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(Visiones de
María Valtorta)
En
esta página:
El viaje a Belén
Nacimiento de Nuestro Señor
Jesucristo
Adoración de los tres Reyes
María relata
el nacimiento de Jesús en la gruta de Belén
EL VIAJE A BELÉN
Veo un camino principal. Viene por él mucha gente. Borriquillos cargados de
utensilios y de personas. Borriquillos que regresan. La gente los espolea. Quien
va a pie, va aprisa porque hace frío.
El aire es limpio y seco. El cielo está sereno, pero tiene ese frío cortante de
los días invernales. La campiña sin hojas parece más extensa, y los pastizales
apenas si tienen hierba un poco crecida, quemada con los vientos invernales; en
los pastizales las ovejas buscan algo de comer y buscan el sol que poco a poco
se levanta; se estrechan una a la otra, porque también ellas tienen frío y balan
levantando su trompa hacia el sol como si le dijesen: “Baja pronto, ¡que hace
frío!“. El terreno tiene ondulaciones que cada vez son más claras. Es en
realidad un terreno de colinas. Hay concavidades con hierba lo mismo que valles
pequeños. El camino pasa por en medio de ellos y se dirige hacia el sureste.
María viene montada en un borriquillo gris. Envuelta en un manto pesado. Delante
de la silla está el arnés que llevó en el viaje a Hebrón, y sobre el cofre van
las cosas necesarias. José camina a su lado, llevando la rienda. ¿Estás
cansada?: le pregunta de cuando en cuando.
María lo mira. Le sonríe. Le contesta: «No.» A la tercera vez añade: «Más
bien tu debes sentirte cansado con el camino que hemos hecho.»
«¡Oh, yo ni por nada! Creo que si hubiese encontrado otro asno, podrías venir
más cómoda y caminaríamos más pronto. Pero no lo encontré. Todos necesitan en
estos días de una cabalgadura. Lo siento. Pronto llegaremos a Belén. Más allá de
aquel monte está Efrata.»
Ambos guardan silencio. La Virgen, cuando no habla, parece como si se recogiese
en plegaria. Dulcemente se sonríe con un pensamiento que entreteje en sí misma.
Si mira a la gente, parece como si no viera lo que hay: hombres, mujeres,
ancianos, pastores ricos, pobres, sino lo que Ella sola ve.
«¿ Tienes frío?» pregunta José, porque sopla el aire. «No. Gracias.»
Pero José no se fía. Le toca los pies que cuelgan al lado del borriquillo,
calzados con sandalias y que apenas si se dejan ver a través del largo vestido.
Debe haberlos sentido fríos, porque sacude su cabeza y se quita una especie de
capa pequeña, y la pone en las rodillas de María, la extiende sobre sus muslos,
de modo que sus manitas estén bien calientes bajo ella y bajo el manto.
Encuentran a un pastor que atraviesa con su ganado de un lado a otro. José se le
acerca y le dice algo. El pastor dice que sí, José toma el borriquillo y lo
lleva detrás del ganado que está paciendo. El pastor toma una rústica taza de su
alforja y ordeña una robusta oveja. Entrega a José la taza que la da a María.
«Dios os bendiga» dice María. «A ti por tu amor, y a ti por tu bondad. Rogaré
por ti.»
«¿ Venís de lejos?»
«De Nazaret» responde José.
«¿Y vais?»
«A Belén.»
«El camino es largo para la mujer en este estado. ¿Es tu mujer?»
«Sí.»
«¿Tenéis a donde ir?»
«No.»
«¡Va mal todo! Belén está llena de gente que ha llegado de todas partes para
empadronarse o para ir a otras partes. No sé si encontréis alojo. ¿Conoces bien
el lugar?»
«No muy bien.»
«Bueno.. . te voy a enseñar... porque se trata de Ella (y señala a María).
Buscad el alojo. Estará lleno. Te lo digo para darte una idea. Está en una
plaza. Es la más grande. Se llega a ella por este camino principal. No podéis
equivocaros. Delante de ella hay una fuente. El albergue es grande y bajo con un
gran portal. Estará lleno. Pero si no podéis alojaros en él o en alguna casa,
dad vuelta por detrás del albergue, como yendo a la campiña. Hay apriscos en el
monte. Algunas veces los mercaderes que van a Jerusalén los emplean como
albergue. Hay apriscos en el monte, no lo olvidéis: húmedos, fríos y sin puerta,
pero siempre son un refugio, porque la mujer... no puede quedarse en la mitad
del camino. Tal vez allí encontréis un lugar... y también heno para dormir y
para el asno. Que Dios os acompañe.»
«Y a ti te dé su alegría» responde la Virgen. José por su parte dice: «La paz
sea contigo.»
Vuelve a continuar su camino. Una concavidad más extensa se deja ver desde la
cresta a la que han llegado. En la concavidad, arriba y abajo, a lo largo de las
suaves pendientes que la rodean, se ven casas y casas. Es Belén.
«Hemos llegado a la tierra de David, María. Ahora vas a descansar. Me parece
que estás muy cansada...»
«No. Pensaba yo... estoy pensando...» María aprieta la mano de José y le dice
con una sonrisa de bienaventurada: «Estoy pensando que el momento ha llegado.»
«¡Que Dios nos socorra! ¿Qué vamos a hacer?»
«No temas, José. Ten constancia. ¿Ves qué tranquila estoy yo?»
«Pero sufres mucho.»
«¡Oh no!». Me encuentro llena de alegría. Una alegría tal, tan fuerte, tan
grande, incontenible, que mi corazón palpita muy fuerte y me dice: "¡Va a
nacer! ¡Va a nacer!" Lo dice a cada palpitar. Es mi Hijo que toca a mi corazón
y que dice: "Mamá: ya vine. Vengo a darte un beso de parte de Dios. ¡Oh, qué
alegría, José mío!»
Pero José no participa de la misma alegría. Piensa en lo urgente que es
encontrar un refugio, y apresura el paso. Puerta tras puerta pide alojo. Nada.
Todo está ocupado. Llegan al albergue. Está lleno hasta en los portales, que
rodean el patio interior.
José deja a María que sigue sentada sobre el borriquillo en el patio y sale en
busca de algunas otras casas. Regresa desconsolado. No hay ningún alojo. El
crepúsculo invernal pronto se echa encima y empieza a extender sus velos. José
suplica al dueño del albergue. Suplica a viajeros. Ellos son varones y están
sanos. Se trata ahora de una mujer próxima a dar a luz. Que tengan piedad. Nada.
Hay un rico fariseo que los mira con manifiesto desprecio, y cuando María se
acerca, se separa de ella como si se hubiera acercado una leprosa. José lo mira
y la indignación le cruza por la cara. María pone su mano sobre la muñeca de
José para calmarlo. Le dice: «No insistas. Vámonos. Dios proveerá.»
Salen. Siguen por los muros del albergue. Dan vuelta por una callejuela metida
entre ellos y casuchas. Le dan vuelta. Buscan. Allí hay algo como cuevas,
bodegas, más bien que apriscos, porque son bajas y húmedas. Las mejores están ya
ocupadas. José se siente descorazonado.
«Oye, galileo» le grita por detrás un viejo. «Allá en el fondo, bajo aquellas
ruinas, hay una cueva. Tal vez no haya nadie.»
Se apresuran a ir a esa cueva. Y que si es una madriguera. Entre los escombros
que se ven hay un agujero, más allá del cual se ve una cueva, una madriguera
excavada en el monte, más bien que gruta. Parece que sean los antiguos
fundamentos de una vieja construcción, a la que sirven de techo los escombros
caídos sobre troncos de árboles.
Como hay muy poca luz y para ver mejor, José saca la yesca y prende una
candileja que toma de la alforja que trae sobre la espalda. Entra y un mugido lo
saluda. «Ven, María. Está vacía. No hay sino un buey.» José sonríe. «Mejor
que nada...»
María baja del borriquillo y entra.
José puso ya la candileja en un clavo que hay sobre un tronco que hace de pilar.
Se ve que todo está lleno de telarañas. El suelo, que está batido, revuelto, con
hoyos, guijarros, desperdicios, excrementos, tiene paja. En el fondo, un buey se
vuelve y mira con sus quietos ojos. Le cuelga hierba del hocico. Hay un rústico
asiento y dos piedras en un rincón cerca de una hendidura. Lo negro del rincón
dice que allí suele hacerse fuego.
María se acerca al buey. Tiene frío. Le pone las manos sobre su pescuezo para
sentir lo tibio de él. El buey muge, pero no hace más, parece como si
comprendiera. Lo mismo cuando José lo empuja para tomar mucho heno del pesebre y
hacer un lecho para María -el pesebre es doble, esto es, donde come el buey, y
arriba una especie de estante con heno de repuesto, y de este toma José-
no se
opone. Hace lugar aun al borriquillo que cansado y hambriento, se pone al punto
a comer. José voltea también un cubo con abolladuras. Sale, porque afuera vio un
riachuelo, y vuelve con agua para el borriquillo. Toma un manojo de varas secas
que hay en un rincón y se pone a limpiar un poco el suelo. Luego desparrama el
heno. Hace una especie de lecho, cerca del buey, en el rincón más seco y más
defendido del viento. Pero siente que está húmedo el heno y suspira. Prende
fuego, y con una paciencia de trapista, seca poco a poco el heno junto al fuego.
María sentada en el banco, cansada, mira y sonríe. Todo está ya pronto. María se
acomoda lo mejor que puede sobre el muelle de heno, con las espaldas apoyadas
contra un tronco. José adorna todo aquel... ajuar, pone su manto como una
cortina en la entrada que hace de puerta, una defensa muy pobre. Luego da a la
Virgen pan y queso, y le da a beber agua de una cantimplora. «Duerme ahora» le
dice. «Yo velaré para que el fuego no se apague. Afortunadamente hay leña.
Esperamos que dure y que arda. Así podemos ahorrar el aceite de la lámpara.»
María obediente se acuesta. José la cubre con el manto de ella, y con la capa
que tenía antes en los pies.
«Pero tú vas a tener frío...»
«No, María. Estoy cerca del fuego. Trata de descansar. Mañana será mejor.»
María cierra los ojos. No insiste. José se va a su rincón. Se sienta sobre una
piedra, con pedazos de leña cerca. Pocos, que no durarán mucho por lo que veo.
Están del siguiente modo: María a la derecha con las espaldas a la... puerta,
semi-escondida por el tronco y por el cuerpo del buey que se ha echado en
tierra. José a la izquierda y hacia la puerta, por lo tanto, diagonalmente, y
así su cara da al fuego, con las espaldas a María. Pero de vez en vez se voltea
a mirarla y la ve tranquila, como si durmiese. Despacio rompe las varas y las
echa una por una en la hoguera pequeña para que no se apague, para que dé luz, y
para que la leña dure. No hay más que el brillo del fuego que ahora se reaviva,
ahora casi está por apagarse. Como está apagada la lámpara de aceite, en la
penumbra resaltan sólo la figura del buey, la cara y manos de José. Todo lo
demás es un montón que se confunde en la gruesa penumbra.
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NACIMIENTO DE NUESTRO SEÑOR
JESUCRISTO
(Escrito el 6 de junio de 1944)
Veo el interior de este pobre albergue rocoso que María y José comparten con los
animales. La pequeña hoguera está a punto de apagarse, como quien la vigila a
punto de quedarse dormido. María levanta su cabeza de la especie de lecho y
mira. Ve que José tiene la cabeza inclinada sobre el pecho como si estuviese
pensando, y está segura que el cansancio ha vencido su deseo de estar despierto.
¡Qué hermosa sonrisa le aflora por los labios! Haciendo menos ruido que haría
una mariposa al posarse sobre una rosa, se sienta, y luego se arrodilla. Ora. Es
una sonrisa de bienaventurada la que llena su rostro. Ora con los brazos
abiertos no en forma de cruz, sino con las palmas hacia arriba y hacia adelante,
y parece como si no se cansase con esta posición. Luego se postra contra el heno
orando más intensamente. Una larga plegaria.
José se despierta. Ve que el fuego casi se ha apagado y que el lugar está casi
oscuro. Echa unas cuantas varas. La llama prende. Le echa unas cuantas ramas
gruesas, y luego otras más, porque el frío debe ser agudo. Un frío nocturno
invernal que penetra por todas las partes de estas ruinas. El pobre José, como
está junto a la puerta -llamemos así a la entrada sobre la que su manto hace
las veces de puerta- debe estar congelado. Acerca sus manos al fuego. Se quita
las sandalias y acerca los pies al fuego. Cuando ve que éste va bien y que
alumbra lo suficiente, se da media vuelta. No ve nada, ni siquiera lo blanco del
velo de María que formaba antes una línea clara en el heno oscuro. Se pone de
pie y despacio se acerca a donde está María.
«¿ No te has dormido?» le pregunta. Y por tres veces lo hace, hasta que Ella
se estremece, y responde: «Estoy orando.»
«¿Te hace falta algo?»
«Nada, José.»
«Trata de dormir un poco. Al menos de descansar.»
«Lo haré. Pero el orar no me cansa.»
«Buenas noches, María.»
«Buenas noches, José».
María vuelve a su antigua posición. José, para no dejarse vencer otra vez del
sueño, se pone de rodillas cerca del fuego y ora. Ora con las manos juntas sobre
la cara. Las mueve algunas veces para echar más leña al fuego y luego vuelve a
su ferviente plegaria. Fuera del rumor de la leña que chisporrotea, y del que
produce el borriquillo que algunas veces golpea su pezuña
contra el suelo, otra cosa no se oye.
Un rayo de luna se cuela por entre una grieta del techo y parece como hilo
plateado que buscase a María. Se alarga, conforme la luna se alza en lo alto del
cielo, y finalmente la alcanza. Ahora está sobre su cabeza que ora. La nimba de
su candor.
María levanta su cabeza como si de lo alto alguien la llamase, nuevamente se
pone de rodillas. ¡Oh, qué bello es aquí! Levanta su cabeza que parece brillar
con la luz blanca de la luna, y una sonrisa sobrehumana transforma su rostro.
¿Qué cosa está viendo? ¿Qué oyendo? ¿Qué cosa experimenta? Solo Ella puede decir
lo que vio, sintió y experimentó en la hora dichosa de su Maternidad. Yo solo
veo que a su alrededor la luz aumenta, aumenta, aumenta. Parece como si bajara
del cielo, parece como si manara de las pobres cosas que están a su alrededor,
sobre todo parece como si de Ella procediese.
Su vestido azul oscuro, ahora parece estar teñido de un suave color de miosotis,
sus manos y su rostro parecen tomar el azulino de un zafiro intensamente pálido
puesto al fuego. Este color, que me recuerda, aunque muy tenue, el que veo en
las visiones del santo paraíso, y el que vi en la visión de cuando vinieron los
Magos, se difunde cada vez más sobre todas las cosas, las viste, purifica, las
hace brillantes.
La luz emana cada vez con más fuerza del cuerpo de María; absorbe la de la luna,
parece como que Ella atrajese hacia sí la que le pudiese venir de lo alto. Ya es
la Depositaria de la Luz. La que será la Luz del mundo. Y esta beatífica,
incalculable, inconmensurable, eterna, divina Luz que está para darse, se
anuncia con un alba, una alborada, un coro de átomos de luz que aumentan,
aumentan cual marea, que suben, que suben cual incienso, que bajan como una
avenida, que se esparcen cual un velo...
La bóveda, llena de agujeros, telarañas, escombros que por milagro se balancean
en el aire y no se caen; la bóveda negra, llena de humo, apestosa, parece la
bóveda de una sala real. Cualquier piedra es un macizo de plata, cualquier
agujero un brillar de ópalos, cualquier telaraña un preciosismo baldaquín tejido
de plata y diamantes. Una lagartija que está entre dos piedras, parece un
collar de esmeraldas que alguna reina dejara allí; y unos murciélagos que
descansan parecen una hoguera preciosa de ónix. El heno que sale de la parte
superior del pesebre, no es más hierba, es hilo de plata y plata pura que se
balancea en el aire cual se mece una cabellera suelta.
El pesebre es, en su madera negra, un bloque de plata bruñida. Las paredes están
cubiertas con un brocado en que el candor de la seda desaparece ante el recamo
de perlas en relieve; y el suelo... ¿ qué es ahora? Un cristal encendido con luz
blanca; los salientes parecen rosas de luz tiradas como homenaje a él; y los
hoyos, copas preciosas de las que broten aromas y perfumes.
La luz crece cada vez más. Es irresistible a los ojos. En medio de ella
desaparece, como absorbida por un velo de incandescencia, la Virgen... y de ella
emerge la Madre.
Sí. Cuando soy capaz de ver nuevamente la luz, veo a María con su Hijo recién
nacido entre los brazos. Un Pequeñín, de color rosado y gordito, que gesticula y
mueve sus manitas gorditas como capullo de rosa, y sus piecitos que podrían
estar en la corola de una rosa; que llora con una vocecita trémula, como la de
un corderito que acaba de nacer, abriendo su boquita que parece una fresa
selvática y que enseña una lengüita que se mueve contra el paladar rosado; que
mueve su cabecita tan rubia que parece como si no tuviese ni un cabello, una
cabecita redonda que la Mamá sostiene en la palma de su mano, mientras mira a su
Hijito, y lo adora ya sonriendo, ya llorando; se inclina a besarlo no sobre su
cabecita, sino sobre su pecho, donde palpita su corazoncito, que palpita por
nosotros... allí donde un día recibirá la lanzada. Se la cura de antemano su
Mamita con un beso inmaculado.
El buey, que se ha despertado al ver la claridad, se levanta dando fuertes
patadas sobre el suelo y muge. El borrico vuelve su cabeza y rebuzna. Es la luz
la que lo despierta, pero yo me imagino que quisieron saludar a su Creador,
creador de ellos, creador de todos los animales.
José que oraba tan profundamente que apenas si caía en la cuenta de lo que le
rodeaba, se estremece, y por entre sus dedos que tiene ante la cara, ve que se
filtra una luz. Se quita las manos de la cara, levanta la cabeza, se voltea. El
buey que está parado no deja ver a María. Ella grita: «José, ven.»
José corre. Y cuando ve, se detiene, presa de reverencia, y está para caer de
rodillas donde se encuentra, si no es que María insiste: «Ven, José», se
sostiene con la mano izquierda sobre el heno, mientras que con la derecha
aprieta contra su corazón al Pequeñín. Se levanta y va a José que camina
temeroso, entre el deseo de ir y el temor de ser irreverente.
A los pies de la cama de paja ambos esposos se encuentran y se miran con
lágrimas llenas de felicidad.
«Ven, ofrezcamos a Jesús al Padre» dice María.
Y mientras José se arrodilla, Ella de pie entre dos troncos que sostienen la
bóveda, levanta a su Hijo entre los brazos y dice: «Heme aquí. En su Nombre, ¡oh Dios! te digo esto. Heme aquí para hacer tu voluntad. Y con
Él, yo, María y
José, mi esposo. Aquí están tus siervos, Señor. Que siempre hagamos a cada
momento, en cualquier cosa, tu voluntad, para gloria tuya y por amor tuyo.»
Luego María se inclina y dice: «Tómalo, José» y ofrece al Pequeñín.
«¿Yo? ¿Me toca a mí? ¡ Oh, no! ¡No soy digno!» José está terriblemente
despavorido, aniquilado ante la idea de tocar a Dios.
Pero María sonriente insiste: «Eres digno de ello. Nadie más que tú, y por eso
el Altísimo te escogió. Tómalo, José y tenlo mientras voy a buscar los pañales.»
José, rojo como la púrpura, extiende sus brazos, toma ese montoncito de carne
que chilla de frío y cuando lo tiene entre sus brazos no siente más el deseo de
tenerlo separado de sí por respeto, se lo estrecha contra el corazón diciendo en
medio de un estallido de lágrimas: «¡Oh, Señor, Dios mío!» y se inclina a
besar los piececitos y los siente fríos. Se sienta, lo pone sobre sus rodillas y
con su vestido café, con sus manos procura cubrirlo, calentarlo, defenderlo del
viento helado de la noche. Quisiera ir al fuego, pero allí la corriente de aire
que entra es peor. Es mejor quedarse aquí. No. Mejor ir entre los dos animales
que defienden del aire y que despiden calor. Y se va entre el buey y el asno y
se está con las espaldas contra la entrada, inclinado sobre el Recién nacido
para hacer de su pecho una hornacina cuyas paredes laterales son una cabeza gris
de largas orejas, un grande hocico blanco cuya nariz despide vapor y cuyos ojos
miran bonachonamente.
María abrió ya el cofre, y sacó ya lienzos y fajas. Ha ido a la hoguera a
calentarlos. Viene a donde está José, envuelve al Niño en lienzos tibios y luego
en su velo para proteger su cabecita. «¿Dónde lo pondremos ahora?» pregunta.
José mira a su alrededor. Piensa... «Espera» dice. «Vamos a echar más acá a
los dos animales y su paja. Tomaremos más de aquella que está allí arriba, y la
ponemos aquí dentro. Las tablas del pesebre lo protegerán del aire; el heno le
servirá de almohada y el buey con su aliento lo calentará un poco. Mejor el
buey. Es más paciente y quieto.» Y se pone a hacer lo dicho, entre tanto María
arrulla a su Pequeñín apretándoselo contra su corazón, y poniendo sus mejillas
sobre la cabecita para darle calor. José vuelve a atizar la hoguera, sin darse
descanso, para que se levante una buena llama. Seca el heno y según lo va
sintiendo un poco caliente lo mete dentro para que no se enfríe. Cuando tiene
suficiente, va al pesebre y lo coloca de modo que sirva para hacer una cunita. «Ya está» dice. «Ahora se necesita una manta, porque el heno espina y para
cubrirlo completamente...»
«Toma mi manto» dice María.
«Tendrás frío.»
«¡Oh, no importa! La capa es muy tosca; el manto es delicado y caliente. No
tengo frío para nada. Con tal de que no sufra Él.»
José toma el ancho manto de delicada lana de color azul oscuro, y lo pone
doblado sobre el heno, con una punta que pende fuera del pesebre. El primer
lecho del Salvador está ya preparado.
María, con su dulce caminar, lo trae, lo coloca, lo cubre con la extremidad del
manto; le envuelve la cabecita desnuda que sobresale del heno y la que protege
muy flojamente su velo sutil. Tan solo su rostro pequeñito queda descubierto,
gordito como el puño de un hombre, y los dos, inclinados sobre el pesebre,
bienaventurados, lo ven dormir su primer sueño, porque el calor de los pañales
y del heno han calmado su llanto y han hecho dormir al dulce Jesús.
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ADORACIÓN DE LOS TRES
REYES
(Escrito el 28 de febrero de 1944)
Veo a Belén, ciudad pequeña, ciudad blanca, recogida como una pollada bajo la
luz de las estrellas. Dos caminos principales la cruzan en forma de cruz. La una
viene del otro poblado y es el camino principal que continúa, la otra que viene
de otro poblado, ahí se detiene. Varias callejuelas dividen este poblado, en que
no se puede ver ningún plano con que se haya edificado, como nosotros pensamos,
sino que ha seguido las conformaciones del terreno, lo mismo que las casas han
seguido los caprichos del suelo y de su constructor. Volteadas unas a la
derecha, otras a la izquierda, otras fabricadas en el ángulo respecto del camino
que pasa cerca de ellas, hacen que él tome la forma de una cinta que se tuerce,
y no la de línea recta. Acá y allá se ve alguna plazoleta, que bien puede servir
para mercado, bien para dar cabida a una fuente, o también porque se le
construyó sin ningún plan, y se ha quedado allí como un trozo de tierra oblicuo,
sobre el que no es posible construir algo.
Me parece que en el punto donde estoy es una de esas plazoletas irregulares.
Debió haber sido cuadrada o al menos rectangular, pero se ha convertido en un
trapecio, tan raro, que parece un triangulo agudo, achatado en el vértice. En el
lado mas largo, la base del triángulo, hay una construcción larga y baja. La más
grande del poblado. Por fuera hay una valla lisa por la que se ven dos portones,
que están ahora cerrados. Por dentro, en el cuadro, hay muchas ventanas que dan
al primer piso, mientras abajo hay pórticos que rodean el patio en que hay paja
y excrementos esparcidos; también hay estanques donde beben agua los caballos y
otros animales. Sobre las rústicas columnas hay argollas donde se atan los
animales, y a un lado hay un largo tinglado para meter rebaños o cabalgaduras.
Caigo en la cuenta de que es el albergue de Belén.
En los otros dos lados iguales hay casas y casuchas, algunas que tienen enfrente
algún huerto, otras que no lo tienen. Entre ellas hay unas que con su fachada
dan a la plaza y otras con su parte posterior. En la otra parte más estrecha,
dando de frente al lugar de las caravanas, hay una sola casita, con una escalera
externa que llega hasta la mitad de la fachada de las habitaciones. Todas las
casas están cerradas, porque es de noche. No se ve a nadie por la calle.
Veo que en el cielo aumenta la luz de las estrellas, tan hermosas en el suelo
oriental, tan resplandecientes y grandes que parecen estar muy cerca, y que sea
fácil llegar a ellas, tocarlas. Levanto la mirada para saber cuál es la razón de
que aumente la luz. Una estrella, de insólito tamaño que parece ser una pequeña
luna, avanza en el cielo de Belén. Las otras parecen eclipsarse y hacerse a un
lado, como las damas cuando pasa la reina, pues su esplendor las domina, las
anula. De la esfera, que parece un enorme zafiro pálido, al que por dentro
encendiera un sol, sale un rayo al que además de su color netamente zafiro, se
unen otros, cual el rubio de los topacios, el verde de las esmeraldas, el de
ópalos, el rojizo de los rubíes, y los dulces centelleos de las amatistas. Todas
las piedras preciosas de la tierra están en ese rayo que rasga el cielo con una
velocidad y movimiento ondulante como si fuese algo vivo. El color que predomina
es el que mana del centro de la estrella: el hermosísimo color de pálido zafiro,
que pinta de azul plateado las casas, los caminos, el suelo de Belén, cuna del
Salvador.
No es ya la pobre ciudad, que por lo menos para nosotros no pasa de ser un
rancho. Es una ciudad fantástica de hadas en que todo es plata. Y el agua de las
fuentes, de los estanques es un líquido diamantino.
La estrella con un resplandor mucho más intenso se detiene sobre la pequeña casa
que está en el lado más estrecho de la plazuela. Nadie la ve porque todos
duermen, pero la estrella hace vibrar más sus rayos y su cola vibra, ondea más
fuerte trazando como semicírculos en el cielo, que se enciende todo con esta red
de astros que arrastra consigo, con esta red llena de piedras preciosas que
brillan tiñendo con los más vagos colores las otras estrellas, como para
decirles una palabra de alegría.
La casucha está sumergida en este fuego líquido de joyas. El techo de la pequeña
terraza, la escalerilla de piedra oscura, la puertecilla, todo es como si fuese
un bloque de plata pura, espolvoreado con diamantes y perlas. Ningún palacio
real de la tierra jamás ha tenido ni tendrá una escalera semejante a esta, por
donde pasan los Ángeles, por donde pasa la Madre de Dios. Sus piececitos de
Virgen Inmaculada pueden posarse sobre ese cándido resplandor, sus piececitos
destinados a posarse sobre las gradas del trono de Dios.
Pero la Virgen no sabe lo que pasa. Vela junto a la cuna de su Hijo y ora. En su
alma tiene resplandores que superan en mucho los resplandores de la estrella que
adorna las cosas.
Por el camino principal avanza una caravana. Caballos enjaezados y otros a
quienes se les trae de la rienda, dromedarios y camellos sobre los que alguien
viene cabalgando, o bien tirados de las riendas. El sonido de las pezuñas es
como un rumor de aguas que se mete y restriega las piedras del arroyo. Llegados
a la plaza, se detienen. La caravana, bajo los rayos de la estrella, es algo
fantástico. Los arreos, los vestidos de los jinetes, sus rostros, el equipaje,
todo resplandece al brillo de la estrella, metales, cuero, seda, joyas,
pelambre. Los ojos brillan, de las bocas la sonrisa brota porque hay otro
resplandor que ha prendido en sus corazones: el de una alegría sobrenatural.
Mientras los siervos se dirigen al lugar donde se hospedan las caravanas, tres
bajan de sus respectivos animales, que un siervo lleva a otra parte, y van a la
casa a pie. Se postran, con la cara en el suelo. Besan el polvo. Son tres
hombres poderosos. Lo indican sus riquísimos vestidos. Uno de piel muy oscura
que bajó de un camello, se envuelve en una capa de blanca seda, que se sostiene
en la frente y en la cintura con un cinturón precioso, y de este pende un puñal
o espada que en su empuñadura tiene piedras preciosas. Los otros dos han bajado
de soberbios caballos. El uno está vestido con una tela de rayas blanquísimas en
que predomina el color amarillo. El capucho y el cordón parecen una sola pieza
de filigrana de oro. El otro trae una camisola de seda de largas y anchas mangas
unida al calzón, cuyas extremidades están ligadas en los pies. Está envuelto en
finísimo manto, que parece un jardín por lo vivo de los colores de las flores
que lo adornan. En la cabeza trae un turbante que sostiene una cadenilla
engastada en diamantes.
Después de haber venerado la casa donde está el Salvador, se levantan y se van
al lugar de las caravanas, donde están los siervos que pidieron albergue.
* * *
Es después del mediodía. El sol brilla en el cielo. Un siervo de los tres
atraviesa la plaza, por la escalerilla de la pequeña casa entra, sale, regresa
al albergue.
Salen los tres personajes seguidos cada uno de su propio siervo. Atraviesan la
plaza. Los pocos peatones se voltean a mirar a esos pomposos hombres que lenta y
solemnemente caminan. Desde que salió el siervo y vienen los tres personajes ha
pasado ya un buen cuarto de hora, tiempo suficiente para que los que viven en la
casita se hayan preparado a recibir a los huéspedes.
Vienen ahora más ricamente vestidos que en la noche. La seda resplandece, las
piedras preciosas brillan, un gran penacho de joyas, esparcidas sobre el
turbante del que lo trae, centellea.
Un siervo trae un cofre todo embutido con sus remaches en oro bruñido. Otro una
copa que es una preciosidad. Su cubierta es mucho mejor, labrada toda en oro. El
tercero una especie de ánfora larga, también de oro, con una especie de tapa en
forma de pirámide, y sobre su punta hay un brillante. Deben pesar, porque los
siervos los traen fatigosamente, sobre todo el que trae el cofre.
Suben por la escalera. Entran. Entran en una habitación que va de la calle hasta
la parte posterior de la casa. Se va al huertecillo por una ventana abierta al
sol. Hay puertas en las paredes, y por ellas se asoman los propietarios: un
hombre, una mujer, y tres o cuatro niños.
Sentada con el Niño en sus rodillas. José a su lado, de pie. Se levanta, se
inclina cuando ve que entran los tres Magos. Ella trae un vestido blanco que la
cubre desde el cuello hasta los pies. Trenzas rubias adornan su cabecita. Su
rostro está intensamente rojo debido a la emoción. En sus ojos hay una dulzura
inmensa. De su boca sale el saludo: "Dios sea con vosotros". Los tres se
detienen por un instante como sorprendidos, luego se adelantan, y se postran a
sus pies. Le dicen que se siente.
Aunque Ella les invita a que se sienten, no aceptan. Permanecen de rodillas,
apoyados sobre sus calcañales. Detrás, a la entrada, están arrodillados los
siervos. Delante de si han colocado los regalos y se quedan en espera.
Los tres Sabios contemplan al Niño, que creo que tiene ahora unos nueve meses o
un año. Está muy despabilado. Es robusto. Está sentado sobre las rodillas de su
Madre y sonríe y trata de decir algo con su vocecita. Al igual que la mamá, está
vestido completamente de blanco. En sus piececitos trae sandalias. Su vestido es
muy sencillo: una tuniquita de la que salen los piececitos intranquilos, unas
manitas gorditas que quisieran tocar todo; sobre todo su rostro en que
resplandecen dos ojos de color azul oscuro. Su boquita se abre y deja ver sus
primeros dientecitos. Los rizos parecen rociados con
polvo de oro por lo brillantes y húmedos que se ven.
El más viejo de los tres habla en nombre de todos. Dice a María que vieron en
una noche del pasado diciembre, que se prendía una nueva estrella en el cielo,
de un resplandor inusitado. Los mapas del firmamento que tenían, no registraban
esa estrella, ni de ella hablaban. Su nombre era desconocido. Nacida por
voluntad de Dios, había crecido para anunciar a los hombres una verdad fausta,
un secreto de Dios. Pero los hombres no le habían hecho caso, porque tenían el
alma sumida en el fango. No habían levantado su mirada a Dios, y no supieron
leer las palabras que El trazó, siempre sea alabado con astros de fuego en la
bóveda de los cielos.
Ellos la vieron y pusieron empeño en comprender su voz. Quitándose el poco sueño
que concedían a sus cansados cuerpos, olvidando la comida, se habían sumergido
en el estudio del zodíaco. Las conjunciones de los astros, el tiempo, la
estación, el cálculo de las horas pasadas y de las combinaciones astronómicas
les habían revelado el nombre y secreto de la estrella. Su Nombre: «Mesías».
Su secreto: «Es el Mesías venido al mundo». Y vinieron a adorarlo. Ninguno de
los tres se conocía. Caminaron por montes y desiertos, atravesaron valles y
ríos; hasta que llegaron a Palestina porque la estrella se movía en esta
dirección. Cada uno, de puntos diversos de la tierra, se había dirigido a igual
lugar. Se habían encontrado de la parte del Mar Muerto. La voluntad de Dios los
había reunido allí, y juntos habían continuado el camino, entendiéndose, pese a
que cada uno hablaba su lengua, y comprendiendo y pudiendo hablar la lengua del
país, por un milagro del Eterno.
Juntos fueron a Jerusalén, porque el Mesías debe ser el Rey de Jerusalén, el Rey
de los judíos. Pero la estrella se había ocultado en el cielo de dicha ciudad, y
ellos habían experimentado que su corazón se despedazaba de dolor y se habían
examinado para saber si habían en algo ofendido a Dios. Pero su conciencia no
les reprochó nada. Se dirigieron a Herodes para preguntarle en qué palacio había
nacido el Rey de los judíos al cual habían venido a adorar. El rey, convocados
los príncipes de los sacerdotes y los escribas, les preguntó que dónde nacería
el Mesías y que ellos respondieron: «En Belén de Judá.»
Ellos vinieron hacia Belén. La estrella volvió a aparecerse a sus ojos, al salir
de la Ciudad santa, y la noche anterior había aumentado su resplandor. El cielo
era todo un incendio. Luego se detuvo la estrella, y juntando las luces de todas
las demás estrellas en sus rayos, se detuvo sobre esta casa. Ellos comprendieron
que estaba allí el Recién nacido. Y ahora lo adoraban, ofreciéndole sus pobres
dones y más que otra cosa su corazón, que jamás dejará de seguir bendiciendo a
Dios por la gracia que les concedió y por amar a su Hijo, cuya Humanidad veían.
Después regresarían a decírselo a Herodes porque él también deseaba venir a
adorarlo.
«Aquí tienes el oro, como conviene a un rey; el incienso como es propio de
Dios, y para ti, Madre, la mirra, porque tu Hijo es Hombre además de Dios, y
beberá de la vida humana su amargura, y la ley inevitable de la muerte. Nuestro
amor no quisiera decir estas palabras, sino pensar que fuese eterno en su carne,
como eterno es su Espíritu, pero, ¡Oh mujer!, si nuestras cartas, o mejor dicho,
nuestras almas, no se equivocan, Él, tu Hijo, es; el Salvador, el Mesías de
Dios, y por esto deberá salvar la tierra, tomar en Sí sus males, uno de los
cuales es el castigo de la muerte. Esta mirra es para esa hora, para que los
cuerpos que son santos no conozcan la putrefacción y conserven su integridad
hasta que resuciten. Que Él se acuerde de estos dones nuestros, y salve a sus
siervos dándoles Su Reino. Por tanto, para ser nosotros santificados, Vos, la
Madre de este Pequeñuelo nos lo conceda a nuestro amor, para que besemos sus
pies y con ellos descienda sobre nosotros la bendición celestial.»
María, que no siente ya temor ante las palabras del Sabio que ha hablado, y que
oculta la tristeza de las fúnebres invocaciones bajo una sonrisa, les presenta a
su Niño. Lo pone en los brazos del más viejo, que lo besa y lo acaricia, y luego
lo pasa a los otros dos.
Jesús sonríe y juguetea con las cadenillas y las cintas. Con curiosidad mira,
mira el cofre abierto que resplandece con color amarillento, sonríe al ver que
el sol forma una especie de arco iris, al dar sobre la tapa donde está la mirra.
Después los tres entregan a María el Niño y se levantan. También María se pone
de píe. Se hacen mutua inclinación. Después que el más joven dio órdenes a su
siervo y salió. Los tres hablan todavía un poco. No se deciden a separarse de
aquella casa. Lágrimas de emoción hay en sus ojos. Se dirigen en fin a la
salida. Los acompañan María y José.
El Niño quiso bajar y dar su manita al más anciano de los tres, y camina así,
asido de la mano de María y del Sabio, que se inclinan para llevarlo de la mano.
Jesús todavía tiene ese paso bamboleante de los pequeñuelos, y va golpeando sus
piececitos sobre las líneas que el sol forma sobre el piso.
Llegados al dintel -no debe olvidarse que la habitación es muy larga- los tres
arrodillándose nuevamente, besan los píes de Jesús. María se inclina al
Pequeñuelo, lo toma de la manita y lo guía, haciéndole que haga un gesto de
bendición sobre la cabeza de cada Mago. Es una señal algo así como de cruz, que
los deditos de Jesús, guiados por la mano de María, trazan en el aire.
Luego los tres bajan la escalera. La caravana está esperándolos. Los enjaezados
caballos resplandecen con los rayos del atardecer. La gente está apiñada en la
plazoleta. Se acercó a ver este insólito espectáculo.
Jesús ríe, batiendo sus manecitas. Su Madre lo ha levantado en alto y apoyado
sobre el pretil que sirve de límite al suelo, y lo ase con un brazo contra su
pecho para que no se caiga. José ha bajado con los tres Magos, y les detiene las
cabalgaduras, mientras sobre ellas suben.
Los siervos y señores están sobre sus animales. Se da la orden de partir. Los
tres se inclinan profundamente sobre su cabalgadura en señal de postrer saludo.
José se inclina. También María, y vuelve a guiar la manita de Jesús en un gesto
de adiós y bendición.
CONSIDERACIONES ACERCA DE LA ADORACIÓN DE LOS TRES
REYES
(Escrito el mismo día)
Dice Jesús:
«¿Y ahora? ¿Qué puedo deciros, oh almas, que sentís que la fe muere? Aquellos
sabios del Oriente no tenían nada que les hubiese asegurado la verdad. Ninguna
cosa sobrenatural. Tan solo sus cálculos astronómicos y sus reflexiones que una
vida íntegra las hacían perfectas.
Y sin embargo tuvieron fe. Fe en todo: fe en la ciencia, fe en su conciencia, fe
en la bondad divina. Por medio de la ciencia creyeron en la señal de la nueva
estrella que no podía ser sino "La esperada" durante siglos por la humanidad:
el Mesías. Por medio de su conciencia tuvieron fe en la voz de la misma, que,
recibiendo "voces" celestiales, les decía: "Esa estrella es la señal de la
Llegada del Mesías". Por medio de la bondad divina tuvieron fe en que Dios no
los engañaría, y como su intención era recta, los ayudaría en todos los modos
para llegar a su objetivo.
Y lo lograron. Solo ellos, en medio de tantos otros que estudiaban las señales,
comprendieron esa señal, porque solo ellos tenían en su alma el ansia de conocer
las palabras de Dios con un fin recto, cuyo pensamiento principal era el de dar
inmediatamente alabanza y honra a Dios.
No buscaron su utilidad propia; antes bien las fatigas y los gastos no los
arredraron, igualmente que no pidieron ninguna recompensa humana. Pidieron
solamente que Dios se acordase de ellos y que los salvase para siempre. Como no
pensaron en ninguna recompensa humana, de igual modo decidieron emprender su
viaje sin ninguna preocupación humana. Vosotros os hubierais puesto a hacer
miles de cavilaciones: "¿Cómo podré hacer un viaje en naciones y pueblos de
lenguas diversas? ¿Me creerán, o bien, me tomarán como espía? ¿Qué ayuda me
darán cuando tenga que pasar desiertos, ríos, montes? ¿Y el calor? ¿Y el viento
de las altiplanicies? ¿Y las fiebres palúdicas? ¿Y las avenidas? ¿Y las comidas
diferentes? ¿Y el diverso modo de hablar? Y... y... y...". Así pensáis
vosotros. Ellos no. Dijeron con una audacia sincera y santa: "Tú, ¡Oh Dios!
lees nuestros corazones y ves qué fin nos proponemos. Nos ponemos en tus manos.
Concédenos la alegría sobrehumana de adorar a la Segunda Persona, hecha Carne,
para la salvación del mundo".
Basta. Se pusieron en camino desde las Indias lejanas (*). Desde las cordilleras
mongólicas por las que pasean tan sólo las águilas y los cóndores y Dios habla
con el ruido de los vientos y torrentes y escribe palabras de misterio en las
páginas inmensas de los nevados. Desde las tierras en que nace el Nilo y corre,
cual cinta verde-azul, al encuentro del Mediterráneo. Ni picos, ni selvas, ni
arenales, océanos secos y mucho más peligrosos que los de agua, los detienen en
su camino. Y la estrella brilla en sus noches, y no los deja dormir. Cuando se
busca a Dios, las costumbres naturales deben ceder su lugar a las impaciencias y
a las necesidades sobrehumanas.
La estrella los llama desde el norte, desde el oriente, desde el sur, y por un
milagro de Dios los guía hacia un punto, los reúne después de tantas distancias
en ese punto, y por otro milagro, les anticipa la sabiduría de Pentecostés, el
don de entenderse y de hacerse entender como acaece en el paraíso, donde se
habla una sola lengua: la de Dios.
Hubo un momento en que el susto se apoderó de ellos y fue cuando la estrella
desapareció. Y humildes porque eran realmente grandes, no pensaron que fuese por
la mala voluntad de otros, por los de Jerusalén que no merecían ver la estrella
de Dios, sino que pensaron haber ellos mismos desagradado en algo a Dios, y se
examinaron con temblor y contrición prontos a pedir ser perdonados.
Su conciencia los serena. Almas acostumbradas a la meditación, tienen una
conciencia delicadísima, siempre atenta, dotada de una introspección aguda, que
hace de su interior un espejo en que se reflejan las más pequeñas manchas de los
acontecimientos diarios: la hicieron su maestra, esa voz que advierte y grita,
no digo ya, al menor error, sino a la posibilidad de error, a lo que es humano,
a la complacencia de lo que es el ser humano. Por esto, cuando se ponen frente a
esta maestra, a este espejo límpido y claro, saben que no mentirá. Ahora los
tranquiliza nuevamente y emprenden el camino.
“¡Oh qué dulce cosa es sentir que en nosotros no hay nada que desagrade a Dios!.
Saber que Él mira con agrado el corazón del hijo fiel y que lo bendice. De esto
viene aumento de fe y de confianza, como de esperanza, fortaleza, paciencia.
Ahora la tempestad ruge, pero pasará porque Dios me ama y sabe que lo amo, y no
dejará de ayudarme otra vez”. Así hablan los que tienen la paz que nace de una
conciencia recta, que es reina de sus acciones.
Dije que eran "humildes porque eran realmente grandes”. Pero ¿qué sucede en
vuestras vidas?. Que uno, no porque es grande, sino porque abusa de su poder,
por su orgullo y por vuestra necia idolatría, jamás es humilde. Hay algunos
desventurados que, solo por ser mayordomos de un poderoso, jefes de una oficina,
o empleados en algún departamento, en una palabra, siervos de quienes los han
hecho, se dan aires de semidioses. Y que si causan lástima...
Los tres Sabios eran realmente grandes. Ante todo por una virtud sobrenatural,
después, por su ciencia, y finalmente por sus riquezas. Pero se tienen por nada:
por polvo de la tierra, en comparación al Dios Altísimo que crea los mundos con
su sonrisa y los esparce como granos para que los ojos de los ángeles se alegren
con esos collares hechos de estrellas.
Se sienten nada respecto al Dios Altísimo que creó el planeta en que viven, y ha
puesto en él toda clase de variedades. El Escultor infinito de obras sin fin,
acá con un dedo puso una corona de colinas de suaves pendientes, allá picos y
escarpaduras, cual si vértebras tuviese la tierra, y como si fuese un cuerpo
gigantesco en que las venas son los ríos, la pelvis los lagos, el corazón los
océanos, el vestido las forestas, los velos las nubes, los adornos los
glaciales, gemas las turquesas y las esmeraldas, los ópalos y los berilos de
todas las aguas que cantan, con las selvas y los vientos, cual un inmenso coro,
las alabanzas a su Señor.
Pero sienten que valen nada por su saber con respecto al Dios Altísimo de quien
les llega su sabiduría, y que les ha dado ojos más potentes que los de sus
pupilas: ojos del alma que sabe leer en las cosas las palabras que la mano
humana no escribió, sino el pensamiento de Dios.
Se sienten nada pese a sus riquezas, que son un átomo en comparación de la
riqueza del Dueño del universo, que esparce metales y joyas en los astros y
planetas y riquezas sobrenaturales, riquezas inexhaustas, en el corazón de quien
lo ama.
Y llegados ante una pobre casa, en la más pobre de las ciudades de Judá, no
mueven la cabeza como diciendo: "Imposible", sino inclinan su cuerpo, se
arrodillan, pero sobre todo inclinan el corazón y adoran. Allí detrás de esas
pobres paredes, está Dios, el Dios a quien siempre han invocado, a quien jamás
pensaron verlo ni por sueños. Lo invocaron por toda la humanidad, por "su" bien
eterno. ¡Oh! solo deseaban poder verlo, conocerlo, poseerlo en la vida que no
tiene ni auroras, ni crepúsculos.
El está allá, detrás de aquellas paredes. ¿Quién sabe si el corazón del Niño,
que siempre es el corazón de un Dios, no sienta palpitar estos tres corazones
inclinados sobre el polvo del camino con: "Santo, Santo, Santo. Bendito el
Señor Dios nuestro. Gloria a Él en los cielos y paz a sus siervos. Gloria,
gloria, gloria y bendición"?. Ellos lo piden con un corazón tembloroso. Durante
toda la noche y al siguiente día preparan su corazón por medio de la plegaria
para entrar en comunión con el Niño-Dios. No se acercan a este altar que es un
regazo virginal que lleva la Hostia divina, como vosotros soléis acercaros con
el alma llena de preocupaciones humanas.
Se olvidan del sueño, de la comida. Y si se ponen los vestidos más hermosos, no
es por orgullo humano, sino para honrar al Rey de reyes. En los palacios de los
soberanos, los dignatarios entran con sus mejores vestiduras ¿y no debían
presentarse ante este Rey con sus vestiduras de fiesta? ¿Y qué fiesta más grande
para ellos que ésta?.
¡Oh cuántas veces en sus lejanas tierras tuvieron que haberse arreglado por
causa de los hombres, para ofrecerles alguna fiesta, para honrarlos. Justo era
pues poner a los pies del Rey supremo la púrpura y los joyeles, las sedas y las
plumas preciosas. Poner ante los pies, ante los delicados piececitos, las fibras
de la tierra, sus piedras preciosas, sus plumas, sus metales -obras que son de
Él- para que también todo adorara a su Creador. Y serían felices si el
Pequeñito les ordenase extenderse por el suelo y formar una incomparable
alfombra para que caminase sobre todo, El que ha dejado las estrellas, por su
causa.
Humildes y generosos. Obedientes a las "voces" de lo alto. Ordenan que se
presenten sus dones al Recién nacido. Y los llevan. No dicen: "El es rico y no
tiene necesidad. Es Dios y no conocerá la muerte”. Obedecen. Fueron ellos los
primeros en haber socorrido la pobreza del Salvador. ¡Cuán necesario será el oro
cuando tenga que huir!. ¡Cuán significativa esa mirra cuando tenga que morir!.
¡Cuán santo ese incienso que olerá la hediondez de la lujuria humana que hala
alrededor de su pureza infinita.
Humildes, generosos, obedientes y respetuosos el uno para con el otro. Las
virtudes siempre producen otras virtudes. Las virtudes que miran a Dios, son
las que miran al prójimo. Respeto, que es después caridad. Al de mayor edad se
le deja que hable por todos, que sea el primero en recibir el beso del Salvador,
de tomarlo por su manita. Los otros lo podrán volver a ver, pero él, no. Está
viejo y su día en que regrese a Dios está cercano. Verá al Mesías después de su
terrible muerte y lo seguirá, en el ejército de los salvados, cuando regrese al
cielo, pero no lo verá sobre esta tierra; y así pues, como por viático, le
concede que toque su manita y que la estreche.
Los otros no tienen ninguna envidia, antes bien su respeto hacia el viejo sabio
aumenta. Más que ellos ha sido hecho digno, y por largo tiempo. El Niño-Dios lo
sabe. Todavía no habla, Él, la Palabra del Padre, pero sus acciones son palabra;
y sea bendita su inocente palabra que señala a éste como a su predilecto.
Hijos, hay otras dos enseñanzas que nacen de esta visión.
La actitud de José que sabe estar en "su" lugar. Presente cual custodio y
tutor de la Pureza y Santidad; pero que no usurpa sus derechos. María con Jesús
recibe los homenajes y oye las palabras. José se regocija con ello y no se
inquieta por ser una figura secundaria. José es un justo: es el Justo. Y es
siempre justo, aún en esta hora. Los humos no se le suben a la cabeza. Permanece
humilde y justo.
Ve con gusto los regalos, porque piensa que con ellos podrá hacer que la vida de
su Esposa y del dulce Niño sea más llevadera. José no los desea por ambición. Es
un trabajador y seguirá trabajando. ¡Pero que sus dos amores tengan desahogo y
consuelo! Ni él, ni los Magos saben que esos dones servirán cuando llegue la
hora de huir y cuando vivan en el destierro, en esas circunstancias en que las
riquezas se esfuman, cual nubes empujadas por vientos, y para cuando regresen a
la patria, después de que todo perdieron, clientes y muebles, y tan sólo
quedaron las paredes de la casa, que Dios protegió porque allí la Virgen recibió
el Anuncio.
José es humilde, él, el custodio de Dios y de la Madre de Dios, hasta tomar las
riendas cuando subían sobre sus cabalgaduras estos vasallos de Dios. Es un pobre
carpintero, porque la fuerza de los poderosos le ha quitado su herencia cual
merece por ser descendiente de David. Pero siempre es de estirpe real y sus
acciones lo son. También de él está dicho: "Era humilde porque era realmente
grande".
La ultima enseñanza, que es muy consoladora.
Es María la que toma la mano de Jesús, que no sabe todavía bendecir, y hace que
lo haga.
María es siempre la que toma la mano de Jesús y la que la guía. Aún ahora. Ahora
que Jesús sabe bendecir. Algunas veces su mano llagada cae cansada y como sin
esperanza porque sabe que es inútil bendecir. Vosotros echáis a perder mi
bendición. Irritada se baja, porque me maldecís. Y entonces María es la que
quita la ira de esta mano con besarla. ¡Oh, el beso de Mi
Madre! ¿Quién puede resistir a ese beso? Y luego toma con sus delgados y finos
dedos, pero tan amorosamente imperiosos, mi pulso y me obliga a bendecir. No
puedo rechazar a Mi Madre, es menester ir a Ella para que sea vuestra Abogada.
Es Mi Reina antes de que sea la vuestra; y su amor por vosotros tiene
benevolencias, que ni siquiera el mío conoce. Y Ella, aún sin palabras, pero con
las perlas de su llanto y con el recuerdo de Mi Cruz, cuya configuración me hace
trazar en el aire, habla por vuestra causa y me dice: "Eres el Salvador.
Salva".
Éste es, hijos, el "Evangelio de la fe" en la aparición de la escena de los
Magos. Meditadlo e imitadlo para vuestro bien.»
(*) La Escritora añade la siguiente nota: "Jesús me dice después, que por indias
quiere señalar el Asia meridional. que comprende ahora el Turquestán, Afganistán
y Persia ".
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MARÍA RELATA
EL NACIMIENTO DE JESÚS EN LA GRUTA DE BELÉN:
Hacia Belén con los apóstoles y discípulos
(Escrito el 3 de julio de 1945)
Salen de Betania a la primera sonrisa de la aurora. Jesús se dirige a Belén con
su Madre, con María de Alfeo y con María Salomé. Les siguen los discípulos. El
niño encuentra por todas partes motivos para alegrarse; las mariposas que
despiertan, los pajaritos que cantan o caminan por el sendero, las flores que
resplandecen con las perlas del rocío, la aparición de un rebaño en que hay
muchos corderitos que balan. Pasado el río que está al sur de Betania, que se
deshace en espumas, la comitiva se dirige a Belén en medio de dos series de
colinas verdes con sus olivares y viñedos, con campos en los que apenas mieses
doradas se ven. El valle es fresco, y el camino bastante bueno.
Simón de Jonás se adelanta, llega al grupo de Jesús y pregunta: «¿De acá se
puede ir a Belén? Juan dice que la otra vez fuisteis por otros caminos.»
«Es verdad» responde Jesús, «pero es porque veníamos de Jerusalén. Por acá es
más breve. Nos separaremos, como habéis decidido, en la tumba de Raquel que las
mujeres quieren ver. Luego nos reuniremos en Betsur donde mi Madre quiere
detenerse.»
«Así es... pero sería muy hermoso que estuviésemos todos... tu Madre
especialmente... porque, en fin de cuentas, la Reina de Belén y de la gruta es
Ella, y Ella sabe todo, todo, muy bien... Si lo oyese de sus labios... sería
diferente... eso es todo.»
Jesús sonríe al mirar a Simón que insinúa dulcemente su gusto.
«¿Cuál gruta, padre?» pregunta Marziam.
«La gruta en donde nació Jesús.»
«¡Oh! ¡Qué bien! ¡También yo voy!...»
«¡Sería muy hermoso en realidad!» dicen María de Alfeo y Salomé.
«¡Muy hermoso! ... Sería regresar para atrás... cuando el mundo te ignoraba es
verdad, pero que no te odiaba todavía... Sería encontrar otra vez el amor de los
sencillos que no supieron dudar y amaron con humildad y fe... Para mí sería lo
mismo que quitarse este peso de amargura que me taladra el corazón desde que sé
que te odian, ponerlo allí, en el lugar en donde naciste... Debe quedar ahí la
dulzura de tu mirada, de tu respiración, de tu sonrisa vaga, allí... y me
acariciarían el alma que está tan amargada..» María llora quedito, con
recuerdos y con tristeza.
«Si es así iremos, Mamá. Hoy tú eres la Maestra y Yo el niño que aprende.»
«Oh, ¡Hijo! ¡No! Tú siempre eres el Maestro...»
«No, Mamá. Simón de Jonás dijo bien. En la tierra de Belén tú eres la Reina. Es
tu primer castillo. María, de la descendencia de David, guía a este pequeño
pueblo a su morada.»
Iscariote hace intento de hablar, pero se calla. Jesús que lo ve y comprende,
dice: «Si alguien por cansancio o por otra razón no quiere venir, que prosiga
hasta Betsur.» Pero nadie dice nada. Prosiguen por el camino del valle que va
en dirección de este a occidente. Después dan vuelta al norte para costear una
colina que se interpone y así llegan al camino, que lleva de Jerusalén a Belén,
exactamente cerca del cubo sobre el que hay una cúpula redonda, que señala la
tumba de Raquel. Todos se acercan a orar respetuosamente.
«Aquí nos detuvimos, yo y José... está igual a entonces. Tan solo la estación es
diferente. En ese entonces era un día frió de Casleu. Había llovido y los
caminos estaban lodosos. Después sopló un viento helado y en la noche sobrevino
la brisa. Los caminos se endurecieron, pero sobre de ellos pasaron los carros y
la gente. Era como un mar lleno de barcas y mi asnito caminaba con fatiga...»
«Y tú, Madre mía, ¿no?»
«Oh, ¡Te tenía a Tí!...» Y lo mira con ojos tan dulces que conmueven. Vuelve a
hablar: «La noche se acercaba y José estaba muy preocupado. A cada paso se
estaba levantando un viento que cortaba... La gente se dirigía presurosa a
Belén, chocando los unos contra los otros, y muchos se enojaban contra mi asnito
que caminaba despacio, buscando donde poner las pezuñas... Parecía como si
supiese que estabas Tú ahí... y que dormías la última noche en mi seno. Hacía
frió... pero yo ardía. Sentía que estabas por llegar... ¿Llegar? Que podrías
decir: "Yo estaba aquí, desde hace nueve meses”. Pero entonces era como si
bajases del Cielo. Los Cielos bajaban, bajaban sobre de mí, y yo veía sus
resplandores... Veía arder la divinidad en su gozo de tu próximo nacimiento, y
esos rayos me penetraban, me encendían, me abstraían ... de todo ... Frío ...
viento ... gente ... ¡de todo! Veía a Dios. . . De cuando en cuando y con
esfuerzo lograba traer mi corazón a la tierra y sonreía a José que tenía miedo
del frío y del cansancio que soportaba, y que guiaba al asnito por temor de que
tropezase, y que me envolvía en la manta por miedo de que me fuese a resfriar ..
Pero nada podía acaecer. No sentía los empujones. Me parecía como si caminase
sobre un camino de estrellas, entre nubes de luz, como si me llevasen ángeles...
y sonreía... primero a ti... te miraba a través de la barrera de la carne. Te
miraba dormir con los puñitos cerrados en tu lecho de rosas frescas; Tú, capullo
de lirio... luego sonreía a mi esposo que estaba muy afligido, tan afligido,
para darle ánimos... también a la gente que ignoraba que ya respiraba en el aire
del Salvador... Nos detuvimos cerca de la tumba de Raquel para que descansase un
poco el asnito y para comer poco de pan y olivas, nuestras provisiones de
pobres. Yo no tenía hambre. No podía tener hambre... estaba colmada de
alegría... Emprendimos otra vez el camino ... Venid. Os mostraré en donde
encontramos al pastor... no creáis que me equivocaré. Vuelvo a vivir aquella
hora y encuentro todos los lugares porque miro todo a través de una luz
angelical. El ejército angélico tal vez aquí está de nuevo, invisible a nuestros
ojos, pero visible a las almas con su resplandor, y así todo se descubre, todo
se vuelve a ver. No pueden engañarse y me llevan... para alegría mía y vuestra.
Ved, de aquel campo a éste vino Elías con sus ovejas, y José le pidió leche para
mí. Y allí en ese prado, nos detuvimos mientras ordeñaba la leche caliente y
restauradora, y le daba sus avisos a José.
Venid, venid... este es el sendero del último valle antes de llegar a Belén.
Tomamos éste por el camino principal, al llegar a la ciudad, era un mar de gente
y de animales... ¡Allí está Belén! Oh, ¡cómo lo amo! ¡Tierra querida de mis
padres que me dieron el primer beso de mi Hijo! Te has abierto, buena y fragante
como el pan, cuyo nombre tienes, para dar el Pan verdadero al mundo que muere de
hambre. Me abrazaste como una madre, tú, en cuyo seno ha quedado el amor
maternal de Raquel. Oh, tú, tierra santa, Belén davídica, primer templo dedicado
al Salvador, a la Estrella matinal que nació de Jacob para indicar la ruta de
los Cielos al linaje humano. ¡Mirad qué hermosa es la primavera! Pero también lo
fue entonces, aunque los campos y los viñedos estaban desnudos. Un ligero velo
de escarcha volvía a resplandecer en las ramas limpias, y parecían cubrirse de
diamantes como si hubiesen sido envueltos en un velo impalpable paradisíaco. De
las casas salía el humo. La cena se acercaba y el humo, que subía en espirales,
hasta este borde, dejaba ver la ciudad que por no estar despejada no se
descubría bien... Todo era limpio, silencioso... todo estaba en espera... de
Ti, de Ti, ¡Hijo! La tierra
presagiaba tu llegada... Te habrían presagiado también los betlemitas, pues no
eran malos, aunque no lo creáis. No podían darnos hospedaje... En los hogares
buenos y honrados de Belén se apretaban, arrogantes como siempre, sordos y
soberbios, los que todavía ahora lo son, y que no podían sentirte... ¡Cuántos
fariseos, saduceos, herodianos, escribas, essenios había!
Oh, el que ahora ellos no puedan entender, les viene desde aquel entonces en que
su corazón fue duro. Lo han cerrado al amor a aquella hermana suya, en aquella
noche... y se quedaron, han permanecido en las tinieblas. Desde entonces
rechazaron a Dios, al rechazar de su amor al prójimo.
Venid. Vamos a la gruta. Es inútil entrar en la ciudad. Los mejores amigos de mi
Niño no están ya. Basta la naturaleza amiga con sus piedras, su río, su leña
para hacer fuego. La naturaleza que sintió la llegada de su Señor... Venid sin
miedo. Por aquí se da vuelta... Ved allí las ruinas de la Torre de David. ¡Oh!
¡Que la amo más que un palacio! ¡Benditas ruinas! ¡Bendito río! ¡Bendita planta
que como por milagro te despojaste con el viento de todas tus ramas para que
encontrásemos leña y pudiésemos encender fuego!»
María baja rápida a la gruta. Atraviesa el riachuelo sobre una tabla que hace de
puente. Corre al lugar despejado en donde están las ruinas y cae de rodillas a
sus umbrales. Se inclina y besa el suelo. La siguen los demás. Están conmovidos
... El niño, al que no ha dejado ni un momento, parece como si escuchase una
narración maravillosa y sus ojitos negros absorben las palabras y acciones de
María. No se pierde de nada.
María se levanta, entra: «Todo, todo como entonces... Con excepción de que era
de noche... José hizo fuego a la entrada. Entonces, sólo entonces, al bajar del
asnito, sentí qué cansada y fría estaba yo... nos saludó un buey. Fui a donde
estaba, para sentir un poco de calor, para apoyarme en el heno... José, aquí
donde estoy, extendió heno que me sirviese de lecho, y lo secó por mí y por
ti,
Hijo, con el fuego que encendió en aquel rincón... porque era bueno como un
padre en su amor de esposo-ángel... y unidos de la mano, como dos hermanos
extraviados en la oscuridad de la noche, comimos nuestro pan y queso. Luego se
fue allí para echar leña en la hoguera. Se quitó el manto para que tapase la
abertura... en realidad bajó el velo ante la gloria de Dios que descendía de los
cielos, ante Ti, Jesús mío... yo me quedé sobre el heno, al calor de los dos
animales, envuelta en mi manto y mi cobija de lana... ¡Querido esposo mío!
En aquella hora temerosa en que me encontraba solamente ante el misterio de la
maternidad, hora que la mujer por vez primera ignora del todo y para mí, la hora
de mi única maternidad, me encontraba sumergida ante lo ignoto del misterio que
sería ver al Hijo de Dios salir de mi carne mortal, y él, José, fue para mí como
una madre, un ángel... mi consuelo... entonces y... siempre.
Luego el silencio y el sueño envolvieron a José... para que no viese lo que para
mí era el beso cotidiano de Dios... y a mí me llegaron las ondas
inconmensurables del éxtasis que provenían de un mar de delicias, que me
elevaban de nuevo sobre las crestas luminosas cada vez más altas. Me llevaban
arriba, arriba con ellas, en un océano de luz, de alegría, de paz, de amor,
hasta encontrarme sumergida en el mar de Dios, del seno de Dios... Se oyó una
voz de la tierra: «¿Duermes, María?» ¡Oh! ¡Tan lejana! ... un eco, un recuerdo
de la tierra... Es tan débil que el alma no se sacude y no sé como se pueda
decir. Entre tanto subo, subo en ese abismo de fuego, de felicidad infinita, de
un preconocimiento de Dios... hasta Él, hasta
Él... ¡Oh! Pero ¿eres Tú el que
naciste de mí, o soy yo la que nací de fulgores Trinos, aquella noche? ¿Soy yo
quien te di, o Tú me aspiraste para darme? No lo sé...
Y luego la bajada, de coro en coro, de astro en astro, de capa en capa, dulce,
lenta, bienaventurada feliz como una flor que es llevada en alto por un águila y
luego se le deja que se vaya, y que poco a poco desciende sobre las alas del
aire, que se hace más hermosa a causa de la lluvia, con su arco iris que se
eleva al cielo, y luego se encuentra en el lugar en donde nació... Mi diadema:
¡Tú! Tú sobre mi corazón...
Sentada aquí, después de haberte adorado de rodillas, te amé. Finalmente pude
amarte sin las barreras de la carne; y de aquí me levanté para llevarte al amor
del que como yo era digno de amarte entre los primeros. Y aquí, entre estas dos
columnas rústicas, te ofrecí al Padre. Y aquí por primera vez estuviste sobre el
pecho de José... luego te envolví entre pañales y juntos te colocamos aquí... Yo
te mecía en mis brazos, mientras José secaba el heno en la hoguera y lo
conservaba caliente, metiéndoselo en el pecho. Después allí ambos te adoramos.
Inclinados sobre Ti, para aspirar tu aliento, para ver a qué grado puede
conducir el amor, para llorar lágrimas que ciertamente se vierten en el cielo al
ver la gloria inexhausta de Dios.»
María, que al recordar aquella noche ha ido y venido señalando los lugares,
llena de amor, con un parpadear de llanto en sus ojos azules y con una sonrisa
de alegría en su boca, se inclina ahora sobre su Jesús, que está sentado sobre
una gran piedra, y lo besa en los cabellos, llorando, adorándolo como en aquel
entonces ...
«Y luego los pastores vinieron a adorarte aquí adentro con su buen corazón. Era
el primer suspiro de la tierra que entraba con ellos. Era el olor de la
humanidad, de rebaños, de heno. Y afuera los ángeles, que te adoraban con amor,
que te cantaban con cánticos que jamás repetirá creatura humana; que te amaban
con el amor de los cielos, con el aire del cielo que entraba con ellos, que te
traían con sus fulgores... tu nacimiento, ¡oh bendito!...»
María está arrodillada al lado de su Hijo y llora de emoción con la cabeza
apoyada sobre sus rodillas. Nadie se atreve a romper el silencio. Más o menos
emocionados los presentes se dirigen miradas, como si sobre las telarañas y
piedras toscas esperasen ver pintada la escena que acababan de escuchar...
María vuelve a decir: «Éste fue el nacimiento de mi Hijo. Nacimiento
infinitamente sencillo, infinitamente grande. Lo he referido con mi corazón de
mujer, no con palabras sabias de un maestro. No hubo nada más, porque fue la
cosa más grande de la tierra, escondida bajo las apariencias más comunes.»
«¿Y al día siguiente? ¿Y luego?» Preguntan varios, entre cuyas voces están las
de las dos Marías.
«¿El día siguiente? Oh, muy sencillo. Fui la madre que amamanta a su niño, que
lo lava, que lo envuelve en pañales como lo hacen todas las madres. Calentaba el
agua, que tomaba del río cercano, sobre el fuego encendido allá afuera para que
el humo no hiciese llorar a estos ojitos azules, en el rincón más separado, en
una vieja jofaina lavaba a mi Hijo y le ponía pañales frescos. Iba al río a
lavar estos y los ponía a secar al sol... y luego, alegría que no puede
descifrarse, ponía a mi Hijo sobre mi pecho y el bebía mi leche. Se ponía cada
día más bonito y feliz. El primer día, en la hora de más calor, fui a sentarme
allí afuera para verlo mamar. Aquí la luz no entra, se filtra, y luz y llama dan
aspectos caprichosos a las cosas. Fui allá afuera al sol... y miré al Verbo
encarnado. La madre conoció entonces a su Hijo, y la sierva de Dios a su Señor.
Y fui mujer y adoradora... Después la casa de Ana... Los días que pasaste en la
cuna, tus primeros pasos, tus primeras palabras... Pero esto sucedió después, a
su tiempo ... Nada, nada fue semejante a la hora en que naciste... sólo cuando
regrese a Dios encontraré esa plenitud...»
«Pero... ¡partir así cuando se acercaba! ¡Qué imprudencia! ¿Por qué no
esperaron?... El decreto concedía un lapso largo de tiempo para casos
excepcionales como el nacimiento o enfermedad... Alfeo me lo dijo...» dice María
de Alfeo.
«¿Esperar? Oh, ¡no! Aquella tarde cuando José llevó la noticia, tú y yo, Hijo
saltamos de alegría. Era la llamada... porque aquí, sólo aquí debías de nacer,
como habían predicho los profetas; y aquel decreto imprevisto fue como un cielo
piadoso que borraba de José aún el recuerdo de su sospecha. Era lo que esperaba
para ti, para él, para el mundo judío y para el mundo
futuro, hasta la consumación de los siglos. Estaba dicho. Y como tal así
sucedió. ¡Esperar! ¿Puede la novia poner obstáculos a su sueño de bodas? ¿Por
qué esperar?»
«Por todo lo que podía suceder...» vuelve a decir María de Alfeo.
«No tenía ningún miedo. Me apoyaba en Dios.»
«Pero ¿sabías que todo sucedería así?»
«Nadie me lo había dicho, y de hecho no pensaba en ello, tanto que para dar
ánimos a José permití que él y vosotros dudaseis de que el tiempo de su
nacimiento no estaba cercano. Pero yo sabía, sabía que para la Fiesta de las
Luces habría nacido la Luz del Mundo.»
«Tú más bien, mamá, ¿por qué no acompañaste a María? Y ¿por qué no pensó en ello
mi padre? Deberíais haber venido también vosotros aquí. ¿No vinisteis todos?»
Pregunta con un tono de reproche Judas Tadeo.
«Tu padre había decidido venir después de las Encenias y lo dijo a su hermano,
pero José no quiso esperar.»
«Pero tú al menos...» le objeta Tadeo.
«No le reproches, Judas. De común acuerdo encontramos que era justo poner un
velo sobre el misterio de este nacimiento.»
«¿Sabía José que sucedería con esas señales? Si tú no lo sabías, ¿cómo podía
saberlas él?»
«No sabíamos nada, excepto de que El debía nacer.»
«¿Entonces?»
«Entonces la Sabiduría divina nos guió, como era justo. El nacimiento de Jesús,
su presencia en el mundo, debía presentarse sin nada que fuese extraordinario,
que pudiese incitar a Satanás. Vosotros veis que el rencor que existe todavía en
Belén contra el Mesías es una consecuencia de su primera epifanía. La envidia
diabólica se aprovechó de la revelación para derramar sangre, odio. ¿Estás
contento, Simón de Jonás, que ni hablas y como que ni respiras?»
«Muy contento... tanto, que me parece estar fuera del mundo, en un lugar
todavía más santo que si estuviese más allá que el velo del Templo... tanto
que... ahora que te he visto en este lugar y con la luz de entonces, creo
siempre haberte tratado con respeto, como a una mujer, una gran mujer. Ahora...
ahora no me atreveré a decirte como antes: "María". Para mí, antes, eras la Mamá
de mi Maestro, ahora, ahora te he visto sobre las cimas de esas ondas
celestiales. Te he visto cual reina, y yo miserable soy tu esclavo» se arroja
en tierra y besa los pies de María.
Jesús ahora habla: «Levántate, Simón. Ven aquí, cerca de Mí.»
Pedro va a la izquierda de Jesús, porque María está a la derecha: «¿Quienes
somos ahora nosotros? » Pregunta Jesús.
«¿Nosotros? ... Somos Jesús, María y Simón.»
«Muy bien. Pero... ¿cuántos somos?»
«Tres, Maestro.»
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