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(Texto de San Claudio de la Colombiere)
Es extraño que habiéndose comprometido Jesucristo tan a menudo y tan
solemnemente a atender todos nuestros votos, la mayor parte de los cristianos se
quejan todos los días de no ser escuchados. Pues, no se puede atribuir la
esterilidad de nuestras oraciones a la naturaleza de los bienes que pedimos, ya
que no ha exceptuado nada en sus promesas: Omnia quacumque orantes petitis
credite quia accipietis. Tampoco se puede atribuir esta esterilidad a la
indignidad de los que piden, pues lo ha prometido a toda clase de personas sin
excepción: Omnis qui petit accipit. ¿De dónde puede venir que tantas
oraciones nuestras sean rechazadas? ¿Quizás no se deba a que como la mayor parte
de los hombres son igualmente insaciables e impacientes en sus deseos, hacen
demandas tan excesivas o con tanta urgencia que cansan, que desagradan al Señor
o por su indiscreción o por su importunidad? No, no; la única razón por la que
obtenemos tan poco de Dios es porque le pedimos demasiado poco y con poca
insistencia.
Es cierto que Jesucristo nos ha prometido de parte de su Padre, concedernos
todo, incluso las cosas más pequeñas; pero nos ha prescrito observar un
orden en todo lo que pedimos y, sin la observancia de esta regla, en vano
esperaremos obtener nada. En San Mateo se nos ha dicho: Buscad primero el reino
de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura: Quaerite
primum regnum Dei, et haec omnia adicientur vobis.
Para obtener bienes
No se os prohíbe desear las riquezas, y todo lo que es necesario para vivir,
incluso para vivir bien; pero hay que desear estos bienes en su rango, y si
queréis que todos vuestros deseos a este respecto se cumplan infaliblemente,
pedid primero las cosas más importantes, a fin de que se añadan las pequeñas al
daros las mayores.
He aquí exactamente lo que le sucedió a Salomón. Dios le había dado la libertad
de pedir todo lo que quisiera, él le suplicó de concederle la sabiduría, que
necesitaba para cumplir santamente con sus deberes de la realeza. No hizo
ninguna mención de los tesoros ni de la gloria del mundo; creyó que haciéndole
Dios una oferta tan ventajosa tendría la ocasión de obtener bienes
considerables. Su prudencia le mereció en seguida lo que pedía e incluso lo que
no pedía. Quia postulasti verbum hoc, et non petisti tibi dies multos nec
divitas..., eccefeci tibi secundum sermones tuos: Te concedo de gusto esta
sabiduría porque me la has pedido, pero no dejaré de colmarte de años, de
honores y de riquezas, porque no me has pedido nada de todo esto: Sed et haec
quae non postulasti, divitas scilicet et gloriam.
Si este es el orden que Dios observa en la distribución de sus gracias, no nos
debemos extrañar que hasta ahora hayamos orado sin éxito. Os confieso que a
menudo estoy lleno de compasión cuando veo la diligencia de ciertas personas,
que distribuyen limosnas, que hacen promesa de peregrinaciones y ayunos, que
interesan hasta a los ministros del altar para el éxito de sus empresas
temporales. ¡Hombres ciegos, temo que roguéis y que hagáis rogar en vano! Hay
que hacer estas ofrendas, estas promesas de ayunos y peregrinaciones, para
obtener de Dios una entera reforma de vuestras costumbres, para obtener la
paciencia cristiana, el desprecio del mundo, el desapego de las creaturas; tras
estos primeros pasos de un celo regulado, hubierais podido hacer oraciones por
el restablecimiento de vuestra salud y por el progreso de vuestros negocios;
Dios hubiera escuchado estas oraciones, o mejor, las hubiera prevenido y se
hubiera contentado de conocer vuestros deseos para cumplirlos.
Sin estas gracias primeras, todo lo demás podría ser perjudicial y de ordinario
así es; he aquí por qué somos rechazados. Murmuramos, acusamos al Cielo de
dureza, de poca fidelidad en sus promesas. Pero nuestro Dios es un padre lleno
de bondad, que prefiere sufrir nuestras quejas y nuestras murmuraciones, antes
que apaciguarlas con presentes que nos serían funestos.
Para apartar los males
Lo que he dicho de los bienes, lo digo también de los males de que deseamos
vernos libres. Alguien dirá que él no suspira por una gran fortuna, que se
contentaría con salir de esta extrema indigencia en la que sus desgracias lo han
reducido; deja la gloria y la alta reputación para los que la ansían, desearía
tan sólo evitar el oprobio en que le sumergen las calumnias de sus enemigos; en
fin, puede pasarse de los placeres, pero sufre dolores que no puede soportar;
desde hace tiempo está rogando, pide al Señor con insistencia a ver si quiere
suavizarlos; pero le encuentra inexorable. No me sorprende; tenéis males
secretos muchos mayores que los males de que os quejáis, sin embargo son males
de los que no pedís ser librados; si para conseguirlo hubierais hecho la mitad
de las oraciones que habéis hecho para ser curados de los males exteriores,
haría ya mucho tiempo que hubierais sido librados de los unos y de los otros. La
pobreza os sirve para mantener en humildad a vuestro espíritu, orgulloso por
naturaleza; el apego extremo que tenéis por el mundo os hace necesarias estas
medicinas que os afligen; en vosotros las enfermedades son como un dique contra
la inclinación que tenéis por el placer, contra esta pendiente que os
arrastraría a mil desgracias. El descargaros de estas cruces, no sería amaros,
sino odiaros cruelmente, a no ser que os concedan las virtudes que no tenéis. Si
el Señor os viera con cierto deseo de estas virtudes, os las concedería sin
dilación y no sería necesario pedir el resto.
No se pide bastante
Ved cómo por no pedir bastante, no recibimos nada, porque Dios no podría limitar
su liberalidad a pequeños objetos, sin perjudicarnos a nosotros mismos. Os ruego
observéis que no digo que no se puedan pedir prosperidades temporales sin
ofenderle, y pedir ser liberados de las cruces bajo las que gemimos; sé que para
rectificar las oraciones por las que se solicita este tipo de gracias basta con
pedirlas con las condición de que no sean contrarias ni a la gloria de Dios, ni
a nuestra propia salvación; pero como es difícil que sea glorioso a Dios el
escucharos o útil para vosotros, si no aspiráis a mayores dones, os digo que en
tanto os contentéis con poco, corréis el riesgo de no obtener nada.
¿Queréis que os dé un buen método para pedir la felicidad incluso temporal,
método capaz de forzar a Dios para que os escuche? Decidle de todo corazón: Dios
mío, dadme tantas riquezas que mi corazón sea satisfecho o inspiradme un
desprecio tan grande que no las desee más; libradme de la pobreza o hacédmela
tan amable que la prefiera a todos los tesoros de la tierra; que cesen estos
dolores, o lo que será aún más glorioso para Vos, haced que cambien en delicias
para mí y que lejos de afligirme y de turbar la paz de mi alma lleguen a ser, a
su vez, la fuente más dulce de alegría. Podéis descargarme de la cruz; podéis
dejármela, sin que sienta el peso. Podéis extinguir el fuego que me quema;
podéis hacer, que en lugar de apagarlo para que no me queme, me sirva de
refrigerio, como lo fue para los jóvenes hebreos en el horno de Babilonia. Os
pido lo uno o lo otro. ¿Qué importa el modo como yo sea feliz? Si lo soy por la
posesión de los bienes terrestres, os daré eternas acciones de gracias; si lo
soy por la privación de estos mismos bienes, será un prodigio que dará más
gloria a vuestro nombre y yo estaré aún más reconocido.
He aquí una oración digna de ser ofrecida a Dios por un verdadero cristiano.
Cuando roguéis de este modo, ¿sabéis cuál es el efecto de vuestros votos? En el
primer lugar estaréis contento suceda lo que suceda; ¿acaso desean otra cosa los
que están deseosos de bienes temporales que estar contentos? En segundo lugar,
no solamente no obtendréis infaliblemente una de las dos cosas que habéis
pedido, sino que ordinariamente obtendréis las dos. Dios os concederá el
disfrute de las riquezas, y para que las poseáis sin apego y sin peligro, os
inspirará a la vez un desprecio saludable. Pondrá fin a vuestros dolores, y
además os dejará una sed ardiente que os dará el mérito de la paciencia, sin que
sufráis. En una palabra, os hará felices en esta vida y temiendo que vuestra
dicha no os corrompa, os hará conocer y sentir la vanidad. ¿Se puede desear algo
más ventajoso? Nada, sin duda. Pero como una ventaja tan preciosa es digna de
ser pedida, acordaos también que merece ser pedida con insistencia. Pues la
razón por la que se obtiene tan poco, no es solamente porque se pide poco, es
también porque, se pida poco o mucho, no se pide bastante.
Perseverancia en la oración
¿Queréis que todas vuestras oraciones sean eficaces infaliblemente? ¿Queréis
forzar a Dios a satisfacer todos vuestros deseos? En primer lugar os digo que no
hay que cansarse de orar. Los que se cansan después de haber rogado durante un
tiempo, carecen de humildad o de confianza; y de este modo no merecen ser
escuchados. Parece como si pretendierais que se os obedezca al momento vuestra
oración como si fuera un mandato; ¿no sabéis que Dios resiste a los soberbios y
que se complace en los humildes? ¿Qué? ¿Acaso vuestro orgullo no os permite
sufrir que os hagan volver más de una vez para la misma cosa? Es tener muy poca
confianza en la bondad de Dios el desesperar tan pronto, el tomar las menores
dilaciones por rechazos absolutos.
Cuando se concibe verdaderamente hasta dónde llega la bondad de Dios, jamás se
cree uno rechazado, jamás se podría creer que desee quitarnos toda esperanza.
Pienso, lo confieso, que cuando veo que más me hace insistir Dios en pedir una
misma gracia, más siento crecer en mí la esperanza de obtenerla; nunca creo que
mi oración haya sido rechazada, hasta que me doy cuenta que he dejado de orar;
cuando tras un año de solicitaciones, me encuentro en tanto fervor como tenía al
principio, no dudo del cumplimiento de mis deseos; y lejos de perder valor
después de tan larga espera, creo tener motivo para regocijarme, porque estoy
persuadido que seré tanto más satisfecho cuanto más largo tiempo se me haya
dejado rogar. Si mis primeras instancias hubieran sido totalmente inútiles,
jamás hubiera reiterado los mismos votos, mi esperanza no se hubiera sostenido;
ya que mi asiduidad no ha cesado, es una razón para mí el creer que seré pagado
liberalmente.
En efecto, la conversión de San Agustín no fue concedida a Santa Mónica hasta
después de dieciséis años de lágrimas; pero también fue una conversión
incomparablemente más perfecta que la que había pedido. Todos sus deseos se
limitaban a ver reducida la incontinencia de este joven en los límites del
matrimonio, y tuvo el placer de verle abrazar los más elevados consejos de
castidad evangélica. Había deseado solamente que se bautizara, que fuera
cristiano, y ella le vio elevado al sacerdocio, a la dignidad episcopal.
En fin, ella sólo pedía a Dios verle salir de la herejía e hizo Dios de él la
columna de la Iglesia y el azote de los herejes de su tiempo. Si después de un
año o dos de oraciones, esta piadosa madre se hubiera desanimado, si después de
diez o doce años, viendo que el mal crecía cada día, que este hijo desgraciado
se comprometía cada día en nuevos errores, en nuevos excesos, que a la impureza
había añadido la avaricia y la ambición; si lo hubiera abandonado todo entonces
por desesperación, ¡cuál hubiera sido su ilusión! ¿Qué agravio no hubiera hecho
a su hijo? ¡De qué consolación no se hubiera privado ella misma! ¡De qué tesoro
no hubiera frustrado a su siglo y a todos los siglos venideros!
Una confianza obstinada
Para terminar, me dirijo a aquellas personas que veo inclinadas a los pies del
altar, para obtener estas preciosas gracias que Dios tiene tanta complacencia en
vernos pedir. Almas dichosas, a quienes Dios da a conocer la vanidad de las
cosas mundanas, almas que gemís bajo el yugo de vuestras pasiones y que rogáis
para ser librados de ellas, almas fervientes que estáis inflamadas del deseo de
amar a Dios y de servirle como los santos le han servido y usted que solicita la
conversión de este marido, de esta persona querida, no os canséis de rogar, sed
constantes, sed infatigables en vuestras peticiones; si se os rechazan hoy,
mañana lo obtendréis todo; si no obtenéis nada este año, el año próximo os será
más favorable; sin embargo, no penséis que vuestros afanes sean inútiles: Se
lleva la cuenta de todos vuestros suspiros, recibiréis en proporción al tiempo
que hayáis empleado en rogar; se os está amasando un tesoro que os colmará de
una sola vez, que excederá a todos vuestros deseos.
Es necesario descubriros hasta el fin los resortes secretos de la Providencia:
La negativa que recibís ahora no es más que un fingimiento del que Dios se sirve
para inflamar más vuestro fervor. Ved cómo obra respecto a la Cananea, cómo
rehúsa verla y oírla, cómo la trata de extranjera y más duramente aún. ¿No
diréis que la importunidad de esta mujer le irrita más y más? Sin embargo,
dentro de Él, la admira y está encantado de su confianza y de su humildad; y por
esto la rechaza. ¡Oh clemencia disfrazada, que toma la máscara de la crueldad,
con qué ternura rechazas a los que más quieres escuchar! Guardaros de dejaros
sorprender; al contrario, urgid tanto más cuanto más os parezca que sois
rechazados.
Haced como la Cananea, servíos contra Dios mismo de las razones que pueda tener
para rechazaros. Es cierto debéis decir, que favorecerme sería dar a los perros
el pan de los hijos, no merezco la gracia que pido, pero tampoco pretendo que se
me conceda por mis méritos, es por los méritos de mi amable Redentor. Sí, Señor,
debéis temer que haya más consideración a mi indignidad que a vuestra promesa, y
que queriendo hacerme justicia os engañéis a vos mismo. Si fuera más digno de
vuestros beneficios, os sería menos glorioso el hacerme partícipe de ellos. No
es justo hacer favores a un ingrato; ¡oh, Señor!, no es vuestra justicia lo que
yo imploro, sino vuestra misericordia. ¡Mantén tu ánimo! Dichoso de ti que has
comenzado a luchar tan bien contra Dios; no le dejes tranquilo; le agrada la
violencia que le hacéis, quiere ser vencido. Haceos notar por vuestra
importunidad, haced ver en vosotros un milagro de constancia; forzad a Dios a
dejar el disfraz y a deciros con admiración; Magna est fides tua, fiat tibi
sicut vis: Grande es tu fe; confieso que no puedo resistirte más; vete,
tendrás lo que deseas, tanto en esta vida como en la otra.
(Texto extraído de las
revelaciones a María Valtorta)
Dice
Jesús:
Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad a la
puerta y se os abrirá. Porque quien pide, recibe; quien busca, encuentra; y se
abre a quien llama. Cuando un hijo vuestro extiende su manita y os dice: “Padre,
tengo hambre”, ¿le dais acaso una piedra? ¿Le dais una serpiente si os pide un
pescado? No. Y además del pan y pescado lo acariciáis y bendecís, porque es
dulce para el padre alimentar su hijo y ver en su rostro una alegría feliz. Si
pues vosotros, imperfectos de corazón, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos
sólo por el amor natural, igual como los animales lo hacen con su prole, cuánto
más vuestro Padre que está en los cielos concederá, a quienes se lo piden, cosas
buenas y necesarias para su bien. No tengáis miedo de pedir y no tengáis miedo
de no obtener.
Pero, ved que os pongo en guardia contra un error común. No
hagáis como si fueseis débiles en la fe o en el amor, así hacen los paganos de
la religión verdadera –porque también entre los fieles hay paganos para quienes
la pobre religión no es sino un montón de supersticiones y de fe, un edificio
descentrado en que se han metido hierbas parásitas de todas las clases, hasta el
punto que empieza a cuartearse y cae en ruinas– los cuales, débiles y paganos,
sienten que muere su fe, si no son escuchados.
Pedís y justo os parece el pedir. En realidad, en ese
instante no sería ni siquiera injusta aquella gracia. Pero la vida no termina
con ese momento: y lo que puede estar bien hoy, no lo podrá estar
mañana. Esto no lo sabéis porque tan sólo sabéis el presente, y es también esto
una gracia de Dios. Pero Él conoce también lo futuro, y muchas veces para
ahorraros una pena mayor, no escucha vuestra plegaria. En el año de vida pública
más de una vez he oído decir a corazones: “Cuánto sufrí, cuando Dios no me
escuchó. Pero ahora: ‘Estuvo mejor así porque esa gracia me habría impedido
llegar a esta hora de Dios’”. He oído a otros que dicen y que me dicen: “¿Por
qué, Señor, no me escuchas? Lo haces con todos y conmigo no”. Y sin embargo, aun
cuando duele el ver sufrir, he dicho: “No puedo” porque si los hubiese escuchado
habría puesto un obstáculo en su vuelo a la perfección.
Algunas veces también el Padre dice: “No puedo”, no porque
no pueda realizar al punto ese acto, sino porque sabe las consecuencias futuras.
Oíd: Un niño está enfermo del estómago. La madre llama al médico y este dice:
“Para curarlo es menester que no coma nada”. El niño llora, chilla, suplica,
parece que se va a morir. La madre, siempre buena, une sus lamentos a los de su
hijo. Le parece duro lo que dijo el médico; le parece que pueda hacer mal a su
hijo el no comer y el tanto llorar. Pero el médico permanece inflexible. Al fin
dice: “Mujer: yo sé y tú no sabes. ¿Quieres perder a tu hijo, o quieres que te
lo salve?” La madre grita: “Quiero que viva”. “Entonces”, dice el médico, “no
puedo permitir que coma. Sería su muerte”. También el Padre algunas veces dice
así. Vosotras, madres compasivas de vuestro “yo”, no queréis oírlo llorar porque
no ha obtenido lo que pedía. Pero Dios dice: “No puedo. Sería tu mal”. Llega el
día, o llega la eternidad, en que se dirá: “¡Gracias, Dios mío, por no haber
escuchado mi necedad!”.
Lea el
libro: El Gran medio de la Oración, de San Alfonso M. de Ligorio
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