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(Según las Visiones de
María Valtorta)
Los soldados
concluyen el escarnio sólo cuando oyen la voz de un superior que ordena sea
conducido el reo ante Pilato. ¡Reo! ¿De qué?
Sacan de nuevo
a Jesús al atrio, cubierto ahora éste por un valioso entrecielo para el sol.
Jesús tiene todavía la corona, la clámide y la caña.
«Acércate, para
mostrarte al pueblo».
Jesús, ya
quebrantado, se yergue con porte digno: ¡oh, verdaderamente es un rey!
«Oíd, hebreos.
Aquí está el hombre. Yo le he castigado. Pero ahora dejadle marcharse».
«¡No, no!
¡Queremos verle! ¡Que salga! ¡Queremos ver al blasfemo!».
«Traedle aquí
afuera. Y atentos a que no le prendan».
Y mientras
Jesús sale al vestíbulo y puede vérsele dentro del cuadrado formado por los
soldados, Poncio Pilato le señala con la mano diciendo: «He aquí al Hombre. A
vuestro rey ¿No es suficiente todavía?».
El Sol de un
día de bochorno llegado ya al medio de la tercia desciende casi perpendicular,
encendiendo y resaltando miradas y caras: ¿son hombres esa gente? No: hienas
hidrófobas. Gritan, muestran los puños, piden muerte...
Jesús está
erguido. Y le aseguro que nunca tuvo esa nobleza de ahora. Ni siquiera cuando
ejecutaba los más poderosos milagros. Nobleza de dolor. Tan divino, que bastaría
para signarle con el nombre de Dios. Pero para pronunciar ese Nombre hay que
ser, al menos, hombres, y Jerusalén hoy no tiene hombres, sólo demonios.
Jesús recorre
con su mirada la muchedumbre y, en el mar de caras cargadas de odio, encuentra
rostros amigos. ¿Cuántos? Menos de veinte amigos entre millares de enemigos... Y
agacha la cabeza, bajo la impresión de este abandono. Una lágrima rueda... y
otra... y otra... El ver su llanto no genera piedad; antes bien, un odio aún más
sañudo.
De nuevo le
llevan al atrio.
«¿Entonces?
Dejadle marcharse. Es justicia».
« No. A muerte.
Crucifica».
«Os doy a
Barrabás».
«No. ¡Al
Cristo!».
«Pues entonces
pase a vuestras manos y crucificadle vosotros, porque yo no encuentro en Él
delito alguno para hacerlo».
«Se ha llamado
Hijo de Dios. Nuestra ley establece la muerte para el reo de una blasfemia como
ésa».
Pilato está
ahora pensativo. Vuelve a entrar. Se sienta en su pequeño trono. Pone, mientras
escruta a Jesús, una mano en la frente, y el codo encima de la rodilla.
«Acércate» dice.
Jesús va hasta
el pie de la tarima.
«¿Es verdad?
Responde».
Jesús calla.
«¿De dónde
vienes? ¿Quién es Dios?».
«Es el Todo».
«Y... bueno, ¿y
qué quiere decir "el Todo"? ¿Qué es el Todo para uno que muere? Estás
desquiciado... Dios no existe. Yo existo».
Jesús guarda
silencio. Ha dejado caer la gran palabra y ahora de nuevo se viste de silencio.
«Poncio: la
liberta de Claudia Prócula pide permiso para entrar. Tiene un escrito para ti».
«¡Domine! ¡Y
ahora, además, las mujeres! Que pase».
Entra una
romana. Se arrodilla mientras entrega una tablilla encerada. Debe ser la
tablilla en que Prócula ruega a su marido que no condene a Jesús. La mujer se
retira caminando hacia atrás mientras Pilato lee.
«Se me aconseja
evitar el homicidio contra ti. ¿Es verdad que eres más que un arúspice? Me
causas miedo».
Jesús guarda
silencio.
«¿Pero no sabes
que tengo poder para liberarte o para crucificarte?».
«No tendrías
ningún poder, si no se te diera de arriba. Por eso el que me ha entregado a ti
es más culpable que tú».
«¿Quién es? ¿Tu
Dios? Tengo miedo...».
Jesús calla.
Pilato está en
ascuas. Quisiera y no quisiera. Teme el castigo de Dios, teme el de Roma, teme
las venganzas judías. El miedo a Dios vence un momento. Va al extremo frontal
del atrio y dice con voz potente: «No es culpable».
«Si dices eso,
eres enemigo de César. Quien se hace rey es su enemigo. Lo que quieres es
liberar al Nazareno. Ya nos encargaremos de que lo sepa César».
Se apodera de
Pilato el miedo al hombre.
«En definitiva,
que queréis verle muerto, ¿no? Pues así sea. Pero no manche mis manos la sangre
de este justo». Pide un balde y se lava las manos ante la presencia del pueblo,
que parece ebrio de frenesí mientras grita: «Sobre nosotros, sobre nosotros
caiga su sangre; caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos. No la tememos. ¡A
la cruz! ¡A la cruz!».
Poncio Pilato
vuelve a su pequeño trono, llama al centurión Longino y a un esclavo. Manda a
éste que le traiga una tabla. Sobre ésta apoya un cartel y en él manda escribir:
«Jesús Nazareno, Rey de los Judíos». Y lo muestra al pueblo.
«No. Eso no. No
"Rey de los Judíos". Sino que Él se ha llamado rey de los Judíos». Esto gritan
muchos.
«Lo que he
escrito he escrito» dice, duro, Pilato. Y, en pie, erguido, extiende la mano con
la palma hacia delante y vuelta hacia abajo y ordena: «Que vaya a la cruz.
Soldado, ve, prepara la cruz». (Ibis ad crucem! I, miles, expedi crucem). Y baja
sin siquiera volverse hacia la muchedumbre agitada, ni hacia el pálido
Condenado. Sale del atrio... en cuyo centro se queda Jesús, custodiado por los
soldados, esperando la cruz.
608. La vía
dolorosa del Pretorio al Calvario.
26 de marzo de
1945.
Pasa un poco de
tiempo así. No más de una media hora, quizás incluso menos. Luego, Longino,
encargado de presidir la ejecución, da sus órdenes.
Pero, antes de
que conduzcan a Jesús a la calle para recibir la cruz y ponerse en camino,
Longino, que le ha mirado dos o tres veces con una curiosidad que ya se tiñe de
compasión, y con esa mirada práctica de la persona que no es nueva en
determinadas cosas, se acerca con un soldado y ofrece a Jesús un alivio: una
copa de vino, creo (porque vierte de una cantimplora militar un líquido
blondo‑róseo claro). «Te confortará. Debes tener sed. Y fuera hace sol. El
camino es largo».
Mas Jesús
responde: «Que Dios te premie por tu piedad, pero no te prives tú de ello».
«Yo estoy sano
y fuerte... Tú... No me privo... Y además... aunque así fuera, lo haría con
gusto, por confortarte... Un sorbo... para que yo vea que no aborreces a los
paganos».
Jesús no
insiste en rechazarlo y bebe un sorbo de esa bebida. Tiene ya desatadas las
manos. Tampoco tiene ya la caña ni la clámide. Así que puede beber sin ayuda.
Luego ya no quiere más, a pesar de que esa bebida fresca y buena debe significar
un gran alivio de la fiebre, que empieza a manifestarse en unas estrías rojas
que se encienden en las pálidas mejillas y en los labios secos, agrietados.
«Toma, toma. Es
agua y miel. Da fuerzas. Calma la sed... Me produces compasión... sí...
compasión... No eres Tú hebreo al que habría que matar... ¡En fin!... Yo no te
odio... y trataré de hacerte sufrir sólo lo inevitable».
Pero Jesús no
bebe otra vez... Verdaderamente tiene sed... Esa tremenda sed de las personas
exangües y de los que tienen fiebre... Sabe que no es bebida que contenga
narcótico y bebería con ganas. Pero no quiere sufrir menos. Y yo comprendo ‑ por
luz interna, como lo que acabo de decir ‑ que aún más que el agua melar le
alivia la piedad del romano.
«Que Dios te
bendiga por este alivio» dice. Y sonríe. Todavía sonríe... una sonrisa
lastimosa, con esa boca suya hinchada, herida, que a duras penas puede
contraerse (es que también, entre la nariz y el pómulo derecho se está hinchando
mucho la fuerte contusión del golpe que ha recibido en el patio interior después
de la flagelación).
Llegan los dos
ladrones, cada uno de ellos rodeados por una decuria de soldados.
Es hora de
ponerse en marcha. Longino da las últimas órdenes.
Una centuria se
dispone en dos filas, distantes unos tres metros entre ellas, y sale así a la
plaza, donde otra centuria ha formado un cuadrado para contener a la gente, de
forma que no obstaculice a la comitiva. En la pequeña plaza ya hay hombres a
caballo: una decuria de caballería mandada por un joven suboficial que lleva las
enseñas. Un soldado de a pie lleva de la brida el caballo negro del centurión.
Longino sube a la silla y va a su lugar, unos dos metros por delante de los once
de a caballo.
Traen las
cruces. Las de los dos ladrones son más cortas; la de Jesús, mucho más larga.
Según mi apreciación, el palo vertical no tiene menos de cuatro metros.
Veo que la
traen ya formada. Sobre esto leí ‑ cuando leía... o sea, hace años ‑ que la cruz
fue compuesta en la cima del Gólgota. Que a lo largo del camino los condenados
llevaban sólo los dos palos, en haz, sobre los hombros. Todo es posible. Pero yo
veo una auténtica cruz, bien armada, sólida, perfectamente encajada en la
intersección de los dos brazos y bien reforzada con clavos y tuercas en
aquéllos. Efectivamente, si pensamos que estaba destinada a sostener un peso
considerable, como es el cuerpo de un adulto, incluso en las convulsiones
finales, también de considerable fuerza, se comprende que no podían improvisarla
en la estrecha e incómoda cima del Calvario.
Antes de darle
la cruz, le pasan a Jesús, por el cuello, la tabla con la inscripción "Jesús
Nazareno Rey de los Judíos". Y la cuerda que la sujeta se engancha en la corona,
que se mueve y que araña donde no estaba ya arañado, y que penetra en otros
sitios, causando nuevo dolor, haciendo brotar más sangre. La gente se ríe, de
sádica alegría, e insulta y blasfema.
Ya están
preparados. Longino da la orden de marcha. «Primero el Nazareno, detrás los dos
ladrones. Una decuria alrededor de cada uno, haciendo de ala y refuerzo. Será
responsable el soldado que no impida agresión mortal a los condenados».
Jesús baja los
tres peldaños que conectan el vestíbulo con la plaza. Y se ve, inmediatamente,
que está muy debilitado. Se tambalea al bajar los tres peldaños: estorbado por
la cruz, que calca en el hombro, llagado del todo; estorbado por la tabla de la
inscripción, que oscila delante y va serrando en el cuello; estorbado por los
vaivenes imprimidos al cuerpo por el largo palo de la cruz, que bota en los
peldaños y en las escabrosidades del suelo.
Los judíos se
ríen viéndole tambalearse como si estuviera borracho, y gritan a los soldados:
«Empujadle, para que se caiga. ¡Que muerda el polvo el blasfemo!». Pero los
soldados se limitan a cumplir con su deber, o sea, ordenan al Condenado que se
ponga en el centro de la calle y camine.
Longino aguija
al caballo y la comitiva empieza a moverse con lentitud. Longino quisiera
acortar, tomando el camino más breve para ir al Gólgota, porque no está seguro
de la resistencia del Condenado. Pero esta gentuza furiosa ‑ y llamarlos
"gentuza" es incluso honroso ‑ no quiere que se haga así. Los más zorros ya se
han apresurado a adelantarse, hasta la bifurcación de la calle (una parte va
hacia las murallas, la otra hacia la ciudad), y se amotinan y gritan cuando ven
que Longino trata de tomar la de las murallas. «¡No te está permitido! ¡No te
está permitido! ¡Es ilegal! ¡La Ley dice que los condenados deben ser vistos
desde la ciudad donde pecaron!». Los judíos que van en la cola de la comitiva se
percatan de que delante se intenta privarlos de un derecho, y unen sus gritos a
los de sus compinches.
Intentando
calmar los ánimos, Longino tuerce por la vía que va hacia la ciudad, y recorre
un trecho de aquélla. Pero hace señas a un decurión de que se acerque (digo
"decurión" porque es el suboficial, pero quizás es ‑ diríamos nosotros ‑ su
oficial de ordenanza) y le dice algo reservadamente. Éste vuelve hacia atrás al
trote y, a medida que va llegando a la altura de cada uno de los jefes de
decuria, transmite la orden. Luego vuelve donde Longino para informar de que la
orden está cumplida. Acto seguido se pone en el sitio en que estaba: en la fila,
detrás de Longino.
Jesús camina
jadeante. Cada bache del camino es una insidia para su pie incierto, una tortura
para su espalda lacerada, para su cabeza coronada de espinas y herida por un Sol
cenital exageradamente caliente que de vez en cuando se esconde tras un
entrecielo plúmbeo de nubes, pero que, aun oculto, no deja de abrasar. Está
congestionado por la fatiga, la fiebre y el calor. Pienso que también la luz y
los gritos deben torturarle, y, si bien no puede taparse los oídos para no oír
esos gritos descompuestos, sí que cierra los ojos para no ver la vía
deslumbradora de sol... Pero se ve obligado a abrirlos, porque tropieza en
piedras y pisa en baches, y cada tropezón es causa de dolor porque mueve
bruscamente la cruz, que choca con la corona, que se descoloca en el hombro
llagado y extiende la llaga y hace aumentar el dolor.
Los judíos ya
no pueden golpearle directamente. Pero todavía le alcanza alguna piedra y algún
golpe con algún palo: lo primero, en las plazas llenas de gente; lo segundo, en
las vueltas, por las callejuelas hechas de escalones que suben y bajan, ora uno,
ora tres, ora más, por los continuos desniveles de la ciudad. En esos lugares la
comitiva, por fuerza, aminora el paso y siempre hay alguno dispuesto a desafiar
a las lanzas romanas con tal de dar un nuevo retoque a esa obra maestra de
tortura que ya es Jesús.
Los soldados,
como pueden, le defienden. Pero incluso al querer defenderle le golpean, porque
las largas astas de las lanzas, blandidas en tan poco espacio, le golpean y le
hacen tropezar. Pero, llegados a un determinado lugar, los soldados hacen una
maniobra impecable y, a pesar de los gritos y las amenazas, la comitiva tuerce
bruscamente por una calle que va directamente hacia las murallas, cuesta abajo,
una calle que acorta mucho el camino hacia el lugar del suplicio.
Jesús jadea
cada vez más. El sudor surca su rostro, junto con la sangre que rezuma de las
heridas de la corona de espinas. El polvo se adhiere a este rostro húmedo
poniéndole extrañas manchas. Y es que ahora también hace viento: sucesión de
ráfagas separadas por largos intervalos en que se deposita el polvo ‑
introduciéndose en los ojos y en las gargantas ‑ que la racha ha levantado
formando torbellinos cargados de detritos.
Junto a la
puerta Judicial está ya apiñada una multitud: son los que han tenido la
previsión de buscarse con tiempo un buen sitio para ver. Pero, poco antes de
llegar a ella, Jesús ya da señales de no tenerse en pie. Sólo la rápida
intervención de un soldado ‑ contra el que Jesús casi se derrumba ‑ impide que
vaya al suelo. La chusma se ríe y grita: «¡Déjale! Decía a todos: "Levántate".
Pues que ahora se levante Él...».
Al otro lado de
la puerta hay un pequeño torrente y un puentecito. Nuevo esfuerzo para Jesús el
pasar por esas tablas separadas en que rebota aún más fuertemente el largo palo
de la cruz. Y nueva mina de proyectiles para los judíos: vuelan piedras del
torrente que golpean al pobre Mártir...
Empieza la
subida del Calvario. Es un camino desnudo que acomete directamente la subida,
pavimentado con piedras no unidas, sin un hilo de sombra.
Respecto a este
punto, cuando leía, también leí que el Calvario tenía pocos metros de altura.
Bueno, pues, será así... Ciertamente, no es una montaña; pero una colina, sí; en
cualquier caso, no es más bajo que, respecto a los Lungarni, el monte donde está
la basílica de San Miniato, en Florencia. Alguno dirá: "¡Poca cosa!". Sí, para
uno sano y fuerte es poca cosa. Pero basta tener el corazón débil para sentir si
es poca o mucha... Yo sé que, cuando se me enfermó el corazón, aunque todavía
fuera en forma benigna, ya no podía subir aquella cuesta sin sufrir mucho y
teniendo que pararme cada poco... y no tenía ningún peso a la espalda. Y creo
que Jesús después de la flagelación y el sudor de sangre debía tener el corazón
muy mal... y no tengo en cuenta más que estas dos cosas.
Jesús, por
tanto, subiendo y con el peso de la cruz ‑ que siendo tan larga debe pesar
mucho‑, sufre agudamente.
Encuentra una
piedra saliente. Estando agotado, levanta muy poco el pie, y tropieza. Cae sobre
la rodilla derecha. De todas formas, logra sujetarse con la mano izquierda. La
gente grita de contento... Se pone en pie de nuevo. Continúa. Cada vez más
encorvado y jadeante, congestionado, febril...
El cartel, que
le va bailando delante, le obstaculiza la visión. La túnica, que, ahora que va
encorvado, arrastra por el suelo por la parte de delante, le estorba el paso.
Tropieza otra vez y cae sobre las dos rodillas, hiriéndose de nuevo en donde ya
lo estaba; y la cruz, que se le va de las manos y cae al suelo, tras haberle
golpeado fuertemente en la espalda, le obliga a agacharse, para levantarla, y a
esforzarse en cargarla sobre las espaldas. Mientras hace esto, aparece netamente
visible en el hombro derecho la llaga causada por el roce de la cruz, que ha
abierto las muchas llagas de los azotes y las ha unificado en una sola que
rezuma suero y sangre, de forma que la túnica blanca está en ese sitio del todo
manchada. La gente llega incluso a aplaudir por el contento de verle caer tan
mal...
Longino incita
a acelerar el paso, y los soldados, con golpes dados de plano con las dagas,
instan al pobre Jesús a continuar. Se reanuda la marcha, con una lentitud cada
vez mayor, a pesar de todas las incitaciones.
Jesús,
disponiendo de todo el camino, se tambalea tanto, que parece completamente
ebrio. Va chocándose en las dos filas de soldados, ora contra una, ora contra
otra. La gente ve esto y grita: «Se le ha subido a la cabeza su doctrina. ¡Mira,
mira como se tambalea!». Y otros ‑ que no son pueblo, sino sacerdotes y escribas
‑ dicen burlonamente: «No. Son los festines, todavía humeantes, en casa de
Lázaro. ¿Eran buenos? Ahora come nuestra comida...», y otras frases parecidas.
Longino, que se
vuelve de vez en cuando, siente compasión y ordena una parada de algunos
minutos. La chusma le insulta tanto, que el centurión ordena a los soldados la
carga. La masa vil, ante las lanzas refulgentes y amenazadoras, se distancia
gritando, bajando sin orden ni concierto por el monte.
Es aquí donde
vuelvo a ver, entre la poca gente que ha quedado, al grupito de los pastores,
apareciendo tras unas ruinas (quizás de algún murete derrumbado). Desolados,
desencajados los rostros, llenos de polvo del camino, lacerados sus vestidos,
reclaman con la fuerza de sus miradas la atención de su Maestro. Y Él vuelve la
cabeza, los ve... los mira fijamente como si fueran caras de ángeles. Parece
calmar su sed y recuperar fuerzas con el llanto de ellos, y sonríe... Se da de
nuevo la orden de ponerse en marcha y Jesús pasa justamente por delante de
ellos, oyendo su llanto angustioso. Vuelve a duras penas la cabeza bajo el yugo
de la cruz y vuelve a sonreír... Sus consuelos... Diez caras... un alto bajo el
sol de fuego...
Y en seguida el
dolor de la tercera, completa caída. Esta vez no es que tropiece, sino que es
que cae por repentino decaimiento de las fuerzas, por síncope. Cae a lo largo.
Se golpea la cara contra las piedras desunidas. Permanece en el suelo, bajo la
cruz, que se le cae encima. Los soldados tratan de levantarle. Pero, dado que
parece muerto, van a informar al centurión. Mientras van y vuelven, Jesús vuelve
en sí y, lentamente, con la ayuda de dos soldados, de los cuales uno levanta la
cruz y el otro ayuda al Condenado a ponerse en pie, se pone de nuevo en su
lugar. Pero está totalmente agotado.
«¡Atentos a que
muera en la cruz!» grita la muchedumbre.
«Si se os muere
antes, responderéis ante el Procónsul. Tenedlo presente. El reo debe llegar vivo
al suplicio» dicen los jefes de los escribas a los soldados.
Éstos, aunque
por disciplina no hablan, los fulminan con furiosas miradas.
Pero Longino
tiene el mismo miedo que los judíos de que Cristo muera por el camino, y no
quiere problemas. Sin necesidad de que nadie se lo recuerde, sabe cuál es su
deber como comandante de la ejecución, y toma las medidas oportunas al respecto;
concretamente da la orden de tomar el camino más largo, que sube en espiral
orillando el monte y que, por tanto, tiene menos desnivel, desorientando a los
judíos, los cuales ya se han adelantado presurosos por el camino, al que han
llegado desde todas las partes del monte, sudando, arañándose al pasar junto a
los escasos y espinosos matorrales de este monte yermo y requemado, cayendo en
los montones de escombros (como si fuera para Jerusalén una escombrera), sin
sentir dolor alguno, sino el de perderse un jadeo del Mártir, una mirada suya de
dolor, un gesto aun involuntario de sufrimiento, sin sentir temor alguno, sino
el de no conseguir un buen sitio.
El camino
tomado por Longino parece un sendero que, a fuerza de haber sido recorrido, se
ha transformado en un camino bastante cómodo.
El cruce de los
dos caminos está localizado, aproximadamente, en la mitad del monte. Pero
observo que más arriba, en cuatro puntos, el camino directo se ve cortado por
este que asciende con menos desnivel, aunque con un recorrido mucho más largo; y
en este camino hay personas que suben, pero que no participan del indigno
jolgorio de los posesos que siguen a Jesús para gozar de sus tormentos. La mayor
parte son mujeres, que van llorando veladas. También algún grupito de hombres ‑
en verdad, muy exiguos ‑ que, muy por delante de las mujeres, están para
desaparecer de la vista cuando el camino, en su recorrido, orillando el monte,
tuerce.
Aquí el
Calvario tiene una especie de punta en su caprichosa estructura: de forma de
morro por una parte, escarpada por la otra. Trataré de darle una idea de su
aspecto tomado de perfil. Pero tengo que volver la página, porque aquí me viene
mal por falta de espacio.
Los hombres
desaparecen tras la punta rocosa y los pierdo de vista.
La gente que
seguía a Jesús grita de rabia. Era más bonito para ellos verle caer. Con
repugnantes imprecaciones contra el Condenado y contra el que le guía, parte de
ellos se ponen a seguir a la comitiva judicial, y otra parte prosigue, casi
corriendo, hacia arriba por el camino empinado, para desquitarse, con un
magnífico puesto en la cima, de la desilusión que han experimentado.
Las mujeres,
que van llorando ‑ y que se encuentran en el punto que señalo con la letra D ‑
se vuelven al oír los gritos, y ven que la comitiva tuerce por ahí. Se detienen
entonces, y, temiendo que los violentos judíos las arrojen ladera abajo, se
pegan bien al monte. Cubren aún más su cara con los velos. Una va completamente
velada, como una musulmana, dejando descubiertos sólo los ojos, negrísimos. Van
muy ricamente vestidas, custodiadas por un viejo robusto cuya cara, yendo él
todo envuelto en su capa, no distingo; veo sólo su larga barba, más blanca que
negra, por fuera de su obscurísima y grande capa.
Cuando Jesús
llega a su altura, ellas lloran más fuerte y se inclinan con profunda
reverencia. Luego se aproximan resueltamente. Los soldados quisieran mantenerlas
a distancia sirviéndose de las astas. Pero la que estaba del todo tapada como
una musulmana aparta un instante el velo ante el alférez, que ha llegado a
caballo para ver qué obstáculo nuevo es éste. Y el alférez da la orden de
dejarla pasar. No puedo ver ni su cara ni su vestido, porque ha apartado el velo
con la rapidez de un relámpago y el vestido está enteramente oculto bajo un
manto largo que llega hasta los pies, un manto tupido y completamente cerrado
por una serie de hebillas. La mano que un instante sale para apartar el velo es
blanca y hermosa; y es, junto con los negrísimos ojos, la única cosa que se ve
de esta alta dama, que, sin duda, es persona influyente, a juzgar por la forma
en que el lugarteniente de Longino la obedece.
Se acercan a
Jesús llorando y se arrodillan a sus pies mientras Él se detiene jadeante...
Jesús, a pesar de todo, sabe sonreír a estas mujeres compasivas y al hombre que
las escolta, que se descubre para mostrar que es Jonatán. Pero a él los soldados
no le dejan pasar; sólo a las mujeres.
Una de ellas es
Juana de Cusa, y está más maltrecha que cuando agonizaba. De rojo presenta sólo
los surcos del llanto. Todo el resto de la cara es níveo, con esos dulces ojos
negros que, tan empañados como están, parecen ahora de un violeta obscurísimo,
como ciertas flores. Tiene en su mano una ánfora de plata, y se la ofrece a
Jesús, el cual no la acepta. Pero es que, además, su jadeo es tan fuerte, que ni
siquiera podría beber. Con la mano izquierda se seca el sudor y la sangre que le
caen en los ojos y que, deslizándose por las mejillas lívidas y por el cuello
(cuyas venas están túrgidas con el afanoso palpitar del corazón), humedecen toda
la pechera de la túnica.
Otra mujer ‑ a
su lado tiene una joven sirviente ‑ abre una arqueta que ésta lleva en los
brazos y saca un lienzo finísimo, cuadrado, que le ofrece al Redentor. Jesús lo
acepta. Y, dado que no puede por sí solo con una mano, esta mujer compasiva le
ayuda a ponérselo en el rostro, con cuidado de no chocar en la corona. Y Jesús
aplica el fresco lienzo a su pobre faz. Lo mantiene así como si en ello hallara
un gran alivio.
Luego devuelve
el lienzo y habla: «Gracias, Juana. Gracias, Nique,... Sara,... Marcela,...
Elisa,... Lidia,... Ana,... Valeria,... y a ti... Pero... no lloréis... por
mí... hijas de... Jerusalén... sino por los pecados... vuestros y... de vuestra
ciudad... Da gracias... Juana... por no tener... ya hijos... Mira... es
compasión de Dios... el no... no tener hijos... para que... sufran por... esto.
Y también... tú, Isabel... Mejor... como sucedió... que entre los deicidas... Y
vosotras... madres... llorad por... vuestros hijos, porque... esta hora no
pasará... sin castigo... ¡Y qué castigo, si esto es así para... el Inocente!...
Lloraréis entonces... el haber concebido... amamantado y el... tener todavía...
a los hijos... Las madres... en aquella hora... llorarán porque... en verdad os
digo... que será dichoso... el que en aquella hora... caiga primero... bajo los
escombros... Os bendigo... Marchaos... a casa... orad... por mí. Adiós, Jonatán...
llévatelas...».
Y en medio de
un alto clamor de llanto femenino y de imprecaciones judías, Jesús reanuda su
camino.
Jesús está otra
vez todo mojado de sudor. Sudan también los soldados y los otros dos condenados,
porque el sol de este día borrascoso abrasa como el fuego, y la ladera ardiente
del monte aumenta el calor solar.
Fácil es
imaginarse lo que significará este sol en la túnica de lana de Jesús puesta
sobre las heridas de los azotes... y horrorizarse... Pero no emite un solo
quejido. Eso sí ‑ a pesar de que el camino esté mucho menos empinado y no tenga
esas piedras desunidas, tan peligrosas para sus pies, que en realidad ya sólo se
arrastran ‑, se tambalea cada vez más, y otra vez vuelve a ir de una fila de
soldados a la otra, chocándose, y encorvándose cada vez más.
Piensan que
será una solución pasarle una cuerda por la cintura y tenerlo sujeto por los
cabos como si fueran riendas. Sí, esto lo sostiene, pero no le alivia el peso.
Es más, la cuerda, chocando en la cruz hace que ésta se mueva continuamente en
el hombro y que golpee en la corona, que verdaderamente ha hecho ya de la frente
de Jesús un tatuaje sangrante. Además, la cuerda va rozando la cintura, donde
hay muchas heridas, y ciertamente las abrirá de nuevo; tanto es así que la
túnica blanca se tiñe, en la zona de la cintura, de un rojo pálido. Por
ayudarle, le hacen sufrir más todavía.
El camino
prosigue. Dobla la ladera del monte. Vuelve casi al frente, hacia el camino
escarpado. Aquí, en el sitio que señalo con la letra M, está María con Juan. Yo
diría que Juan la ha llevado a ese lugar de sombra, detrás de la escarpa del
monte, para procurarle un poco de alivio. Es la parte más abrupta, sólo orillada
por ese camino. Hacia arriba y hacia abajo, la ladera, sea hacia arriba, sea
hacia abajo, tiene áspero declive, de forma que, por este motivo, los crueles
judíos la han descartado. Allí hay sombra porque yo diría que es la parte
septentrional. Y María, estando pegada al monte, se ve al amparo del sol. Está
apoyada en la ladera térrea; de pie, pero ya exhausta. Jadea también ella,
pálida como una muerta, con su vestido azul obscurísimo, casi negro. Juan la
mira con una piedad desolada. También él ha perdido todo rastro de color y está
térreo. Sus ojos, cansados y abiertísimos. Despeinado. Ahondados los carrillos,
como por enfermedad.
Las otras
mujeres (María y Marta de Lázaro, María de Alfeo y de Zebedeo, Susana de Caná,
la dueña de la casa y otras que no conozco) están en medio del camino y observan
si viene el Salvador. Y, cuando ven que llega Longino, se acercan a María para
avisarla. Entonces María, sujetada de un codo por Juan, majestuosa en medio de
su dolor, se separa de la pared del monte y se pone resueltamente en medio del
camino, apartándose sólo cuando llega Longino, quien desde su caballo negro mira
a esta pálida Mujer y a su acompañante rubio, pálido, de mansos ojos de cielo
como Ella. Y Longino menea la cabeza mientras la sobrepasa seguido por los once
que van a caballo.
María trata de
pasar por entre los soldados de a pie. Pero éstos, que tienen calor y prisa,
tratan de rechazarla con las lanzas (y mucho más si se considera que desde el
camino solado vuelan piedras como protesta contra tantos gestos de compasión).
Son los judíos, que siguen imprecando por la pausa causada por las pías mujeres.
Dicen: «¡Rápido! Mañana es Pascua. ¡Hay que acabar todo esto antes de que
anochezca! ¡Cómplices! ¡Burladores de nuestra Ley! ¡Opresores! ¡Muerte a los
invasores y a su Cristo! ¡Le quieren! ¡Fijaos cómo le quieren! ¡Pues lleváoslo!
¡Metedle en vuestra maldita Urbe! ¡Os lo cedemos! ¡Nosotros no queremos tenerle!
¡Las carroñas para las carroñas! ¡Las lepras para los leprosos!».
Longino se
cansa y espolea al caballo, seguido por los diez lanceros, contra la jauría
insultante, que por segunda vez huye. Y, haciendo esto, Longino ve parado un
pequeño carro (sin duda, ha subido desde los huertos que están al pie del
monte), un pequeño carro que espera con su carga de verduras a que pase la turba
para bajar a la ciudad. Creo que un poco de curiosidad propia y de los hijos ha
hecho al Cireneo subir hasta allí, porque de ninguna manera tenía necesidad de
hacerlo. Los dos hijos, tumbados encima del montón glauco de las verduras, miran
cómo huyen los judíos y se ríen de ellos. El hombre, sin embargo, un hombre
robustísimo de unos cuarenta o cincuenta años, en pie, junto al burro que,
asustado, trata de recular, mira atentamente hacia la comitiva.
Longino le mira
detenidamente. Piensa que le puede servir. Ordena: Hombre ven aquí».
El Cireneo
finge no oír. Pero con Longino no se juega. Repite la orden de una forma que el
hombre lanza los ramales a uno de sus hijos y se acerca.
«Ves a ese
hombre?» pregunta. Y al decirlo se vuelve para señalar a Jesús. Y, en esto, ve a
María, suplicando a los soldados que la dejen pasar. Siente compasión de ella y
grita: «Dejad pasar a la Mujer». Luego vuelve a hablarle al Cireneo: «No puede
proseguir cargado así. Tú eres fuerte. Toma su cruz y llévala por Él hasta la
cima» .
«No puedo...
Tengo el burro... es rebelde... Los chicos no saben dominarle...».
Pero Longino
dice: «Ve, si no quieres perder el asno y ganarte veinte azotes» .
El Cireneo ya
no se atreve a oponer más resistencia. Da una voz a los muchachos: «Id a casa.
Pronto. Decid que llego en seguida», luego se acerca a Jesús.
Llega en el
preciso momento en que Jesús se vuelve hacia su Madre ‑ sólo entonces Él la ve
venir, y es que caminaba tan encorvado y con los ojos tan cerrados, que era como
si estuviera ciego ‑, y grita: «¡Mamá!».
Es la primera
palabra que expresa su sufrimiento, desde cuando está siendo torturado. Y es que
en ese grito se contiene la confesión de todo su tremendo dolor, de cada uno de
sus dolores, de espíritu, de su parte moral, de su carne. Es el grito desgarrado
y desgarrador de un niño que muere solo, entre verdugos, entre las peores
torturas... y que hasta de su propia respiración siente miedo. Es el lamento de
un niño delirante angustiado por visiones de pesadilla... Y llama a la madre, a
la madre, porque sólo el fresco beso de ella calma el ardor de la fiebre, y su
voz ahuyenta a los fantasmas, y su abrazo hace menos temible la muerte...
María se lleva
la mano al corazón como si hubiera sentido una puñalada. Se tambalea levemente.
Pero se recupera, acelera el paso y, mientras va hacia su Criatura lacerada
tendiendo hacia Él los brazos, grita: «¡Hijo!». Pero lo dice de una forma tal,
que el que no tiene corazón de hiena lo siente traspasado por ese dolor.
Veo que incluso
entre los romanos ‑ y son hombres de armas, no noveles en materia de muertes,
marcados por cicatrices... ‑ hay un impulso de piedad. Y es que la palabra
"¡Mamá!" y la palabra "¡Hijo!" conservan siempre su valor y lo conservan para
todos aquellos que ‑ lo repito ‑ no son peores que las hienas, y son
pronunciadas y comprendidas en todas partes, y en todas partes provocan olas de
piedad...
El Cireneo
siente esta piedad... Y dado que ve que María no puede, a causa de la cruz,
abrazar a su Hijo y que después de haber tendido los brazos los deja caer de
nuevo convencida de no poder hacerlo ‑ y se limita a mirarle, queriendo expresar
una sonrisa, una sonrisa que es martirial, para infundirle ánimo, mientras sus
temblorosos labios beben el llanto; y Él, torciendo la cabeza bajo el yugo de la
cruz, trata, a su vez, de sonreírle y de enviarle un beso con los pobres labios
heridos y abiertos por los golpes y la fiebre ‑, pues se apresura a quitar la
cruz (y lo hace con delicadeza de padre, para no chocar con la corona o rozar
las llagas).
Pero María no
puede besar a su Criatura... Hasta el más leve toque sería una tortura en esa
carne lacerada. María se abstiene de hacerlo, y, además... los sentimientos más
santos tienen un pudor profundo, requieren respeto o, al menos, compasión,
mientras que aquí lo que hay es curiosidad y, sobre todo, escarnio: se besan
sólo las dos almas angustiadas.
La comitiva,
que se pone de nuevo en marcha, movida por las ondas del gentío furibundo que
desde atrás empuja, los separa, y aparta a la Madre ‑ blanco de las burlas de
todo un pueblo ‑ contra la pared del monte...
Ahora, detrás
de Jesús, va el Cireneo con la cruz. Jesús, libre de ese peso, prosigue mejor.
Jadea fuertemente, se lleva frecuentemente la mano al corazón, como sintiendo un
gran dolor, como si tuviera ahí una herida, en la región esternocardiaca; y
ahora, que puede hacerlo por no tener atadas las manos, se echa hacia atrás,
hasta por detrás de las orejas, el pelo que le caía por delante empapado de
sangre y sudor, para sentir aire en su cara cianótica, y se desata el cordón del
cuello por la dificultad de respiración... Pero puede andar mejor.
María se ha
retirado con las mujeres. Se pone al final de la comitiva una vez que ésta ha
pasado, y luego, por un atajo, se dirige hacia la cima del monte, desafiando las
injurias de la chusma inhumana.
Ahora que Jesús
está libre, recorren con bastante brevedad la última espira del monte. Ya están
cercanos a la cima, toda llena de gentío vociferante.
Longino se
detiene y da la orden de que todos, implacablemente, sean apartados más hacia
abajo, para que la cima, lugar de ejecución, esté libre. Y media centuria pone
por obra la orden: vienen al sitio y rechazan sin piedad a todos los que allí se
encuentran, haciendo uso para ello de dagas y astas. Bajo la granizada de
cimbronazos y palos, los judíos de la cima huyen. Intentan colocarse en la
explanada que está más abajo; pero los que ya están en ella no ceden, siendo así
que se encienden riñas furibundas entre la gente. Parecen todos locos.
Como le dije el
año pasado, el Calvario, en su cima, tiene la forma de un trapecio irregular
levemente más alto por el lado A, tras el cual el monte desciende a pico hasta
más de la mitad de su ladera. En este espacio están ya preparados tres agujeros
profundos, recubiertos por dentro de ladrillo o pizarra; en definitiva, hechos
con este fin concreto. Al lado de ellos hay piedras y tierra ya preparadas para
calzar las cruces. De otros agujeros, sin embargo, no han sacado las piedras. Se
ve que los van vaciando según el número que se requiere cada vez.
Más abajo de la
cima trapezoidal, por la parte en que el monte no desciende con fuerte desnivel,
hay una especie de plataforma que constituye un rellano de suave declive. De
éste salen dos anchos senderos que bordean la cima, quedando así ésta aislada
por todos los lados y elevada al menos dos metros.
Los soldados
que han apartado de la cima a la gente dominan con persuasivos golpes de astas
las riñas y abren paso para que la comitiva pueda marchar sin obstáculos en el
último trecho del camino. Y se quedan allí formando cordón mientras los tres
condenados encuadrados por los soldados de a caballo y protegidos por la otra
media centuria por detrás, llegan hasta el punto en que los detienen: al pie de
ese palco natural elevado que es la cima del Gólgota.
Mientras se
desarrollan estos hechos, advierto la presencia de las Marías en el punto que
señalo con una M. Un poco detrás de ellas, están Juana de Cusa y otras cuatro de
las damas de antes. Las otras se han marchado. Deben haberse ido solas, porque
Jonatán está ahí, detrás de su señora. Ya no está la mujer a la que nosotros
llamamos Verónica y Jesús ha llamado Nique, y, lo mismo que ella, falta también
su doméstica; y tampoco está la mujer que iba completamente velada y fue
obedecida por los soldados. Veo a Juana, a la anciana de nombre Elisa, a Ana (es
la dueña de aquella casa a donde Jesús va durante la vendimia del primero año) y
a otras dos que no sé identificar mejor.
Detrás de estas
mujeres y de las Marías, veo a José y a Simón de Alfeo, y a Alfeo de Sara junto
con el grupo de los pastores. Han peleado con los que querían cerrarles el paso
y los insultaban, y la fuerza de estos hombres, multiplicada por el amor y el
dolor, ha sido tan violenta que han vencido y han creado una semicírculo libre
contra el que los vilísimos judíos no se atreven sino a lanzar gritos de muerte
y a amenazar con los puños; no más, porque los cayados de los pastores son
nudosos y pesados y a estos jabatos ‑ no hablo impropiamente llamándolos así,
porque se requiere un gran valor para enfrentarse a toda una población hostil,
siendo pocos, conocidos como galileos o seguidores del Galileo ‑ no les falta ni
fuerza ni tino. ¡Es el único punto de todo el Calvario donde no se blasfema
contra el Cristo!
El monte
hormiguea de gente en los tres lados que no descienden con fuerte declive. Ya no
se ve la tierra amarillenta y desnuda, la cual, bajo el sol que aparece y se
oculta, parece un prado florecido lleno de corolas de todos los colores, debido
a que está cubierta por una gran cantidad de gorros y mantos de esos sádicos.
Pasado el torrente, por el camino, más gente; dentro del recinto de las
murallas, más gente; en las terrazas, más gente. El resto de la ciudad,
despoblado... vacío... silencioso: todo está aquí, todo el amor y todo el odio;
todo el Silencio que ama y perdona, todo el Clamor que odia e impreca.
Mientras los
hombres encargados de la ejecución preparan sus instrumentos y terminan de
vaciar los agujeros, y mientras los condenados esperan en el centro de su
cuadrado, los judíos, refugiados en el ángulo opuesto a las Marías, insultan a
éstas, y también a la Madre: «¡Muerte a los galileos! ¡Muerte! ¡Galileos!
¡Galileos! ¡Malditos! Muerte al blasfemo galileo. ¡Clavad en la cruz también al
vientre que le llevó! ¡Fuera las víboras que dan a luz a los demonios! ¡Muerte a
ellas! ¡Limpiad Israel de las hembras que se unen con el macho cabrío!...».
Longino, que ha
desmontado del caballo, se vuelve y ve a la Madre... Ordena que se haga cesar
ese barullo... La media centuria que estaba detrás de los condenados carga
contra la chusma y libera del todo el rellano inferior. Y los judíos se echan a
correr por el monte, pisándose unos a otros. Echan pie a tierra también los
otros soldados. Uno de ellos toma los once caballos además del centurión y los
lleva a la sombra, a espaldas de la ladera B del monte.
El centurión se
encamina hacia la cima. Juana de Cusa se acerca a él, le para; le da el ánfora y
una bolsa, luego se retira llorando, y va al saliente del monte, donde están las
otras.
Arriba está
todo preparado. Se hace subir a los condenados. Jesús pasa otra vez cerca de su
Madre, la cual emite un gemido que Ella misma trata de ahogar llevándose a la
boca el manto.
Los judíos ven
esto y se ríen, y se burlan. Juan, el manso Juan, que tiene un brazo pasado por
los hombros de María para sostenerla, se vuelve con una mirada fiera, una mirada
incluso fosforescente; si no debiera tutelar a las mujeres, yo creo que cogería
a alguno de esos cobardes por el cuello.
En cuanto
llegan los condenados al palco malhadado, los soldados circundan la explanada
por tres de sus lados. Sólo queda vacío el lado que desciende a pico.
El centurión da
al Cireneo la orden de que se vaya. Y éste se marcha, a regañadientes ahora. No
diría que por sadismo, sino por amor. Tanto es así, que se para junto a los
galileos y comparte con ellos los insultos que la muchedumbre propina a este
escuálido grupo de fieles del Cristo.
Los dos
ladrones, blasfemando, arrojan al suelo sus cruces. Jesús calla.
La vía dolorosa
ha terminado.
La crucifixión, la muerte y el descendimiento
Visiones del 27
de marzo de 1945.
Cuatro hombres
fornidos, que por su aspecto me parecen judíos, y judíos más merecedores de la
cruz que los condenados, ciertamente de la misma calaña de los flageladores, y
que estaban en un sendero, saltan al lugar del suplicio. Van vestidos con
túnicas cortas y sin mangas. Tienen en sus manos clavos, martillos y cuerdas. Y
muestran burlonamente estas cosas a los tres condenados. La muchedumbre se
excita envuelta en un delirio cruel.
El centurión
ofrece a Jesús el ánfora, para que beba la mixtura anestésica del vino mirrado.
Pero Jesús la rechaza. Los dos ladrones, por el contrario, beben mucha. Luego,
junto a una piedra grande, casi en el borde de la cima, ponen esta ánfora de
amplia boca de forma de tronco de cono invertido.
Se da a los
condenados la orden de desnudarse. Los dos ladrones lo hacen sin pudor alguno.
Es más, se divierten haciendo gestos obscenos hacia la muchedumbre, y
especialmente hacia el grupo sacerdotal, todo blanco con sus túnicas de lino,
grupo que, a la chita callando y haciendo uso de su condición, ha vuelto al
rellano. A los sacerdotes se han unido dos o tres fariseos y otros prepotentes
personajes a quienes el odio hace amigos entre sí. Y veo a personas ya
conocidas, como el fariseo Jocanán a Ismael, el escriba Sadoq, Elí de Cafarnaúm...
Los verdugos
ofrecen tres trapajos a los condenados para que se los aten a la ingle. Los
ladrones los agarran mientras profieren blasfemias aún más horrendas. Jesús, que
se está desvistiendo lentamente por el agudo dolor de las heridas, lo rehúsa.
Quizás cree que conservará el calzón corto que pudo tener durante la
flagelación. Pero, cuando le dicen que también se lo quite, tiende la mano para
mendigar el trapajo de los verdugos para cubrir su desnudez: verdaderamente es
el Anonadado, hasta el punto de tener que pedir un trapajo a unos delincuentes.
Pero María se
ha percatado y se ha quitado el largo y sutil lienzo blanco que le cubre la
cabeza por debajo del manto obscuro; un velo en el que Ella ha derramado ya
mucho llanto. Se lo quita sin dejar caer el manto. Se lo pasa a Juan para que se
lo dé a Longino para su Hijo. El centurión toma el velo sin poner dificultades,
y cuando ve que Jesús está para desnudarse del todo, vuelto no hacia la
muchedumbre sino hacia la parte vacía de gente ‑ mostrando así su espalda
surcada de moraduras y ampollas, sangrante por heridas abiertas o a través de
obscuras costras ‑, le ofrece el velo materno de lino. Jesús lo reconoce y se lo
enrolla en varias veces en torno a la pelvis, asegurándoselo bien para que no se
caiga... Y en el lienzo ‑ hasta ese momento mojado sólo de llanto ‑ caen las
primeras gotas de sangre, porque muchas de las heridas, mínimamente cubiertas de
coágulo, al agacharse para quitarse las sandalias y dejar en el suelo la ropa,
se han abierto y la sangre de nuevo mana.
Ahora Jesús se
vuelve hacia la muchedumbre. Y se ve así que también el pecho, los brazos, las
piernas, están llenos de golpes de los azotes. A la altura del hígado hay un
enorme cardenal. Bajo el arco costal izquierdo hay siete nítidas estrías en
relieve, terminadas en siete pequeñas laceraciones sangrantes rodeadas de un
círculo violáceo... un golpe fiero de flagelo en esa zona tan sensible del
diafragma. Las rodillas, magulladas por las repetidas caídas que ya empezaron
inmediatamente después de la captura y que terminaron en el Calvario, están
negras por los hematomas, y abiertas por la rótula, especialmente la derecha,
con una vasta laceración sangrante.
La muchedumbre
le escarnece como en coro: «¡Qué hermoso! ¡El más hermoso de los hijos de los
hombres! Las hijas de Jerusalén lo adoran...». Y empiezan a cantar, con tono de
salmo: «Cándido y rubicundo es mi dilecto, se distingue entre millares. Su
cabeza es oro puro; sus cabellos, racimos de palmera, sedeños como pluma de
cuervo. Sus ojos son como dos palomas chapoteando en arroyos de leche, que no de
agua, en la leche de sus órbitas. Sus mejillas son aromáticos cuadros de jardín;
sus labios, purpúreos lirios que rezuman preciosa mirra. Sus manos torneadas
como trabajo de orfebre, terminadas en róseos jacintos. Su tronco es marfil
veteado de zafiros. Sus piernas, perfectas columnas de cándido mármol con bases
de oro. Su majestuosidad es como la del Líbano; su solemnidad, mayor que la del
alto cedro. Su lengua está empapada de dulzura. Toda una delicia es él»; y se
ríen, y también gritan: «¡El leproso! ¡El leproso! ¿Será que has fornicado con
un ídolo, si Dios lo ha castigado de este modo? ¿Has murmurado contra los santos
de Israel, como María de Moisés, pues que has recibido este castigo? ¡Oh! ¡Oh!
¡El Perfecto! ¿Eres el Hijo de Dios? ¡Qué va! ¡Lo que eres es el aborto de
Satanás! Al menos él, Mammona, es poderoso y fuerte. Tú... eres un andrajo
impotente y asqueroso».
Atan a las
cruces a los ladrones y se los coloca en sus sitios, uno a la derecha, uno a la
izquierda, así: 1 + 1 respecto al sitio destinado para Jesús. Gritan, imprecan,
maldicen; y, especialmente cuando meten las cruces en el agujero y los
descoyuntan y las cuerdas magullan sus muñecas, sus maldiciones contra Dios,
contra la Ley, contra los romanos, contra los judíos, son infernales.
Es ahora el
turno de Jesús. Él se extiende mansamente sobre el madero. Los dos ladrones se
revelaban tanto, que, no siendo suficientes los cuatro verdugos, habían tenido
que intervenir soldados para sujetarlos, para que no apartaran con patadas a los
verdugos que los ataban por las muñecas. Pero para Jesús no hay necesidad de
ayuda. Se extiende y pone la cabeza donde le dicen que la ponga. Abre los brazos
como le dicen que los abra. Estira las piernas como le ordenan que lo haga. Sólo
se ha preocupado de colocarse bien su velo. Ahora su largo cuerpo, esbelto y
blanco, resalta sobre el madero obscuro y el suelo amarillo.
Dos verdugos se
sientan encima de su pecho para sujetarle. Y pienso en qué opresión y dolor
debió sentir bajo ese peso. Un tercer verdugo le toma el brazo derecho y lo
sujeta: con una mano en la primera parte del antebrazo; con la otra, en el
extremo de los dedos. El cuarto, que tiene ya en su mano el largo clavo de punta
afilada y cuerpo cuadrangular que termina en una superficie redonda y plana del
diámetro de diez céntimos de los tiempos pasados, mira si el agujero ya
practicado en la madera coincide con la juntura del radio y el cúbito en la
muñeca. Coincide. El verdugo pone la punta del clavo en la muñeca, alza el
martillo y da el primer golpe.
Jesús, que
tenía los ojos cerrados, al sentir el agudo dolor grita y se contrae, y abre al
máximo los ojos, que nadan entre lágrimas. Debe sentir un dolor atroz... el
clavo penetra rompiendo músculos, venas, nervios, penetra quebrantando huesos...
María responde,
con un gemido que casi lo es de cordero degollado, al grito de su Criatura
torturada; y se pliega, como quebrantada Ella, sujetándose la cabeza entre las
manos. Jesús, para no torturarla, ya no grita. Pero siguen los golpes,
metódicos, ásperos, de hierro contra hierro... y uno piensa que, debajo, es un
miembro vivo el que los recibe.
La mano derecha
ya está clavada. Se pasa a la izquierda. El agujero no coincide con el carpo.
Entonces agarran una cuerda, atan la muñeca izquierda y tiran hasta dislocar la
juntura, hasta arrancar tendones y músculos, además de lacerar la piel ya
serrada por las cuerdas de la captura. También la otra mano debe sufrir porque
está estirada por reflejo y en torno a su clavo se va agrandando el agujero.
Ahora a duras penas se llega al principio del metacarpo, junto a la muñeca. Se
resignan y clavan donde pueden, o sea, entre el pulgar y los otros dedos, justo
en el centro del metacarpo. Aquí el clavo entra más fácilmente, pero con mayor
espasmo porque debe cortar nervios importantes (tanto que los dedos se quedan
inertes, mientras los de la derecha experimentan contracciones y temblores que
ponen de manifiesto su vitalidad). Pero Jesús ya no grita, sólo emite un ronco
quejido tras sus labios fuertemente cerrados, y lágrimas de dolor caen al suelo
después de haber caído en la madera.
Ahora les toca
a los pies. A unos dos metros ‑ un poco más ‑ del extremo de la cruz hay un
pequeño saliente cuneiforme, escasamente suficiente para un pie. Acercan a él
los pies para ver si va bien la medida. Y, dado que está un poco bajo y los pies
llegan mal, estirajan por los tobillos al pobre Mártir. Así, la madera áspera de
la cruz raspa las heridas y menea la corona, de forma que ésta se descoloca,
arrancando otra vez cabellos, y puede caerse; un verdugo, con mano violenta,
vuelve a incrustársela en la cabeza...
Ahora los que
estaban sentados en el pecho de Jesús se alzan para ponerse sobre las rodillas,
dado que Jesús hace un movimiento involuntario de retirar las piernas al ver
brillar al sol el larguísimo clavo, el doble de largo y de ancho de los que han
sido usados para las manos. Y cargan su peso sobre las rodillas excoriadas, y
hacen presión sobre las pobres tibias contusas, mientras los otros dos llevan a
cabo la operación, mucho más difícil, de enclavar un pie sobre el otro, tratando
de hacer coincidir las dos junturas de los tarsos.
A pesar de que
miren bien y tengan bien sujetos los pies, por los tobillos y los dedos, contra
el apoyo cuneiforme, el pie de abajo se corre por la vibración del
clavo, y tienen
que desclavarle casi, porque después de haber entrado en las partes blandas, el
clavo, que ya había perforado el pie derecho y sobresalía, tiene que ser
centrado un poco más. Y golpean, golpean, golpean... Sólo se oye el atroz ruido
del martillo contra la cabeza del clavo, porque todo el Calvario es sólo ojos
atentísimos y oídos aguzados, para percibir la acción y el ruido, y gozarse en
ello...
Acompaña al
sonido áspero del hierro un lamento quedo de paloma: el ronco gemido de María,
quien cada vez se pliega más, a cada golpe, como si el martillo la hiriera a
Ella, la Madre Mártir. Y es comprensible que parezca próxima a sucumbir por esa
tortura: la crucifixión es terrible: como la flagelación en cuanto al dolor,
pero más atroz de presenciar, porque se ve desaparecer el clavo dentro de las
carnes vivas; sin embargo, es más breve que la flagelación, que agota por su
duración.
Para mí, la
agonía del Huerto, la flagelación y la crucifixión son los momentos más atroces.
Me revelan toda la tortura de Cristo. La muerte me resulta consoladora, porque
digo: «¡Se acabó!». Pero éstas no son el final, son el comienzo de nuevos
sufrimientos.
Ahora arrastran
la cruz hasta el agujero. La cruz rebota sobre el suelo desnivelado y zarandea
al pobre Crucificado. Izan la cruz, que dos veces se va de las manos de los que
la levantan (una vez, de plano; la otra, golpeando el brazo derecho de la cruz)
y ello procura un acerbo tormento a Jesús, porque la sacudida que recibe remueve
las extremidades heridas.
Y cuando,
luego, dejan caer la cruz en su agujero ‑ oscilando además ésta en todas las
direcciones antes de quedar asegurada con piedras y tierra, e imprimiendo
continuos cambios de posición al pobre Cuerpo, suspendido de tres clavos ‑, el
sufrimiento debe ser atroz. Todo el peso del cuerpo se echa hacia delante y cae
hacia abajo, y los agujeros se ensanchan, especialmente el de la mano izquierda;
y se ensancha el agujero practicado en los pies. La sangre brota con más fuerza.
La de los pies gotea por los dedos y cae al suelo, o desciende por el madero de
la cruz; la de las manos recorre los antebrazos, porque las muñecas están más
altas que las axilas, debido a la postura; y surca también las costillas bajando
desde las axilas hacia la cintura. La corona, cuando la cruz se cimbrea antes de
ser fijada, se mueve, porque la cabeza se echa bruscamente hacia atrás, de
manera que hinca en la nuca el grueso nudo de espinas en que termina la punzante
corona, y luego vuelve a acoplarse en la frente y araña, araña sin piedad.
Por fin, la
cruz ha quedado asegurada y no hay otros tormentos aparte del de estar colgado.
Levantan también a los ladrones, los cuales, puestos ya verticalmente, gritan
como si los estuvieran desollando vivos, por la tortura de las cuerdas, que van
serrando las muñecas y hacen que las manos se pongan negras, con las venas
hinchadas como cuerdas.
Jesús calla. La
muchedumbre ya no calla; antes bien, reanuda su vocerío infernal.
Ahora la cima
del Gólgota tiene su trofeo y su guardia de honor. En el extremo más alto (lado
A), la cruz de Jesús; en los lados B y C, las otras dos. Media centuria de
soldados con las armas al pie rodeando la cima. Dentro de este círculo de
soldados, los diez desmontados del caballo jugándose a los dados los vestidos de
los condenados. En pie, erguido, entre las cruz de Jesús y la de la derecha,
Longino, que parece montar guardia de honor al Rey Mártir. La otra media
centuria, descansando, está a las órdenes del ayudante de Longino, en el sendero
de la izquierda y en el rellano más bajo, a la espera de ser utilizados si
hubiera necesidad de hacerlo. Los soldados muestran una casi total indiferencia;
sólo alguno, de vez en cuando, alza la cabeza hacia los crucificados.
Longino, sin
embargo, observa todo con curiosidad e interés; compara y mentalmente juzga:
compara a los crucificados ‑ especialmente a Cristo ‑ con los espectadores. Su
mirada penetrante no se pierde ni un detalle, y para ver mejor se hace visera
con la mano porque el Sol debe molestarle.
Es,
efectivamente, un Sol extraño; de un amarillo‑rojo de llama. Y luego esta llama
parece apagarse de golpe por un nubarrón de pez que aparece tras las cadenas
montañosas judías y que corre veloz por el cielo para desaparecer detrás de
otros montes. Y cuando el Sol vuelve a aparecer es tan intenso, que a duras
penas lo soportan los ojos.
Mirando, ve a
María, justo al pie del escalón del terreno, alzado hacia su Hijo el rostro
atormentado. Llama a uno de los soldados que están jugando a los dados y le
dice: «Si la Madre quiere subir con el hijo que la acompaña, que venga.
Escóltala y ayúdala».
Y María con
Juan ‑ tomado por hijo ‑ sube por los escalones incididos en la roca tobosa -
creo ‑ y traspasa el cordón de los soldados para ir al pie de la cruz, aunque un
poco separada, para ser vista por su Jesús y verlo a su vez.
La turba, en
seguida, le propina los más oprobiosos insultos, uniéndola a su Hijo en las
blasfemias. Pero Ella, con los labios temblorosos y blanquecidos, sólo busca
consolarle con una sonrisa acongojada en que se enjugan las lágrimas que ninguna
fuerza de voluntad logra retener en los ojos.
La gente,
empezando por los sacerdotes, escribas, fariseos, saduceos, herodianos y otros
como ellos, se procura la diversión de hacer como un carrusel: subiendo por el
camino empinado, orillando el escalón final y bajando por el otro sendero, o
viceversa; y, al pasar al pie de la cima, por el rellano inferior, no dejan de
ofrecer sus palabras blasfemas como don para el Moribundo. Toda la infamia, la
crueldad, el odio, la vesania de que, con la lengua, son capaces los hombres
quedan ampliamente testificadas por estas bocas infernales. Los que más se
ensañan son los miembros del Templo, con la ayuda de los fariseos.
«¿Y entonces?
Tú, Salvador del género humano, ¿por qué no te salvas? ¿Te ha abandonado tu rey
Belcebú? ¿Ha renegado de ti?» gritan tres sacerdotes.
Y una manada de
judíos: «Tú, que hace no más de cinco días, con la ayuda del Demonio, hacías
decir al Padre... ¡ja! ¡ja! ¡ja!... que te iba a glorificar, ¿cómo es que no le
recuerdas que mantenga su promesa?».
Y tres
fariseos: «¡Blasfemo! ¡Ha salvado a los otros, decía, con la ayuda de Dios! ¡Y
no logra salvarse a sí mismo! ¿Quieres que la gente te crea? ¡Pues haz el
milagro! ¿Ya no puedes, eh? Ahora tienes las manos clavadas y estás desnudo».
Y saduceos y
herodianos a los soldados: «¡Cuidado con el hechizo, vosotros que os habéis
quedado sus vestidos! ¡Lleva dentro el signo infernal!».
Una
muchedumbre, en coro: «Baja de la cruz y creeremos en ti. Tú, que destruyes el
Templo... ¡Loco!... Mira, allí está el glorioso y santo Templo de Israel. ¡Es
intocable, profanador! Y Tú estás muriendo».
Otros
sacerdotes: «¡Blasfemo! ¿Hijo de Dios, Tú? ¡Pues baja de ahí entonces!
Fulmínanos, si eres Dios. Te escupimos, porque no te tenemos miedo».
Otros que pasan
y menean la cabeza: «Sólo sabe llorar. ¡Sálvate, si es verdad que eres el
Elegido!».
Los soldados:
«¡Eso, sálvate! ¡Y reduce a cenizas a la cochambre de la cochambre! Que sois la
cochambre del imperio, judíos canallas. ¡Hazlo! ¡Roma te introducirá en el
Capitolio y te adorará como a un numen!».
Los sacerdotes
con sus cómplices: «Eran más dulces los brazos de las mujeres que los de la
cruz, ¿verdad? Pero, mira: están ya preparadas para recibirte estas ‑ aquí dicen
un término infame ‑ tuyas. Tienes a todo Jerusalén para hacerte de prónuba». Y
silban como carreteros.
Otros, lanzando
piedras: «Convierte éstas en pan, Tú, multiplicador de panes».
Otros, mimando
los hosannas del domingo de ramos, lanzan ramas y gritan: «¡Maldito el que viene
en nombre del Demonio! ¡Maldito su reino! ¡Gloria a Sión, que le segrega de
entre los vivos!».
Un fariseo se
coloca frente a la cruz y muestra el puño con el índice y el menique alzados y
dice: «¿"Te entrego al Dios del Sinaí", dijiste? Ahora el Dios del Sinaí te
prepara para el fuego eterno. ¿Por qué no llamas a Jonás para que te devuelva
aquel buen servicio?».
Otro: «No
estropees la cruz con los golpes de tu cabeza. Tiene que servir para tus
seguidores. Toda una legión de seguidores tuyos morirá en tu madero, te lo juro
por Yeohveh. Y al primero que voy a crucificar va a ser a Lázaro. Veremos si
esta vez le resucitas».
«¡Sí! ¡Sí!
Vamos a casa de Lázaro. Clavémosle por el otro lado de la cruz» y, como
papagallos, remedan el modo lento de hablar de Jesús diciendo: «¡Lázaro, amigo
mío, sal afuera! Desatadle y dejadle andar».
«¡No! Decía a
Marta y a María, sus hembras: "Yo soy la Resurrección y la Vida". ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!
¡La Resurrección no sabe repeler la muerte, y la Vida muere!».
«Ahí están
María y Marta. Vamos a preguntarles dónde está Lázaro y vamos a buscarle». Y se
acercan, hacia las mujeres. Preguntan arrogantemente: «¿Dónde está Lázaro? ¿En
el palacio?».
Y María
Magdalena, mientras las otras mujeres, aterrorizadas, se refugian detrás de los
pastores, se adelanta, hallando en su dolor la antigua altivez de los tiempos de
pecado, y dice: «Id. Encontraréis ya en el palacio a los soldados de Roma y a
quinientos hombres de mis tierras armados, y os castrarán como a viejos cabros
destinados para comida de los esclavos de los molinos».
«¡Descarada!
¿Así hablas a los sacerdotes?».
«¡Sacrílegos!
¡Infames! ¡Malditos! ¡Volveos! Detrás de vosotros tenéis, yo las veo, las
lenguas de las llamas infernales».
Tan segura es
la afirmación de María, que esos cobardes se vuelven, verdaderamente
aterrorizados; y, si no tienen las llamas detrás, sí tienen en los lomos las
bien afiladas lanzas romanas. Porque Longino ha dado una orden y la media
centuria que estaba descansando ha entrado en acción y pincha en las nalgas a
los primeros que encuentra. Éstos huyen gritando y la media centuria se queda
cerrando los accesos de los dos senderos y haciendo de baluarte a la explanada.
Los judíos imprecan, pero Roma es la más fuerte.
La Magdalena se
cubre de nuevo con su velo ‑ se lo había levantado para hablar a los
insultadores ‑ y vuelve a su sitio. Las otras vuelven donde ella.
Pero el ladrón
de la izquierda sigue diciendo insultos desde su cruz. Parece como si en él se
condensaran todas las blasfemias de los otros, y las va soltando todas, para
terminar: «Sálvate y sálvanos, si quieres que se te crea. ¿El Cristo Tú? ¡Un
loco es lo que eres! El mundo es de los astutos y Dios no existe. Yo existo,
esto es verdad, y para mí todo es lícito. ¿Dios?... ¡Una patraña! ¡Creada para
tenernos quietecitos! ¡Viva nuestro yo! ¡Sólo él es rey y dios!».
El otro ladrón,
que está a la derecha y tiene casi a sus pies a María y que mira a Ella casi más
que a Cristo, y que desde hace algunos momentos llora susurrando: «La madre»,
dice: «¡Calla! ¿No temes a Dios ni siquiera ahora que sufres esta pena? ¿Por qué
insultas a uno bueno? Está sufriendo un suplicio aún mayor que el nuestro. Y no
ha hecho nada malo».
Pero el ladrón
continúa sus imprecaciones.
Jesús calla.
Jadeante por el esfuerzo de la postura, por la fiebre, por el estado cardiaco y
respiratorio, consecuencia de la flagelación sufrida en forma tan violenta, y
también consecuencia de la angustia profunda que le había hecho sudar sangre,
busca un alivio aligerando el peso que carga sobre los pies suspendiéndose de
las manos y haciendo fuerza con los brazos. Quizás lo hace también para vencer
un poco el calambre que ya atormenta los pies y que es manifiesto por el temblor
muscular. Pero las fibras de los brazos ‑ forzados en esa postura y seguramente
helados en sus extremos, porque están situados más arriba y exangües (la sangre
a duras penas llega a las muñecas, para rezumar por los agujeros de los clavos,
dejando así sin circulación a los dedos) ‑ tienen el mismo temblor.
Especialmente los dedos de la izquierda están ya cadavéricos y sin movimiento,
doblados hacia la palma. También los dedos de los pies expresan su tormento;
sobre todo, los pulgares, quizás porque su nervio está menos lesionado: se
alzan, bajan, se separan.
Y el tronco
revela todo su sufrimiento con su movimiento, que es veloz pero no profundo, y
fatiga sin dar descanso. Las costillas, de por sí muy amplias y altas, porque la
estructura de este Cuerpo es perfecta, están ahora desmedidamente dilatadas por
la postura que ha tomado el cuerpo y por el edema pulmonar que ciertamente se ha
formado dentro. Y, no obstante, no son capaces de aligerar el esfuerzo
respiratorio; tanto es así, que todo el abdomen ayuda con su movimiento al
diafragma, que se va paralizando cada vez más.
Y la congestión
y la asfixia aumentan a cada minuto que pasa, como así lo indican el colorido
cianótico que orla los labios, de un rojo encendido por la fiebre, y las estrías
de un rojo violáceo que pincelan el cuello a lo largo de las yugulares túrgidas,
y se ensanchan hasta las mejillas, hacia las orejas y las sienes, mientras que
la nariz aparece afilada y exangüe y los ojos se hunden en un círculo que, donde
no hay sangre goteada de la corona, aparece lívido.
Debajo del arco
costal izquierdo se ve la onda ‑ irregular pero violenta propagada desde la
punta cardiaca, y de vez en cuando, por una convulsión interna, se produce un
estremecimiento profundo del diafragma, que se manifiesta en una distensión
total de la piel en la medida en que puede estirarse en ese pobre Cuerpo herido
y moribundo.
La Faz tiene ya
el aspecto que vemos en las fotografías de la Síndone, con la nariz desviada e
hinchada por una parte; y también el hecho de tener el ojo derecho casi cerrado,
por la hinchazón que hay en ese lado, aumenta el parecido. La boca, por el
contrario, está abierta, y reducida ya a una costra su herida del labio
superior.
La sed,
producida por la pérdida de sangre, por la fiebre y el sol, debe ser intensa;
tanto es así que Él, con una reacción espontánea, bebe las gotas de su sudor y
de su llanto, y también las de sangre que bajan desde la frente hasta el bigote,
y se moja con estas gotas la lengua...
La corona de
espinas le impide apoyarse al mástil de la cruz para ayudarse a estar suspendido
de los brazos y aligerar así los pies. La zona lumbar y toda la espina dorsal se
arquean hacia afuera, quedando Jesús separado del mástil de la cruz del íleon
hacia arriba, por la fuerza de inercia que hace pender hacia adelante un cuerpo
suspendido, como estaba el suyo.
Los judíos,
rechazados hasta fuera de la explanada, no dejan de insultar, y el ladrón
impenitente hace eco.
El otro, que
mira con piedad cada vez mayor a la Madre, y que llora, le reprende ásperamente
cuando oye que en el insulto está incluida también Ella. «Cállate. Recuerda que
naciste de una mujer. Y piensa que las nuestras han llorado por causa de los
hijos. Y han sido lágrimas de vergüenza... porque somos unos malhechores.
Nuestras madres han muerto... Yo quisiera poder pedirle perdón... Pero ¿podré
hacerlo? Era una santa... La maté con el dolor que le daba... Yo soy un
pecador... ¿Quién me perdona? Madre, en nombre de tu Hijo moribundo, ruega por
mí».
La Madre
levanta un momento su cara acongojada y le mira, mira a este desventurado que, a
través del recuerdo de su madre y de la contemplación de la Madre, va hacia el
arrepentimiento; y parece acariciarle con su mirada de paloma.
Dimas llora más
fuerte. Y esto desata aún más las burlas de la muchedumbre y del compañero. La
gente grita: «¡Sí señor! Tómate a ésta como madre. ¡Así tiene dos hijos
delincuentes!». Y el otro incrementa: «Te ama porque eres una copia menor de su
amado».
Jesús dice
ahora sus primeras palabras: «¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen!»
.
Esta súplica le
hace superar todo temor a Dimas. Se atreve a mirar a Cristo, y dice: «Señor,
acuérdate de mí cuando estés en tu Reino. Yo, es justo que aquí sufra. Pero dame
misericordia y paz más allá de esta vida. Una vez te oí hablar, y, como un
demente, rechacé tu palabra. Ahora, de esto me arrepiento. Y me arrepiento ante
ti, Hijo del Altísimo, de mis pecados. Creo que vienes de Dios. Creo en tu
poder. Creo en tu misericordia. Cristo, perdóname en nombre de tu Madre y de tu
Padre santísimo».
Jesús se vuelve
y le mira con profunda piedad, y todavía expresa una sonrisa bellísima en esa
pobre boca torturada. Dice: «Yo te lo digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso».
El ladrón
arrepentido se calma, y, no sabiendo ya las oraciones aprendidas de niño, repite
como una jaculatoria: «Jesús Nazareno, rey de los judíos, piedad de mí; Jesús
Nazareno, rey de los judíos, espero en ti; Jesús Nazareno, rey de los judíos,
creo en tu Divinidad».
El otro
continúa con sus blasfemias.
El cielo se
pone cada vez más tenebroso. Ahora difícil es que las nubes se abran para dejar
pasar el sol; antes al contrario, se superponen en una serie cada vez mayor de
estratos plúmbeos, blancos, verduscos; se entrelazan o se desenredan, según los
juegos de un viento frío que a intervalos recorre el cielo y luego baja a la
tierra y luego calla de nuevo (y es casi más siniestro el aire cuando calla,
bochornoso y muerto, que cuando silba, cortante y veloz).
La luz, antes
de una desmesurada intensidad, se va haciendo verdosa. Y las caras adquieren
caprichosos aspectos. Los soldados, con sus yelmos, vestidos con sus corazas
antes brillantes y ahora como opacas bajo esta luz verdosa y este cielo de
ceniza, muestran duros perfiles, como cincelados. Los judíos, en su mayor parte
de pelo, barba y tez morenos, asemejan ahora ‑ tan térreos se ponen sus rostros
‑ a ahogados. Las mujeres parecen estatuas de nieve azulada por la exangüe
palidez que la luz acentúa.
Jesús parece
lividecer de una manera siniestra, como por un comienzo de descomposición, como
si ya estuviera muerto. La cabeza empieza a reclinarse sobre el pecho. Las
fuerzas rápidamente faltan. Tiembla, aunque le abrase la fiebre. Y, en medio de
su débil estado, susurra el nombre que antes ha dicho solamente en el fondo de
su corazón: «¡Mamá!», « ¡Mamá!». Lo susurra quedamente, como en un suspiro, como
si ya estuviera en un leve delirio que le impidiera retener lo que la voluntad
quisiera contener. Y María, cada vez que le oye, irrefrenablemente, tiende los
brazos como para socorrerle.
La gente cruel
se ríe de estos dolores del moribundo y la acongojada. De nuevo suben los
sacerdotes y escribas, hasta ponerse detrás de los pastores, los cuales, de
todas formas, están en el rellano de abajo. Y dado que los soldados hacen ademán
de rechazarlos, reaccionan diciendo: «¿Están aquí estos galileos? Pues estamos
también nosotros, que tenemos que constatar que se cumpla la justicia
totalmente. Y, desde lejos, con esta luz extraña, no podemos ver».
En efecto,
muchos empiezan a impresionarse de la luz que está envolviendo al mundo, y
alguno tiene miedo. También los soldados señalan al cielo y a una especie de
cono, tan obscuro, que parece hecho de pizarra, y que se eleva como un pino por
detrás de la cima de un monte. Parece una tromba marina. Se alza, se alza,
parece generar nubes cada vez más negras: de alguna forma, asemeja a un volcán
lanzando humo y lava.
Es en esta luz
crepuscular y amedrentadora en la que Jesús da Juan a María y María a Juan.
Inclina la cabeza, dado que María se ha puesto más debajo de la cruz para verle
mejor, y dice: «Mujer: ahí tienes a tu hijo. Hijo: ahí tienes a tu Madre».
El rostro de
María aparece más desencajado aún, después de esta palabra que es el testamento
de su Jesús, el cual, no tiene nada que dar a su Madre, sino un hombre; Él, que
por amor al Hombre la priva del Hombre& |