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(Texto de San Claudio de la Colombiere)
1. VERDADES CONSOLADORAS
Una de las verdades mejor establecidas y de las más consoladoras que se nos han
revelado es que nada nos sucede en la tierra, excepto el pecado,
que no sea porque Dios lo quiere; Él es quien envía las riquezas y la
pobreza; si estáis enfermos, Dios es la causa de vuestro mal; si habéis
recobrado la salud, es Dios quien os la ha devuelto; si vivís, es solamente a Él
a quien debéis un bien tan grande; y cuando venga la muerte a concluir vuestra
vida, será de su mano de quien recibiréis el golpe mortal.
Pero, cuando nos persiguen los malvados, ¿debemos atribuirlo a Dios? Sí, también
le podéis acusar a Él del mal que sufrís. Pero no es la causa del pecado que
comete vuestro enemigo al maltrataros, y sí es la causa del mal que os hace este
enemigo mientras peca.
No es Dios quien ha inspirado a vuestro enemigo la perversa voluntad que tiene
de haceros mal, pero es Él quien le ha dado el poder. No dudéis, si recibís
alguna llaga, es Dios mismo quien os ha herido. Aunque todas las criaturas se
aliaran contra vosotros, si el Creador no lo quiere, si Él no se une a ellas, si
Él no les da la fuerza y los medios para ejecutar sus malos designios, nunca
llegarán a hacer nada: No tendrías ningún poder sobre mí si no te hubiera
sido dado de lo Alto, decía el Salvador del mundo a Pilatos. Lo mismo
podemos decir a los demonios y a los hombres, incluso a las criaturas privadas
de razón y de sentimiento. No, no me afligiríais, ni me incomodaríais como
hacéis si Dios no lo hubiera ordenado así; es Él quien os envía, Él es quien os
da el poder de tentarme y afligirme: No tendríais ningún poder sobre mí si
no os fuera dado de lo Alto.
Si meditáramos seriamente, de vez en cuando, este artículo de nuestra fe, no se
necesitaría más para ahogar todas nuestras murmuraciones en las pérdidas, en
todas las desgracias que nos suceden. Es el Señor quien me había dado los
bienes, es Él mismo quien me los ha quitado; no es ni esta partida, ni este
juez, ni este ladrón quien me ha arruinado; no es tampoco esta mujer que me ha
envenenado con sus medicamentos; si este hijo ha muerto... todo esto pertenecía
a Dios y no ha querido dejármelo disfrutar más largo tiempo.
(Haga
clic aquí para profundizar más sobre la Voluntad de Dios)
Confiemos en la sabiduría de Dios
Es una verdad de fe que Dios dirige todos los acontecimientos de que se lamenta
el mundo; y aún más, no podemos dudar de que todos los males que Dios nos envía
nos sean muy útiles: no podemos dudar sin suponer que al mismo Dios le falta la
luz para discernir lo que nos conviene.
Si, muchas veces, en las cosas que nos atañen, otro ve mejor que nosotros lo que
nos es útil, ¿no será una locura pensar que nosotros vemos las cosas mejor que
Dios mismo, que Dios que está exento de las pasiones que nos ciegan, que penetra
en el porvenir, que prevé los acontecimientos y el efecto que cada causa debe
producir? Vosotros sabéis que a veces los accidentes más importunos tienen
consecuencias dichosas, y que por el contrario los éxitos más favorables pueden
acabar finalmente de manera funesta. También es una regla que Dios observa a
menudo, de ir a sus fines por caminos totalmente opuestos a los que la prudencia
humana acostumbra escoger.
En la ignorancia en que estamos de lo que debe acaecernos posteriormente, ¿cómo
osaremos murmurar de lo que sufrimos por la permisión de Dios? ¿No tememos que
nuestras quejas conduzcan a error, y que nos quejamos cuando tenemos el mayor
motivo para felicitarnos de su Providencia? José es vendido, se le lleva como
esclavo, y se le encarcela; si se afligiera de sus desgracias, se afligiría de
su felicidad, pues son otros tantos escalones que elevan insensiblemente hasta
el trono de Egipto. Saúl ha perdido las asnas de su padre; es necesario irlas a
buscar muy lejos e inútilmente; mucha preocupación y tiempo perdido, es cierto;
pero si esta pena le disgusta, no hubiera habido disgusto tan irracional, visto
que todo esto estaba permitido para conducirle al profeta que debe ungirle de
parte del Señor, para que sea el rey de su pueblo.
¡Cuánta será nuestra confusión cuando comparezcamos delante de Dios, y veamos
las razones que habrá tenido de enviarnos estas cruces que hemos recibido tan a
pesar nuestro! He lamentado la muerte del hijo único en la flor de la edad:
¡Ay!, pero si hubiera vivido algunos meses o algunos años más, hubiera perecido
a manos de un enemigo, y habría muerto en pecado mortal. No he podido consolarme
de la ruptura de este matrimonio: Si Dios hubiera permitido que se hubiera
realizado, habría pasado mis días en el duelo y la miseria. Debo treinta o
cuarenta años de vida a esta enfermedad que he sufrido con tanta impaciencia.
Debo mi salvación eterna a esta confusión que me ha costado tantas lágrimas. Mi
alma se hubiera perdido de no perder este dinero. ¿De qué nos molestamos?...
¡Dios carga con nuestra conducta, y nos preocupamos! Nos abandonamos a la buena
fe de un médico, porque lo suponemos entendido en su profesión; él manda que se
os hagan las operaciones más violentas, alguna vez que os abran el cráneo con el
hierro; que os horade, que os corten un miembro para detener la gangrena, que
podría llegar hasta el corazón. Se sufre todo esto, se queda agradecido y se le
recompensa libremente, porque se juzga que no lo haría si el remedio no fuera
necesario, porque se piensa que hay que fiar en su arte; ¡y no le concederemos
el mismo honor a Dios! Se diría que no nos fiamos de su sabiduría y que tenemos
miedo de que nos descaminara. ¡Cómo!, ¿entregáis vuestro cuerpo a un hombre que
puede equivocarse y cuyos menores errores pueden quitaros la vida, y no podéis
someteros a la dirección del Señor?
Si viéramos todo lo que Él ve, querríamos infaliblemente todo lo que Él quiere;
se nos vería pedirle con lágrimas las mismas aflicciones que procuramos apartar
por nuestros votos y nuestras oraciones. A todos nos dice lo que dijo a los
hijos de Zebedeo: Nescitis quid petatis; hombres ciegos, tengo piedad
de vuestra ignorancia, no sabéis lo que pedís; dejadme dirigir vuestros
intereses, conducir vuestra fortuna, conozco mejor que vosotros lo que
necesitáis; si hasta ahora hubiera tenido consideración a vuestros sentimientos
y a vuestros gustos, estaríais ya perdidos y sin recurso.
Cuando Dios prueba
¿Pero queréis estar persuadidos que en todo lo que Dios permite, en todo lo que
os sucede, sólo se persigue vuestro verdadero interés, vuestra verdadera dicha
eterna? Reflexionad un poco en todo lo que ha hecho por vosotros. Ahora estáis
en la aflicción; pensad que el autor de ella, es el mismo que ha querido pasar
toda su vida en dolores para ahorraros los eternos; que es el mismo que tiene su
ángel a vuestro lado, velando bajo su mandato en todos vuestros caminos y
aplicándose a apartar todo lo que podría herir vuestro cuerpo o mancillar
vuestra alma; pensad que el que os ata a esta pena es el mismo que en nuestros
altares no cesa de rogar y de sacrificarse mil veces al día para expiar vuestros
crímenes y para apaciguar la cólera de su Padre a medida que le irritáis; que es
el que viene a vosotros con tanta bondad en el sacramento de la Eucaristía, el
que no tiene mayor placer, que el de conversar con vosotros y el de unirse a
vosotros. Tras estas pruebas de amor, ¡qué ingratitud más grande desconfiar de
Él, dudar sobre si nos visita para hacernos bien o para perjudicarnos! -¡Pero me
hiere cruelmente, hace pesar su mano sobre mí!- ¿Qué habéis de temer de una mano
que ha sido perforada, que se ha dejado clavar a la cruz por vosotros? -¡Me hace
caminar por un camino espinoso!- ¡Si no hay otro para ir al cielo, desgraciados
seréis, si preferís perecer para siempre antes que sufrir por un tiempo! ¿No es
éste el mismo camino que ha seguido antes que vosotros y por amor vuestro?
¿Habéis encontrado alguna espina que no haya señalado, que no haya teñido con su
sangre? ¡Me presenta un cáliz lleno de amargura! Sí, pero pensad que es vuestro
divino Redentor quien os lo presenta; amándoos tanto como lo hace, ¿podría
trataros con rigor si no tuviera una extraordinaria utilidad o una urgente
necesidad? Tal vez habéis oído hablar del príncipe que prefirió exponerse a ser
envenenado antes que rechazar el brebaje que su médico le había ordenado beber,
porque había reconocido siempre en este médico muchas fidelidad y mucha afección
a su persona. Y nosotros, cristianos, ¡rechazaremos el cáliz que nos ha
preparado nuestro divino Maestro, osaremos ultrajarle hasta ese punto! Os
suplico que no olvidéis esta reflexión; si no me equivoco, basta para hacernos
amar las disposiciones de la voluntad divina por molestas que nos parezcan.
Además, éste es el medio de asegurar infaliblemente nuestra dicha incluso desde
esta vida.
Arrojarse en los brazos de Dios
Supongo, por ejemplo, que un cristiano se ha liberado de todas las ilusiones del
mundo por sus reflexiones y por las luces que ha recibido de Dios, que reconoce
que todo es vanidad, que nada puede llenar su corazón, que lo que ha deseado con
las mayores ansias es a menudo fuente de los pesares más mortales; que apenas si
se puede distinguir lo que nos es útil de lo que nos es nocivo, porque el bien y
el mal están mezclados casi por todas partes, y lo que ayer era lo más ventajoso
es hoy lo peor, que sus deseos no hacen más que atormentarle, que los cuidados
que toma para triunfar le consumen y algunas veces le perjudican, incluso en sus
planes, en lugar de hacerlos avanzar; que, al fin y al cabo, es una necesidad de
Dios, que no se hace nada fuera de su mandato y que no ordena nada a nuestro
respecto que no nos sea ventajoso.
Después de percibir todo esto, supongo también que se arroja a los brazos de
Dios como un ciego, que se entrega a Él, por decirlo así, sin condiciones ni
reservas, resuelto enteramente a fiarse a Él en todo y de no desear nada, no
temer nada, en una palabra, de no querer nada más que lo que Él quiera, y de
querer igualmente todo lo que Él quiera; afirmo que desde este momento esta
dichosa creatura adquiere una libertad perfecta, que no puede ser contrariada ni
obligada, que no hay ninguna potencia que sea capaz de hacerle violencia o de
darle un momento de inquietud.
Pero, ¿no es una quimera que a un hombre le impresionen tanto los males como los
bienes? No, no es ninguna quimera; conozco personas que están tan contentas en
la enfermedad como en la salud, en la riqueza como en la indigencia; incluso
conozco quienes prefieren la indigencia y la enfermedad a las riquezas y a la
salud.
Además no hay nada más cierto que lo que os voy a decir: Cuanto más nos
sometamos a la voluntad de Dios, más condescendencia tiene Dios con nuestra
voluntad. Parece que desde que uno se compromete únicamente a obedecerle, Él
sólo cuida de satisfacernos: y no sólo escucha nuestras oraciones, sino que las
previene, y busca hasta el fondo de nuestro corazón estos mismos deseos que
intentamos ahogar para agradarle y los supera a todos.
En fin, el gozo del que tiene su voluntad sumisa a la voluntad de Dios es un
gozo constante, inalterable, eterno. Ningún temor turba su felicidad, porque
ningún accidente puede destruirla. Me lo represento como un hombre sentado sobre
una roca en medio del océano; ve venir hacia él las olas más furiosas sin
espantarse, le agrada verlas y contarlas a medida que llegan a romperse a sus
pies; que el mar esté calmo o agitado; que el viento impulse las olas de un lado
o del otro, sigue inalterable porque el lugar donde se encuentra es firme e
inquebrantable.
De ahí nace esa paz, esta calma, ese rostro siempre sereno, ese humor siempre
igual que advertimos en los verdaderos servidores de Dios.
Práctica del abandono confiado
Nos queda por ver cómo podemos alcanzar esta feliz sumisión. Un camino seguro
para conducirnos es el ejercicio frecuente de esta virtud. Pero como las grandes
ocasiones de practicarla son bastante raras, es necesario aprovechar las
pequeñas que son diarias y cuyo buen uso nos prepara enseguida para soportar los
mayores reveses, sin conmovernos. No hay nadie a quien cien cosillas contrarias
a sus deseos e inclinaciones, sea por nuestra imprudencia o distracción, sea por
la inconsideración o malicia de otro, ya sean el fruto de un puro efecto del
azar o del concurso imprevisto de ciertas causas necesarias. Toda nuestra vida
está sembrada de esta clase de espinas que sin cesar nacen bajo nuestras
pisadas, que producen en nuestro corazón mil frutos amargos, mil movimientos
involuntarios de aversión, de envidia, de temor, de impaciencia, mil enfados
pasajeros, mil ligeras inquietudes, mil turbaciones que alteran la paz de
nuestra alma al menos por un momento. Se nos escapa por ejemplo una palabra que
no quisiéramos haber dicho o nos han dicho otra que nos ofende; un criado sirve
mal o con demasiada lentitud, un niño os molesta, un importuno os detiene, un
atolondrado tropieza con vosotros, un caballo os cubre de lodo, hace un tiempo
que os desagrada, vuestro trabajo no va como desearíais, se rompe un mueble, se
mancha un traje o se rompe. Sé que en todo esto no hay que ejercitar una virtud
heroica, pero os digo que bastaría para adquirirla infaliblemente si
quisiéramos; pues si alguien tuviera cuidado para ofrecer a Dios todas estas
contrariedades y aceptarlas como dadas por su Providencia, y si además se
dispusiera insensiblemente a una unión muy íntima con Dios, será capaz en poco
tiempo de soportar los más tristes y funestos accidentes de la vida.
A
este ejercicio que es tan fácil, y sin embargo tan útil para nosotros y tan
agradable a Dios que ni puedo decíroslo, hemos de añadir también otro. Pensad
todos los días, por las mañanas, en todo lo que pueda sucederos de molesto a lo
largo del día. Podría suceder que en este día os trajeran la nueva de un
naufragio, de una bancarrota, de un incendio; quizá antes de la noche recibiréis
alguna gran afrenta, alguna confusión sangrante; tal vez sea la muerte la que os
arrebatará la persona más querida de vosotros; tampoco sabéis si vais a morir
vosotros mismos de una manera trágica y súbitamente. Aceptad todos estos males
en caso de que quiera Dios permitirlos; obligad vuestra voluntad a consentir en
este sacrificio y no os deis ningún reposo hasta que no la sintáis dispuesta a
querer o a no querer todo lo que Dios quiera o no quiera.
En fin, cuando una de estas desgracias se deje en efecto sentir, en lugar de
perder el tiempo quejándose de los hombres o de la fortuna, id a arrojaros a los
pies de vuestro divino Maestro, para pedirle la gracia de soportar este
infortunio con constancia. Un hombre que ha recibido una llaga mortal, si es
prudente no correrá detrás del que le ha herido, sino ante todo irá al médico
que puede curarle. Pero si en semejantes encuentros, buscarais la causa de
vuestros males, también entonces deberíais ir a Dios pues no puede ser otro el
causante de vuestro mal.
Id pues a Dios, pero id pronto, inmediatamente, que sea éste el primero de todos
vuestros cuidados; id a contarle, por así decirlo, el trato que os ha dado, el
azote de que se ha servido para probaros. Besad mil veces la mano de vuestro
Maestro crucificado, esas manos que os han herido, que han hecho todo el mal que
os aflige. Repetid a menudo aquellas palabras que también Él decía a su Padre,
en lo más agudo de su dolor: Señor, que se haga vuestra voluntad y no la mía;
Fiat voluntas tua. Sí, mi Dios, en todo lo que queráis de mí hoy y siempre,
en el cielo y en la tierra, que se haga esta voluntad, pero que se haga en la
tierra como se cumple en el cielo.
2. LAS ADVERSIDADES SON ÚTILES A LOS JUSTOS,
NECESARIAS A LOS PECADORES
Ved a esta madre amante que con mil caricias mira de apaciguar los gritos de su
hijo, que le humedece con sus lágrimas mientras le aplican el hierro y el fuego;
desde el momento en que esta dolorosa operación se hace ante sus ojos y por su
mandato, ¿quién va a dudar de que este remedio violento debe ser muy útil a este
hijo que después encontrará una perfecta curación o al menos el alivio de un
dolor más vivo y duradero?
Hago el mismo razonamiento cuando os veo en la adversidad. Os quejáis de que se
os maltrate, os ultrajen, os denigren con calumnias, que os despojen
injustamente de vuestros bienes: Vuestro Redentor –este nombre es aún más tierno
que el de padre o madre–, vuestro Redentor es testigo de todo lo que sufrís, Él
os lleva en su seno, y ha declarado que cualquiera que os toque, le toca a Él
mismo en la niña del ojo; sin embargo Él mismo permite que seáis travesado,
aunque pudiera fácilmente impedirlo, ¡y dudáis que esta prueba pasajera no os
procure las más sólidas ventajas! Aunque el Espíritu Santo no hubiera llamado
bienaventurados a los que sufren aquí abajo, aunque todas las páginas de la
Escritura no hablaran en favor de las adversidades, y no viéramos que son el
pago más corriente de los amigos de Dios, no dejaría de creer que nos son
infinitamente ventajosas. Para persuadirme, basta saber que Dios ha preferido
sufrir todo lo que la rabia de los hombres ha podido inventar en las torturas
más horribles, antes de verme condenado a los menores suplicios de la otra vida;
basta, dije, que sepa que es Dios mismo quien me prepara, quien me presenta el
cáliz de amargura que debo beber en este mundo. Un Dios que ha sufrido tanto
para impedirme sufrir, no se dará el cruel e inútil placer de hacerme sufrir
ahora.
Hay que fiar en la Providencia
Para mí, cuando veo a un cristiano abandonarse al dolor en las penas que Dios le
envía, digo en primer lugar: “He aquí un hombre que se aflige de su dicha; ruega
a Dios que le libre de la indigencia en que se encuentra y debería darle gracias
de haberle reducido a ella.
Estoy seguro que nada mejor podría acaecerle que lo que hace el motivo de su
desolación; para creerlo tengo mil razones sin réplica. Pero si viera todo lo
que Dios ve, si pudiera leer en el porvenir las consecuencias felices con las
que coronará estas tristes aventuras, ¿cuánto más no me aseguraría en mi
pensamiento?
En efecto, si pudiéramos descubrir cuales son los designios de la Providencia,
es seguro que desearíamos con ardor los males que sufrimos con tanta
repugnancia.
¡Dios mío!, si tuviéramos un poco más de fe, si supiéramos cuánto nos amáis,
cómo tenéis en cuenta nuestros intereses, ¿cómo miraríamos las adversidades?
Iríamos en busca de ellas ansiosamente, bendeciríamos mil veces la mano que nos
hiere.
“¿Qué bien puede proporcionarme esta enfermedad que me obliga a interrumpir
todos mis ejercicios de piedad?”, dirá tal vez alguien. “¿Qué ventaja puedo
obtener de la pérdida de todos mis bienes que me sitúa en el desespero, de esta
confusión que abate mi valor y que lleva la turbación a mi espíritu?”. Es cierto
que estos golpes imprevistos, en el momento en que hieren acaban algunas veces
con aquellos sobre quienes caen y les sitúan fuera del estado de aprovecharse
inmediatamente de su desgracia: Pero esperad un momento y veréis que es por allí
por donde Dios os prepara para recibir sus favores más insignes. Sin este
accidente, es posible que no hubierais llegado a ser peor, pero no hubierais
sido tan santo. ¿No es cierto que desde que os habéis dado a Dios, no os habíais
resuelto a despreciar cierta gloria fundada en alguna gracia del cuerpo o en
algún talento del espíritu, que os atraía la estima de los hombres? ¿No es
cierto que teníais aún cierto amor al juego, a la vanidad, al lujo? ¿No es
cierto que nos os había abandonado el deseo de adquirir riquezas, de educar a
vuestros hijos con los honores del mundo? Quizá incluso cierto afecto, alguna
amistad poco espiritual disputaba aún vuestro corazón a Dios. Sólo os faltaba
este paso para entrar en una libertad perfecta; era poco, pero, en fin, no
hubierais podido hacer aún este último sacrificio; sin embargo, ¿de cuántas
gracias no os privaba este obstáculo? Era poco, pero no hay nada que cueste
tanto al alma cristiana como el romper este último lazo que le liga al mundo o a
ella misma; sólo en esta situación siente una parte de su enfermedad; pero le
espanta el pensamiento de su remedio, porque el mal está tan cerca del corazón
que sin el socorro de una operación violenta y dolorosa, no se le puede curar;
por esto ha sido necesario sorprenderos, que cuando menos pensabais en ello, una
mano hábil haya llevado el hierro adelante en la carne viva, para horadar esta
úlcera oculta en el fondo de vuestras entrañas; sin este golpe, duraría aún
vuestra languidez. Esta enfermedad que se detiene, esta bancarrota que os
arruina, esta afrenta que os cubre de vergüenza, la muerte de esta persona que
lloráis, todas estas desgracias harán en un instante lo que no hubieran hecho
todas vuestras meditaciones, lo que todos vuestros directores hubieran intentado
inútilmente.
Ventajas inesperadas de las pruebas
Y
si la aflicción en que estáis por voluntad de Dios, os hastía de todas las
creaturas, si os compromete a daros enteramente a vuestro Creador, estoy seguro
que le estaréis más agradecidos por lo que os ha afligido, que por lo que le
hubierais ofrecido en vuestros votos si os evitaba la aflicción; los demás
favores que habéis recibido de Él, comparados con esta desgracia, no serán a
vuestros ojos más que pequeños favores. Siempre habéis mirado las bendiciones
temporales que ha derramado hasta ahora sobre vuestra familia como los efectos
de su bondad hacia vosotros; pero entonces veréis claramente que nunca os amó
tanto como cuando trastornó todo lo que había hecho para vuestra prosperidad, y
que si había sido liberal al daros las riquezas, el honor, los hijos y la salud,
ha sido pródigo al quitaros todos estos bienes.
No hablo de los méritos que se adquieren por la paciencia; por lo general, es
cierto que se gana más para el cielo en un día de adversidad que durante varios
años pasados en la alegría, por santo que sea el uso que se haga de ella.
Todo el mundo conoce que la prosperidad nos debilita; y es mucho cuando un
hombre dichoso, según el mundo, se toma la pena de pensar en el Señor una o dos
veces por día; las ideas de los bienes sensibles que le rodean ocupan tan
agradablemente su espíritu que olvida con mucho todo lo demás. Por el contrario
la adversidad nos lleva de un modo natural a elevar los ojos al cielo, para,
mediante esta visión, suavizar la amarga impresión de nuestros males. Sé que se
puede glorificar a Dios en toda clase de estados y que no deja de honrarle la
vida de un cristiano que le sirve en una alegre fortuna; pero ¡quién asegura que
este cristiano le honra tanto como el hombre que le bendice en los sufrimientos!
Se puede decir que el primero es semejante a un cortesano asiduo y regular, que
no abandona nunca a su príncipe, que le sigue al consejo, que todo lo hace a
gusto, que hace honor a sus fiestas; pero que el segundo es como un valiente
capitán, que toma las ciudades para su rey, que le gana batallas, a través de
mil peligros y a precio de su sangre, que lleva lejos la gloria de las armas de
su señor y los límites de su imperio.
Del mismo modo, un hombre que disfruta de una salud robusta, que posee grandes
riquezas, que vive en honor, que tiene la estima del mundo, si este hombre usa
como debe de todas estas ventajas, si las refiere a Dios como a su divino
Maestro por una conducta tan cristiana; pero si la Providencia le despoja de
todos estos bienes, si le consume de dolores y de miserias y si en medio de
tantos males, persevera en los mismos sentimientos, en las mismas acciones de
gracias, si sigue al Señor con la misma prontitud y la misma docilidad, por un
camino tan difícil, tan opuesto a sus inclinaciones, entonces es cuando publica
las grandezas de Dios y la eficacia de su gracia, del modo más generoso y
brillante.
Ocasiones de méritos y de salvación
Juzgad de ahí la gloria que deben esperar de Jesucristo las personas que le
habrán glorificado en un camino tan espinoso. Entonces será cuando nosotros
reconoceremos cuánto nos habrá amado Dios, dándonos las ocasiones de merecer una
recompensa tan abundante; entonces nos reprocharemos a nosotros mismos el
habernos quejado de lo que debería aumentar nuestra felicidad; de haber dudado
de la bondad de Dios, cuando nos daba las señales más seguras. Si un día han de
ser así nuestros sentimientos, ¿por qué no entrar desde hoy en una disposición
tan feliz? ¿Por qué no bendecir a Dios en medio de los males de esta vida, si
estoy seguro que en el cielo le daré gracias eternas?
Todo esto nos hace ver que sea cual sea el modo como vivamos deberíamos recibir
siempre toda adversidad con alegría. Si somos buenos, la adversidad nos purifica
y nos vuelve mejores, nos llena de virtudes y de méritos; si somos viciosos, nos
corrige y nos obliga a ser virtuosos.
3. RECURSO
A LA ORACIÓN
Es extraño que habiéndose comprometido Jesucristo tan a menudo y tan
solemnemente a atender todos nuestros votos, la mayor parte de los cristianos se
quejan todos los días de no ser escuchados. Pues, no se puede atribuir la
esterilidad de nuestras oraciones a la naturaleza de los bienes que pedimos, ya
que no ha exceptuado nada en sus promesas: Omnia quacumque orantes petitis
credite quia accipietis. Tampoco se puede atribuir esta esterilidad a la
indignidad de los que piden, pues lo ha prometido a toda clase de personas sin
excepción: Omnis qui petit accipit. ¿De dónde puede venir que tantas
oraciones nuestras sean rechazadas? ¿Quizás no se deba a que como la mayor parte
de los hombres son igualmente insaciables e impacientes en sus deseos, hacen
demandas tan excesivas o con tanta urgencia que cansan, que desagradan al Señor
o por su indiscreción o por su importunidad? No, no; la única razón por la que
obtenemos tan poco de Dios es porque le pedimos demasiado poco y con poca
insistencia.
Es cierto que Jesucristo nos ha prometido de parte de su Padre, concedernos
todo, incluso las cosas más pequeñas; pero nos ha prescrito observar un
orden en todo lo que pedimos y, sin la observancia de esta regla, en vano
esperaremos obtener nada. En San Mateo se nos ha dicho: Buscad primero el reino
de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura: Quaerite
primum regnum Dei, et haec omnia adicientur vobis.
Para obtener bienes
No se os prohíbe desear las riquezas, y todo lo que es necesario para vivir,
incluso para vivir bien; pero hay que desear estos bienes en su rango, y si
queréis que todos vuestros deseos a este respecto se cumplan infaliblemente,
pedid primero las cosas más importantes, a fin de que se añadan las pequeñas al
daros las mayores.
He aquí exactamente lo que le sucedió a Salomón. Dios le había dado la libertad
de pedir todo lo que quisiera, él le suplicó de concederle la sabiduría, que
necesitaba para cumplir santamente con sus deberes de la realeza. No hizo
ninguna mención de los tesoros ni de la gloria del mundo; creyó que haciéndole
Dios una oferta tan ventajosa tendría la ocasión de obtener bienes
considerables. Su prudencia le mereció en seguida lo que pedía e incluso lo que
no pedía. Quia postulasti verbum hoc, et non petisti tibi dies multos nec
divitas..., eccefeci tibi secundum sermones tuos: Te concedo de gusto esta
sabiduría porque me la has pedido, pero no dejaré de colmarte de años, de
honores y de riquezas, porque no me has pedido nada de todo esto: Sed et haec
quae non postulasti, divitas scilicet et gloriam.
Si este es el orden que Dios observa en la distribución de sus gracias, no nos
debemos extrañar que hasta ahora hayamos orado sin éxito. Os confieso que a
menudo estoy lleno de compasión cuando veo la diligencia de ciertas personas,
que distribuyen limosnas, que hacen promesa de peregrinaciones y ayunos, que
interesan hasta a los ministros del altar para el éxito de sus empresas
temporales. ¡Hombres ciegos, temo que roguéis y que hagáis rogar en vano! Hay
que hacer estas ofrendas, estas promesas de ayunos y peregrinaciones, para
obtener de Dios una entera reforma de vuestras costumbres, para obtener la
paciencia cristiana, el desprecio del mundo, el desapego de las creaturas; tras
estos primeros pasos de un celo regulado, hubierais podido hacer oraciones por
el restablecimiento de vuestra salud y por el progreso de vuestros negocios;
Dios hubiera escuchado estas oraciones, o mejor, las hubiera prevenido y se
hubiera contentado de conocer vuestros deseos para cumplirlos.
Sin estas gracias primeras, todo lo demás podría ser perjudicial y de ordinario
así es; he aquí por qué somos rechazados. Murmuramos, acusamos al Cielo de
dureza, de poca fidelidad en sus promesas. Pero nuestro Dios es un padre lleno
de bondad, que prefiere sufrir nuestras quejas y nuestras murmuraciones, antes
que apaciguarlas con presentes que nos serían funestos.
Para apartar los males
Lo que he dicho de los bienes, lo digo también de los males de que deseamos
vernos libres. Alguien dirá que él no suspira por una gran fortuna, que se
contentaría con salir de esta extrema indigencia en la que sus desgracias lo han
reducido; deja la gloria y la alta reputación para los que la ansían, desearía
tan sólo evitar el oprobio en que le sumergen las calumnias de sus enemigos; en
fin, puede pasarse de los placeres, pero sufre dolores que no puede soportar;
desde hace tiempo está rogando, pide al Señor con insistencia a ver si quiere
suavizarlos; pero le encuentra inexorable. No me sorprende; tenéis males
secretos muchos mayores que los males de que os quejáis, sin embargo son males
de los que no pedís ser librados; si para conseguirlo hubierais hecho la mitad
de las oraciones que habéis hecho para ser curados de los males exteriores,
haría ya mucho tiempo que hubierais sido librados de los unos y de los otros. La
pobreza os sirve para mantener en humildad a vuestro espíritu, orgulloso por
naturaleza; el apego extremo que tenéis por el mundo os hace necesarias estas
medicinas que os afligen; en vosotros las enfermedades son como un dique contra
la inclinación que tenéis por el placer, contra esta pendiente que os
arrastraría a mil desgracias. El descargaros de estas cruces, no sería amaros,
sino odiaros cruelmente, a no ser que os concedan las virtudes que no tenéis. Si
el Señor os viera con cierto deseo de estas virtudes, os las concedería sin
dilación y no sería necesario pedir el resto.
No se pide bastante
Ved cómo por no pedir bastante, no recibimos nada, porque Dios no podría limitar
su liberalidad a pequeños objetos, sin perjudicarnos a nosotros mismos. Os ruego
observéis que no digo que no se puedan pedir prosperidades temporales sin
ofenderle, y pedir ser liberados de las cruces bajo las que gemimos; sé que para
rectificar las oraciones por las que se solicita este tipo de gracias basta con
pedirlas con las condición de que no sean contrarias ni a la gloria de Dios, ni
a nuestra propia salvación; pero como es difícil que sea glorioso a Dios el
escucharos o útil para vosotros, si no aspiráis a mayores dones, os digo que en
tanto os contentéis con poco, corréis el riesgo de no obtener nada.
¿Queréis que os dé un buen método para pedir la felicidad incluso temporal,
método capaz de forzar a Dios para que os escuche? Decidle de todo corazón: Dios
mío, dadme tantas riquezas que mi corazón sea satisfecho o inspiradme un
desprecio tan grande que no las desee más; libradme de la pobreza o hacédmela
tan amable que la prefiera a todos los tesoros de la tierra; que cesen estos
dolores, o lo que será aún más glorioso para Vos, haced que cambien en delicias
para mí y que lejos de afligirme y de turbar la paz de mi alma lleguen a ser, a
su vez, la fuente más dulce de alegría. Podéis descargarme de la cruz; podéis
dejármela, sin que sienta el peso. Podéis extinguir el fuego que me quema;
podéis hacer, que en lugar de apagarlo para que no me queme, me sirva de
refrigerio, como lo fue para los jóvenes hebreos en el horno de Babilonia. Os
pido lo uno o lo otro. ¿Qué importa el modo como yo sea feliz? Si lo soy por la
posesión de los bienes terrestres, os daré eternas acciones de gracias; si lo
soy por la privación de estos mismos bienes, será un prodigio que dará más
gloria a vuestro nombre y yo estaré aún más reconocido.
He aquí una oración digna de ser ofrecida a Dios por un verdadero cristiano.
Cuando roguéis de este modo, ¿sabéis cuál es el efecto de vuestros votos? En el
primer lugar estaréis contento suceda lo que suceda; ¿acaso desean otra cosa los
que están deseosos de bienes temporales que estar contentos? En segundo lugar,
no solamente no obtendréis infaliblemente una de las dos cosas que habéis
pedido, sino que ordinariamente obtendréis las dos. Dios os concederá el
disfrute de las riquezas, y para que las poseáis sin apego y sin peligro, os
inspirará a la vez un desprecio saludable. Pondrá fin a vuestros dolores, y
además os dejará una sed ardiente que os dará el mérito de la paciencia, sin que
sufráis. En una palabra, os hará felices en esta vida y temiendo que vuestra
dicha no os corrompa, os hará conocer y sentir la vanidad. ¿Se puede desear algo
más ventajoso? Nada, sin duda. Pero como una ventaja tan preciosa es digna de
ser pedida, acordaos también que merece ser pedida con insistencia. Pues la
razón por la que se obtiene tan poco, no es solamente porque se pide poco, es
también porque, se pida poco o mucho, no se pide bastante.
Perseverancia en la oración
¿Queréis que todas vuestras oraciones sean eficaces infaliblemente? ¿Queréis
forzar a Dios a satisfacer todos vuestros deseos? En primer lugar os digo que no
hay que cansarse de orar. Los que se cansan después de haber rogado durante un
tiempo, carecen de humildad o de confianza; y de este modo no merecen ser
escuchados. Parece como si pretendierais que se os obedezca al momento vuestra
oración como si fuera un mandato; ¿no sabéis que Dios resiste a los soberbios y
que se complace en los humildes? ¿Qué? ¿Acaso vuestro orgullo no os permite
sufrir que os hagan volver más de una vez para la misma cosa? Es tener muy poca
confianza en la bondad de Dios el desesperar tan pronto, el tomar las menores
dilaciones por rechazos absolutos.
Cuando se concibe verdaderamente hasta dónde llega la bondad de Dios, jamás se
cree uno rechazado, jamás se podría creer que desee quitarnos toda esperanza.
Pienso, lo confieso, que cuando veo que más me hace insistir Dios en pedir una
misma gracia, más siento crecer en mí la esperanza de obtenerla; nunca creo que
mi oración haya sido rechazada, hasta que me doy cuenta que he dejado de orar;
cuando tras un año de solicitaciones, me encuentro en tanto fervor como tenía al
principio, no dudo del cumplimiento de mis deseos; y lejos de perder valor
después de tan larga espera, creo tener motivo para regocijarme, porque estoy
persuadido que seré tanto más satisfecho cuanto más largo tiempo se me haya
dejado rogar. Si mis primeras instancias hubieran sido totalmente inútiles,
jamás hubiera reiterado los mismos votos, mi esperanza no se hubiera sostenido;
ya que mi asiduidad no ha cesado, es una razón para mí el creer que seré pagado
liberalmente.
En efecto, la conversión de San Agustín no fue concedida a Santa Mónica hasta
después de dieciséis años de lágrimas; pero también fue una conversión
incomparablemente más perfecta que la que había pedido. Todos sus deseos se
limitaban a ver reducida la incontinencia de este joven en los límites del
matrimonio, y tuvo el placer de verle abrazar los más elevados consejos de
castidad evangélica. Había deseado solamente que se bautizara, que fuera
cristiano, y ella le vio elevado al sacerdocio, a la dignidad episcopal.
En fin, ella sólo pedía a Dios verle salir de la herejía e hizo Dios de él la
columna de la Iglesia y el azote de los herejes de su tiempo. Si después de un
año o dos de oraciones, esta piadosa madre se hubiera desanimado, si después de
diez o doce años, viendo que el mal crecía cada día, que este hijo desgraciado
se comprometía cada día en nuevos errores, en nuevos excesos, que a la impureza
había añadido la avaricia y la ambición; si lo hubiera abandonado todo entonces
por desesperación, ¡cuál hubiera sido su ilusión! ¿Qué agravio no hubiera hecho
a su hijo? ¡De qué consolación no se hubiera privado ella misma! ¡De qué tesoro
no hubiera frustrado a su siglo y a todos los siglos venideros!
Una confianza obstinada
Para terminar, me dirijo a aquellas personas que veo inclinadas a los pies del
altar, para obtener estas preciosas gracias que Dios tiene tanta complacencia en
vernos pedir. Almas dichosas, a quienes Dios da a conocer la vanidad de las
cosas mundanas, almas que gemís bajo el yugo de vuestras pasiones y que rogáis
para ser librados de ellas, almas fervientes que estáis inflamadas del deseo de
amar a Dios y de servirle como los santos le han servido y usted que solicita la
conversión de este marido, de esta persona querida, no os canséis de rogar, sed
constantes, sed infatigables en vuestras peticiones; si se os rechazan hoy,
mañana lo obtendréis todo; si no obtenéis nada este año, el año próximo os será
más favorable; sin embargo, no penséis que vuestros afanes sean inútiles: Se
lleva la cuenta de todos vuestros suspiros, recibiréis en proporción al tiempo
que hayáis empleado en rogar; se os está amasando un tesoro que os colmará de
una sola vez, que excederá a todos vuestros deseos.
Es necesario descubriros hasta el fin los resortes secretos de la Providencia:
La negativa que recibís ahora no es más que un fingimiento del que Dios se sirve
para inflamar más vuestro fervor. Ved cómo obra respecto a la Cananea, cómo
rehúsa verla y oírla, cómo la trata de extranjera y más duramente aún. ¿No
diréis que la importunidad de esta mujer le irrita más y más? Sin embargo,
dentro de Él, la admira y está encantado de su confianza y de su humildad; y por
esto la rechaza. ¡Oh clemencia disfrazada, que toma la máscara de la crueldad,
con qué ternura rechazas a los que más quieres escuchar! Guardaros de dejaros
sorprender; al contrario, urgid tanto más cuanto más os parezca que sois
rechazados.
Haced como la Cananea, servíos contra Dios mismo de las razones que pueda tener
para rechazaros. Es cierto debéis decir, que favorecerme sería dar a los perros
el pan de los hijos, no merezco la gracia que pido, pero tampoco pretendo que se
me conceda por mis méritos, es por los méritos de mi amable Redentor. Sí, Señor,
debéis temer que haya más consideración a mi indignidad que a vuestra promesa, y
que queriendo hacerme justicia os engañéis a vos mismo. Si fuera más digno de
vuestros beneficios, os sería menos glorioso el hacerme partícipe de ellos. No
es justo hacer favores a un ingrato; ¡oh, Señor!, no es vuestra justicia lo que
yo imploro, sino vuestra misericordia. ¡Mantén tu ánimo! Dichoso de ti que has
comenzado a luchar tan bien contra Dios; no le dejes tranquilo; le agrada la
violencia que le hacéis, quiere ser vencido. Haceos notar por vuestra
importunidad, haced ver en vosotros un milagro de constancia; forzad a Dios a
dejar el disfraz y a deciros con admiración; Magna est fides tua, fiat tibi
sicut vis: Grande es tu fe; confieso que no puedo resistirte más; vete,
tendrás lo que deseas, tanto en esta vida como en la otra.
EJERCICIO PARTICULAR DE CONFORMIDAD CON
LA DIVINA PROVIDENCIA
La práctica de este piadoso ejercicio es de suma importancia, a causa de las
preciosas ventajas que extraen siempre las personas que lo realizan bien.
1. ACTOS DE FE, DE ESPERANZA Y DE CARIDAD
I.
En primer lugar se hace un acto de fe en la Providencia divina. Se intenta
penetrarse bien de esta verdad de que Dios toma un cuidado continuo y muy
atento, no solamente de todas las cosas en general, sino también de cada una en
particular, de nosotros sobre todo, de nuestra alma, de nuestro cuerpo, de todo
lo que nos interesa; que su solicitud, a la que nada escapa, se extiende a
nuestra reputación, a nuestros trabajos, a nuestras necesidades de toda clase, a
nuestra salud como a nuestras enfermedades, a nuestra vida como a nuestra muerte
y hasta al menor de nuestros cabellos que no puede caer sin su permiso.
II.
Luego del acto de fe, se hace un acto de esperanza. Entonces, se excita uno a
una firme confianza en que esta Providencia divina proveerá a todo lo que nos
concierne, que nos dirigirá, nos defenderá con una vigilancia y una afección más
que paternal y nos gobernará de tal modo que suceda lo que suceda, si nos
sometemos a su dirección, todo nos será favorable y volverá en bien nuestro,
incluso las cosas que parezcan más contrarias.
III.
A estos dos actos hay que añadir el de la caridad. Se testimonia a la divina
Providencia el más vivo afecto, el amor más tierno, como un niño lo testimonia a
su buena madre, refugiándose en sus brazos; se hacen protestas de un amor
absoluto por todos sus designios, por impenetrables que sean, sabiendo que son
el fruto de una sabiduría infinita que no puede equivocarse y de bondad soberana
que no puede querer más que la perfección de sus criaturas; se hace de tal modo
que este aprecio sea bastante práctico para disponernos a hablar de buena gana
de la Providencia e incluso a tomar su defensa altamente contra los que se
permitan negarla o criticarla.
2. ACTO DE FILIAL ABANDONO A LA PROVIDENCIA
Después de haber renovado muchas veces estos actos y de haberse penetrado bien
de ellos, el alma se abandona a la divina Providencia, reposa y duerme
dulcemente en sus brazos, como un niño en los brazos de su madre. Hace suyas
entonces aquellas palabras de David: En paz me duermo luego que me acuesto
porque tú, Señor, me das seguridad (Ps. 4, 9-10). O bien dirá con el mismo
profeta: El Señor es mi pastor; nada me falta. Me pone en verdes pastos y me
lleva a frescas aguas. Recrea mi alma y me guía por las rectas sendas, por amor
de su nombre y por mi perfección. ¡Oh mi Señor! guiado por vuestra mano y
cubierto por vuestra protección, aunque haya de pasar por un valle tenebroso,
en medio de mis enemigos, no temeré mal alguno, porque Tú estás conmigo. Tu
vara y tu cayado son mi consuelo. Tú pones ante mí una mesa, enfrente de mis
enemigos. Sólo bondad y benevolencia me acompañan todos los días de mi vida, y
estaré en la casa del Señor por muy largos años (Ps 22).
Llena de la alegría que le inspira también suaves palabras el alma recibe con
respeto a esta dichosa disposición, todos los acontecimientos presentes de manos
de la divina Providencia y espera todos los venideros con una dulce tranquilidad
de espíritu, con una paz deliciosa. Vive como un niño, al abrigo de toda
inquietud. Pero esto no quiere decir que ella permanezca en una espera ociosa de
las cosas teniendo necesidad de ellas o que descuide el aplicarse a los asuntos
que se presenten. Al contrario, hace por su parte, todo lo que depende de su
mano, para llevarlos bien, emplea en ellos todas sus facultades; pero sólo se da
a tales cuidados bajo la dirección de Dios, no mira su propia previsión más que
como sometida enteramente a la de Dios y le abandona la libre disposición de
todo, no esperando otro éxito que el que está en los designios de la voluntad
divina.
3. UTILIDAD DE ESTE EJERCICIO
¡Oh! ¡Cuánta gloria y honor da a Dios el alma dispuesta de este modo!
Verdaderamente es una gran gloria para Él el tener una creatura tan apegada a su
Providencia, tan dependiente de su conducta, llena de una esperanza tan firme y
disfrutando de un reposo de espíritu tan profundo en espera de lo que tenga a
bien enviarle. Y también, ¡cuánto cuidado no tomará Dios de tal alma! Él vela
sobre las menores cosas que le interesan: Inspiran a los hombres establecidos
para gobernarla todo lo que es necesario para dirigirla bien; y si por el motivo
que sea, esos hombres quisieran obrar en relación con ella de un modo que le
fuera perjudicial, Él haría surgir obstáculo a sus designios por caminos
secretos e inesperados y les forzaría a adoptar lo que sería más ventajoso para
esta alma querida.
El Señor guarda a cuantos le aman
(Ps 144, 20). Si la Escritura da ojos a este
Dios de bondad, es para velar por ellos; si se le atribuye orejas es para
escucharlos; si manos, es para defenderlos. Y quien les toque, toca al Señor en
la niña de los ojos. Los niños serán llevados a la cadera, dice el
Señor por boca del profeta Isaías, y serán acariciados sobre las rodillas.
Como consuela una madre a su hijo, así os consolaré yo a vosotros (Is. 66,
12-13). En Oseas: Yo enseñé a andar a Efraín, le llevé en brazos (Os.
11, 3). Mucho tiempo antes Moisés había dicho: En el desierto has visto como
te ha llevado el Señor, tu Dios, como lleva un hombre a su hijo, por todo el
camino que habéis recorrido hasta llegar a este lugar (Deut 1, 31). También
dice Dios en Isaías: Mamarás a los pechos de los reyes, recibirás un
alimento delicioso y divino, y sabrás, mediante una dulce experiencia,
con qué solicitud Yo, el Señor, soy tu Salvador (Is 60, 16) ¡Oh!
¡dichosa situación para un alma!
En la persona de Noé se encuentra una imagen sensible de la felicidad que gusta
el que se abandona completamente a Dios. Noé estaba en reposo y en paz en el
arca con los leones; los tigres, los osos porque Dios le conducía mientras que
las espantosas lluvias caían del cielo y en medio del trastorno general de los
elementos y de toda la naturaleza. Por el contrario, los demás estaban en la más
extraña confusión de cuerpo y de espíritu, perdían sus bienes, sus mujeres, sus
hijos y hasta ellos mismos se perdían, tragados despiadadamente por las olas.
Del mismo modo el alma que se abandona a la Providencia, que le deja el timón de
su barca, boga con tranquilidad en el océano de esta vida, en medio de las
tempestades del cielo y de la tierra, mientras que los que quieren gobernarse
ellos mismos el Sabio los llama almas en tinieblas, excluidas de tu eterna
Providencia (Sap 17, 1-2), están en continua agitación y, no teniendo por
piloto más que su voluntad inconstante y ciega, acaban en un funesto naufragio
después de haber sido el juguete de los vientos y de la tempestad.
Abandonémonos completamente a la divina Providencia, dejémosle todo el poder de
disponer de nosotros; comportémonos como sus verdaderos hijos, sigámosla con
verdadero amor como a nuestra madre; confiémonos a ella en todas nuestras
necesidades, esperemos sin inquietud que aporte los remedios de su caridad. En
fin, dejémosla obrar y ella nos proveerá de todo en el tiempo, en el lugar y del
modo más conveniente; ella nos conducirá por caminos admirables al reposo del
espíritu y a la dicha a que estamos llamados a gozar incluso desde esta vida,
como un anticipo de la eterna felicidad que nos ha sido prometida.
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