de las luces de la fe. Pero a su brillo
deslumbrante, ¡qué fácil es contestar a ella!
Que se lo
pregunten a San Pablo y les dirá: “Estoy deseando morir para unirme con Cristo”.
Pregúntenlo a
Santa Teresa de Jesús y les contestará con sublime inspiración: “Aquella vida de
arriba, que es la vida verdadera –hasta que esta vida muera–, no se
alcanza estando viva...” O quizá de esta otra forma: “Vivo sin vivir en mí –y
tan alta vida espero– que muero porque no muero”.
Que se lo
digan a Santa Teresita de Lisieux, la Santa más grande de los tiempos modernos,
en frase del inmortal Pontífice San Pío X. Cuando la angelical florecilla del
Carmelo estaba para exhalar su último suspiro, el médico que la asistía le
preguntó: “¿Está vuestra caridad resignada para morir?” Y la santita, abriendo
desmesuradamente sus ojos, llena de asombro, le contestó: “¿Resignada para
morir? Resignación se necesita para vivir, pero ¡para morir! Lo que tengo es una
alegría inmensa”.
Los Santos,
señores, tenían razón. No estaban locos. Veían, sencillamente, las cosas tal
como son en realidad. La inmensa mayoría de los hombres no las ven así. No se
dan cuenta de que están haciendo un viaje en ferrocarril y no se preocupan más
que del vagón en el que están haciendo la travesía: el negocio, el porvenir
humano, el aumento del capital. Todo eso que tendrán que dejar dentro de unos
años, acaso dentro de unos cuantos días nada más. No se dan cuenta de que el
ferrocarril de la vida va devorando kilómetros y más kilómetros, y en el momento
en que menos lo esperen, el silbato estridente de la locomotora les dará la
terrible noticia: estación de llegada. Y al instante, sin un momento de
tregua, tendrán que apearse del ferrocarril de la vida y comparecer delante de
Dios. Entonces caerán en la cuenta de que esta vida no es la vida. Ojalá
lo adviertan antes de que su error no tenga ya remedio para toda la eternidad.
La segunda
característica de la muerte cristiana es morir con Cristo. ¿Qué significa
esto? Significa exhalar el último suspiro después de haber tenido la dicha
inefable de recibir a Jesucristo Sacramentado en el corazón.
¡El Viático!
¡Qué consuelo tan inefable produce en el alma cristiana el simple recuerdo del
Viático! La Eucaristía es un milagro de amor, de sublime belleza y poesía en
cualquier momento de la vida. Pero la Eucaristía por Viático es el colmo de la
dulzura, de la suavidad y de la misericordia de Dios. Poder recibir en el
corazón a Jesucristo Sacramentado en calidad de Amigo y de Buen Pastor momentos
antes de comparecer ante Él como Juez Supremo de vivos y muertos, es de una
belleza y de una emoción indescriptibles. ¡Qué paz, qué dulzura tan inefable se
apodera del pobre enfermo al abrazar en su corazón a su gran Amigo, que viene a
darle la comida para el camino –que eso significa la palabra Viático– y
ayudarle amorosamente en el supremo tránsito a la eternidad! Cuando desde lo
íntimo de su alma, el pobre pecador le pide perdón a su Dios por última vez,
antes de comparecer ante Él, sin duda alguna que Nuestro Señor Jesucristo, que
vino a la tierra precisamente a salvar lo que había perecido (Mt, 18, 11)
y en busca de los pobres pecadores (Mt 9, 13) le dará al agonizante la
seguridad firmísima de que la sentencia que instantes después pronunciará sobre
él será de salvación y de paz.
¡Y que una
cosa tan bella y sublime como el Viático estremezca de espanto a la inmensa
mayoría de los hombres, incluso entre los cristianos y devotos! Son innumerables
los crímenes a que ha dado lugar tamaña insensatez y locura. ¡Cuántos
desgraciados pecadores se han precipitado para siempre en el infierno porque su
familia cometió el gravísimo crimen de dejarles morir sin Sacramentos por el
estúpido y anticristiano pretexto de no asustarles! Este verdadero crimen
es uno de los mayores pecados que se pueden cometer en este mundo, uno de los
que con mayor fuerza claman venganza al cielo. ¡Ay de la familia que tenga sobre
su conciencia este crimen monstruoso! El Viático no empeora al enfermo, sino, al
contrario, le reanima y conforta, hasta físicamente, por redundancia natural de
la paz inefable que proporciona a su alma. Pero, aún suponiendo que por el
ambiente anticristiano que se respira por todas partes en el mundo de hoy,
asustara un poco al enfermo la noticia de que tiene que recibir el Viático, ¿y
qué? ¿No es mil veces preferible que vaya al cielo después de un pequeño o de un
gran susto, antes que, sin susto alguno, descienda tranquilamente al infierno
para toda la eternidad? ¡Y qué cosa tan evidente y sencilla no la vean
tantísimos malo