
(Dictada a
María Valtorta)
6 de julio de 1944
Dice Jesús:
“¿Ves, alma mía,
como tenía mucha razón al decir: “El conocimiento de mi tormento del Getsemaní
no sería entendido y se convertiría en escándalo?”
La gente no admite
al Demonio. Quienes lo admiten no admiten que el Demonio haya podido vejar el
alma de Cristo hasta el punto de hacerle sudar sangre. Pero tú, que has tenido
una migaja de esta tentación, lo puedes comprender.
Hablemos, pues,
juntos.
Me has preguntado: “¿Cuántas
agonías del Getsemaní me das?”
¡Oh! ¡muchas! No por el gusto de
atormentarte. Tan sólo por bondad de Maestro y de Esposo. No podría verter de
una vez sobre ti, pequeña esposa, todo el cúmulo de desolaciones que me abatió
aquella noche y que nadie intuyó, que nadie comprendió salvo mi Madre y mi
Ángel. Morirías enloquecida. Por eso te doy una migaja ahora y otra mañana, en
modo tal de hacerte saborear todo mi alimento y obtener, de tu sufrimiento, el
máximo amor de compasión por tu doliente Esposo y de redención por tus hermanos.
Por eso te doy tantas horas de
Getsemaní. Únelas y, como el artesano uniendo las teselas poco a poco ve
formarse el cuadro completo, tú, reuniendo en tu pensamiento el recuerdo de
estas horas, verás la verdadera Agonía de tu Señor.
Mira como te amo. La primera vez
sólo te he dado la visión de mi desasosiego físico, y tú, sólo por verme con el
rostro descompuesto, ir y venir, alzar los brazos, retorcerme las manos, llorar
y abatirme, has tenido tanta pena que por poco no te me mueres.
Te he presentado esa tortura
visible en varias ocasiones hasta que la has conocido y la has podido soportar.
Después, poco a poco, te he desvelado mis tristezas. Mis tristezas. De
hombre. Todas las pasiones del hombre se han levantado como serpientes
encolerizadas silbando sus derechos de existir, y Yo las he tenido que sofocar
una a una para subir libremente a mi Calvario.
No todas las pasiones son malas.
Ya te lo he explicado. Yo doy a este nombre sentido filosófico, no el que
vosotros le dais confundiendo el sentido con el sentimiento. Y las pasiones
buenas tu Jesús–Hombre las tenía como todos los hombres justos. Pero también las
pasiones buenas pueden convertirse en enemigas en determinados momentos, cuando
con su voz forman una cadena, cadena de durísimo, fortísimo, anudadísimo acero,
para impedirnos cumplir la voluntad de Dios.
Amar la vida, don de Dios, es un
deber, tanto es así que quien se mata es tan culpable y aún más que quien mata,
porque quien mata falta a la caridad con el prójimo pero puede tener la
atenuante de una provocación que lo ha enloquecido, mientras que quien se mata
falta contra sí mismo y contra Dios que le ha dado la vida para que la viva
hasta su llamada. Matarse es arrancarse de encima el don de Dios y arrojarlo,
con alaridos de maldición, contra el Rostro de Dios. Quien se mata desespera de
tener un Padre, un Amigo, un Bueno. Quien se mata niega todo dogma de fe y toda
aserción de fe. Quien se mata niega a Dios. Por tanto la vida tiene que
importarnos.
Pero cómo: ¿amarla?
¿esclavizándonos a ella? No. La vida es una buena amiga. Amiga de la otra, de la
Vida verdadera. Ésta es la gran Vida. Aquella, la pequeña vida.
Pero como una esclava sirve y provee el alimento para su señora, así la pequeña
vida sirve y nutre a la gran Vida, que alcanza la edad perfecta mediante los
cuidados que la pequeña vida le proporciona.
Y es precisamente esta pequeña
vida la que os proporciona el vestido adornado para poneros cuando seáis las
señoras del Reino de Vida. Es precisamente esta pequeña vida la que os fortalece
con el pan amargo, empapado en vinagre, de las cosas de cada día, y os hace
adultos y perfectos para poseer la Vida que no acaba. Por esto hay que llamar
“amada” a esta triste existencia de exilio y de dolor. Es el banco en el que
maduran los frutos de las riquezas eternas.
¿Es medianamente buena? Alabad al
Señor. ¿Está rociada de penas? Decid “gracias” al Señor. ¿Es excesivamente
triste? No digáis nunca: “Es demasiado”. No digáis nunca: “Dios es malo”.
Lo he dicho mil veces: “El mal
–¿y las tristezas qué son sino el fruto del mal?– el mal no viene de Dios. Es el
hombre, el malvado el que hace sufrir”.
Lo he dicho mil veces: “Dios sabe
hasta donde podéis sufrir y si ve que es demasiado lo que el prójimo os
proporciona, interviene no sólo aumentando vuestra capacidad de soportar, sino
con consuelos celestiales, y cuando es el momento destruyendo a los malvados,
porque no es lícito torturar desmedidamente al prójimo mejor”.
La vida es amada por las honestas
satisfacciones que proporciona. Dios no las desaprueba. Él ha puesto el trabajo
como castigo, pero también como distracción para el hombre culpable. ¡Ay de
vosotros si hubierais tenido que vivir en el ocio! Desde hace siglos la Tierra
sería un enorme manicomio de gente furiosa y se despedazarían unos a otros. Ya
lo hacéis, porque todavía estáis demasiado ociosos. El honesto cansancio
tranquiliza y da alegría y sereno reposo.
La vida es aún más querida por
los afectos santos con los que se adorna. Dios no los condena. ¿Cómo podría
Dios, que es Amor, condenar un amor honesto? ¡Oh la alegría de ser hijos y la
alegría de ser padres! ¡Oh la alegría de encontrar una compañera que engendra
hijos con el propio nombre e hijos para Dios! ¡Oh la alegría de tener una dulce
hermana, un buen hermano y amigos sinceros! No, estas dulzuras honestas Dios no
las condena.
Ha sido Él quien ha puesto el
amor, y no sobre la Tierra, como el trabajo, para castigo y distracción del
culpable, sino en el Paraíso terrestre como base de la gran alegría de ser hijos
de Dios. “No es bueno que el hombre esté solo” ha dicho. Rey de lo creado, el
hombre habría estado en un desierto sin una compañera. Buenos todos los animales
con su rey, pero inferiores, siempre demasiado inferiores al hijo de Dios.
Bueno, infinitamente bueno Dios con su hijo, pero siempre demasiado superior a
él. El hombre habría padecido la soledad de estar igualmente lejos del divino y
del animal. Y Dios le dio la compañera.
Y no sólo eso, sino que del casto
amor con ella le habría concedido hijos bien amados para que el hombre y la
mujer pudieran decir la palabra más dulce después del Nombre de Dios: “¡Hijo
mío!”, y los hijos pudieran decir la palabra más santa después del Nombre de
Dios: “¡Madre!”.
¡Madre! Quien dice “madre” ya
está orando.
Decir “madre” quiere decir dar
gracias a Dios por su Providencia, que da una madre a los hijos del hombre y
hasta a los pequeños hijos de las fieras y de los animales domésticos y de los
pájaros voladores y de los mudos peces, para que el hombre no conociera el
terror de crecer solo y no cayera por falta de apoyo cuando aún era demasiado
débil para conocer el Bien y el Mal. Decir “madre” quiere decir bendecir a Dios
que nos hace conocer lo que es el amor a través del beso de una madre y de las
palabras de sus labios. Decir “madre” quiere decir conocer a Dios que nos da un
reflejo de su principal atributo, la Bondad, mediante la indulgencia de una
madre. Y conocer a Dios quiere decir esperar, creer y amar. Quiere decir
salvarse.
Tener un hermano ¿no es como
tener, para una planta, la planta gemela que sostiene en las horas de borrasca,
trenzando las ramas, y que en las horas de alegría aumenta su floración con el
polen de su amor?
Por esto he querido que los
cristianos se llamasen “hermanos” unos a otros, porque es justo, dado que venís
todos de un Dios y de una sangre de hombre, y porque es santo, porque es un
consuelo para los que no tienen hermanos de carne el poder decir al vecino:
“Hermano, yo te amo. Ámame”.
Tener un amigo sincero ¿no es
como tener un compañero en el camino? Caminar solos es demasiado triste. Cuando
Dios elige para la soledad de víctima a un alma, Él se hace su compañero, porque
solos no se puede estar sin capitular.
La vida es un camino abrupto,
pedregoso, interrumpido frecuentemente por quebradas y corrientes vertiginosas.
Víboras y espinas desgarran y muerden en los escollos del terreno. Estar solos
significaría perecer. Por esto Dios ha creado la amistad. Entre dos crece la
fuerza y el valor. También un héroe tiene instantes de debilidad. Si está solo
¿dónde se apoya? ¿en las zarzas? ¿Dónde se agarra? ¿a las víboras? ¿Dónde se
recuesta? ¿en el torrente vertiginoso o en el barranco oscuro? Por todas partes
encontraría una nueva herida y un nuevo peligro. Pero he aquí al amigo. Su pecho
es apoyo, su brazo soporte, su afecto descanso. Y el héroe recobra fuerza. El
caminante vuelve a caminar seguro.
Para valorar la amistad Yo he
querido llamar “amigos” a mis apóstoles, y he apreciado tanto este afecto que en
la hora del dolor he pedido a los tres más queridos que estuviesen conmigo en el
Getsemaní. Les he rogado que velaran y oraran conmigo, por Mí... y al verles
incapaces de hacerlo he sufrido tanto que me he debilitado aún más siendo, por
ello, más susceptible a las seducciones satánicas. Una palabra, si hubiera
podido intercambiar al menos una palabra con amigos solícitos y comprensivos de
mi estado, no habría llegado a desangrarme, antes de la tortura, en la lucha por
repeler a Satanás.
Pero vida y afectos no deben
volverse enemigos. Nunca. Si tales llegan a ser hay que romperlos.
Los he roto, uno a uno.
Ya había roto la agitación humana
de desprecio hacia el Traidor. Y un nervio de mi Corazón se había lacerado en el
esfuerzo.
Ahora surgía el miedo de perder
la vida. ¡La vida! Tenía treinta y tres años. Era hombre en aquel
momento. Era el Hombre. Tenía por ello el amor virgen a la vida como lo había
tenido Adán en el Paraíso terrestre. La alegría de estar vivo, de estar sano, de
ser fuerte, bello, inteligente, amado, respetado. La alegría de ver y de oír, de
poder expresarme. La alegría de respirar el aire puro y perfumado, de oír el
arpa del viento entre los olivos y del río entre las piedras, y la flauta de un
ruiseñor enamorado; de ver resplandecer las estrellas en el cielo como ojos de
fuego que me miraban con amor; de ver platearse la tierra por la luna tan blanca
y resplandeciente que cada noche vuelve virgen el mundo, y parece imposible que
bajo su ola de cándida paz pueda actuar el Delito.
Y todo eso tenía que perderlo. No
volver a ver, no volver a oír, no moverme más, no volver a estar sano, no volver
a ser respetado. Hacerme el aborto purulento que se esquiva con el pie volviendo
la cabeza con repugnancia, el aborto expulsado de la sociedad que me condenaba
para quedar libre de darse a sus vergonzosos amores.
¡Los amigos!... Uno me había
traicionado. Y mientras que Yo esperaba la muerte él se apresuraba a traérmela.
Creía que iba a alegrarse con mi muerte... Los otros dormían. Y aún así les
amaba. Habría podido despertarles, huir con ellos, a otro sitio, lejos y salvar
vida y amistad. Y en cambio tenía que callar y quedarme. Quedarme quería decir
perder los amigos y la vida. Ser un repudiado, eso es lo que quería decir.
¡La Madre! ¡Oh amor de Madre!
¡Invocado amor inclinado sobre mi dolor! ¡Amor que he rehusado para no hacerte
morir con mi dolor! ¡Amor de mi Madre!
Sí, lo sé. Te llegaba cada
sollozo, ¡oh Santa! Cada vez que te llamaba cada una de mis invocaciones
atravesaba el espacio y penetraba como espíritu en el aposento en que tú, como
siempre, pasabas tu noche orando, y en aquella noche, orando no con éxtasis sino
con tormento en el alma. Lo sé, y me prohibía a mí mismo llamarte, para no
hacerte llegar el lamento de tu Hijo, ¡oh Madre mártir que iniciabas tu Pasión,
solitaria como Yo solitario, en la noche del Jueves pascual!
El hijo que muere entre los
brazos de su madre no muere: se adormece acunado por una nana de besos que
continúan los ángeles hasta el momento en que la visión de Dios quita de la
memoria del hijo el deseo de su madre. Pero Yo tenía que morir entre los brazos
de los verdugos y en un patíbulo, y cerrar los ojos y los oídos al griterío de
maldiciones y gestos de amenazas.
¡Cómo te amé, Madre, en aquella
hora del Getsemaní!
Todo el amor que te había dado y
que me habías dado durante treinta y tres años de vida estaban ante Mí y
sostenían su causa y me imploraban que tuviera piedad de ellos, recordándome
cada uno de tus besos, cada uno de tus cuidados, las gotitas de leche que me
habías dado, mis piececitos fríos de niño pobre en el hueco tibio de tus manos,
las canciones de tu boca, la ligereza de tus dedos entre mis abundantes rizos, y
tus sonrisas, y tu mirada y tus palabras, y tus silencios, y tu paso de paloma
que posa sus rosados pies en el suelo pero tiene ya las alas entreabiertas,
preparadas para el vuelo, y ni siquiera hace que se plieguen los tallos, de tan
ligero que es su caminar, porque Tú estabas en la Tierra para mi alegría, ¡oh
Madre! pero siempre tenías las alas trémulas de Cielo, ¡oh santa, santa, santa y
enamorada!
Todas las lágrimas que ya te
había costado y todas las que ahora fluían de tus ojos, y las que manarían en
los tres días sucesivos, las oía caer como lluvia de lamento. ¡Oh las lágrimas
de mi Madre!
Pero ¿quién puede ver llorar, oír
llorar a su madre y no tener presente, mientras le dure la vida, el tormento de
aquel llanto? He tenido que anular, sofocar el amor humano por ti, Madre, y
pisotear tu amor y mi amor para caminar por la vía de la Voluntad de Dios.
Y estaba solo. ¡Solo! ¡Solo! La
Tierra y el Cielo no tenían ya habitantes para Mí. Era el Hombre cargado de los
pecados del mundo. Por ello odiado por Dios. Tenía que pagar para redimirme y
volver a ser amado. Era el Hombre cargado de la Bondad del Cielo y por eso
odiado por los hombres a los que la Bondad repugna. Tenía que ser matado como
castigo por ser bueno.
Y también vosotras, las honestas
alegrías del trabajo cumplido para dar el pan de cada día, incluso a Mí mismo
antes, para después dar el pan espiritual a los hombres, os habéis puesto
delante de Mí para decirme: “¿Por qué nos dejas?”.
¡Nostalgia de la tranquila casa
santificada por tantas oraciones de los justos, hecha Templo por haber acogido
los esponsales de Dios, hecha Cielo por haber hospedado entre sus paredes a la
trinidad encerrada en el alma del Cristo Dios!
¡Nostalgia de las multitudes
humildes y francas a las que daba luz y gracia y de las que recibía amor! ¡Voces
de niños que me llamaban con una sonrisa, voces de madre que me llamaban con un
sollozo, voces de enfermos que me llamaban con un gemido, voces de pecadores que
me llamaban con temblor! Todas las oía y me decían:
“¿Por qué nos abandonas? ¿Ya no
quieres acariciarnos? ¿Quién podrá acariciar como Tú nuestros rizos rubios o
morenos?”.
“¿Ya no quieres devolvernos las
criaturas difuntas, curarnos las moribundas? ¿Quién como Tú podrá tener piedad
de las madres, Hijo santo?”.
“¿Ya no quieres sanarnos? Si Tú
desapareces ¿quién nos curará?”.
“¿Ya no quieres redimirnos? Sólo
Tú eres la Redención. Cada palabra tuya es fuerza que rompe una cuerda de pecado
en nuestro oscuro corazón. Estamos más enfermos que los leprosos, porque para
ellos la enfermedad cesa con la muerte, para nosotros se acrecienta. ¿Y Tú te
vas? ¿Quién nos comprenderá? ¿Quién será justo y piadoso? ¿Quién nos realzará?
¡Quédate, Señor!”.
“¡Quédate! ¡quédate! ¡quédate!”
gritaba la multitud buena.
“¡Hijo!” gritaba mi Madre.
“¡Sálvate!” gritaba la vida.
He tenido que quebrar estas
gargantas que gritaban, sofocarlas para impedirles gritar, para tener la fuerza
de destrozarme el corazón arrancando uno a uno sus nervios para cumplir la
voluntad de Dios.
Y estaba solo. O sea: estaba con
Satanás.
La primera parte de la oración
había sido dolorosa, pero todavía podía sentir la mirada de Dios y esperar en el
amor de los amigos.
La segunda fue más dolorosa aún
porque Dios se retiraba y los amigos dormían. El silbo de Satanás y la voz de la
vida ratificaban: “Te sacrificas para nada. Los hombres no te amarán por tu
sacrificio. Los hombres no entienden”.
La tercera... La tercera fue la
locura, fue la desesperación, fue la agonía, fue la muerte. La muerte de mi
alma. No resucitó solamente mi cuerpo. También mi alma ha tenido que resucitar.
Porque conoció la Muerte.
Que no os parezca herejía. ¿Qué
es la muerte del espíritu? La separación eterna de Dios. Pues bien: yo estaba
separado de Dios. Mi espíritu había muerto. Es la verdadera hora de eternidad
que concedo a mis predilectos. La que tú, pequeña esposa, te has preguntado cómo
fuese desde que te han dicho que llevas una trayectoria similar a la de Verónica
Giuliani, quien al final de su existencia conoció este desgarro, el mayor de
todos los desgarros sobrehumanos.
Nosotros conocemos la muerte del
espíritu, sin haberla merecido, para comprender el horror de la condenación, que
es el tormento de los pecadores impenitentes. La conocemos para poder salvarles,
lo sé. El corazón se rompe. Lo sé. La razón vacila. Lo sé todo, alma amada. Lo
he pasado antes que tú. Es el horror infernal, estamos a la merced del Demonio
porque estamos separados de Dios.
¿Tú crees que Marta, que venció
al dragón, tembló más que nosotros? No. Nuestro sufrimiento es mayor. La fiera
vencida por Marta era una fiera espantosa pero era una fiera de la Tierra.
Nosotros vencemos a la Fiera–Lucifer. ¡Oh, no hay parangón! Y la Fiera–Lucifer
viene cada vez más cerca cuando todo, en el Cielo y en la Tierra, se aleja de
nosotros.
Ya había sido tentado en el
desierto. Una leve tentación porque entonces tenía tan solo la debilidad del
alimento material. Ahora estaba hambriento de alimento espiritual y hambriento
de alimento moral, y no había pan para mi espíritu ni pan para mi corazón. Ya
no había Dios para mi espíritu. No había afectos para mi corazón.
Y he aquí entonces, sutil como un
cuchillo de viento, penetrante como aguijón de avispa, irritante como veneno de
culebra, la voz de Lucifer. Una flauta que suena en sordina, tan tenue, tan
tenue que no suscita nuestra vigilante atención. Penetra con la seducción de su
mágica armonía, nos hace dormitar, parece un consuelo, tiene el aspecto de
consuelo sobrenatural.
¡Oh Engañador eterno, qué sutil
eres! El yo sólo pide ayuda. Y parece que aquel sonido le ayude. Palabras de
compasión y de comprensión, dulces como caricias sobre una frente febril,
calmantes como ungüento sobre una quemadura, que aturden como el vino generoso
dado a quien está en ayunas. El alma cansada se adormece.
Si no estuviera tan vigilante con
su subconsciente, que vela tan sólo en aquellos que se nutren de la constante
unión al Amor, acabaría cayendo en un letargo que la dejaría totalmente en las
manos de Satanás, en un sueño hipnótico durante el cual Lucifer le haría cometer
cualquier acción. Pero el alma que se ha nutrido constantemente del Amor no
pierde la integridad de su subconsciente ni siquiera en la hora en que los
hombres y Dios parece que se unan para enloquecerla. Y el subconsciente
despierta al alma. Le grita: “Actúa. Álzate. Satanás está detrás de ti”.
La tremenda lucha da comienzo. El
veneno ya está en nosotros. Por eso es necesario luchar contra sus efectos y
contra las oleadas aceleradas, cada vez más vehementes y aceleradas, del nuevo
veneno de la palabra satánica que se derrama sobre nosotros.
El estruendo crece. Ya no hay
sonido de flauta en sordina, ya no quedan caricias ni ungüentos. Es clangor de
instrumentos a todo volumen, es un golpe, una puñalada, una llama que ahoga y
arde. Y en la llama he aquí que la vida pasa ante tu mirada espiritual. Ya había
pasado antes con su aspecto resignado de algo sacrificado. Ahora vuelve con
vestido de reina prepotente y dice: “¡Adórame! ¡Soy yo quien reina! Éstos son
mis dones. Los dones que te he dado y aún te daré otros más hermosos si me eres
fiel”.
Y en el sonido de los
instrumentos vuelven las voces de las cosas y de las personas. Ya no imploran.
Mandan, imprecan, insultan, maldicen, porque los abandonamos. Todo vuelve para
atormentarnos. Todo. Y el alma turbada lucha cada vez más débilmente.
Cuando vacila como un guerrero
desangrado y busca en el Cielo o en la Tierra un apoyo para no sucumbir,
entonces Lucifer le deja su hombro. Tan sólo está él... Se pide auxilio... Tan
sólo responde él... Se busca una mirada de piedad... Tan sólo se encuentra la
suya...
¡Ay de aquel que crea en su
sinceridad! Con la poca energía que sobrevive hay que apartarse de aquel apoyo,
volver a entrar en la soledad, cerrar los ojos y contemplar el horror de nuestro
destino antes que su falso aspecto, alzar las manos que tiemblan y apretarlas
contra los oídos para obstaculizar la voz que engaña.
Toda arma cae al hacer así. Ya no
se es más que una pobre cosa moribunda y sola. No se logra ya ni tan siquiera
orar con la palabra porque el acre del aliento de Satanás nos obstruye la
faringe. Tan sólo el subconsciente ora. Ora. Ora. Agita sus alas en la agonía
como el convulso batir de una mariposa traspasada, y con cada batido de alas
dice: “Creo, espero, amo. A pesar de todo creo, a pesar de todo espero, te amo a
pesar de todo”.
No dice: “Dios”. Ya no osa
pronunciar su Nombre. Se siente demasiado inmundo por la cercanía de Satanás.
Pero ese nombre lo trazan las lágrimas de sangre del corazón sobre las alas
angélicas del espíritu, que vosotros llamáis subconsciente mientras que en
realidad es el superconsciente y en cada batido de alas ese Nombre resplandece
como un rubí tocado por el sol, y Dios lo ve, y las lágrimas de piedad de Dios
circundan con perlas el rubí de vuestra sangre que gotea en un llanto heroico.
¡Oh almas que subís hasta Dios
con ese Nombre así escrito con rubíes y perlas!... ¡Flores de mi Paraíso!
Satanás me decía, porque la voz
entraba aunque Yo me reparara de ella:
“Mira. Aún no has muerto y ya te
han abandonado. Mira. Has ayudado y eres odiado. Lo ves. Ni siquiera el mismo
Dios te socorre. Si Dios no te ama, y eres su Hijo, ¿cómo puedes esperar que los
hombres te agradezcan tu sacrificio?
¿Sabes lo que se merecen? La
Venganza, no el Amor como Tú crees. Véngate, ¡oh Cristo!, de todos estos necios,
de todos estos crueles. Véngate. Atácales con un milagro que les fulmine.
Muéstrate como eres: Dios. El Dios terrible del Sinaí. El Dios terrible que me
ha fulminado y que arrojó a Adán fuera del Paraíso.
Hasta ahora has dicho tan sólo
palabras de bondad. Tus escasos reproches siempre eran demasiado dulces para
estas bestias que tienen la piel más espesa que el cuero del hipopótamo. Tu
mirada curaba tus palabras. Sólo sabes amar. Odia. Y reinarás. El odio tiene
curvadas las espaldas bajo su azote y pasa triunfante sobre estas filas
serviles. Las aplasta. Y están felices de serlo. No son más que sádicos, y la
tortura es la única caricia que aprecian y que recuerdan.
¿Ya es tarde? No, no es demasiado
tarde. ¿Qué ya vienen los hombres armados? No importa. Sé que te preparas para
ser manso. Te equivocas. Una vez te enseñé a triunfar en la vida. No has querido
escucharme y ahora ves que estás vencido. Ahora escúchame. Ahora que te enseño a
triunfar sobre la muerte.
Sé Rey y Dios. ¿No tienes armas?
¿Ni milicias? ¿Ni riquezas? Ya te dije una vez que un resto de amor, el poco que
me puede haber quedado del tesoro de amor que era mi vida angélica, hay en mí
por Ti que eres bueno. Te amo, mi Señor, y te quiero servir.
Eres el Redentor de los hombres.
¿Por qué no quieres serlo de tu ángel caído? Era tu predilecto porque era el más
luminoso y Tú eres la Luz. Ahora soy la Tiniebla. Pero las lágrimas de mi
tormento son tan numerosas que han colmado el Infierno de fuego líquido. Deja
que yo me redima. Solamente un poco. Que de demonio me convierta en hombre. El
hombre sigue siendo tan inferior a los ángeles. Pero ¡cuán superior es a mí,
demonio!
Haz que me convierta en hombre.
Dame una vida de hombre, tribulada, torturada, todo lo angustiada que quieras.
Siempre será un paraíso respecto de mi tormento demoníaco y podré vivirla en
modo tal de merecer el expiar por milenios y al fin poder llegar de nuevo a la
Luz: a Ti.
Deja que yo te sirva a cambio de
esto que te pido. No hay arma que venza las mías, ni ejército más numeroso que
el mío. Las riquezas de las que dispongo no tienen medida, porque te haré rey
del mundo si aceptas mi ayuda, y todos los ricos serán tus esclavos. Mira: tus
ángeles, los ángeles de tu Padre están ausentes. Pero los míos están preparados
para vestirse con aspecto angélico para hacerte corona y dejar pasmada a la
plebe ignorante y malvada.
¿No sabes decir palabras de
mando? Yo te las sugeriré, estoy aquí para esto. Brama y amenaza. Escúchame. Di
palabras de mentira. Pero triunfa. Di palabras de maldición. Di que te las
sugiere el Padre.
¿Quieres que simule la voz del
Eterno? Lo haré. Lo puedo hacer todo. Soy el rey del mundo y del Infierno. Tú
eres sólo el Rey del Cielo. Por eso yo soy más grande que Tu. Pero todo lo pongo
a tus pies si Tú lo quieres.
¿La Voluntad de tu Padre? ¿Pero
cómo puedes pensar que Él quiera la muerte de su Hijo? ¿Piensas que pueda
forjarse ilusiones sobre su utilidad? Tú ofendes a la Inteligencia de Dios.
Ya has redimido a los que pueden
redimirse con tu santa Palabra. No hace falta más. Cree que quien no cambia por
la Palabra no cambia por tu Sacrificio. Cree que el Padre te ha querido probar.
Pero le basta tu obediencia. No quiere más.
¡Le servirás mucho más viviendo!
Puedes recorrer el mundo. Evangelizar. Curar. Elevar. ¡Oh feliz destino! ¡La
Tierra habitada por Dios! Esta es la verdadera redención. Rehacer de la Tierra
el Paraíso terrestre en el que el hombre vuelve a vivir en santa amistad con
Dios y oiga su voz y vea su semblante. Un destino aún más feliz que el de los
Primeros. Porque te verían a Ti: verdadero Dios, verdadero Hombre.
¡La Muerte! ¡Tu Muerte! ¡El
tormento de tu Madre! ¡La mofa del mundo! ¿Por qué? ¿Quieres ser fiel a Dios?
¿Por qué? ¿Él te es fiel? No. ¿Dónde están sus ángeles? ¿Dónde su sonrisa? ¿Qué
es lo que tienes ahora por alma? Un andrajo desgarrado, debilitado, abandonado.
Decídete. Dime: ‘Sí’.
¿Oyes? Los sicarios salen del
Templo. Decídete. Líbrate. Sé digno de tu Naturaleza.
Eres un sacrílego porque permites
que manos asquerosas de sangre y libídine te toquen: Santo de los santos. Eres
el primer sacrílego del mundo. Dejas la Palabra de Dios en las manos de los
puercos, en la boca de los puercos.
Decídete. Sabes que te espera la
muerte. Yo te ofrezco la vida, la alegría. Te devuelvo a tu Madre.
¡Pobre Madre! ¡Tan sólo te tiene
a Ti! Mírala como agoniza... y Tú te preparas para hacerla agonizar aún más.
¿Pero qué hijo eres? ¿Qué respeto tienes a la Ley? Tú no respetas a Dios. No
respetas a la que te ha generado. Tu Madre... Tu Madre... Tu Madre...”.
He respondido... María, he
respondido reuniendo las fuerzas, bebiendo llanto y sangre que chorreaban de los
ojos y de los poros, he respondido:
“Ya no tengo Madre. Ya no tengo
vida. Ya no tengo divinidad. Ya no tengo misión. Ya no tengo nada. Sólo hacer
la Voluntad del Señor, mi Dios. ¡Aléjate, Satanás! Lo he dicho la primera y
la segunda vez. Lo repito la tercera: ‘Padre, si es posible que pase de Mí este
cáliz. Pero no se haga mi voluntad sino la tuya’. Vete, Satanás. Yo soy de
Dios!”.
María, he respondido así... Y el
Corazón se ha quebrado con el esfuerzo. El sudor se ha convertido de gotitas en
regueros de sangre. No importa. He vencido.
Yo he vencido a la Muerte. Yo. No
Satanás. La Muerte se vence aceptando la muerte.
Te había prometido
un gran regalo. Como he concedido a pocos. Te lo he dado.
Has conocido la
extrema tentación de tu Jesús. Ya te la había desvelado. Pero todavía no tenías
madurez para conocerla plenamente. Ahora lo puedes hacer.
¿Ves que tengo
razón al decir que no habría sido comprendida y admitida por aquellos pequeños
cristianos que son larvas de cristianos y no cristianos formados?
Vete en paz, que
Yo estoy contigo”.
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