Oración por un enfermo, enseñada por
la Reina de la Paz
El 22 de junio de 1985, la
Virgen dictó a Jélena Vasilij esta oración por un enfermo. A este propósito la
Virgen ha dicho: "Queridos hijos: ¡La oración más hermosa que podéis rezar por
un enfermo es precisamente ésta!
La Virgen ha añadido a
Jélena que el mismo Jesús la ha aconsejado. Jesús quiere que, durante el rezo de
esta plegaria, tanto el enfermo como quien intercede por él se abandonen con
confianza en las manos de Dios.
(Recitad tres veces el
Gloria, antes de esta oración)
“Oh, Dios mío, el enfermo
que se encuentra ante Ti ha venido a exponerte su deseo, pidiéndote lo que juzga
ser para él la cosa más importante. Dios mío, infunde Tú en su corazón este
convencimiento: ¡Lo importante es que gocemos de salud en el alma! ¡Que se
cumpla en todo, Señor, sobre él tu santa voluntad! Si quieres su curación, que
se cure, pero si tu voluntad es otra, que siga llevando su cruz.
También te pido por
cuantos intercedemos por él: purifica nuestros corazones para que seamos dignos
de transmitir, por nuestro medio, tu divina misericordia. Señor, protégelo y
alivia sus penas. Que se cumpla en él tu santa voluntad. Que sea revelado por su
medio tu Santo Nombre. Ayúdale a llevar con valentía su cruz.”
Oración recomendada por la Santísima Virgen a los enfermos
Jesús mío, sé que Tú me amas. Aquel a quien Tú amas está enfermo.
Si es posible, pase de mí este cáliz de sufrimiento. Pero añado yo también
aquello que Tú dijiste en el huerto de Getsemaní: “No se haga mi voluntad, sino
la tuya”.
Fortaléceme y consuélame, Jesús mío. Madre nuestra, Virgen
Santísima, Tú que curas a los enfermos, ruega por mí ante tu Santo Hijo. Amén.
Sugerencia: Si
usted está enfermo o conoce a alguien que lo esté, le recomiendo que lea sobre
el
Ofrecimiento de vida, pues tal vez usted
o el enfermo quiera realizar este Ofrecimiento, para su propia salvación y la
de muchos de sus hermanos.
Mensaje a los Enfermos
Juan Pablo II Hospital Lic. Adolfo López Mateos
Ciudad de México – 24/01/1999
Queridos hermanos y hermanas:
1. Como en otros viajes pastorales a lo largo y ancho del mundo, también en
esta mi cuarta visita a México he deseado compartir con Ustedes, queridos
enfermos hospitalizados en este Centro que lleva el nombre de "Lic. Adolfo López
Mateos" -y por medio suyo con todos los demás enfermos del País- unos momentos
en la oración y la esperanza. Les quiero asegurar mi afecto y, a la vez, me
asocio a su oración y a la de sus seres queridos pidiendo a Dios, por
intercesión de la Santísima Virgen de Guadalupe, la conveniente salud del cuerpo
y del alma, la plena identificación de sus sufrimientos con los de Cristo y la
búsqueda de los motivos que, basados en la fe, nos ayudan a comprender el
sentido del dolor humano.
Me siento muy cercano a cada uno de los que sufren, así como a los médicos y
demás profesionales sanitarios que prestan su abnegado servicio a los enfermos.
Quisiera que mi voz traspasara estos muros para llevar a todos los enfermos y
agentes sanitarios la voz de Cristo, y ofrecer así una palabra de consuelo en la
enfermedad y de estímulo en la misión de la asistencia, recordando muy
especialmente el valor que tiene el dolor en el marco de la obra redentora
del Salvador.
Estar con Ustedes, servirles con amor y competencia no es sólo una obra
humanitaria y social, sino sobre todo, una actividad eminentemente evangélica,
pues Cristo mismo nos invita a imitar al buen samaritano, que cuando encontró en
su camino al hombre que sufría "no pasó de largo", sino "que tuvo compasión y,
acercándose, vendó sus heridas [...] y cuidó del él" (Lc 10, 32-34). Son
muchas las páginas del Evangelio que nos describen el encuentro de Jesús con
personas aquejadas de diversas enfermedades. Así, san Mateo nos dice que "Jesús
recorría toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva
del reino y curando toda enfermedad y dolencia en el pueblo. Su fama llegó a
toda Siria; y le trajeron todos los que se encontraban mal con enfermedades y
sufrimientos diversos, endemoniados, lunáticos y paralíticos, y los curó"
(4,23-24). San Pedro, siguiendo los pasos de Cristo, junto a la Puerta Hermosa
del templo ayudó a caminar a un tullido (cf. Hch 3, 2-5) y en cuanto se
corrió la voz de lo acaecido, "le sacaban enfermos a las plazas y los colocaban
en lechos y camillas, para que, al pasar Pedro, siquiera su sombra cubriese a
alguno de ellos" (ibíd. 5, 15-16). Desde sus orígenes, la Iglesia, movida
por el Espíritu Santo, quiere seguir los ejemplos de Jesús en este sentido, y
por eso considera que es un deber y un privilegio estar al lado del que sufre y
cultivar un amor preferencial hacia los enfermos. Por eso, escribí en la Carta
Apostólica Salvifici doloris: "La Iglesia que nace del misterio de la
redención en la Cruz de Cristo, está obligada a buscar el encuentro con el
hombre, de modo particular, en el camino de su sufrimiento. En un encuentro de
tal índole el hombre 'constituye el camino de la Iglesia', y es éste uno de los
más importantes" (n. 3).
2. El hombre está llamado a la alegría y a la vida feliz, pero experimenta
diariamente muchas formas de dolor, y la enfermedad es la expresión más
frecuente y más común del sufrir humano. Ante ello es espontáneo preguntarse:
¿Por qué sufrimos? ¿Para qué sufrimos? ¿Tiene un significado que las personas
sufran? ¿Puede ser positiva la experiencia del dolor físico o moral? Sin duda,
cada uno de nosotros se habrá planteado más de una vez estas cuestiones, sea
desde el lecho del dolor, en los momentos de convalecencia, antes de someterse a
una intervención quirúrgica o cuando se ha visto sufrir a un ser querido.
Para los cristianos éstos no son interrogantes sin respuesta. El dolor es
un misterio, muchas veces inescrutable para la razón. Forma parte del
misterio de la persona humana, que sólo se esclarece en Jesucristo, que es
quien revela al hombre su propia identidad. Sólo desde Él podremos encontrar el
sentido a todo lo humano. El sufrimiento -como he escrito en la Carta Apostólica
Salvifici doloris- "no puede ser transformado y cambiado con una gracia
exterior sino interior [...] Pero este proceso interior no se desarrolla siempre
de igual manera [...] Cristo no responde directamente ni en abstracto a esta
pregunta humana sobre el sentido del sufrimiento. El hombre percibe su respuesta
salvífica a medida que él mismo se convierte en partícipe de los sufrimientos de
Cristo. La respuesta que llega mediante esta participación es... una llamada:
'Sígueme', 'Ven', toma parte con tu sufrimiento en esta obra de salvación del
mundo, que se realiza a través de mi sufrimiento. Por medio de mi cruz" (n.
26). Por eso, ante el enigma del dolor, los cristianos podemos decir un decidido
"hágase, Señor, tu voluntad" y repetir con Jesús: "Padre mío, si es posible, que
pase de mí este cáliz; sin embargo, no se haga como yo quiero sino como quieres
Tú" (Mt 26,39).
3. La grandeza y dignidad del hombre están en ser hijo de Dios y estar
llamado a vivir en íntima unión con Cristo. Esa participación en su vida lleva
consigo el compartir su dolor. El más inocente de los hombres -el Dios hecho
hombre- fue el gran sufriente que cargó sobre sí con el peso de nuestras faltas
y de nuestros pecados. Cuando Él anuncia a sus discípulos que el Hijo del Hombre
debía sufrir mucho, ser crucificado y resucitar al tercer día, advierte a la vez
que si alguno quiere ir en pos de Él, ha de negarse a sí mismo, tomar su cruz de
cada día, y seguirle (cf. Lc 9, 22ss). Existe, pues, una íntima relación
entre la Cruz de Jesús -símbolo del dolor supremo y precio de nuestra verdadera
libertad- y nuestros dolores, sufrimientos, aflicciones, penas y tormentos que
pueden pesar sobre nuestras almas o echar raíces en nuestros cuerpos. El
sufrimiento se transforma y sublima cuando se es consciente de la cercanía y
solidaridad de Dios en esos momentos. Es esa la certeza que da la paz interior y
la alegría espiritual propias del hombre que sufre generosamente y ofrece su
dolor "como hostia viva, consagrada y agradable a Dios "(Rm 12,1). El que
sufre con esos sentimientos no es una carga para los demás, sino que contribuye
a la salvación de todos con su sufrimiento.
Vistos así, el dolor, la enfermedad y los momentos oscuros de la existencia
humana, adquieren una dimensión profunda e, incluso esperanzada. Nunca se está
solo frente al misterio del sufrimiento: se está con Cristo, que da sentido a
toda la vida: a los momentos de alegría y paz, igual que a los momentos de
aflicción y pena. Con Cristo todo tiene sentido, incluso el sufrimiento y la
muerte; sin Él, nada se explica plenamente, ni siquiera los legítimos placeres
que Dios ha unido a los diversos momentos de la vida humana.
4. La situación de los enfermos en el mundo y en la Iglesia no es, de ningún
modo, pasiva. A este respecto, quiero recordar las palabras que les dirigieron
los Padres Sinodales al concluir la VII Asamblea general ordinaria del Sínodo de
los Obispos: "Contamos con vosotros para enseñar al mundo entero lo que es el
amor. Haremos todo lo posible para que encontréis el lugar al que tenéis derecho
en la sociedad y en la Iglesia" (Per Concilii semitas ad Populum Dei Nuntius,
12). Como escribí en mi Exhortación apostólica Christifideles laici "A
todos y a cada uno se dirige el llamamiento del Señor: también los enfermos son
enviados como obreros a su viña. El peso que oprime a los miembros del cuerpo y
menoscaba la serenidad del alma, lejos de retraerles del trabajar en la viña,
los llama a vivir su vocación humana y cristiana y a participar en el
crecimiento del Reino de Dios con nuevas modalidades, incluso más valiosas [...]
muchos enfermos pueden convertirse en portadores del 'gozo del Espíritu Santo en
medio de muchas tribulaciones' (1Ts 1,6) y ser testigos de la
Resurrección de Jesús" (n. 53). En este sentido, es oportuno tener presente que
los que viven en situación de enfermedad no sólo están llamados a unir su dolor
a la Pasión de Cristo, sino a tener una parte activa en el anuncio del
Evangelio, testimoniando, desde la propia experiencia de fe, la fuerza de la
vida nueva y la alegría que vienen del encuentro con el Señor resucitado (cf.
2Co 4, 10-11; 1P 4, 13; Rm 8, 18ss).
Con estos pensamientos he querido suscitar en cada uno y cada una de Ustedes
los sentimientos que llevan a vivir las pruebas actuales con un sentido
sobrenatural, sabiendo ver en ellas una ocasión para descubrir a Dios en medio
de las tinieblas y los interrogantes, y adivinar los amplios horizontes que se
vislumbran desde lo alto de nuestras cruces de cada día.
5. Quiero extender mi saludo a todos los enfermos de México, muchos de los
cuales están siguiendo esta visita a través de la radio o de la televisión; a
sus familiares, amigos y a cuantos les ayudan en estos momentos de prueba; al
personal médico y sanitario, que ofrecen el contributo de su ciencia y de sus
atenciones para superarlos o, por lo menos, hacerlos más llevaderos; a las
autoridades civiles que se preocupan por el progreso de los hospitales y los
demás centros asistenciales de los diferentes Estados y del País entero. Una
mención especial quiero reservar a las personas consagradas que viven su carisma
religioso en el campo de la salud, así como a los sacerdotes y a los demás
agentes pastorales que les ayudan a encontrar en la fe consuelo y esperanza.
No puedo dejar de agradecer las oraciones y sacrificios que ofrecen muchos de
Ustedes por mi persona y mi ministerio de Pastor de la Iglesia universal.
Al entregar este Mensaje a Mons. José Lizares Estrada, Obispo auxiliar de
Monterrey y Presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral de la Salud, les
renuevo mi saludo y mi afecto en el Señor y, por intercesión de la Virgen de
Guadalupe, que al Beato Juan Diego le dijo "¿No soy yo tu salud?"-manifestándose
así como quien invocamos los cristianos con el título de "Salus infirmorum"-,
les imparto de corazón la Bendición Apostólica.