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El siguiente es un texto tomado del libro "Fundamentos y
Práctica de la Vida Mariana" de
J. Mª Hupperts S.M.M., que habla sobre la consagración a María.
Veremos en estos textos términos como "esclavo" y "esclavitud",
pues este libro trata sobre la consagración a la Virgen con el método de San
Luis María Grignion de Montfort. Pero como bien dice el Padre Gobbi, del
Movimiento sacerdotal Mariano (citado más arriba), es lo mismo la esclavitud
mariana que la consagración al Corazón Inmaculado de María. Por lo tanto podemos
leer tranquilamente los conceptos que siguen y aplicarlos a todos los casos de
consagración a la Virgen.
He aquí los textos:
V
Darse
Cada vez que nuestro Padre
(San Luis María
Grignion de Montfort)
expone de entrada y con cierta
extensión su perfecta devoción a Nuestra Señora, llama a nuestra consagración
una donación. «Esta devoción consiste en darse por entero a la
Santísima Virgen, para ser enteramente de Jesucristo por Ella» . «Ella
consiste en darse por entero en calidad de esclavo a María, y a Jesús por
Ella» .
Esta palabra es sencilla. Un niño de seis años la comprende.
Pero es de la mayor importancia entenderla bien aquí. A
veces se le ha dado un significado tan disminuido, que quedaba comprometida la
esencia misma de la santa esclavitud.
Nos damos a Jesús por María.
Dar no es pedir.
Es profundamente lamentable que la mayoría de los cristianos
no vean en la devoción a la Santísima Virgen más que una cosa: pedirle su
auxilio, particularmente en las horas más difíciles.
Sin duda podemos y, en cierto sentido, debemos, según el
consejo de Montfort mismo, «implorar la ayuda de nuestra buena Madre en todo
tiempo, en todo lugar y en toda cosa» . Somos niños pequeños, y los niñitos
tienen siempre la palabra «mamá» en la boca.
Muy bien. Pero si nos detenemos ahí, estamos lejos de
practicar la devoción mariana perfecta. Devoción significa
entrega, pertenencia, y el nombre de hiperdulía, consagrado por la
Iglesia para el culto de Nuestra Señora, significa dependencia, servidumbre.
Dar no es tampoco confiar en depósito. Cuando confío
una suma de dinero a alguien, ese dinero sigue siendo mío. Aquel a quien se lo
confío no recibe, de suyo, ningún provecho, sino sólo deber y preocupaciones.
Muy
distinto es cuando yo doy un regalo a alguno de mis amigos. Ese objeto,
en adelante, pasa a ser suyo, de modo que puede disponer de él como guste. La
donación, en sí misma, va toda en provecho del donatario, es decir, de
aquel a quien se hace, y no del donante, esto es, de aquel que da.
Cuando los cristianos, por ejemplo en el día de la primera Comunión, se
consagran a la Santísima Virgen, no entienden ordinariamente este acto,
desgraciadamente, sino en el siguiente sentido: Pongo mi vida entera bajo la
protección de Nuestra Señora, para ser feliz en esta vida y en la otra. Eso es
únicamente confiarse a la Santísima Virgen como un depósito. Este acto se hace
directamente con miras al provecho personal, ya sea temporal, ya sea eterno. Una
vez más, está bien. Pero estamos lejos aún de una devoción perfecta a la
divina Madre de Jesús.
Nunca lo repetiremos bastante, pues se trata aquí de una diferencia
fundamental, esencial, entre la consagración según San Luis María de
Montfort y la mayoría de los demás ofrecimientos: por la verdadera Devoción
no nos confiamos solamente a María con miras a un provecho personal
cualquiera, sino que nos damos a Jesús por María con todo lo que tenemos
y con todo lo que somos. Como consecuencia de este acto, nos consideramos en
toda realidad como cosa y propiedad de Nuestra Señora, de que Ella podrá
disponer libremente, siempre según la voluntad de Dios y la naturaleza de las
cosas. En función de la donación que acaba de realizarse, Montfort nos hace
decir en el Acto de Consagración: «Dejándoos entero y pleno derecho de
disponer de mí y de todo lo que me pertenece… según vuestro beneplácito…».
Esto es evidentemente una donación con
todas sus consecuencias esenciales.
«
Debemos aquí prestar atención.
Lo
damos todo a Nuestra Señora. Montfort lo dice formalmente: nuestro cuerpo
y nuestra alma, nuestros sentidos y nuestras facultades, nuestros bienes
exteriores e interiores, nuestros méritos y nuestras virtudes .
Sería, pues, un error fundamental pensar que le damos
a la Santísima Virgen únicamente lo que Ella puede aplicar a otros, es decir,
el valor satisfactorio e impetratorio de nuestras buenas obras, y la eficacia de
nuestras oraciones como tales, y que el resto, esto es, el 95% de la extensión
de nuestra consagración, le sería solamente confiada en depósito, bajo
pretexto de que le es imposible utilizar todo eso en favor de otros. Es una
falsa concepción, que arruina la santa esclavitud de arriba abajo. Lo damos
todo, incluso lo que por su propia naturaleza debe forzosamente, en cierto
sentido, seguir siendo nuestro, porque nos es inherente, porque forma parte de
nosotros mismos, de modo que dejaría de existir si fuera separado de nosotros.
Pero la Santísima Virgen, se dirá tal vez, no puede
transferir ni aplicar a nadie más que a nosotros mismos nuestra gracia
santificante, nuestras virtudes, nuestros méritos propiamente dichos. Desde
entonces, ¿puede hablarse de verdadera donación en esto?
¡Sí, por supuesto! Le damos algo a alguien desde el
momento en que le reconocemos, libremente y sin obligación de devolución, el
derecho de propiedad sobre una cosa que está en nuestra posesión. Por lo tanto,
me doy enteramente a Nuestra Señora cuando le reconozco un derecho de propiedad
sobre lo que soy y sobre lo que poseo.
Está claro que la santísima Madre de Dios tan sólo podrá
ejercer ese derecho de propiedad según la naturaleza de lo que le ha sido
cedido. Ella podrá transferir a otros, si lo quiere, mis bienes temporales.
Al contrario, mi cuerpo y mi alma, mis sentidos y mis facultades, en el orden
natural, son bienes intransferibles, que no pueden ser comunicados a otros. En
el orden sobrenatural Ella podrá aplicar a otras almas los valores secundarios
de mis acciones, a saber el satisfactorio y el impetratorio, mientras que la
gracia, las virtudes y los méritos propiamente dichos son por su propia
naturaleza inaplicables a otros. Si la Santísima Virgen no puede comunicar estos
valores sobrenaturales a otras personas, no se debe a la ineficacia o a la
debilidad del derecho de propiedad que le reconozco sobre todo esto, sino a la
naturaleza misma de lo que es objeto de este derecho.
Y no nos imaginemos que eso sea algo tan raro. Alguien me
regala una casa, un auto, un balón de fútbol y un fajo de billetes de banco.
Todo eso es mío en adelante. ¿Por casualidad dejará de ser mía la casa porque no
puedo darle puntapiés como a una pelota, o el balón porque no puedo vivir en él,
o los billetes de banco porque no pueden servirme como medio de transporte?
«
Se podrá objetar aún que no puede haber aquí donación
alguna. En efecto, la Santísima Virgen, al margen del acto que realizamos,
posee ya un derecho de propiedad sobre todo lo que nosotros podamos ofrecerle.
Y sin embargo nos damos a Jesús por María.
Y ante todo, por lo que mira a mis oraciones, mis
indulgencias y todos los valores sobrenaturales comunicables de mis acciones, no
sólo tengo el poder, sino también el derecho de disponer de todo
eso según mi voluntad. Por lo tanto, cuando cedo estos derechos a mi divina
Madre, le doy realmente estos bienes sobrenaturales.
Luego, suponiendo —como lo admitimos de buena gana— que la santísima Madre de
Dios posee, juntamente con Jesús, un verdadero poder y un verdadero derecho de
propiedad sobre todo lo que está fuera de Dios, nada nos impide hablar de
donación a propósito de nuestra consagración total. En efecto, la donación,
como observa Santo Tomas , no excluye forzosamente la obligación de ceder
una cosa, ni los derechos de aquel a quien entregamos un objeto. Sí, es
cierto, Cristo y su santísima Madre pueden hacer valer verdaderos derechos sobre
lo que soy y lo que poseo; pero yo tengo la facultad de reconocer o ignorar
estos derechos; y así, cuando por amor —y no por recompensa— reconozco
libremente mi pertenencia a ellos, me doy realmente a Jesús por María, o
en otras palabras me entrego a Ellos, como dice Montfort en su
Consagración.
«
¡Madre, me he dado a Ti!
Sólo en esta entrega total de mí mismo podía descansar tu
amor y el mío.
He oído muchas veces —y jamás sin emoción— a madres
preguntar a sus hijitos: «¿De quién es este niño?». Y cuando el pequeño,
apretándose estrechamente contra el corazón de su madre, contestaba: «De mamá»,
se podía ver al punto cómo una ola inmensa de ternura invadía y sumergía a la
dichosa madre…
¡Madre, sé que no puedo darte mayor gusto que decirte: Soy
tuyo!…
Te lo diré, pues, y te lo diré a menudo, muy a menudo:
¡Madre, soy tuyo!
Te
lo diré en cada instante, aceptándolo todo de tu mano, no refiriendo nada a mí
mismo, haciéndolo y soportándolo todo por Ti, viniendo fielmente, como un hijo,
a deponerlo todo en tus manos, en tu corazón.
Un
alma de buena voluntad, pero débil, nos escribía: «Digo cada día: Me doy
enteramente a Jesús por María. Pero al minuto siguiente ya estoy retomando por
partes lo que había dado. No puedo ser una verdadera esclava de amor, y sin
embargo querría serlo. ¡Ya he tomado tantas veces excelentes propósitos!».
Madre, así somos todos: de buena voluntad, pero tan frágiles, tan cambiantes…
Cuando de nuevo te haya hurtado una porción de lo que te había entregado, vendré
sencillamente a decirte: «Madre, una vez más volví a caer; una vez más robé algo
de la oblación que te había hecho. Perdón, Madre. Te prometo portarme mejor».
Haré eso cada día, estaré obligado a hacerlo a cada hora, más seguido tal vez…
Pero estoy seguro que en tu incansable bondad sonreirás cada vez que vuelva a
Ti. Y además me ayudarás, ¿no es cierto, Madre? Tú me sostendrás con tu
fortaleza; Tú me educarás en tu esclavitud, pues le toca a las madres educar a
sus hijitos.
Y
un día, Madre, repetiré definitivamente estas palabras… ¡Qué hermoso será el
cielo, aunque sólo sea por permitirme repetir sin cesar y sin arrepentirme
jamás: Madre, soy tuyo!
VI
Darse por entero
Nuestra perfecta Consagración a la Santísima Virgen es una verdadera donación:
significa entregarse como propiedad a Nuestra Señora, reconocerle un verdadero
derecho de propiedad sobre todo cuanto somos y todo cuanto tenemos.
Además de lo que se requiere para todo acto verdaderamente humano, a saber,
conocimiento y voluntad libre, esta donación, para realizar la esencia de la
santa esclavitud, ha de estar revestido de tres cualidades indispensables: debe
ser total y universal, definitiva y eterna, y
desinteresada o hecha por amor. Nuestro Padre lo enseña formalmente .
En
un capítulo anterior hemos resaltado el aspecto de donación en nuestra
perfecta Consagración. Ahora querríamos llamar la atención sobre la totalidad
y la universalidad del ofrecimiento que hacemos de nosotros mismos a
Jesús por María.
La
enseñanza de Montfort no puede ser más clara al respecto. «Esta devoción
consiste en darse por entero a la Santísima Virgen, para ser
enteramente de Jesucristo por Ella…». Lo damos todo, «y esto
sin reserva alguna, ni aun de un céntimo, de un cabello ni de la más mínima
buena acción…» .
«
Madre, con alegría te lo repito: te he dado mi cuerpo con todos sus
sentidos y sus miembros: ojos, orejas, boca y todo lo que es de este cuerpo, la
vista, el oído, el gusto, el olfato, el tacto y todas las potencias que de algún
modo dependen de la materia: imaginación, memoria, pasiones, todas las
facultades de conocimiento y de apetito sensibles.
Madre, te he dado mi alma, esta alma tan bella, tan
grande, espiritual, inmortal, según la cual he sido creado a imagen y semejanza
de Dios; mi alma con sus magníficas potencias de inteligencia y de libre
voluntad, con todas las riquezas de saber y de virtud que en ella se encierran.
Madre, te he dado mi corazón, mi corazón con sus
abismos insondables de amor, con sus angustias y sus alegrías, con sus
tempestades y sus arrebatos.
Madre, yo mismo me he dado a Ti: no sólo
mi cuerpo, mi corazón y mi alma, sino también mi ser, mi existencia, mi
subsistencia propia, mi personalidad, que es el último toque dado a un ser
intelectual. La verdad pura es que toda mi persona, yo mismo, soy tu cosa y tu
propiedad.
«
Con lo que soy y lo que seré, te he dado también lo que
poseo o lo que podré alguna vez poseer.
Madre, te he dado y te doy de nuevo todos mis bienes
materiales y temporales. Otros hermanos y hermanas mías en la santa
esclavitud te han dado muchísimo en este campo: casas y propiedades, dinero y
títulos, ricas joyas y muebles preciosos. Afortunadamente yo soy pobre; pero lo
que poseo o lo que está solamente a mi uso, lo considero como tuyo: los vestidos
que llevo, el alimento que tomo, los muebles y los libros de que me sirvo, el
dinero que me es confiado. Madre, todo esto es tuyo. Como propietaria
incontestada, puedes disponer de todo ello para dar o quitar. Todo eso lo
recibiré de tus manos, y no lo usaré sino según tus designios.
Madre, te abandonamos otros bienes preciosos, nuestra
reputación, la estima que se nos tiene, el afecto que se nos muestra, el
respeto de que se nos rodea… Madre, todos los lazos de la sangre y de la
amistad, los lazos que nos unen a nuestros compañeros de religión, a
nuestros hermanos y hermanas en la santa esclavitud, a quienes quieren vivir,
trabajar, sufrir, luchar y morir con nosotros por el mismo ideal, el reino de
Cristo por María: estos lazos y todos los demás están en tus manos con un
derecho pleno y entero para atarlos y desatarlos. Te damos todas las almas que
de algún modo son nuestras: tuyas son desde ahora en la misma medida en que son
nuestras. Sabemos que así quedan aseguradas bajo tu manto real, dulcemente
colocadas en tu Corazón materno.
«
Cuanto más pobres somos en bienes temporales, y sobre todo
cuanto más desprendidos estamos de ellos, tanto más ricos podemos ser, Madre, en
bienes interiores, sobrenaturales, que por consiguiente también tenemos
la dicha de ofrecerte.
Madre, tu esclavo de amor se da a Ti con todas las
maravillosas riquezas sobrenaturales de que lo ha gratificado la munificencia de
Jesús y la vuestra.
Tuya es, Madre de los vivos, la vida divina que llevamos en
nosotros, la gracia santificante, esta participación maravillosa de la
vida misma de Dios, por la cual la Santísima Trinidad viene a morar en nosotros
de manera nueva y misteriosa. ¡Qué tesoro, Madre, podemos ofrecerte de este
modo: Dios mismo en nosotros!
Tuyas son, Amadísima, las potencias de acción del hombre
nuevo en nosotros: las virtudes infusas, teologales y morales, por las
cuales estamos capacitados a realizar actos divinos, que merecen en estricta
justicia la eterna visión del rostro de Dios. Tuyas son nuestras virtudes
adquiridas, que son una facilidad y un hábito de vivir según las miras de
Dios y las tuyas.
Tuyos son los dones del Espíritu Santo, tu Esposo
divino, esos dones que nos hacen dóciles y maleables a la acción adorable que,
por Ti y contigo, ejerce en nuestras almas.
Tuyas son, Soberana amadísima, todas las gracias
actuales, todas las influencias divinas que nos llegan por Jesús y por Ti.
Tuyos son los valores múltiples y preciosos de todas
nuestras buenas obras: el valor meritorio, por el que nos aseguramos el
crecimiento de vida divina en la tierra, y el aumento de gloria divina en la
eternidad; el valor satisfactorio, que nos hace expiar los castigos
merecidos por nuestras faltas y saldar las deudas de alma que hemos contraído;
el valor impetratorio, por el cual nos aseguramos de nuevo la acción
iluminadora, consoladora y fortificadora del Espíritu de Dios. Y esto te lo
ofrecemos respecto a todas nuestras buenas obras, tanto las que ya hemos
realizado hasta ahora, como las que realizaremos en el futuro.
Tuya es, Tesorera del Señor, la virtud especial de todas
nuestras oraciones, este poder formidable que el Señor nos ha conferido
para obtenerlo y realizarlo todo.
Tuyas son, Madre querida, las indulgencias que
ganamos, estas letras de cambio preciosas, emitidas por la Iglesia, en el banco
del Padre, contando con el inmenso depósito de las satisfacciones infinitas de
Jesús, de las tuyas, oh María, y de todos los bienaventurados del Paraíso.
Tuyo es, Madre, lo que otras almas, por agradecimiento o por caridad, por deber
o por piedad, nos comunican de la virtud satisfactoria o impetratoria de sus
oraciones y de sus buenas obras; tuya es, María, toda oración hecha por
nosotros, todo sufrimiento soportado por nosotros, toda indulgencia ganada por
nosotros, todas las Misas ofrecidas por nuestras intenciones, ahora y más tarde,
incluso cuando nuestros ojos se hayan cerrado a la luz de esta tierra…
Esta enumeración ya es larga, oh María: pero no es suficientemente larga para tu
amor… ni para el nuestro. Tú deseas que aún alarguemos esta lista con algunos
«dones»…
«
¿Dones? ¿Son realmente dones, lo que podemos añadir aquí?
Tú
quieres, oh María, que nos demos a Ti tal como somos. Nos entregamos, pues, a
Ti, no sólo con nuestro activo, sino también con nuestro pasivo,
con nuestros pecados y nuestras faltas, nuestros defectos y nuestras
debilidades, nuestras deudas y nuestras obligaciones. Querríamos no imponerte
esta miserable carga, pero, juntamente con Jesús, Tú nos lo reclamas.
Como tu Jesús a San Jerónimo en una memorable noche de Navidad en Belén, Tú nos
dices también: «Hijo mío, dame tus pecados».
Madre querida, no podemos negarnos a ello. Sabemos, puesto que eres
Corredentora, que has cargado sobre Ti, juntamente con Jesús, los castigos
de nuestras faltas: de mil maneras te las ingenias para que estas penas nos sean
perdonadas; juntamente con Jesús has satisfecho por nosotros, miserables.
Y
si la mancha misma del pecado que llamamos venial se pega a
nuestra alma, Tú velarás por que estas manchas sean lavadas y limpiadas por los
sacramentos, por la contrición, por la penitencia, por la oración, por una vida
santa, o por mil otros medios.
Madre, casi no nos atrevemos a pensarlo: si uno de tus hijos y esclavos de amor
cayese por desgracia en el pecado grave, Tú no le dejarás ni un minuto de
respiro: con tu amor poderoso y con tus gracias irresistibles lo perseguirás y
lo empujarás hacia el buen Pastor, que acoge con un gozo infinito a la oveja
particularmente amada…
Madre, nos damos a Ti con nuestras inclinaciones malas, con nuestra
naturaleza corrompida, con nuestros miserables defectos, con nuestros vicios
inveterados: somos impotentes para corregir, domar y refrenar todo esto. Tu
fortaleza nos ayudará a realizar este milagro.
Madre, Tú quieres aceptar también, lo sabemos, nuestras deudas y
obligaciones con nuestros padres y amigos, nuestros benefactores y
subordinados, con las almas que nos son confiadas, con las grandes intenciones
de la Iglesia y las necesidades inmensas del mundo entero. Madre, confiadamente
te abandonamos todo esto. Sabemos que Tú sabrás saldar estas hipotecas que
recaen sobre nuestras almas, pagar ricamente todas estas deudas que pesan sobre
nosotros, satisfacer regiamente a todas nuestras obligaciones…
Madre, ahora comprendemos mejor la consoladora palabra de tu gran apóstol: que
Tú eres el suplemento de todas nuestras deficiencias. Queremos rivalizar
contigo en generosidad de amor, estando seguros de antemano, sin embargo, de que
seremos vencidos… Si de buena gana abandonamos nuestra pequeña fortuna
espiritual, algunos cientos de pesos apenas, para que Tú dispongas de ellos a tu
gusto, Tú, para colmar nuestros déficits y cubrir nuestras deudas, pones a
nuestra disposición tus millones espirituales, el incomparable tesoro de méritos
y de gracias que el Señor te ha concedido.
Cuando, de algún modo, hayamos cometido una falta por nuestra culpa o por
inadvertencia, o dicho una palabra desafortunada, o realizado un acto fuera de
lugar, iremos a Ti con la sencillez y la confianza del niño que lleva a su madre
una pequeña obra que acaba de estropear: «Madre, de nuevo salió mal… He vuelto
ha hacer una tontería. No debes extrañarte, ni yo tampoco. ¿No quieres reparar
mi falta, hacer que esta palabra o este acto no tengan consecuencias funestas
para mi alma o para otras almas, y menos aún para la gloria santa de Dios y tu
reino bendito, oh María?».
¡Madre, qué contentos estamos de ser tuyos! ¡Qué felices somos de que te dignes
aceptar nuestro pobre ofrecimiento y hacer tuyo el inmenso peso de nuestras
deudas y debilidades!
¡Madre, qué bueno es ser tu esclavo de amor!
VII
Para siempre…
Muchas veces nos han preguntado: ¿No puedo hacer mi consagración por algún
tiempo, por un mes, por un año? ¿No puedo hacer un intento antes de
comprometerme de manera definitiva?
Por
supuesto, nada nos impide entregarnos a la Santísima Virgen a modo de prueba. Ni
podemos censurar tampoco a los directores que piden a sus penitentes que se
ejerzan en la práctica interior de la verdadera Devoción, antes de permitir un
compromiso definitivo.
Pero se ha de saber, en todo caso, que con una consagración temporal no
se es aún verdaderamente esclavo de Jesús en María.
Los
textos de Montfort no pueden ser más claros: «Se le debe dar… todo lo que
tenemos… y todo lo que podamos tener en lo por venir en el orden de la
naturaleza, de la gracia o de la gloria…, y esto por toda la eternidad»
. Y una de las diferencias esenciales entre el servidor y el esclavo es
precisamente que «el servidor no está sino por un tiempo al servicio de su
señor, y el esclavo lo está para siempre» .
Nuestro mismo Acto de Consagración no nos deja ninguna duda: «Dejándoos
entero y pleno derecho de disponer de mí y de todo lo que me pertenece… en el
tiempo y en la eternidad».
¡Es
tan natural, cuando se quiere amar con perfección a Nuestra Señora, darse a Ella
para siempre!
No
darse para siempre es, a las claras, no darse por entero.
El
amor, un gran amor, apunta directamente a esta donación definitiva, aspira a una
unión durable e indisoluble. Para el afecto humano, el «siempre» con que sueña
es a veces de muy corta duración. Nuestro amor a Dios, a la santísima Madre de
Dios, toma este «siempre» en serio, a la letra. Nos damos por toda la
eternidad.
Además, para la santificación de nuestra alma, este elemento de continuidad y de
estabilidad es de grandísimo valor. Es uno de los motivos por los cuales los
religiosos hacen votos perpetuos, y se comprometen para siempre a tender
a la perfección, a la santidad. Por la santa esclavitud, el alma se siente
fijada en Dios, en la Santísima Virgen. Es una garantía contra la inconstancia,
la inestabilidad, la ligereza, que tanto mal hacen al alma.
«
¡Madre, somos tuyos para siempre!
Nos es muy provechoso recordarnos y profundizar esta
palabra, esta verdad.
Para siempre…
Para toda nuestra vida en este mundo.
Tuyos son, María, los días tranquilos y soleados de nuestra
primavera, las riquezas y los esplendores, la energía y la vitalidad de nuestro
verano, pero también los días que vengan luego, que vienen ya, de actividad
reducida, de follaje que cae y de luz que declina…
Tuyos somos, Madre, en las horas fugitivas de alegría y de
entusiasmo, y también en las horas de tristeza y de prueba, de tedio y de
disgusto, de duda y de angustia, que a tu Hijo y a tu Dios le plazca enviarnos.
Tuyos somos, Madre, en las horas tan dulces de la oración
consolada y del inefable arrebato de la unión divina experimentada; pero también
somos tuyos —no lo olvides— cuando la tentación nos acecha, la seducción nos
invade y la tempestad estalla; tuyos, Madre, cuando la debilidad humana
prevalece y está a punto de entrar el desaliento…
Tuyos somos cuando la salud robusta alimente en nosotros la
llama de la vitalidad y de la energía; tuyos también, cuando nuestras fuerzas
declinen, cuando la enfermedad nos ataque; tuyos en nuestra última enfermedad,
en nuestras luchas supremas, en la agonía, en la muerte…
¡Es tan consolador, Madre divina, saber que rodeas el lecho
de muerte de tus hijos y esclavos de amor con toda clase de precauciones, con
mil atenciones maternas, que son otros tantos signos de que estás y permaneces
con ellos! ¡Qué consoladora es la seguridad que nos da tu gran Apóstol, de que
«asistes ordinariamente a la muerte dulce y tranquila de tus esclavos, para
conducirlos Tú misma a los júbilos de la eternidad» ! ¡Es tan conmovedor saber
que a veces incluso te muestras de manera visible a los más fieles de tus hijos
en esos momentos temibles…! Todo eso muestra que, por nuestra consagración,
somos tuyos en la vida y en la muerte, y que tienes mucho cuidado de no
olvidarlo en esta hora decisiva y suprema. Confiamos, oh Bendita, en que, porque
somos tuyos, nos conducirás por tu mano, o mejor dicho, nos llevarás en tu
corazón, a través del temible túnel de la muerte, hacia la morada bendita de la
Luz.
Para siempre, sí: en la muerte y más allá de la muerte.
Cuando, por la purificación suprema, estemos encerrados en
las ardientes prisiones del Purgatorio, seremos tuyos, porque nos hemos dado a
Ti para siempre. En cada suspiro de dolor arrancado a nuestra alma, volveremos a
repetir: «Salve, Regina, Mater misericordiæ: Dios te salve, a Ti, que
eres mi Reina en medio de estas llamas purificadoras, como lo fuiste en
otro tiempo en medio de las lágrimas del exilio; pero también mi Madre de
misericordia, de la que espero todo alivio y toda liberación».
Para siempre…
¡Madre, nuestro cielo es tuyo! Nuestra corona de
gloria y nuestra palma de inmortalidad la echaremos a los pies de tu trono.
Nuestro corazón no puede contenerse de gozo al pensamiento de que, como
consecuencia de nuestra donación, hecha en la tierra en un día inolvidable, toda
nuestra eternidad será tuya. Piensa, oh María, en esta serie interminable de
siglos de gloria y de felicidad, o más bien en este eterno ahora, este
interminable e inmutable instante que abarcará todos los siglos, todos los
millones de siglos…
¡Madre, qué contentos estamos de ofrecerte un
regalo tan hermoso! Porque es un magnífico regalo el que, en un instante único,
en un solo grito de amor, reunamos toda nuestra vida, todo nuestro pasado con
los méritos que nos quedan, todo nuestro presente, y también todo nuestro futuro
en la tierra, en el purgatorio y en el cielo; que recojamos y condensemos todo
eso en un instante único, en un acto espléndido, para echarlo a tus pies; no,
para encerrarlo en tu Corazón materno. ¡Eso es, Montfort tenía mucha razón de
decirlo, amaros «de la mejor manera»!
«
¡Ojalá nuestro «para siempre» no sea una fórmula vana, una
mentira miserable!
Hay
algunos —pocos, a Dios gracias— que retoman la palabra dada, violan un pacto
sagrado, renuncian a su esclavitud. A estos los compadecemos. Son para nosotros,
tanto ellos como quienes los dirigen, un verdadero enigma.
Por
nuestra parte, no hemos retractado formalmente nuestra donación. No hemos roto
del todo los lazos que nos ataban a Ella. Pero por nuestras infidelidades
pequeñas y grandes hemos retomado lo ya dado, hemos regateado, hemos partido
nuestro «para siempre», hemos disminuido el valor de nuestra donación.
A
Jesús y a María les pedimos perdón por estos hurtos, les ofrecemos una
retractación por estos robos, y les suplicamos humildemente nos concedan la
fortaleza necesaria para una mayor fidelidad.
Les
prometemos no volver a arrebatarles voluntariamente un solo instante por el
pecado, por muy «venial» que sea; les prometemos guardar intacta, de ahora en
adelante, nuestra magnífica donación, cuanto a su extensión y cuanto a su
duración; les prometemos acordarnos frecuentemente de vivir sin cesar nuestra
donación
¡«para
siempre»!
VIII
Por amor
Tres son las cualidades requeridas para la esencia misma de nuestra perfecta
Consagración a Jesús por María: que sea total, que sea definitiva,
y que sea hecha por amor puro y perfecto a Dios y a su santísima Madre.
Ahora nos toca examinar esta última cualidad.
Desinterés de la esclavitud
de amor hacia Nuestra Señora
Nuestro Padre nos señala ya el «desinterés» como una de las cualidades de la
verdadera Devoción a la Santísima Virgen en general: «Un verdadero devoto
de María no sirve a esta augusta Reina por espíritu de lucro o de interés, ni
para su bien temporal ni eterno, corporal ni espiritual, sino únicamente porque
Ella merece ser servida, y Dios solo en Ella; no ama a María precisamente porque
lo beneficia, o porque esto espera de Ella, sino porque Ella es amable» .
Y
cuando Montfort expone en detalle el Acto de Consagración, se expresa del
siguiente modo: [Hay que dar todo a Nuestra Señora] «sin pretender ni esperar
ninguna otra recompensa por nuestra ofrenda y nuestro servicio, que el honor de
pertenecer a Jesucristo por Ella y en Ella, aunque esta amable Señora no fuese,
como siempre lo es, la más liberal y la más agradecida de las criaturas» .
Y
al hablar de la última de las prácticas interiores de la perfecta Devoción a
María, que son en suma nuestra Consagración puesta en práctica, nos advierte:
«No debe pretenderse de Ella, como recompensa de los pequeños servicios, sino el
honor de pertenecer a una tan amable Princesa, y la dicha de estar por Ella
unido a Jesús, su Hijo, con vínculo indisoluble, en el tiempo y en la eternidad»
.
Para comprender todo esto debemos recordar algunos puntos de la doctrina
católica sobre este tema, que no deja de ser difícil.
Debemos amar a Dios con caridad perfecta, es decir, amarlo por Sí mismo y
por encima de todos los seres. Este es el acto de la virtud teologal más elevada
y preciosa.
Con
esta virtud teologal podemos y debemos amar a nuestro prójimo como a nosotros
mismos, y en primer lugar a la Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre de
las almas.
El
amor a la Santísima Virgen es, pues, un acto de la más perfecta de las virtudes
teologales, pues la amamos en Dios y por Dios.
La
caridad no es perfecta si se la practica directamente a causa de las ventajas o
de los beneficios, incluso espirituales y sobrenaturales, que hemos recibido o
esperamos recibir de Dios y de su divina Madre .
No
es que sea condenable o no sea bueno desear o buscar nuestra perfección y
nuestra felicidad personal, con todo lo que a ella se refiere y todo lo que a
ella conduce. Al contrario, tenemos el deber de hacerlo.
Pero no es eso precisamente la caridad: todo eso tiene que ver más bien con la
virtud de esperanza.
El
deseo y la prosecución de nuestra esperanza y de nuestra felicidad no son
plenamente perfectos sino cuando son asumidos, informados y sobreelevados por la
caridad. Lo cual se hace, por ejemplo, del siguiente modo: «Deseo y espero la
santidad y la felicidad, y todo lo que es necesario y útil para alcanzarla. Todo
eso lo deseo, ante todo, porque en la perfección y en la bienaventuranza
consiste precisamente la unión de mi alma con Dios y con María, a la que aspira
esencialmente la divina caridad; porque de esta manera puedo glorificar más
perfectamente a Dios y a su santísima Madre».
De
este modo cada acto de esperanza y cada aspiración a nuestra perfección
personal, y todo lo que de cerca o de lejos nos conduzca a ella, se convierte en
un acto de puro amor a Dios y a la Santísima Virgen.
La
Iglesia nos enseña que no nos es posible establecernos en un estado habitual de
permanente caridad «pura», de modo que la consideración de la recompensa o del
castigo no tenga ya parte alguna en la vida de un alma .
Por
otra parte, es perfectamente conforme al espíritu de la Iglesia que nos
ejercitemos en producir actos de caridad perfecta y pura para con Dios y la
Santísima Virgen; que nos ejerzamos en hacer las propias acciones por la gloria
del Altísimo y de Nuestra Señora, sin pensar explícitamente en las ventajas,
incluso sobrenaturales, que pueden resultarnos de estos actos; y cuando este
pensamiento de los provechos personales se presente a nuestro espíritu, captarlo
y arrastrarlo en la corriente más rica de la caridad perfecta: «Dios mío, mi
buena Madre, deseo y acepto todos estos progresos y ventajas personales, sobre
todo para poder servirte y glorificarte más perfectamente con ellos, y estarte
unido más íntimamente».
Consagración perfecta y
caridad perfecta
No
se puede dudar de que nuestra Consagración total es uno de los actos más ricos
de caridad perfecta hacia Dios y Nuestra Señora.
Santo Tomás observa muy justamente: «El motivo que nos empuja a dar
gratuitamente es el amor; pues damos algo a alguien gratuitamente porque
queremos un bien para él. — [Esta es justamente la definición del amor: «velle
bonum», querer el bien]. — La primera cosa, pues, que le damos, es el
amor: y así el amor es el primer don, gracias al cual se dan todos los demás
dones gratuitos» .
La
donación gratuita procede, pues, del amor, y no puede proceder sino de un amor
verdadero y desinteresado.
Ahora bien, por nuestra perfecta Consagración, hacemos la donación más completa
y desinteresada de todo cuanto somos y de todo cuanto tenemos.
Por
lo tanto, es absolutamente evidente que esta donación es una de las
manifestaciones más elevadas del amor perfecto a Dios y a su santísima Madre:
«Amar perfectamente es darse, es entregarse… El amor, cuando es perfecto,
entrega completamente el amante al amado. Es el acto distintivo y exclusivo del
amor, ya que sólo él lo puede producir; es también su acto capital y decisivo:
no puede producir otro mayor» .
Retengamos, pues, las conclusiones siguientes:
1º Nuestra perfecta Consagración es un acto elevadísimo de caridad perfecta
hacia Dios y nuestra divina Madre.
2º Cada renovación de nuestra Consagración significa igualmente un acto de
perfecto y puro amor a Ellos.
3º Cada ejercicio de la vida mariana, realizado en este espíritu, reviste el
valor de un acto de caridad perfecta.
Este pensamiento contribuirá no poco a hacernos estimar en su justo valor
nuestra magnífica Devoción, y a hacérnosla practicar y vivir fielmente.
«
Una
pregunta se plantea ahora: ¿cómo conciliar esta doctrina con las promesas que
San Luis María de Montfort vincula a la práctica fiel de la perfecta Devoción,
promesas que él mismo asigna como motivos de esta práctica?
En
efecto, Montfort consagra decenas de páginas de su querido Tratado a describir
los «efectos maravillosos que esta devoción produce en las almas fieles»
. Y los motivos por los cuales nos incita a esta práctica fiel pueden ser
reducidos, en gran parte, a las ventajas espirituales que nos procura . Es
particularmente conocida esta afirmación típica de nuestro Padre en el 8º
motivo: «La divina María, siendo la más honrada y la más liberal de todas las
criaturas, nunca se deja vencer en amor y en liberalidad; y por un huevo, dice
un santo varón, da Ella un buey : es decir, por poco que se le dé, da
Ella mucho de lo que ha recibido de Dios» .
Las
relaciones entre el deseo, la búsqueda de la recompensa y el puro amor de Dios,
son una cuestión sutil, sobre la cual raramente se encuentra, incluso en los
escritores espirituales y en los teólogos, una exposición clara, completa y
satisfactoria.
No
es este el lugar para extendernos en consideraciones teológicas profundas sobre
este tema. Daremos solamente lo que nuestros lectores pueden comprender y deben
saber sobre este punto.
El
más perfecto y puro amor de Dios no excluye de ningún modo el amor bien
comprendido de sí mismo; al contrario, debemos amarnos a nosotros mismos
con caridad sobrenatural, en Dios y por Dios, y por lo tanto, desear nuestra
propia felicidad y apuntar a nuestra perfección. Esta intención o tendencia a
nuestro perfeccionamiento personal, puede ser una manifestación de la más
perfecta y pura caridad para con Dios. Igualmente, apuntar a la unión con Dios y
a todo lo que esta unión supone o comporta, es una necesidad imperiosa, y por
ende una manifestación auténtica, de nuestra caridad divina.
Así, pues, de la práctica de la santa esclavitud podemos esperar muy
legítimamente libertad interior, liberación de los escrúpulos, desarrollo
magnífico de nuestra vida divina, adelantamiento hacia Dios por un camino corto,
seguro y fácil: todo eso es unión con Dios y con María, o medio para llegar a
ella; de donde resulta que esta espera, este deseo, esta esperanza, no es en
resumen más que un acto de verdadera caridad para con Dios y para con su
santísima Madre.
Nuestra caridad perfecta para con Dios y su santísima Madre no excluye, por lo
tanto, el deseo y la esperanza de la recompensa: este deseo, esta esperanza, son
asumidos y arrastrados en la corriente más rica y preciosa de la caridad.
Nuestra santidad y nuestra bienaventuranza, por otra parte, son la mejor
glorificación de Dios y de su divina Madre.
Todo esto se encuentra compendiado en la palabra de Montfort cuando escribe: [No
hay que] «pretender ni esperar ninguna otra recompensa por nuestra
ofrenda y nuestro servicio, que el honor de pertenecer a Jesucristo por Ella y
en Ella» . Y en otra parte: «No debe pretenderse de Ella, como recompensa
de los pequeños servicios, sino el honor de pertenecer a una tan amable
Princesa, y la dicha de estar por Ella unido a Jesús, su Hijo, con vínculo
indisoluble, en el tiempo y en la eternidad» .
«
Por ahí mismo cae otra objeción, que a veces hemos oído
plantear contra esta Devoción perfecta a María: «Este amor puro que pide la
verdadera Devoción es muy difícil de practicar. Sólo las almas selectas son
llamadas a esta práctica».
Es tal vez muy frecuente exagerar en demasía la dificultad
de practicar la pura caridad para con Dios. Y se olvida que el amor perfecto a
Dios, el amor que Dios tiene por Sí mismo, al menos en su grado inferior,
esto es, hasta excluir el pecado mortal, no es de consejo, sino estrictamente
obligatorio para todos los hombres bajo pena de pecado grave. Por lo tanto, ha
de ser posible y accesible a todos. Y si no estamos estrictamente obligados a
practicar la caridad perfecta en sus grados superiores, no por eso dejamos todos
de ser llamados e invitados a ellos.
Por eso no hay que exagerar tampoco la dificultad del amor
desinteresado y perfecto a María.
La caridad que aquí se requiere no es un amor sensible o
sentido, el amor de las facultades sensitivas en nosotros; sino que se trata
del amor razonado o razonable, el amor de voluntad, que es el verdadero
amor humano. Quienquiera reflexiona en las grandezas, en la belleza, en la
santidad y en la bondad de la Santísima Virgen puede, con la ayuda de la gracia
que nunca le falta, amar a María por Sí misma y en Sí misma, o más bien por Dios
y en Dios, y no por su propio provecho, y consiguientemente darse a Ella y
servirla por el mismo motivo elevado.
Todos los hombres son llamados al amor puro de Dios y al
servicio perfecto de María. Si muy pocos hombres contestan plenamente a este
llamamiento, eso no cambia nada al llamamiento mismo. Eso muestra solamente
nuestra falta de generosidad, nuestra cobardía para olvidarnos y renunciarnos a
nosotros mismos; pues este olvido y renuncia son necesarios para llegar al
servicio perfecto de Dios y de su dulcísima Madre.
«
Decíamos más arriba que saber que nuestra verdadera Devoción
es la expresión elevadísima del más puro amor, debiera darnos una gran estima
por nuestra vida mariana.
La estima no basta.
En
la Edad Media se buscó con pasión la llamada «piedra filosofal», que debía
permitir transformar en oro los metales más viles.
El
puro amor de Dios y de María, cuando nuestra vida queda impregnada de él, es
esta verdadera piedra filosofal, que transforma nuestras acciones más ordinarias
en el oro más precioso.
Seamos dichosos de haber encontrado este tesoro, y usémoslo sin cesar.
Introduzcamos frecuentemente en nuestra vida este pensamiento, de manera neta,
formal y explícita: ¡Todo por amor a Dios y a su santísima Madre!
Hagámoslo por medio de una breve fórmula verbal, o mejor aún, por un acto
puramente espiritual e interior; pero digamos y repitamos en cada ocupación que
comenzamos, en cada oración que elevamos, en cada cruz que recibimos:
¡Dios mío, te amo: por amor me entrego a Ti por María!
¡Mi
dulce Madre, por puro amor quiero pertenecerte enteramente y para siempre!
¡Todo por amor a Ti, Jesús, y por amor a tu venerada Madre!
¡Todo por amor a Jesús y a María!
IX